ARTÍCULO

Ernest Gellner y sus rivales

Paidós, Barcelona, 1996
Trad. de Carles Salazar
208 págs.
Gedisa, Barcelona, 1997
Trad. de Alberto Luis Bixio
288 págs.
 


Ha transcurrido muy poco tiempo desde el derrumbamiento del imperio soviético para que pueda conocerse qué peso tuvieron en aquellas circunstancias factores tan diversos como la apatía o el hastío de las masas, de un lado, y la carrera de armamentos, por ejemplo, de otro. Ernest Gellner, fallecido en 1995, no desconocía sin duda la importancia de los segundos. Sin embargo, su libro sobre la sociedad civil invita a pensar mucho más en los primeros. Gellner, popperiano confeso en esto y en otras muchas cosas, está convencido de la superioridad del modo de vida al que pretendió, sin éxito, superar y reemplazar la ideología que inspiraba el sistema soviético. Ilustrado –o, más exactamente, puritano ilustrado, neologismo a cuyo contenido se acerca, según informa en Antropología y política– , debía estar persuadido también de que la razón juega un decisivo papel en los cambios sociales y políticos. Al fin y al cabo, en la Ilustración escocesa –Adam Ferguson– están las raíces de la expresión sociedad civil para designar lo que empezaba a forjarse entonces en algunos enclaves europeos. Con ese talante, que no con la aparente asepsia de un economista liberal o neoliberal, es con el que Gellner nos ensalza las ventajas del liberalismo. Conocidas o entrevistas éstas, parece difícil no dejarse seducir por ellas. El problema quizá sea que el liberalismo cuenta en sus cimientos con supuestos tan dispares como los de la economía clásica y los del romanticismo rousseauniano y Gellner parece querer comulgar con todos. Más aun, su convicción es, diríase, la del profundo creyente, por más escéptico que por pose se nos muestre nuestro autor. Tanto, que a uno le evoca la parodia de aquella añeja apologética que consistía en afirmar la verdad de la religión propia partiendo de que todas las ajenas son falsas. Evocación ésta nada superflua, ya que Gellner utiliza repetidamente la analogía religiosa para perfilar su concepto de sociedad civil y, sobre todo, el de sus rivales. Rivales que aquélla comparte, no podía ser menos, en lo fundamental con algunos enemigos de la sociedad abierta de Popper. A lo largo del vibrante recorrido que supone Condiciones de la libertad nos topamos mucho más con argumentos que con hechos, a no ser uno obvio e indiscutible: que el principal enemigo de la sociedad civil, esto es, la herencia de Marx corporizada en sistema político, ha desaparecido de la escena.

La aportación de Gellner no es especialmente novedosa por lo que respecta a los perfiles positivos de la sociedad civil, lo que ésta es. Responde con ello a toda una tradición, a la que han contribuido tanto los liberales como sus antagonistas, que concibe aquélla como la sociedad que postula la más neta separación posible entre las esferas política y socioeconómica. En lo que estriba el interés del libro de Gellner es en destacar los perfiles negativos de la sociedad civil. Lo que ésta no es. Ante todo, la sociedad civil no tiene nada de natural, sino que constituye una excepción casi milagrosaHay que destacar la coincidencia con sus previas aportaciones a la comprensión del fenómeno nacionalista (al que dedica páginas interesantes también en la obra que comento): «El nacionalismo (...) no es algo natural, no está en el corazón de los hombres y tampoco está inscrito en las condiciones previas de la vida social en general», Ernest Gellner, Naciones y nacionalismo, Alianza, Madrid, 1988, pág. 162. Una opinión contraria a ésta puede verse en J. R. Llobera, «National sentiments as an ultimate reality», 4th. EASA Conference, Barcelona, 1215/7/1996.. Lo normal a lo largo de la historia, insiste Gellner, es lo que proponen los variados rivales de ésta, llámeseles jerarquizaciones u obsesiones por el orden o la seguridad. La sociedad civil, creando el hombre modular o adaptable que trajo consigo la revolución industrial, crea también las condiciones que hacen posible la democracia. No a la inversa. Pero hay más.

Nuestro polígrafo autor (que abarcó en su amplia producción temas tan variados como la crítica a Wittgenstein o el fenómeno del nacionalismo) hace uso de su faceta de antropólogo del mundo islámico para establecer los grandes contrastes entre la sociedad civil y sus opuestos recurriendo al concepto de umma. Aunque el término no tiene sólo connotaciones religiosasVéase, por ejemplo, Bernard Lewis, Ellenguaje político del Islam, Taurus, Madrid, 1990, pág. 62., Gellner extrema éstas para diseñar cuatro grandes tipos de sociedades con las que contrasta su predilecta. La primera constituye más categoría residual y de contornos poco precisos, ya que parece englobar desde sociedades tribales hasta feudales pasando por la sociedad antigua de Fustel de Coulanges. Referencia última y frecuente –se adivina tras ella la sociedad cerrada popperiana –, no parece sin embargo preocupar mucho a nuestro autor, bien porque sus formas están ya periclitadas o son absolutamente marginales. Otra cosa son las ummas.

