ARTÍCULO

El porqué de las cosas

El Acantilado, Barcelona
279 págs. 16
 

Decía Flaubert que a fuerza de observar la más insignificante de las cosas uno acaba por tomarle interés. Desde los inicios de su trayectoria literaria, la preocupación de Quim Monzó (Barcelona, 1950) ha sido traspasar el caparazón de la imaginería cotidiana, en busca de la «cosa en sí». En sus ochenta y seis cuentos, recopilados en castellano por Anagrama hace un par de años, Quim Monzó ha mantenido una actitud inquisitoria ante los aspectos aparentemente inocuos de la existencia. Su discurso le da una vuelta de tuerca a la divisa de Pla sobre la importancia de las anécdotas como semáforos que franquean el camino hacia las categorías.

Con el pasar de los años, el escritor catalán ha ido soltando el lastre de una generación que se emborrachaba, según sus palabras, «con una adjetivación lisérgica muy propia de los años setenta». La depuración estilística ha desembocado en una línea clara que ajusta cuentas, otra vez, con el experimentalismo que nos maltrató en la mocedad sesentayochesca, una época que, como recuerda el escritor, «si se te entendía te tomaban por facha. Lo progresista era ser ininteligible».

Ligero de equipaje adjetivo, Monzó comparece desde 1999 en las páginas del diario barcelonés La Vanguardia, con dos artículos para los días laborables y uno para el Dominical. Tres años después, ese bagaje periodístico escrito expresamente en castellano –sus recopilaciones anteriores eran traducciones de artículos en catalán– se reúne en El tema del tema. Su título ya es toda una declaración de principios sobre lo que preocupa al Monzó periodista ahora y aquí. Gran parte de los artículos que vamos a encontrar se refieren a lo que él denomina acertadamente «trapicheos léxicos», esos lugares comunes y frases comodín que enlodan nuestras conversaciones cotidianas ya muy atacadas por el ruido ambiente de la comunicación de masas y la anorexia cultural televisiva.

Asiduo de los bares y los restaurantes con menú de mediodía, Monzó come a dos carrillos y no pierde detalle de lo que sucede en su derredor. Se percata, por ejemplo de que en las pizarras de los comedores prolifera una «fideuà» que no es otra cosa que un aliño interesado de los fideos a la cazuela; abre el periódico y en los anuncios inmobiliarios constata que el piso en venta de «obra nueva» encubre cuatro paredes decimonónicas con parqué, instalación eléctrica y una capa de pintura; o que esos «lofts» tan modernos enmascaran un habitáculo sin tabiques de treinta metros cuadrados con lavabo y cocina americana. Los vientos «monzones» arrasan un vocabulario tan vacuo como retiterativo: ironiza con las arrobas (@) que condensan el prejuicio progre por la discriminación sexual y sonríe ante el eufemismo de la «compañera sentimental», tan frecuentado por los medios. Se mofa de las culturas que se reiteran en un discurso aquejado por la agrafía y que no duda en transitar de la «cultura del diseño» a la «cultura del carpaccio». Cuando come en compañía, prefiere mantener la tradición de los dos platos y abomina del «pica pica» que acostumbra a inaugurar unas pitanzas que parecen rehuir la opción individual: antes, dice, el «pica pica» era aquello que daba picores y ahora sustituye al primer plato como una «aplicación gastronómica del pensamiento único».

En su forma de mirar el mundo, Monzó aplica la radicalidad del sentido común. Disecciona con precisión forense los cadáveres semánticos que han ido quedando al borde del camino, en una sociedad donde, según sus palabras, «la literatura es el macramé de las artes narrativas, arrinconada primero por el cine y últimamente por la televisión». Su preocupación por los enunciados que presiden nuestros días recorre desde la facundia mediática hasta la súplica monocorde de los vendedores de La Farola . Un trayecto en metro de poco más de un cuarto de hora le lleva a analizar la retórica miserabilista y la unificada dramaturgia de los pedigüeños que se turnan en su actividad petitoria: «No incitan a la caridad. Pueden dar pena o violentar, pero no conmueven. Recurrir a esa cantinela estereotipada les va en contra. Les sería más efectivo pedir sin decir nada. A veces, con una mirada basta y, en cualquier caso, esa sobreactuación huele a chamusquina y a manipuleo...». Monzó aplica su asepsia analítica a todo lo que ve y todo le aprovecha. Su mirada tiene algo de niño malévolo que no cesa de preguntar: ¿por qué se ha puesto de moda aplaudir en los entierros y cada minuto en los programas de televisión? ¿Por qué los callos sólo pueden hacerse a la madrileña? ¿Por qué las películas de antes siempre han de ser mejores que las de ahora? ¿Por qué proliferan las series gremiales –Periodistas, Policías, Compañeros–? ¿Por qué hay gente que sólo va al bar para leer el diario gratis? ¿Por qué esa costumbre de traerte el bocadillo con la servilleta de papel debajo? En sus inquisiciones sobre lo banal reside, precisamente, la fuerza de un Monzó que perfora la superficie en busca de la genealogía moral.

En las dos décadas, el autor de El porqué de las cosas ha ido compensando la ingenuidad y la mordacidad cínica por un escepticismo más aposentado en la lucidez moralista. Del joven treinteañero de rizado afro y gafas de concha hemos pasado al cincuentón que saca partido a su mirada aséptica y ya no se deja llevar por coartadas ideológicas presuntamente progresistas. No le duelen prendas en denunciar la incuria educativa de unos padres herederos del 68 que no aplican la disciplina a sus vástagos. Un «prohibido prohibir» extendido a un sistema educativo indigente: «El festival de insolencias no se da sólo en la enseñanza. Lo vemos en las calles, en el comportamiento de motoristas, automovilistas, ciclistas y peatones... ¿Cómo no va a ser así? Si de niños nadie se atreve a decirles que no pongan los zapatos en el sofá, ¿por qué de adolescentes no han de escupir las cáscaras de pipa a la cara de quien quieran?».

Trapicheos léxicos, costumbrismo, destilación del fait divers, sátira de la multiculturalidad y la corrección política nutren el «tema» de Monzó, si aplicamos la interpretación barraliana de «tema» como obsesión. El peine de la portada del libro parece simbolizar el rastreo que el escritor aplica a nuestra cada vez más alopécica testa social. Un bucle que a veces se torna melancólico cuando reflexiona sobre una Cataluña que juzga más virtual que real. Es entonces cuando la amargura llena de plomo las alas de la ironía. La voz del articulista se torna campanuda y apocalíptica. Critica el mercantilismo pactista del nacionalismo convergente: «Cada dos por tres tocan a rebato para luego ver cómo, por debajo del mostrador, se venden, trocito a trocito, hasta la campana con la que convocan. Y, claro, llega un día que ya no queda ni campana». Es el Monzó del compromiso, con el que se puede estar o no de acuerdo: una cuota de solemnidad que no ahoga una escritura fresca, aleccionadora e inconformista, vacuna contra las imposturas culturales.

01/09/2003

 
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