ARTÍCULO

Y ahora que lo sabemos, ¿qué?

Anagrama, Barcelona
174 pp. 14 €
 

La cita de Chéjov que encabeza este libro de relatos habla sobre el uso que hace la institución familiar de la mentira, sobre todo bajo la forma del silencio, para proteger sus secretos. Precisamente su delación y el análisis de las correspondientes mentiras bajo las que se ocultaban han suministrado materia nutricia y método, tema y discurso a la narrativa desde el siglo XIX , y muy en especial a la novela, cuya maleabilidad da cabida tanto a la indagación en los sótanos de la vida privada como a la disección exhaustiva de los hallazgos resultantes.
El cuento, sin embargo, debe limitarse prácticamente a la parte de la revelación, a la escena iluminadora o sintomática de una situación mucho más amplia y compleja cuya realidad se sugiere, ante la imposibilidad de desmenuzarla. En esta tradición de la narración breve, donde la necesidad saca a relucir una de las mejores cualidades del género, se sitúa claramente este volumen con el que se da a conocer Berta Marsé. Los relatos de En jaque presentan –con la excepción, quizá, de «La diva y la peluquera»– diversas suertes de la revelación demoledora, aquella que una vez formulada o simplemente insinuada vuelve absurdos o intransitables los cauces por los que solía discurrir la cotidianidad. La expresión más clara y brutal de ese desenmascaramiento se encuentra en «La tortuga» y «La concha mágica», dos relatos plagados de paralelismos con los que, además, se abre y se cierra, respectivamente, la colección. En ambos se parte de la petición de un dibujo a una niña por parte de un adulto, con fines prácticos en un caso (la búsqueda de una mascota para una campaña de publicidad institucional) y, en el otro, con intención de celebrar la cohesión familiar a través de un retrato elaborado por la pequeña protagonista de un cumpleaños. Los resultados de ambas iniciativas arrojan resultados imprevistos: la tortuga que dibuja Alba Soler deja al descubierto una sórdida realidad de abusos sexuales; la concha mágica con la que Patri caracteriza a su madre delata sus debilidades conyugales. La ingenuidad de los protagonistas y lo fortuito de su intervención intensifican la corrosión con que los secretos desvelados actúan sobre la hipocresía en la que cifraba su unidad la tribu familiar.
Este interés por presentar el momento exacto en que la verdad hace acto de presencia y se inicia la demolición de las apariencias se transmite, como hemos dicho, al resto de los relatos. En ellos el papel de la inocencia infantil se sustituye por una conversación (aparentemente) inter pares, en la que uno de los participantes ha de finiquitar una impostura como único camino practicable para sostener una relación paternofilial (en el caso de «Origen») o de noviazgo («Piragüismo»). En cualquier caso, la sustitución de lo imprevisible o lo fortuito por una vía más premeditada de la revelación no vuelve a ésta menos radical y determinante.
Los cuentos de En jaque suponen, en general, la cuidadosa escenificación de un proceso que termina con el desencadenamiento de un conflicto, mientras que sus consecuencias se dejan al albur de la imaginación del lector. Como decíamos al principio de estas líneas, el cuento no es, quizá, el género más apropiado para la exhaustividad analítica. Pero también se advertía que esta carencia se suple con otras cualidades, como la capacidad para sugerir, para dotar a la anécdota de una dimensión metonímica. Estas armas específicas del cuento son las que se echan en falta en los de Berta Marsé. Demasiado abocados a la pro mesa de un final sorprendente, sus cualidades más reseñables (desparpajo de los diálogos, ritmo ágil, buen oído para la lengua coloquial, ironía) no acaban de llenar de sentido estas fábulas sobre las máscaras con las que ocultamos la verdad desapacible. El desenlace revelador puede satisfacer el gusto del lector ávido de quiebros sorprendentes en la trama y de finales abiertos en los que dejar flotar, con placidez, la imaginación. Pero hay historias en las que lo que interesa es precisamente «lo que viene después». ¿Importan más las averiguaciones, algo chuscas, sobre los abusos a una menor, o quizá lo que viene tras la denuncia? ¿No es menos interesante la confesión de la propia iniquidad de una joven a su novio que conocer bajo qué pactos aberrantes esa verdad no destruye, sino que apuntala su relación? Uno prefiere, en fin, asistir a un cumpleaños en el que la niña homenajeada ha destapado el adulterio de su propia madre, y no detenerse justo en el momento en que se conoce la infamia. Imagínense que esa espléndida película que es Celebración acabara con el discurso en que el primogénito declara ante los animados comensales la terrible verdad de su infancia: francamente, no puede canjearse el rictus de sorpresa de los personajes (y del espectador) por la compleja cadena de consecuencias emocionales y éticas que el filme presenta tras la estupefacción inicial.
Es difícil determinar si esta inhibición (por así decirlo) moral procede de una elección consciente de la autora o si, simplemente, es un reflejo de la somnolencia que ha reemplazado la tradicional vigilia ética del escritor. Posiblemente haya más de lo segundo que de lo primero, vista la sintonía que existe con unos cauces formales perfectamente convencionales, incluso en sus presuntas excentricidades. Es cierto que estamos ante una autora (otra más) que conoce su oficio y lo ejerce con sensatez, pero tal corrección, que puede constituir un punto de partida bienintencionado, también puede utilizarse, por el contrario, como plácida plataforma desde la que pergeñar una trayectoria literaria comme il faut. Los próximos libros señalarán el camino por el que su autora quiere hacer viaje por la república de la letras.

01/06/2006

 
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