ARTÍCULO

Lo que pudo haber sido y no fue

Planeta, Barcelona, 220 págs.
 

La primera novela de Susana Fortes, Querido Corto Maltés , ganó el premio Nuevos Narradores en 1994. La más reciente, ésta que nos ocupa, ha quedado finalista del Planeta. Dos premios que enmarcan una trayectoria sólida y que hablan con claridad del éxito de su autora. Nacida en 1959, Susana Fortes alcanzó a ver el final del franquismo con cierto uso de razón político, acentuado por la represión sufrida en su propia familia (su padre fue uno de los miembros de la UMD). El caso es que uno de los polos de aquella primera novela era un interés político en forma de homenaje a la generación (la anterior a la suya) que había combatido al franquismo; interés que también es palpable en El amante albanés, aunque ahora centrado en la oposición a una dictadura muy concreta de Europa del Este, la Albania de Enver Hoxha. El otro polo de la primera novela está también en ésta: el hecho de ser una historia de amor.

Ese es el aspecto que, finalmente, parece dominar en una novela que apunta otros derroteros, que avanza con seguridad, sin prisas por desvelar los aspectos de la trama, dentro de una estructura no lineal y con un gran flash back a partir del primer capítulo, y sin apenas desfallecimientos de lenguaje. Entre éstos, sólo cabe registrar el manoseado y propio de locutores televisivos «todas y cada una» y una elemental «austeridad espartana», además del error de hablar de un ejército menchevique y del discutible, por demasiado literario, modo de expresarse de una campesina húngara, la niñera que ha cuidado al protagonista.

Fallos, como se ve, menores, en una novela correcta, que no pretende apabullar al lector con florituras verbales ni excesos de lenguaje, sino que pone éste al servicio de la historia y de la tensión que la recorre. Otra cosa es que la novela deje un cierto regusto a algo inconcluso, como si hubiera prometido más de lo que, finalmente, da. En efecto, la novela abre expectativas y caminos que luego no recorre, y que hubieran tenido más interés que la historia de amor, un tanto convencional, en que al final se resume.

El mundo de una dictadura tan especial como la de Enver Hoxha permitía ser abordado de un modo que transgrediera los límites del realismo, y hay páginas que hacen pensar que la autora va a jugar esa baza, construyendo un relato de tintes kafkianos y fantásticos, algo que, en fin de cuentas, ha hecho el albanés Ismaíl Kadaré (homenajeado por Susana Fortes) en un título como El palacio de los sueños . Los lóbregos pasillos y sótanos de una dictadura estalinista, sus hábitos de persecución y delación, los muertos sin tumba, los confidentes misteriosos, las supersticiones centroeuropeas, daban esa posibilidad que la autora sólo esboza, dejando al lector con ganas de más.

En lugar de eso, la novelista opta por un camino a nuestro modo de ver más convencional, más trillado: el de la historia de amor apasionada y fuera de los cauces socialmente admitidos. Cierto que hay ingredientes y referencias en esa historia, que acaba siendo la central de la novela, que la dotan de cierto interés. Como el que reproduzca otra historia anterior vivida por la madre del protagonista, o el hecho –quizá más importante, pero tampoco desarrollado en todas sus consecuencias– de que venga a romper la estrecha relación mantenida por los dos hermanos en la infancia.

Es este otro aspecto interesante de la novela, al que quizá le falte también una pincelada para dejarlo suficientemente acabado. Dos hermanos son siempre una metáfora de un país dividido. Los de El amante albanés , estrechamente unidos en la infancia, con una relación presidida por la admiración del pequeño hacia el mayor y la protección de éste sobre aquél, acaban tomando caminos radicalmente opuestos: el mayor seguirá los pasos del padre, miembro de la nomenklatura del partido, mientras el segundo, en busca del recuerdo de su madre y del amante de ésta, acaba introduciéndose en los círculos universitarios de la oposición al régimen.

En esa búsqueda del protagonista, en su indagación en el secreto que gravita sobre la familia y, en cierto modo, decide el destino de sus miembros, se apuntan otros temas que remiten de modo tan directo al mundo narrativo de Javier Marías y, concretamente, a su última novela («todo el mundo sabe, aunque no quiera saber... sabe quién va a defenderlo hasta la muerte, y más allá a veces, y quién va a traicionarlo», «alguien que quizá supo lo que no debería haber sabido») que hacen pensar que se trata de un homenaje deliberado.

Estamos, en definitiva, ante una novela correcta, bien medida, que ni se conforma con una mera redacción alejada de lo literario ni cae en excesos, una novela construida con buenos mimbres, que insinúa unos caminos que algún lector (desde luego, este crítico) hubiera preferido ver transitados. A este respecto, es difícil eliminar la sospecha de que las características del premio al que se dirigió El amante albanés pudieran haber pesado en el ánimo de la autora.

01/01/2004

 
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