ARTÍCULO

Ritmo contra escepticismo

Tusquets, Barcelona, 1996
Trad. de Joaquín Garrigos
256 págs.
 

La Revista Sur de Victoria Ocampo fue la que dio a conocer a los lectores en español la primera publicación de Cioran en nuestra lengua. Tendrían que pasar muchos años para que el descubrimiento trascendiera a España, gracias a las traducciones de Fernando Savater y a su Ensayo sobre Cioran (Taurus, 1974), tesis doctoral de la que algún sesudo miembro de su tribunal sospechó que proponía a un autor inventado. «No los desmienta», respondió Cioran.

El libro de las quimeras había sido incluido en la preciosa edición de las Obras de Cioran que Gallimard editó en 1995. Esta edición de Tusquets ha sido traducida del rumano por Joaquín Garrigos. El libro de las quimeras es la segunda obra de Cioran y fue publicada en Bucarest en 1936, cuando el autor contaba veinticuatro años.

Para los enviciados con la magistral prosa francesa de Cioran, este libro es una verdadera curiosidad. Nos encontramos con un joven entre iracundo y místico, que aún no ha desarrollado la plena elegancia de su escritura pero que ya apunta alguna de las peculiaridades estilísticas a las que llegaría en la madurez, por ejemplo, el ensayo del uso del aforismo.

Hay en estas páginas un uso frenético del eterno tema de la divinidad, de las religiones, la obsesión por la trascendencia, pero todos ellos, en lugar de caer en la monotonía religiosa, en la prosa de Cioran se hacen música: «Cuando escucho el final de La pasión según san Mateo de Bach, entiendo a esos hombres que se han suicidado por la impaciencia del paraíso...». Si en el Aciago Demiurgo sostenía que «no se debería conceder crédito más que a las explicaciones por la filosofía y por la teología», aquí ambas se funden en un proceso de desmaterialización que culmina con las entrañas plenas de armonías. Dios es una melodía. «Oigo la vida. De ahí arrancan todas las revelaciones.» La vida es sólo la prolongación del concierto, y si Cioran no quiere morir es porque no soporta la idea de no poder escuchar a Mozart. «¿Mozart?, intervalos en mi desdicha.»

En cambio, Bach es el anhelo de evadirse el tiempo. «Con Bach nos sentimos a las puertas del paraíso; nunca en él.»

La «ondulación de la música mozartiana hace la crítica de la racionalidad»: En lugar de ideas: pensamientos obsesivos. «Prefiero las obsesiones que serpean en mi interior en vez de taladrarlo...»

Hay una clara diferencia entre ser filósofo y ser «filoso»; hoy la filosofía es el escondite de los que dan clases en medio de la indiferencia psíquica; «Kant nunca estuvo triste. No pueden amar los hombres que no mezclan los pensamientos con los pesares».

No es extraño que despreciando a la filosofía, a los profesores de filosofía, sólo rescate al más musical de los filósofos, al músico de la filosofía: Nietzsche.

Es la música la que hace vitalista a un autor al que le sobran argumentos contra la vida, «cada forma de ritmo es un arma contra el escepticismo, la desesperación y el pesimismo. El ritmo como reacción querida no debería de faltar nunca en el tratamiento de enfermedades incurables de las que, en primer término, forman parte el asceticismo, la desesperación y el pesimismo».

Habiéndose despojado de toda ilusión, revelada la vaciedad del ser, Cioran se percata de que se encuentra sumergido en la historia:. «Si me hubiese dedicado a la Historia, hace mucho que me habría muerto de tristeza. Es horroroso darse cuenta de lo mucho que hemos gastado en hechos y lo poco que valen. Un hecho en sí mismo es todo, es un absoluto; en nuestro pensamiento, nada, una quimera. Y realmente, el pensamiento es el reflejo de la nada, la sombra de una quimera».

Y en medio de esta sombra nos movemos en el tiempo y el tiempo es una enfermedad de la que sólo nos arranca, para los que no estamos aptos para estar en este mundo, la música.

01/08/1997

 
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