La que da nombre a las demás, la umma musulmana, ocupa páginas interesantes de Condiciones de la libertad. Recomendables tanto por la adecuada valoración de Ibn Jaldún (volveremos a toparnos con él) como por el perspicaz desbroce de muchos tópicos que nos invaden sobre el fundamentalismo islámico y la dialéctica tradición-modernidad en estas sociedades, tan cercanas y tan distintas. El lector puede apreciar, además, las importantes diferencias políticas y sociales que rodean a las experiencias shiítas y sunníes. La umma musulmana constituye, qué duda cabe, el permanente desafío al intelecto y a la seguridad de la sociedad civil. Pero Gellner tiene más presentes las otras dos. Una no es sino la matriz –protestante, calvinista– que al fracasar como comunidad religiosa dio a luz a la sociedad civil. La otra es la umma marxista, secular, inmanentista y monista, igualmente fracasada pero que hasta el momento no ha alumbrado sociedad civil alguna. Pero detrás de las peores ummas –el Comunismo o la Contrarreforma– el apologeta Gellner no ve sino el peligro del Estado, de la tirana entronización de lo político, incluso cuando – caso del marxismo– se proclama su abolición definitiva. Por fortuna, se nos consuela, sus victorias son pírricas, aunque catastróficas para las sociedades que las padecen. Mejor aún, sus batallones resisten cada vez menos tiempo. El ritmo se acelera y, por eso, ha costado mucho menos superar a los leninistas que a los jesuitas. Y casi nada desbaratar el chantaje de un tiranuelo como Saddam Husein gracias a lo que Gellner denomina la «informal Internacional de Descreídos Consumistas, las sociedades que ya no están comprometidas con el Honor o la Tierra o con una Fe Total, sino sólo con la búsqueda pragmática de la riqueza» (pág. 169); algo que no plasmó de modo permanente en una deseable alianza impía, pero aún se está a tiempo.

Tal vez el lector –uno mismo, por ejemplo– se entusiasme con el autor por lo que toca a la derrota de los cesaropapismos negros o rojos. Amplias deben ser las tragaderas morales, en cambio, para seguirlo en su fervor hacia algo tan confuso, manipulado y de consecuencias más bien horripilantes para vencedores y vencidos como fue la Guerra del Golfo. Su ironía y sus paradojas se aceptan mucho mejor cuando las emplea en esa delimitación por contraste de la sociedad civil. Por ejemplo, cuando resalta que su mejor virtud estriba en que constituye un orden amoral, porque no identifica la disidencia con la perversión. O que lo que distingue a la sociedad civil de las demás es que en ella no está claro quién manda; antes al contrario, se caracteriza por una multiplicidad de patrones de excelencia y todo un sistema de ilusiones «que permite a mucha gente creer que se encuentran en la cumbre, puesto que hay tantas cumbres independientes, y cada individuo puede pensar que su cumbre particular es la que realmente importa» (págs. 188-189). Ilusión –o ficción, si se quiere– de la que carecían aquellos ciudadanos soviéticos de las postrimerías del régimen, en el que ya no faltaban, sin embargo, otras comodidades. El terror ya no era completamente arbitrario y los «miembros de la nomenklatura habían dejado de tirotearse unos a otros, ahora en su lugar se sobornaban unos a otros» (pág. 149). Pero, para su desgracia, la umma no constituía una isla y quienes deberían haber sido enardecidos creyentes parece que estaban más que hastiados. Y muy atentos a la seducción de la sociedad civil circundante.

Una de las mejores armas dialécticas gellnerianas –se ha apuntado ya – es la ironía. Ésta es incluso condescendiente cuando se refiere a quien considera difunto o casi (resiste todavía ese otro desafío a la razón liberal que es la extraña situación de la China posmaoísta). Gellner no reniega, por otra parte, de cierta estirpe común entre liberales y marxistas. En cambio, el arma se torna en sarcasmo crispado cuando el rival está vivo y coleando. Pero en este caso los enemigos no pertenecen a la esfera política, sino a la académica. A ellos Gellner dedica bastantes páginas de Antropología y política. Pero, a diferencia del otro libro, en éste no hace el autor muchos distingos entre sus adversarios. Mete en el mismo saco del idealismo al posmodernismo, hermenéutica, relativismo, constructivismo, anticolonialismo y quién sabe cuantas cosas más que apenas se insinúan. Contra ese enemigo polimorfo (pero corporizado más de una vez en el nombre y la obra de Clifford Geertz) caben todo tipo de alianzas. Así, el mismo Gellner que avalara con su prólogo tiempo atrás uno de los más contundentes ataques a Malinowski y a la antropología social británicaI. C. Jarvie, The revolution in anthropology, Routledge & Kegan Paul, Londres, 1964., se muestra ahora más que comprensivo hacia uno y otra. No sólo eso. También hay gestos de buena voluntad hacia alguna evolución –no antropológica– del marxismo e, incluso, hacia los aspectos positivos de un fundamentalismo innominado. Quizá Gellner se quedó a las puertas de proponer otra de sus internacionales, esta vez algo así como de «damnificados por las ondas geertzianas unidos». Y si no dio otros pasos fue por pura coherencia con sus principios liberales y por lo ineficaz de toda injerencia estatal: «Si se prohibiera la hermenéutica surgirían por todas partes clandestinas tabernas hermenéuticas, la mafia haría llegar por contrabando desde Canadá "descripciones densas" en camiones de carga, la sangre y la significación densa se cuajarían en las cunetas a medida que las pandillas de contrabandistas semióticos se lanzaran a una serie de actos violentos...» (pág. 39).

