ARTÍCULO

Ángeles, supervivientes

Seix Barral, Barcelona
544 pp. 20 €
 

Al lector con cierta memoria cinematográfica quizá no le resulte difícil empezar El mapa de la vida y evocar de inmediato Cielo sobre Berlín, la película de Wim Wenders (1987) que arranca con un ángel en lo alto de la iglesia del recuerdo, en plena Kudamm. Desde allí contempla lugares marcados por la historia y gentes con las que irá moviéndose para apreciar al detalle sus pensamientos y vivencias, hasta hacerse él mismo humano –«ahora sé lo que ningún ángel sabe», dice al terminar–, sin los límites de su anterior condición sobrenatural.
Algo de ese comienzo tiene el ángel situado por García Ortega en lo alto del Faro de la Moncloa mientras «la heroica ciudad se despertaba»: son las cinco palabras iniciales del libro, sin el menor asomo de la ironía con que Clarín se refirió a la siesta de Vetusta, y no sólo por tratarse de Madrid, sino porque además no es un día cualquiera: está empezando el once de marzo de dos mil cuatro y el ángel sabe todo lo que va a suceder. Diez líneas previas a la narración abren la novela y la colocan bajo esa mirada que intenta abarcar todo el tiempo –lo que fue, lo que será–, todas las vidas –y lo que no serán–, a partir del espanto que cambiará la ciudad entera.
El desastre de aquella mañana se recoge a continuación en poco más de veinte páginas, a través de las repercusiones concretas que el estallido de las bombas tiene en varias personas concretas, unidas en esos momentos por el azar y la brutalidad. Ese daño enorme se expresa con una voz sin estridencias –iniciales, sexo, edad y profesión son los rasgos principales de las víctimas– y su tono sobrio refiere intensamente el quebranto físico y moral de las heridas y mutilaciones que producen mientras se hace un gesto tan simple como mover un encendedor entre los dedos o abrir un libro: por aquí, y salvando las distancias entre la magnitud de una tragedia y otra, El mapa de la vida permite evocar también Hiroshima, el enorme trabajo realizado por John Hersey en 1946, centrado en gentes particulares que en una fecha y hora particulares –6 de agosto de 1945, ocho y quince de la mañana– hacían gestos tan sencillos como leer el periódico o girar la cabeza para hablar con la vecina de escritorio. La realidad descoyuntada por la irrupción más furiosa del azar, donde se mezclan lo cotidiano y lo extraordinario, lo inmediato y lo lejano, lo material y lo sobrenatural, cuya posibilidad de ser aprehendida quizá sólo esté al alcance de seres tan singulares y autosuficientes como los ángeles (la sombra de Rilke planea en muchas páginas), proporciona a la novela el encuadre muy abierto que le sirve para englobar una amplia diversidad de materiales, voces, perspectivas, tonos y temas, sin excluir cierta clave de juego y descubrimiento apuntada desde las citas que abren cada parte, bajo el nombre de los tres personajes principales –Ada («¿No terminaría nunca de caer?»), Sayyid («¿Quién eres tú?») y Gabriel («Estaré aquí sentado, una y otra vez, durante días y días»)–: sin mencionarse expresamente, de Alicia en el país de las maravillas van saliendo distintos guiños durante el relato –incluido el propio apellido Liddell de un secundario– para enmarcar la peripecia general de unos personajes que no dejarán de verse cayendo por dentro, arrastrados por el vértigo de sucesos externos y extremos, mientras se preguntan por su identidad y se obstinan en llevar a cabo un destino único.
Ese vértigo es el que atraviesa los cuatrocientos veinte días juntos de Gabriel Zaera y Ada Camelia Zubiri, abogado y físico experto en montañas rusas él, especialista en arte del Renacimiento ella. Siete meses después de las explosiones de Atocha, Z y Z se conocen por casualidad en el Museo del Prado delante de La Anunciación, el cuadro de Fra Angelico. Tienen algunas conversaciones algo cursis al principio sobre el sentir y no sentir las alas, se reconocen como supervivientes de aquel infierno –ella ha perdido un pecho, él tiene una pierna muy dañada y necesita bastón–, se piden el teléfono, empiezan a recorrer Madrid juntos con los ojos de quienes atraviesan un mundo transformado, se van a vivir juntos a un piso decimosexto, intentan dejar atrás sus matrimonios malogrados (no exclusivamente a causa del atentado) y se sienten tan distintos como para alcanzar el rango de lo angelical, sobre todo él, quien así se lo ha anunciado ya una noche a su mujer, Eva, antes de abandonarla: «Soy un ángel».
