ARTÍCULO

Pioneras a la fuerza

Turner, Madrid
Trad. de Rocío Westendorp
388 pp. 22,50 €
 

En 1921, la londinense Gertrude Maclean, una mujer soltera de treinta y siete años y de buena familia, montó una empresa llamada Tías Universales. Su primer anuncio en el periódico The Times rezaba así: «Tías Universales. (Damas con antecedentes intachables.) Cuidado de niños. Carabinas. Amueblado de casas. Compras para las colonias. Trabajo de investigación». La empresa fue todo un éxito. La señorita Maclean había tenido una afortunada idea, en la que se unían estrechamente la tradición y la modernidad: la tradición quería que las tías solteras (entonces aún las llamaban, con cierto desprecio, solteronas) se dedicasen a hacer todas aquellas actividades para las que las siempre atareadas madres no tenían tiempo, desde comprar los regalos de Navidad hasta completar una partida de bridge. La modernidad, impuesta por las circunstancias, exigía que esas mujeres sin marido, cada vez más numerosas, tuvieran que ganarse la vida por sí mismas. Se habían acabado los tiempos en que las escasas solteras dependían para sobrevivir, como les ocurría a los personajes de Jane Austen, de la generosidad de un padre, un hermano o un cuñado. También a ese respecto, la Gran Guerra, que marcó el final definitivo del siglo XIX, supuso una auténtica revolución. Como dijo la dirigente feminista Millicent Fawcett en un discurso de 1918, la guerra «se encontró a las mujeres como siervas y las liberó».
Dos millones de británicas se vieron obligadas a abandonar durante el conflicto sus casas e incorporarse a multitud de puestos de trabajo desempeñados hasta entonces exclusivamente por los hombres, desde la policía hasta la producción industrial. Se suponía que volverían a los fogones cuando regresasen «los chicos de uniforme». Pero una gran cantidad de ellos no regresó nunca: setecientos mil ingleses fallecieron en los campos de batalla de Europa. Más de un millón y medio fueron heridos, muchos de ellos de gravedad, y quedaron para siempre mutilados o gravemente afectados, física y psicológicamente. En las clases sociales más privilegiadas, los porcentajes de víctimas fueron desoladores, pues los oficiales corrían más peligro que los soldados rasos: el 31% de los jóvenes matriculados en la Universidad de Oxford en 1913 había desaparecido al final de la guerra. Todo ese número de muertos y heridos creó un grave desequilibrio demográfico a favor del género femenino: según el censo de 1921, en Inglaterra y Gales había un millón setecientas mil más mujeres que hombres. Casi dos millones de solteras forzosas que se vieron obligadas a ganarse la vida y a enfrentarse a la sorda y feroz resistencia de la sociedad que, a pesar de que aquella situación no estaba causada por ellas, seguía queriéndolas casadas, madres y encerradas en casa. Eran, como a menudo fueron llamadas, «las mujeres sobrantes».
Virginia Nicholson indaga con minuciosidad a lo largo de las páginas de este libro en ese fenómeno totalmente nuevo, que supuso un profundo cambio social y una inevitable transformación de las mentalidades. Para narrar esa realidad, se sirve de testimonios escritos: memorias, diarios inéditos, textos periodísticos, novelas, etc. Pero también recoge en vivo los relatos de algunas supervivientes de la época, ya nonagenarias. A partir de esos materiales, Nicholson va describiendo de manera tan rigurosa y detallada como cercana y amena las vicisitudes de muchas de esas mujeres, auténticas pioneras a la fuerza de la autonomía femenina. De la mano de sus propios recuerdos y de las reacciones que su realidad provocó en los escritores y periodistas de entonces, hace que recorramos situaciones muy diversas, todas ellas marcadas por ese factor común de la soltería y la consiguiente necesidad de ganarse la vida. Nicholson visita a las mujeres de las clases más bajas, aquellas que sobrevivieron en penosas condiciones trabajando en los puestos ínfimos de las fábricas, en talleres y tiendas. Nos recuerda la existencia de infinitas «mujeres de oficina», secretarias, mecanógrafas y recepcionistas, que compartían modestas habitaciones en residencias femeninas y se veían obligadas a ahorrar cada penique para poder garantizarse una vejez medianamente digna, en tiempos en los que el sistema de pensiones universal iniciaba su andadura. Describe la situación algo más acomodada de las maestras y las enfermeras. Y nos habla también de muchas mujeres triunfadoras: las flappers de vida alegre, jóvenes privilegiadas que descubrieron el placer de disponer de un cuerpo –oculto hasta entonces bajo ropajes sin fin y una atroz represión moral– y se lanzaron a bailar jazz, a esquiar, montar en moto o escalar las montañas más altas; aquellas que, nacidas en las capas más bajas de la sociedad, supieron prepararse y trabajar infatigablemente hasta llegar a ser empresarias de éxito; o las que lograron ver cómo, al fin, las puertas de las históricamente misóginas universidades se abrían para ellas (Oxford acogió alumnas en sus aulas desde 1920, no sin una notable reticencia por parte de muchos profesores) y les permitían acceder a campos del saber y de la actividad profesional reservados hasta entonces a los hombres.
Desfilan así por este libro infinidad de vidas de mujeres que partieron de la frustración para alcanzar, en la mayor parte de los casos cuyos testimonios podemos leer, un envidiable nivel de satisfacción. Valientes y esforzadas pioneras de la independencia femenina. Seres que supieron ganarse palmo a palmo la admiración de la sociedad, que hicieron que cambiase para siempre el mercado de trabajo y el concepto del género femenino y que lograron que las despreciables solteronas de antaño llegasen a ser consideradas, simplemente, mujeres libres. Siempre tratadas con simpatía y respeto. Quizá no sea casual que por las venas de la autora corra la excelente sangre de dos de las mujeres más rompedoras de aquellos tiempos: su abuela, la espléndida pintora Vanessa Bell, y su tía abuela, la grandísima Virginia Woolf.

01/03/2009

 
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