ARTÍCULO

El islam político: consuelo en la sumisión a Dios

Acento, Madrid, 1996
Trad. de Salustiano Masó
320 págs.
Bellaterra, Barcelona, 1996
Trad. de Ana Herrera
384 págs.
Siglo XXI, Madrid, 1996
Trad. de Juana Salabert
344 págs.
Bellaterra, Barcelona, 1996
Trad. de Rosa Solá
160 págs.
 

«A excepción de quien está conmigo, todo el mundo es apóstata y merece la muerte», proclamaba el pasado enero, en un ramadán ensangrentado por oleadas de asesinatos y coches-bomba, Antar Zuabri, líder del GIA argelino en un comunicado. Aunque ese comunicado no haya sido autentificado, la excomunión 1 obedece a la lógica de los grupos neo-islamistas extremistas: es la manera de distinguir a un integrista radical de uno moderado. Cuando un autoproclamado emir de cualquier grupúsculo radical islámico declara que otro musulmán o que la propia sociedad en la que vive es «apóstata» está haciendo una declaración de guerra: el acusado de apostasía puede ser el gobernante y así se llega al magnicidio como en el caso de Sadat, o toda la sociedad, culpable de «paganismo» («yahiliyya»), con lo que se entra en la lógica de la guerra civil y el terrorismo tal como sucede en Argelia. Ruptura total con la tradición histórica del Islam, en la que la «guerra santa» («yihad») es ocasional, colectiva y sometida a condiciones previas: nunca contra otro musulmán, como recuerdan Ayubi, Roy, Carré y Esposito en los buenos libros que acaban de publicar en España. De los cuatro es el de Ayubi el que más profundiza en la dinámica neo-islamista de los grupos terroristas, gracias a una familiaridad con las fuentes árabes que convierte a su libro –El Islam político: teoría, tradición, rupturas– en uno de los mejores de la ya abundante bibliografía en lenguas europeas sobre la relación Islam-política-violencia. El integrismo, fundamentalismo, islamismo –el vocabulario es lo de menos–, no es una vuelta a los orígenes del Islam: es una ideología «neo-vieja» construida a través de una muy selectiva y poco ortodoxa lectura de la tradición, como demuestra Carré en «El Islam laico». El concepto de «takfir» y el de «hakimiyya», soberanía de Dios, que normalmente le asocian, han ido a buscarlo los modernos ideólogos del islamismo radical, el pakistaní Maududi y el egipcio Sayid Qutb, a una secta herética y ultraminoritaria surgida en el alba del Islam, los «jariyíes» 2 .

Maududi y Qutb son ideólogos en ruptura con su sociedad por distintas razones. En el caso del hindustano Maududi, ese ir a beber a las fuentes de la primera disidencia rupturista del Islam es el reflejo enfermizo de «la mentalidad de asedio» de un musulmán en una India colonial predominantemente hinduista donde el Islam era minoritario 3 . Distinta es la trayectoria del egipcio Qutb, ídolo de los actuales grupos violentos: su radicalización data de su amarga experiencia carcelaria en los años sesenta por ser Hermano Musulmán. Prisión considerada además doblemente injusta: el Hermano Musulmán Qutb siente que el naserismo, su efímero aliado, no sólo reprime sino que además se ha apropiado del proyecto político de la Hermandad de una sociedad más justa 4 .

Para todos los radicales seguidores de Maududi y Qutb la «soberanía de Dios» («hakimiyya li-llah») es incluso más importante que la ley islámica («sharía»): ésta, pese a la latitud de interpretación que se conceden, podría ponerles límites, algo que no sucede con el gobierno del Absoluto, de quien se consideran únicos intérpretes autorizados. De ahí que no cesen de emitir «fatwas» lanzando anatemas contra todos los demás, incluidos muchas veces los miembros del propio grupo, que entra así en un proceso de disidencias sangrientas y desintegración mórbida tal como sucede en el GIA argelino. Al final sólo un hombre, el emir, define el Islam; únicamente los miembros del grupo son verdaderos musulmanes. Es la (sin)razón de los asesinatos indiscriminados del GIA argelino, de las purgas que se saldan con sangre, de sus enfrentamientos armados con la guerrilla que obedece al FIS.