A su historia de amor y resurgir van incorporándose los distintos materiales ya señalados, casi siempre procedentes de entornos cercanos: sus antecedentes personales, las respectivas familias –Eva, la mujer de Gabriel, quizás uno de los personajes mejor construidos; Santiago, el marido de Ada, acaso el más endeble, y los hijos Paula y Daniel–, los amigos y conocidos –Adrián y Cloe, Fred, Souza–, la gente encontrada en sus nuevos itinerarios –los chinos de la tienda atenazados por mafias; los indigentes del parque de Berlín con el inquietante pianista retirado a la cabeza; los inmigrantes de la casa abandonada en Reina Victoria– y los mundos laborales: las montañas rusas de Gabriel Zaera sirven como correlato de una época inestable y vacua que pide emociones falseadas; el trabajo de Ada como experta en arte renacentista es un enganche para ir relatando los fracasos de Giotto en la edificación del Campanile en Florencia, sus afanes para crear unas alas que le permitan volar como los ángeles; la reconstrucción física de Ada contada con minuciosidad ratifica su esfuerzo para vivir de nuevo y muestra la prepotencia negligente de una sanidad privada que es simple negocio. Enroscada en este conglomerado de personajes y situaciones está la historia de Sayyid, un médico egipcio, yihadista que aguarda el momento de llevar a cabo su misión destructora, precisamente en el Prado, junto al cuadro de La Anunciación. Es un durmiente cuya vida entra en la de Eva, a partir de amigos de Gabriel, y se enreda en la de todos con la violencia sorda que el disimulo exige a su creciente resentimiento. Su aparición enlaza, además, con las torturas de un preso en Guantánamo, alguien que rozó la vida de Sayyid un día, cuando le regaló una entrada para ver un partido de fútbol entre Egipto y Camerún, e introduce la figura de Mahoma en su ascenso celestial a lomos de Buraq. Sayyid es la amenaza fantasma, el peligro en la sombra, y se significa como muerte frente a la afirmación vital de Ada y Gabriel. El entramado de peripecias personales desarrolladas por extenso está cosido por las otras mucho más breves de quienes no pudieron ser porque la muerte se lo impidió. García Ortega posee gran capacidad para mezclar simples apuntes de vidas que son o pudieron serlo, y construir con ellas mosaicos de mucho dinamismo, tal como ya hizo en El comprador de aniversarios, novela en la que pueden estar las raíces de ésta, con su preocupación por el mal (también el ángel de Wenders se pregunta si existe realmente el mal y gente que, de verdad, es mala) y esa otra obsesión suya por la fuerza del azar, sobre todo cuando irrumpe de forma tan decisiva como para dejar a unos vivos y a otros muertos: «Pienso en la supervivencia, en el hecho mismo de haber pasado por la puerta de la muerte y no haber entrado. Sobrevivir produce cierta perplejidad, cierto desconcierto. Quizás el más monumental desconcierto a que puede someterse el ser humano», dice el narrador de El comprador de aniversarios (p. 83). «Todavía se preguntan por qué sobrevivieron si murieron tantos otros. Cada uno enumera pequeños factores de suerte o voluntad [...] ahora cada uno sabe que en el acto de sobrevivir vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería» (Hersey, Hiroshima, p. 10). Los hilos sueltos de algunas de esas historias iniciales tras la explosión de los trenes se retoman en distintos momentos de la trama discontinua, precisamente para atarla con lo que pudieron haber sido.
Todo este desarrollo permite mostrar un Madrid convulso, variado, resistente, más allá del aquel machadiano rompeolas de todas las Españas, ahora ya casi rompeolas de todos los mundos, al que han acudido gentes de todo origen y condición. Del cielo a las cloacas, de parques a despachos, de alcobas a bares, de azoteas a túneles (incluso pasando por alguno aún sin acabar en el momento de la narración –p. 88–, el de Cuatro Caminos a Reina Victoria que se abrió en marzo de 2005), este libro no quiere dejar un solo resquicio sin atención, ni un solo registro sin utilización, ni la más simple referencia sin posibilidad de convertirse en elemento simbólico. Y en ese esfuerzo, en ese afán exigente de alto vuelo, está el peligro de que se rasguen las alas: el empleo reiterado del azar alcanza cierta saturación que roza lo inverosímil por su abuso de las casualidades, el manejo constante de lo angélico apunta al desgaste por acumulación, y varias historias laterales (Giotto, la chica judía, el preso de Guantánamo), a pesar de todo su interés particular, tienen un engarce algo forzado. Los propios personajes principales, supervivientes algo sobrepasados por la profusión de cambios en ellos mismos y en cuanto les rodea, llegan a reconocerse incapaces de distinguir si cuanto ocurre es real o lo imaginan y, más que ángeles anómalos como creen ser al principio, acaban planteándose si no serán «visionarios de espejismos a la carta» (p. 434). Ángeles, supervivientes, visionarios: no es una relación fácil y al lector puede asaltarle también la duda acerca de un despliegue de efectismos que podría estar más controlado.

01/05/2010

 
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