ARTÍCULO

Erratilidad

Mondadori, Barcelona
Santos Alonso es profesor de Teoría de la Literatura en la Universidad Complutense de Madrid y crítico literario.
303 págs. 16,89 €
 


Esta primera novela de Diego Doncel (1964), conocido hasta ahora como poeta, puede ser calificada a partes iguales como existencialista y psicológica, una adscripción que no deja de ser redundante, ya que ambas etiquetas apenas pueden delimitarse sin reparos en una misma narración, pues no cabe duda de que los estímulos y las respuestas correspondientes, tanto exteriores como interiores, discurren a la par y concordantes en la vida del ser humano. Disquisiciones aparte, sobre estos cimientos crea el escritor una novela de personaje y construye una trama obsesiva que gira como una elipse en torno a él.

Y como en toda elipse, la curva cerrada del relato es simétrica respecto de dos ejes perpendiculares entre sí con dos focos, uno de los cuales se ajusta al comportamiento y la conducta del personaje de puertas afuera, y el otro a su desajuste interior, de modo que la novela va alternando la narración del conflicto de su relación con los demás y de la dialéctica consigo mismo. Habitualmente este tipo de novela se plantea desde un punto de vista interior, con un narrador en primera persona que cuenta su peripecia. Aquí, sin embargo, el punto de vista es exterior y el narrador construye su personaje desde fuera, en tercera persona, si bien se introduce e interviene sin pausa en su pensamiento y en su peculiar visión del mundo y de la realidad.

Diego Doncel se ha propuesto como meta, en el primer eje de la elipse, la expresión explícita de la erratilidad humana, del nihilismo y la falta de sentido existencial, tomando como recurso estilístico la conocida metáfora del camino (desnortado en este caso) como cauce de la vida. El protagonista, Claudio, es un ser errático que, por razones familiares que se anotan de vez en cuando y se quieren aclarar al final del texto, jamás ha tomado las riendas de su existencia. Su condición de extraviado, de apátrida físico y moral que se alimenta del puro extrañamiento de todo y es incapaz de gobernar su cuerpo ni su espíritu, le lleva a no implicarse en nada y a convertirse en un espectador, en un mirón torturado y estéril de las experiencias ajenas.

Para configurar esta trama existencial y esta metáfora de la zozobra y la desorientación, Diego Doncel recurre a una estructura de origen cervantino. Claudio, que ejemplifica su huida en un viaje a una isla del Mediterráneo, donde espera encontrar una solución imposible a su propia dejación e inopia (allí transcurre el grueso de la novela), va encontrando de forma sucesiva a otros personajes que, tan disparatados e indolentes o tan familiarizados con el extravío como él, bien pudieran ser su espejo o su alter ego, y no porque en algún momento el autor quiera desdoblar a su protagonista, sino para insistir con ellos en la irracionalidad y el sinsentido de nuestro tiempo.

Consecuencia de lo anterior es el segundo eje de la elipse. La novela se desborda, quizá con demasiados datos y demasiadas explicaciones, en la peripecia psicológica del personaje. Un personaje, por otra parte, que, cada vez con mayor indigencia moral y afectiva, va dando tumbos y arrastrando su neurosis por hospitales y centros psiquiátricos desde los que se proyecta el mencionado camino con la dirección única de unos horizontes sombríos y sin vuelta. El narrador continúa reflejando en las anécdotas la dialéctica de Claudio con otros personajes, pero sobre todo intenta conducir la novela por los vericuetos de su conflicto personal, desplegando abundantes mecanismos de indagación y análisis psicológicos. Y es aquí, en este vaivén de las galerías interiores del protagonista, ya en la segunda mitad del texto, donde la novela se vuelve más explícita y redundante, hasta convertirse en un cuento de nunca acabar que el lector desea finalizar cuanto antes.

Con todo, el hecho de que El ángulo de los secretos femeninos sea una novela muy bien escrita, lo cual no es poco, no satisface lo suficiente. Una novela está muy determinada por el tratamiento y la configuración de su trama, por la forma en que se urden los acontecimientos en el espacio y el tiempo, y por la coherencia y cohesión entre los diferentes elementos narrativos. Y es una lástima que la trama de esta novela se contagie con la erratilidad que expresa el sentido del texto, hasta el punto de extender y alargar innecesariamente la historia, y a través de ella la estructura, con el único objetivo de explicar unas claves simbólicas que están claramente expuestas en la primera mitad de la novela.

01/05/2004

 
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