La corriente mayoritaria del Islam político de la que todos estos grupúsculos radicales proceden, la cofradía de los Hermanos Musulmanes, es algo distinto. Como dice el egipcio Hodaibi, líder de la Hermandad: «La palabra hakimiyya (soberanía de Dios) ni siquiera está en el Corán». El integrismo de los Hermanos Musulmanes, aun moderado en las vías de acción política, es también una total ruptura con el pasado; una desvalorización de toda la historia, pensamiento, filosofía de la tradición musulmana para sacralizar sólo la «sharía», una presunta ley islámica que es en realidad una jurisprudencia que dio cobertura religiosa al islam medieval, pero que a fuerza de repetirse ha llegado a ser confundida con la verdadera «sharía»: el Corán y la sunna.

Fueron los Hermanos Musulmanes –nacidos en Egipto en los años veinte de este siglo y con ramificaciones hoy en todo el mundo árabe– los que inventaron el slogan «el Corán es nuestra Constitución» y quienes ahora hacen campaña política bajo el lema «el Islam es la solución». Sin mayor precisión... porque no puede haberla. El Estado islámico por el que luchan no ha existido nunca: el Estado histórico musulmán no ha sido teocrático sino más bien cesaropapista, ha sometido la religión al poder con la ayuda de ideólogos a sueldo, los ulemas, tal como brillantemente explica Carré.

Aclarar este punto es esencial y no mera meticulosidad académica: cuando Samul P. Huntington vuelve a predecir un choque civilizacional entre el Occidente cristiano y el mundo del Islam (Foreign Affairs, Nov/Dec 1996, avance de su libro The clash of civilizations and the remaking of the world order, Nueva York, 1996) dice con aplomo algo tremendo: «In Islam God is Caesar», «en el Islam, Dios es César». Sigue así a islamólogos prestigiosos, Bernard Lewis, y menos prestigiosos, como Enmanuel Sivan y Bruno Etienne, cuyo libro El islamismo radical, ahora publicado en España con diez años de retraso, ha sido duramente criticado por islamólogos franceses no sólo por errores factuales sino porque al presentar como materia de fe que en el Islam no hay separación entre religión y política («el pensamiento árabo-musulmán niega toda división entre sociedad civil y sociedad política»), al proclamar que es pura ortodoxia la rebelión contra la tiranía, al asegurar que el Islam no diferencia entre Dios y César, está diciendo a los jóvenes franceses «beurs» de las barriadas de inmigrantes que para ser buenos musulmanes han de ser... malos ciudadanos de un Estado laico, demócrata y moderno.

Bien es verdad que no sólo hay desacuerdo entre islamólogos e historiadores acerca de la relación entre Islam y política, entre lo que es la ortodoxia y la heterodoxia 5 . Los políticos tampoco tienen las cosas claras. A veces, una sola persona encarna la contradicción. Hasán II, rey de Marruecos y Comandante de los Creyentes, decía a la revista francesa Le Point tras la guerra del Golfo que si él se limitara a reinar y no gobernara, al estilo del actual monarca español, «sería un felón, traidor a los principios del Islam». Sugería así que el Islam impone una especie de teocracia que no distingue entre Iglesia y Estado, algo que él mismo desautorizó en una entrevista al diario Ash-Sharq Al-Ausat (13 de enero de 1993) como «desviacionismo religioso», añadiendo luego explícitamente: «Debemos atenernos a lo que dicen los cristianos: dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César». Ambigüedad de unos, oportunismo de otros, ignorancia de los más: aunque es falso pretender que «por esencia» el Islam confunde lo religioso y lo político, esa es la creencia dominante hoy en el Islam del «establishment» y aún más en el Islam paralelo, el Islam de oposición.

