ARTÍCULO

El enemigo imaginario

Prólogo de Juan Goytisolo Marcial Pons, Madrid
544 págs. 27,88 €
 

«Judío, poca vergüenza, poca conciencia y mucha diligencia.» «No fíes del judío, ni de su hijo, ni de su vecino.» «Judíos y gitanos no son para el trabajo.» «La labor de la judía, afanar de noche e folgar de día.» «Al judío y al puerco, no le metas en tu güerto.» Lo mínimo, pues, que puede esperarse de sujetos de tal calaña –«los de la mala ralea», «los de la mala intinción», «los del infame linaje»– es que hagan «judiadas». ¿Qué otra cosa puede esperarse de los muy «ladinos»? Tan taimados, que hasta los santos pierden con ellos la paciencia: «San Lorenzo en la parrilla / les gritaba a los judíos: / Dadme la vuelta, cabrones, / que tengo los huevos fríos». Por todo ello, lo mejor son los remedios contundentes: «Que se junte mucha leña, / y se haga un hoguerón / y allí se vayan echando / los de la mala intinción».

El refranero y el léxico castellano –y el catalán, y el gallego– andan sobrados de términos, expresiones o simples exabruptos antijudíos. Y algo no muy distinto puede decirse del romancero, del cancionero popular, de las leyendas, de los cuentos infantiles, de las narraciones orales y escritas en general, de muchas fiestas tradicionales y celebraciones rituales... En esta línea no puede pasarse por alto que algunas creencias arraigadas, que sorprendentemente se prolongan hasta tiempos cercanos, atribuyen apéndice caudal –rabo–, como las bestias y diablos, a «los de la mala semilla». El autor de este libro recoge, sin aspirar en este caso a ser exhaustivo, múltiples datos de esta índole en diversos puntos de la geografía peninsular, pero en especial en aquellos lugares que contaron con una mayor presencia judía; la simple relación hace ocioso cualquier comentario, pues la abundancia y pluralidad de formas y expresiones aparecen por sí mismas como exponentes de una arraigada inquina popular «contra la secta deicida», que tiene indudablemente su origen y arraigo en los siglos medievales, pero que de modo no menos incontrovertible se prolonga, más o menos disfrazada, hasta nuestros días.

¿Antisemitismo en el sentido que hoy le damos al término? Ya desde las primeras páginas se nos da una respuesta inequívoca: «En el caso español la judeofobia racista, basada en la dicotomía ario-judío, si no inexistente, es sin duda mucho menos importante que la cristiana» (págs. 22-23). Y, algo más adelante (págs. 43-44), Álvarez Chillida, basándose en las aportaciones de Caro Baroja y Stallaert, y tomando como eje el siglo XV, habla directamente de la búsqueda de una identidad española –casticismo– como «ortodoxia católica incontaminada» que, para reafirmarse, deseaba hallar en los judíos –y en los «moros»– al «otro», al distinto, al extranjero, al enemigo en último término. En el contexto hispano estamos, pues, tratando más de antijudaísmo que de antisemitismo, es decir, más de un rechazo cultural-religioso que propiamente racista. Así, como resultado de esa forja de la identidad, el español convertirá al judío en un ser mítico y omnipresente, y por ello mismo en una sombra inquietante: sinónimo de «lo heterodoxo», sin mayores precisiones. Un adversario capcioso y artero, en suma. Ello indudablemente facilitará más adelante la aceptación de la tesis de una conspiración judía universal.

Pero, por encima de todo, lo decisivo del caso hispano es que –frente a los problemas reales con las comunidades judías que afrontan otras naciones europeas– aquí no quedan judíos a los que acusar de males concretos desde la expulsión decretada por los Reyes Católicos en 1492. Estamos, pues, ante un enemigo imaginario, pero no por ello el antisemitismo (entendido el término en sentido lato) desempeña en España un papel irrelevante. Todo lo contrario. Primero, porque pervive, como ya se ha adelantado, esa judeofobia popular como adecuado caldo de cultivo para las tópicas caracterizaciones del semita con todos los estigmas físicos y morales (de Quevedo a Sánchez-Dragó, pasando por Baroja o Pardo Bazán): rostro torvo, nariz ganchuda, servil, abyecto, cobarde, hipócrita, usurero... Segundo, y aún más importante, porque el antisemitismo convenientemente puesto al día se convierte en una eficaz bandera de combate que aglutina en más de un sentido a amplios sectores conservadores y reaccionarios que se sienten desplazados o amenazados en un mundo en transformación acelerada. En frase lapidaria del autor: «La historia del antijudaísmo español es, en un porcentaje elevadísimo, una historia de clérigos y clericales» (pág. 175).

