ARTÍCULO

Paideia para una sociedad mejor

Taurus, Madrid
280 pp. 20 €
 

El problema de los ideales es que nunca se cumplen a gusto de sus promotores. Y eso vale tanto para el socialismo como para el liberalismo democrático. La revolución igualitaria promovida por este último, asociada al nuevo protagonismo de las masas y a la entronización del principio de neutralidad normativa del Estado, no parece haber alcanzado el modelo del individuo autónomo, ni la cohesión social en torno a un conjunto de valores compartidos, ni una cultura marcada por la excelencia. Como bien señala el autor del libro que aquí nos ocupa, las sociedades contemporáneas de las democracias avanzadas amenazan con sucumbir más bien al peligro de la creciente fragmentación social y política y, sobre todo, a la extensión de la vulgaridad como rasgo más característico de la cultura pública. Con acierto apunta que la «revolución igualitaria con bases finitas», que no goza ya de fundamentos legitimadores densos, está aquí para quedarse y es un logro civilizatorio sin vuelta atrás. No ha sido acompañada de una transformación pareja en el ámbito de las costumbres, los sentimientos, la moral social y la educación, pero es lo que hay. Lo que nos propone, por tanto, es la necesidad de abordar de cara la gran pregunta relativa al cómo hemos de vivir juntos en la época del pluralismo de las concepciones del bien, el triunfo de la autorrealización expresiva y la entronización de la vulgaridad como el rasgo más distintivo de la cultura pública en nuestros días. Aunque esto último lo afirma con el debido «respeto».
Javier Gomá tiene claro que no es posible una auténtica integración social sin una concepción del bien común, un conjunto de virtudes públicas que permitan una adecuada interpenetración entre vida privada y pública. Pero, como es obvio, una cosa es ofrecer un diagnóstico –que despliega con brillantez– y otra distinta curar al paciente. ¿Cómo se hace eso de «crear costumbres ex nihilo» para estas sociedades nuestras que viven de espaldas a una concepción del bien específica en la que poder reconocernos todos, un mínimo de moralidad pública sustantiva? Sobre todo si ya no es posible el recurso a ninguna forma de elitismo, y quienes ejercen el liderazgo público, las élites de políticos profesionales y el conjunto de las celebridades al uso, están lejos de ejercer un verdadero liderazgo y caen bien en las previsibles rutinas de la política cotidiana, bien –como en el caso de las celebridades– en la banalidad más absoluta.
Llegados a este momento, el lector imagina que el autor va a proponernos una salida en la línea del republicanismo, de vuelta a una concepción del bien común a partir de las virtudes públicas. Pero no, no es ahí donde hemos de mirar. A la propuesta republicana que goza en nuestras días de mayor relumbre, la de la Philip Pettit, la acusa, con razón, de exigir una dilatación del Estado para llevar a la práctica la «libertad como no dominación», de la entronización, en definitiva, de una nueva forma de paternalismo. Ya sabemos a estas alturas que Gomá sólo acepta recursos que surjan desde la misma base de la sociedad, no que sean impuestos por una élite que se arrogue la capacidad de hablar en su nombre. Es bien consciente de la contradicción republicana que se plasma en la imposibilidad de imponer al pueblo un interés o actitud, como la participación política constante, que él mismo no manifiesta. Si el pueblo no actúa como debiera no hay forma de, en la línea rousseauniana, «obligarle a hacerlo». Ciega, pues, una de las salidas a las que hasta ahora se recurría para «enmendar» la fragmentación social producida por el privatismo individualista.
Su propuesta es más original y sutil, pero no por ello menos difícil: el recurso a distintos mecanismos de ejemplaridad pública. En ésta, la parte constructiva del libro, sorprendentemente transforma su diagnóstico pesimista en una estrategia de acción que denota quizás un exceso de optimismo. La virtud de la ejemplaridad, el efecto contagio que tiene la reiteración de «inconexos focos de ejemplaridad» en diversos ámbitos, habría de señalar al ciudadano cuáles han de ser las pautas de su deber público; reformaría sin coaccionar, inspiraría mediante el ejemplo de conductas libres de tacha; «la minoría comunica con la masa y realiza en ella la tarea de educarla políticamente». No es preciso decir que, sin excluir a otros colectivos, el foco se pone en particular sobre la clase política y los servidores públicos en general, aquellos cuya función estriba en gestionar la cosa pública, los asuntos comunes. Desde esta perspectiva, nos sugiere que nos fijemos más en cómo son los políticos que en lo que hacen; que, junto al ejercicio de la labor de gobierno, produzcan costumbres y sean capaces de generar ese recurso cada vez más escaso que es la confianza. De ser así, contribuirían a vertebrar moralmente a la sociedad; de no hacerlo, secarían la principal fuente con capacidad para irrigar el ecosistema de la moralidad pública.
El esfuerzo del autor por justificar su tesis es admirable, y el lector al final desea con todas sus fuerzas que tenga razón, que haya un canal abierto para salir de este espacio público en el que estamos enfangados. Ocurre, sin embargo, que en el sistema político, tal y como lo conocemos, hay un mecanismo cuasiautomático dirigido a impedir la posibilidad de ejercicio de una verdadera ejemplaridad. El código gobierno/oposición ha derivado en un dispositivo diseñado para instituir la liquidación de toda conducta ejemplar por parte de los políticos. No porque no sea posible, que lo es, sino porque una de las partes tendrá siempre la misión de destruirla a los ojos de los ciudadanos. Un adversario ejemplar es todo menos tolerable. Vivimos en una cultura política en la que no se trata de ver quién es el mejor, quién merece más respeto; importa más bien cómo denigrar al contrario. Este libro sirve al menos para tomar conciencia de este hecho y de que hay una vía abierta para revertir estas inercias.

01/01/2010

 
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