Tanto Nazih Ayubi como Olivier Roy –cuyo libro, breve, es un excelente análisis de la genealogía del islamismo: sólo hay que lamentar que los editores españoles hayan preferido presentar esta obrita en vez de L'échec de l'Islam politique (París, 1992) que es ya un clásico– consideran que esta ideologización de la religión, instrumentalizada por el integrismo para la rebelión, insurreccional o no, contra un poder declarado «impío y renegado» con el objetivo de una fraternización de todas las clases según la justicia social islámica, no puede dar respuesta a la crisis multiforme de las sociedades árabes: Roy, en la obra sin traducir mencionada antes, resumía bien lo que será ese Estado islámico por el que luchan los integristas. En los países petroleros, renta más sharía (ley islámica); en los pobres, paro y sharía.

«Aparte de un código moral y unas pocas fijaciones con el vestido, los castigos y el alcohol no hay un conjunto sociopolítico bien definido que pueda llamarse islámico. Quieren implantar el reino de Dios en la tierra: la desesperanza ante un orden social y político que no pueden cambiar les lleva a una "huida hacia arriba", buscando consuelo en la absoluta y total sumisión a Dios.» No es, dice gráficamente Ayubi, que prefieran el camello al avión: es que no han podido subirse al avión.

El éxito de estos grupos integristas viene de su engarce en un movimiento más amplio de Islam nacionalista y cultural, visible para cualquiera que se pasee por las calles árabes en la vuelta del velo femenino 6 . Velo que regresa para acabar con el «desorden» causado por la irrupción de lo femenino en el ámbito público, magistralmente analizado por Ayubi, quien subraya que la principal demanda de las amplias clases medias frustradas en su esperanza de ascensión social es de «autenticidad» y «participación»: el integrismo ni es rural, ni proletario, ni lumpen; recluta entre artesanos, bachilleres, funcionarios..., las capas sociales que engrosaron las filas de los movimientos nacionalistas en el período de las preindependencias.

Lo que lleva a Esposito, que fue profesor del príncipe de España en Georgetown –en un libro con claro propósito ecuménico y dialogante, explícitamente anti-huntingtoniano, de exposición lineal de la historia del Islam desde Mahoma hasta Gaddafi, con un interesante análisis de Túnez–, a preconizar la integración democrática de los integristas. Integrismo no violento que sería soluble en la democracia, susceptible de ser un equivalente islámico a la socialdemocracia o la democracia cristiana... Integrismo que en algunos casos es un peligro real, pero que ha sido magnificado por Occidente.

Esposito demuestra que hablar de «internacional islámica» es un despropósito porque hay tantos integrismos como países islámicos, con peculiaridades propias que tienen más que ver con las distintas situaciones políticas, económicas y sociales que con una norma dictada por un Komintern musulmán: ni Teherán ni Jartúm son el equivalente islamista del Moscú comunista y, como ya llevan años diciendo expertos tan respetados como Lewis o Rodinson, quien de verdad está amenazado por los integristas son los musulmanes normales o los musulmanes laicos, no Occidente.

Teniendo en cuenta que el islamismo ha logrado –gracias al vocabulario ético y social más que político del Islam– conectar con amplias mayorías de las poblaciones árabes, la lectura de cualquiera de estos libros ayudará a entender el sur del Mediterráneo. Es una pena sin embargo que ediciones Bellaterra no haya cuidado a los buenos autores que publica: traducciones a veces ininteligibles, fruto tal vez del desconocimiento del tema (primer capítulo de Ayubi, donde la traductora parece no saber identificar a los califas «rashidun», a quienes los simples manuales de historia del bachillerato han llamado siempre «califas justos o perfectos») sino de la propia lengua inglesa (¡«thug», bandido, no se traduce, como si fuera un exotismo islámico!); transcripción de términos árabes arbitraria y deformante de la fonética original... Descuido del editor también en otras cuestiones: no se aclara en una nota a pie de página, cuando Ayubi habla de los intelectuales del Islam liberal y menciona a Farag Foda, que este escritor egipcio fue asesinado por integristas islámicos, hecho que se produjo después de que el autor publicara su obra..., pero casi cuatro años antes de la aparición de esta traducción española.

01/08/1997

 
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