En efecto, como se subraya en no pocas ocasiones, el antisemitismo es una constante y un ingrediente fundamental en el pensamiento conservador, ligado, desde Hervás y Panduro, a la «literatura complotista antimasónica»: ilustrados, enciclopedistas, librepensadores, francmasones, iluministas y judíos forman el contubernio que amenaza al orden cristiano y a su representante más fiel en el ámbito occidental, España, nación definida por su esencia católica. A la amalgama conspiratoria se unirán más adelante revolucionarios, socialistas, anarquistas, comunistas y «demás ralea», sin que importe mucho trazar distinciones entre ellos. Al fin y al cabo, todos son iguales o pretenden los mismos objetivos. El mito cumple su función sin necesidad de mayores especificaciones. Además, cuando se exacerba el odio al judío y se le aúpa al podio como enemigo supremo, no se dudará en atribuirle todos los males, incluidos los más opuestos en apariencia. Ya lo decía el rotativo falangista Arriba en 1935: «La Internacional judaico-masónica es la creadora de los dos grandes males que han llegado a la humanidad: como son el capitalismo y el marxismo». Muy poco después, rizando el rizo, se difundiría la especie de que los propios judíos estaban detrás del Holocausto, jugando a la vez como víctimas y como verdugos, con el fin de no perder en ningún caso la partida.

No obstante, Álvarez Chillida se esfuerza en subrayar que las cosas no son tan sencillas. La identificación de conservadores con antijudíos y progresistas con filosemitas, aunque a grandes líneas es cierta en el panorama español, admite múltiples excepciones y matices. Entre las huestes conservadoras se dio, por ejemplo, un singular filosefardismo (en especial con las comunidades marroquíes) como ingrediente de un panhispanismo que Álvarez Chillida caracteriza como parte de la reacción nacionalista ante el desastre del 98, y que hasta cierto punto afectó al propio Franco. Como culminación de esta tendencia aparece incluso la figura del filosefardí antisemita, producto de una distinción sui generis entre el sefardí y los demás judíos. Por otro lado, no es menos chocante o ilustrativo que los clichés más groseros contra «la raza maldita» afecten no sólo a escritores, políticos y pensadores que teóricamente combatían los seculares prejuicios hispanos en general... ¡sino también a quienes querían pasar por sus defensores! Los casos de Castelar o Blasco Ibáñez, por citar tan solo dos de las múltiples muestras aquí analizadas, son bien elocuentes al respecto.

Otra cuestión importante es cómo se asienta en el marco español la moderna propaganda racista, la que viene del antisemitismo alemán y del régimen nazi en particular. Aunque aquí también caben matizaciones (y Álvarez Chillida, siempre riguroso, no pierde la ocasión de apuntarlas cuidadosamente), «la regla fue el racismo blanco, pero antirracismo ario, de pensadores como Maeztu, Pemán y Giménez Caballero» (pág. 380). España fue, también en esto, distinta hasta cierto punto de su entorno: el antisemitismo de importación no echó raíces y el autóctono tenía unas bases doctrinales sustancialmente diferentes a la que regían en el resto de Europa en los años treinta. No podía ser ajena a esta especificidad la mencionada circunstancia de que aquí el judío real... brillaba por su ausencia. En última instancia, esa disposición se prolongaría más adelante con la peculiar política del régimen franquista, que alardeaba ante el exterior de un humanitarismo projudío (salvamento de algunos cientos de hebreos de las garras nazis en la Europa oriental), mientras que rentabilizaba ante el mundo árabe el no reconocimiento diplomático del Estado de Israel.

He aquí, pues, trazado de un modo muy sucinto, el apasionante recorrido al que nos invita el análisis de Gonzalo Álvarez Chillida. Un estudio que intenta no dejarse nada en el tintero, que aúna con acierto las consideraciones generales y el examen detallado de autores y obras. Un libro cuyo principal defecto no es imputable al autor, pues la patente circularidad, los argumentos recurrentes, las reiteraciones en suma, son simplemente los que corresponden a la doctrina que tan fielmente refleja ese antisemitismo, la mayor parte de las veces irracional y grosero, que suele anteponer la visceralidad y la eficacia inmediata a la originalidad de las ideas. Sin lugar a dudas, a partir de ahora, una obra de referencia indispensable.

01/01/2004

 
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