ARTÍCULO

Goytisolo por Goytisolo

Siruela, Madrid
148 pp. 15,90 €
 

Los gustos populares han encumbrado el género biográfico a los lugares más destacados en las listas de ventas. Dentro de ese apartado hay que hacer una mención especial a la literatura autobiográfica, derivación de las antiguas «memorias», que se acerca cada vez más al sensacionalismo periodístico. Por pedante que pueda parecer hablar de sí mismo como un ídolo que se ha impuesto en forma triunfante a su época, millones de ávidos espectadores se muestran hoy dispuestos, sin embargo, a seguir las pasmosas hazañas y anécdotas que jalonan la vida de aquellos personajes más famosos, más ricos, más o menos oportunos, guapos o primorosos, que con sus éxitos rotundos y fracasos bíblicos convierten el mundo en una superproducción en tiempo real. Ahora, en la mayor parte de los casos ese afán exhibicionista se lleva a cabo con la misma profundidad de un anuncio publicitario de prendas interiores, sin olvidar, por supuesto, que comporta efectos comerciales igualmente ventajosos. Entre tanta ficción megalómana, un libro como el de Luis Goytisolo resulta extraño. Cosas que pasan, pese a ser un recuento de indudable carácter autobiográfico, relata, sin embargo, una serie de proezas de escasas pretensiones. No es un libro al que le falte amenidad, ni mucho menos. La sobria prosa del autor va repasando distintos pasajes de su vida entre los que intercala explicaciones, ocurrencias y evocaciones de distinta naturaleza. Como en otras obras, Goytisolo se muestra desinhibido a la hora de hablar de amor y sexualidad. También son vívidos los retratos de algunos de sus amigos y enemigos en el campo de la literatura. En general, Cosas que pasan es un libro de grata lectura que nos cuenta algunos momentos de la vida del escritor, aunque difícilmente encaja en la óptica exhibicionista que caracteriza a las obras de su tipo. Y es que la mayoría de aquellos que se lanzan a narrar los hechos de su vida saben de antemano lo que quieren decir, qué sucesos resultan centrales y definitorios, qué batallas hay que destacar como parte de la construcción de la leyenda. De hecho, buena parte del impulso autobiográfico proviene del intento de controlar el futuro, evitando hasta donde sea posible la proliferación de aspectos no deseados.
Sin embargo, en Cosas que pasan Luis Goytisolo elige una estrategia diferente, que acepta tempranamente la imposibilidad de levantar una imagen monolítica de sí mismo. Más bien, las numerosas posibilidades narrativas de sí mismo desembocan en una verdadera literatura del yo en la que Goytisolo trata de encontrar pistas sobre su identidad. No se trata, por tanto, de un libro para consolidar un destino legendario sembrado de anécdotas tan reveladoras como parciales. Antes bien, Cosas que pasan funciona como una bitácora que refleja un viaje exploratorio en búsqueda de una nueva versión de sí mismo, sabiendo, eso sí, que «la escritura sigue siendo como adentrarse en un bosque siempre rico en sorpresas». En lugar de una imagen clara, de un perfil definido para la posteridad, el autor sólo es capaz de reunir un conjunto de rasgos posibles, impresiones, reiteraciones para dar origen a un recuento necesariamente provisional. No es que Goytisolo sea un desconocido para sí mismo, ni para los demás. De hecho, junto a Cosas que pasan, la colección Nuevos Tiempo de Siruela también ha decidido reeditar Estatua con palomas, libro merecedor del Premio Nacional de Narrativa en 1992, y que ya ofrecía una versión posible de ese sujeto llamado Luis Goytisolo, escritor, crítico, amante y otras cosas más. Sin embargo, pareciera que cada vez que se asoma a mirar su imagen reflejada sobre las aguas del tiempo, el escritor encuentra un nuevo rasgo y entiende su vida de forma distinta. Cosas que pasan es justamente un intento de fijar el carácter fugaz de cada esfuerzo por retratarse a sí mismo: «Y es que yo no soy mi vida, lo que me acontece». Nadie es una sucesión de hechos, un conjunto cronológico de acontecimientos personales. Nadie se reduce tampoco a la reunión de sus obras. Una biografía es, ante todo, un proyecto, una propuesta que se basa en los elementos experimentados en el pasado. En este caso, Luis Goytisolo hace su apuesta, sabiendo de antemano que cualquier esfuerzo honesto por mostrarse en forma «íntegra» tropezará con la compleja encrucijada que nos plantea nuestra condición efímera y cambiante. Sin embargo, al regresar a las imágenes de la memoria, Goytisolo encuentra la posibilidad de volver a preguntarse por la razón de su obra, por la veracidad de su persona, por la esperanza que guardan sus recuerdos, sabiendo que, como apuntaba Cesare Pavese en sus diarios, «las cosas se descubren a través de los recuerdos que de ellas se tienen». Por eso nuestra memoria no es un simple depósito de imágenes borrosas, sino una fuente viva de momentos que tratamos de hacer coincidir con el presente. Cosas que pasan no deja de ser un esfuerzo autobiográfico honesto pero necesariamente opaco que ofrece un escaparate lleno de construcciones producidas por la mitología personal y el ejercicio del recuerdo. Explicarse por escrito obliga a construir un relato, a plantear una fábula «basada en la realidad personal», es decir, basada en el más subjetivo de los mundos. Sin embargo, al observar los recuerdos del escritor, sus decisiones, su rechazo a los condicionamientos religiosos, nacionales, ideológicos, sociales o sexuales por los que se rige la sociedad, «no para sentirme superior o diferente, sino para saber quién soy y cómo soy», se puede «reconstruir» una vida como una tentativa. No deja de haber cierto tono irónico en Goytisolo cuando revisa sus relaciones pasadas, la amistad o enemistad con determinados autores, los amores, los días en la cárcel, sucesos todos atravesados por la acción «de un elemento por definición imponderable que es el azar». Al final, nos dice, que mi vida haya sido así, no significa que no hubiera podido ser de otro modo; bastaba con que el azar hubiese dispuesto otras circunstancias. Una conclusión que recuerda inevitablemente a las palabras de Rimbaud: «La vraie vie est absente».

01/11/2010

 
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