Estoy seguro de que más de un lector gozará con los dardos que el autor lanza contra el enemigo académico y afines (desde el Wittgenstein maduro a la etnometodología). Algunas de sus cargas de profundidad preludian –involuntariamente, claro está– lo que se ha dado en llamar la parodia de Sokal; esto es, uno de los ataques más duros, y también sin excesivos matices, que los adversarios de Gellner han recibido el pasado añoMe refiero al artículo del físico teórico Alan D. Sokal, «Trangressing the boundaries. Toward a transformative hermeneutics of quantum gravity», Social Texts, núms. 46-47, 1996, págs. 217-252, con amplia y polémica repercusión en publicaciones de carácter general como The New York Review of Books, Times Litterary Supplement o Le Monde.. Como toda acometida visceral, la de éste es parcial y, a veces, muy simplificadora. Pero nunca viene mal hacer ver el dogmatismo que se esconde tras muchas posturas programáticamente tolerantes. Ni, tampoco, recordar alguna vez que «las significaciones son un problema y no una solución».

Antropología y política no se limita a este rifirrafe. Como toda obra compiladora de ensayos previamente publicados (a veces parece poco justificable el título) son diversos sus temas, el interés de los capítulos e incluso la calidad de los mismos. Son, estimo, muy recomendables las inteligentes reflexiones de Gellner sobre el entronque de la antropología frazeriana con el empirismo británico. O las páginas que dedica a la teoría del contrato social, especialmente en relación con Freud y su novedosa combinación de mito y contrato, con una pertinente crítica al transculturalismo de sus interpretaciones. Con todo el mejor Gellner se nos pone de manifiesto siempre en la chispeante combinación de elementos diversos procedentes de su amplia erudición. A veces se trata meramente de frases más o menos ingeniosas; otras, en cambio, de insospechadas correlaciones entre autores como Weber y Freud o Jaldún y Maquiavelo.

¿Qué papel ocupa Gellner en la antropología contemporánea? Conjugó como pocos un acervo de conocimientos nada frecuente con un talante abnegadamente crítico que parecía querer nadar siempre contra corriente. Su trabajo de campo (pienso en Saints of the Atlas, su monografía sobre Marruecos de finales de los sesenta) es representativo de un estilo etnográfico para muchos irritante: el dato empírico como pretexto o punto de anclaje provisional de reflexiones teóricas o generales anteriores y ulteriores. Creo que Gellner se hubiera sentido mucho más a gusto enfrentándose con colosos de talla victoriana tipo Frazer (sus datos, nos dice casi de pasada, eran poco de fiar, pero las preguntas que hacía eran extremadamente interesantes) que con todo lo que ha venido después. Tal vez fijado en otra época tendiera a ver las modas antropológicas como etapas sucesivas y de ahí su irritación frente a quienes notaba deseosos de tomar el reemplazo: primero, los discípulos de Malinowski, ahora los idealistas de Geertz. Pero, por suerte o por desgracia, las ciencias sociales tienen más de apariencia que de realidad paradigmática, en el sentido kuhniano del término. Como tampoco se da en la historia real, a diferencia de lo que pretende Gellner en Antropología y política, esa sustitución definitiva del rito por el contrato social, o de la Gemeinschaft por la Gesellschaft. Más bien habría que pensar que lo que él confina al pensamiento de Jaldún y al mundo islámico –la necesaria y sincrónica reciprocidad de una y otra– rebasa aquellas fronteras teóricas y físicas. Otra cosa es que, como resalta con agudeza Gellner, entre nosotros la «ausencia de ritos se ha convertido en el rito más potente y la ausencia de imágenes grabadas ha llegado a ser el fetiche más generalizado» (pág. 82). Pero, ¿no hace esto de la sociedad civil algo bastante parecido a una umma, todo lo atípica que se quiera? Es posible que Gellner no se percatara de hasta qué punto esa extraña arreligiosidad del mundo moderno comporta realmente peligros más serios para su idolatrada sociedad civil que sus propios enemigos exteriores. Tal vez, también, el mayor reproche que quepa hacerle a Gellner desde una óptica antropológica sea esa tendencia suya, muchas más veces explícita que implícita, a hacer patrón universal de lo que no es sino una de las concebibles experiencias humanas: la del mundo en el que triunfan los valores del liberalismo. Por importante que a muchos nos parezca¿Servirá de algo recomendar a los editores que cuiden la grafía de algunas palabras que se repiten con frecuencia y no siempre de la misma manera? En Antropología y política términos ya aceptados como son tribal, nómada o (sociedad) segmentaria aparecen más de una vez como tribual, nómade y segmentada..

01/06/1997

 
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