ARTÍCULO

El río de la vida

Siruela, Madrid
580 pp. 21,95 €
 

Los lectores fieles a la obra de José María Guelbenzu advertirán en su última novela, El amor verdadero, la filiación que mantiene con aquellas otras que, desde El sentimiento (1995) –a la que siguieron Un peso en el mundo (1999) y Esta pared de hielo (2005)– marcan la preferencia por un tipo de narrativa que se adentra «en la intimidad del alma humana, en sus recovecos y anfractuosidades», tal como lo hace, por esas mismas fechas, un personaje de esta novela que comento, Mateo Perdiz, joven escritor que en 1968 se estrena con una obra «que pretendía ser rompedora, hablar de una nueva sensibilidad y con una nueva sensibilidad»; es decir, una obra vanguardista e iconoclasta como en verdad lo fue El mercurio, cuyos inolvidables personajes reaparecen fugazmente en El amor verdadero, novela que cubre medio siglo de nuestra historia colectiva (1945-2005) y que atiende por igual a los conflictos político-sociales del período, según van repercutiendo en la vida y las conciencias de los personajes. Esos lectores hallarán en estas páginas el placer añadido del reconocimiento –de temas, mecanismos y recursos narrativos, símiles, voces, espacios y atmósferas, humor e ironía– y valorarán lo que esta novela tiene de portentosa summa en la trayectoria del autor. Los demás tendrán ahora la oportunidad de adentrarse en una opera magna que, de momento, remata una sólida y plural trayectoria en la que se abordan las experiencias más determinantes del período señalado.
Centrada en la historia de amor y lealtad que viven Andrés Delcampo y Clara Zubia, la novela arranca enfocando el círculo familiar del que proceden cada uno de los protagonistas (hijos ambos del bando vencedor en la Guerra Civil, si bien Delcampo, ingeniero y pequeño terrateniente, no participará en el futuro de los beneficios que su posición le brinda, mientras que Cosme Zubia, de menores recursos, hará carrera política en provincias y medrará al amparo del Régimen), círculo en el que se inscribe inicialmente el mago Cadavia, tío de Clara, que con sus amigos Juan de Septiembre y el poeta feérico Palacios representan una España irreal y fantasmagórica y conforman «un trío entregado a las artes, la conspiración y el noctambulismo», mediadores y mentores de los jóvenes. Son éstos los que centran El amor verdadero, el grupo de jóvenes amigos –la promoción de universitarios del 68–, con sus avatares y conflictos y destinos, a partir del cual Guelbenzu (re)construye una imagen contrastada y relativamente plural de la vida en Madrid (y, por extensión, en España) desde esos años del resistencialismo estudiantil y oposición al Régimen, pasando por la etapa de fragilidad y entusiasmo que fue la Transición, hasta el vórtice que supuso «el año de gracia de 1994», en que tuvieron que elegir «entre la peste y el cólera»; es decir, los «nuevos tiempos en que la corrupción atacaba por igual a quienes no sabían ocultarla y a quienes la fortuna unas veces y la astucia otras les proporcionaba una coartada momentánea».
En el camino recorrido quedan fijados los otros momentos históricos descollantes, así como la radiografía de la vida cotidiana (atendiendo a los cambios de sensibilidad, las preferencias estéticas, los valores en alza, los ritos y costumbres) y de los sentimientos, además de agudos análisis de psicología social. Sin maniqueísmo, Guelbenzu opera con el mismo bisturí cuando destripa el Madrid mediocre poblado de bigotitos fascistas o cuando, por ejemplo, examina la «masacre psicológica» causada por intelectuales retorcidos, «que fueron los peores depredadores de una generación de universitarias confiadas y anhelosas de singularidad e independencia». Y, sobre todo, el novelista es particularmente ácido cuando retrata sin piedad nuestra entrada colectiva en la vacuidad, la anemia espiritual, la estulticia, el deslizamiento sin nobleza y sin pasión, el abotargamiento y la parálisis, los años en que en España empezaba a fluir el dinero, una circunstancia que afectó o determinó más irremediablemente a aquellos jóvenes: «Había llegado nuestra hora, los viejos esquemas se iban al garete». O estos últimos en que asistimos a la muerte del «lector complejo» e impera el mundo de la información, «un caballo salvaje que nadie consigue dominar».
Sobre un rico entramado de espacios, públicos o privados (y hay que destacar el tratamiento que Guelbenzu da a este elemento axial en sus novelas –bares, cafés, tabernas, pubs, playas, casas o el mísero cuarto de una pensión–, desde el que introduce tipos que dan la impronta de una época o crea atmósferas en las que reverbera el fondo íntimo), y recorriendo esa extensión de tiempo (o tiempos, pues no es sólo el exterior el que entra en la novela), se alza una amplia gavilla de personajes cuyas vidas están ligadas por los sentimientos y, en especial, por el amor y sus distintas formas, que es la otra fuerza que, sumada al destino, vertebra el tejido de esta novela. Si lo que une a Baldomero Delcampo y Cadavia es una forma extraña e instintiva de amor –una «especie de hermandad» o camaradería fraternal–, y este sentimiento anuda también la amistad y desata celos o aflora en la enseñanza, tiene en la historia de Andrés y Clara, con sus baches y crisis (estamos lejos de la edulcoración rosa), su mejor y máxima expresión, cuyo trazado permite alumbrar una lúcida reflexión «sobre el sentido del amor, sobre el valor del esfuerzo y sobre el deseo de permanencia, complicidad y entendimiento entre dos personas que deciden libremente asumir los riesgos y las consecuencias de intentar mantener vivo ese sentimiento». Y lo hacen en un mundo y en un tiempo en el que la duración es un valor casi inexistente. Y también con y por y para o pese a los hijos, y sobre el amor entre padres e hijos tratan muchas páginas de una novela que no en vano se abre con una sentencia (o verdad) –«La vida demuestra que la experiencia personal es intransmisible»– en cuya meditación se detiene a menudo el narrador (y los personajes protagónicos en sus monólogos), porque El amor verdadero es también una novela crepuscular, una novela en la que están presentes la enfermedad, la disgregación y la muerte; una novela en la que un hombre y una mujer, Andrés y Clara, vuelven la mirada en el último tramo del camino, recuerdan («Sólo me interesa la memoria», dice él) y ven la línea de su vida al descubierto.
Y esto es lo que nos cuenta Guelbenzu en una obra que es testimonio del vivir y tiene mucho de legado. Porque, como le dice Andrés a Fabio Bertoldino, «la aventura del carácter, la aventura de la voluntad, la aventura del deseo que busca fondo [...] es el territorio de la epopeya moderna».

01/11/2010

 
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