ARTÍCULO

Trabajos, días y verdades de Ángel Crespo

Seix Barral, barcelona, 416 págs.
 

Hay escritores, pocos, que desmienten ese extendido tópico de que, al morir, su obra entra en un perído de olvido y penitencia del que tardan o nunca consiguen ya salir. Quizá porque esos escasos autores sufrieron el menoscabo en vida. Creo que Ángel Crespo es uno de los ejemplos más recientes y espectaculares, y la edición de su diario no hace más que confirmarlo.

Tras su muerte, en 1995, han ido apareciendo nuevos libros (Con FernandoPessoa, 1995; Aforismos, 1997; La puerta entornada, 1998; Poemas en prosa(1965-1994), 1998) y reeditándose otros, lo que ha servido para completar y agrandar el valor literario de su obra. Como en el caso de Pessoa, al que tantos afanes dedicó Crespo, en sus facetas de biógrafo, ensayista y traductor, parece haber un misterioso cajón del que no cesan de salir originales inéditos, de los que Pilar Gómez Bedate se ha ocupado con tanto amor como sabiduría filológica.

Para entender Los trabajos del espíritu. Diarios (1971-1972/1978-1979) (Seix Barral, 1999) hay que tener en consideración tanto el que ésta es sólo una primera entrega (siguió escribiéndolos hasta 1984) cuanto las circunstancias en que fueron concebidos. Surgieron en 1971, se explica muy bien en el prólogo, en un momento de inseguridad profesional, como una necesidad de realizar una «actividad constructiva y creadora». Y su continuación, en 1978, coincide con la publicación de dos libros de poemas, Claro:oscuro y Colección de climas, con los que vuelve a estar presente en la poesía española, de la que se había alejado en 1966.

La intención de Crespo era utilizar los diarios como fuente para escribir unas memorias que inició en Calaceite en 1990. Pero no debe olvidarse que nunca llegó a revisarlos, por lo que se publican tal y como los concibió en su primera redacción. Puede esto explicar algún juicio literario y político quizá precipitado, al hilo de los acontecimientos. A lo largo de los años, cuando ya instalado en España conoció de primera mano la realidad, fue cambiando de opinión y forjando una visión más matizada de la vida española.

Ángel Crespo se fue del país en 1967 y no volvió, de manera definitiva, hasta 1987. Su alejamiento impidió quizá la difusión natural de una obra compleja y variada que no se benefició ni de la presencia entre nosotros del autor, ni de los canales adecuados para que llegara al público lector. Al ser silenciado por aquellos (los componentes de la llamada generación del 50) que debían haberlo considerado su igual, quedó fuera de escuelas y antologías, y por tanto, de la pequeña historia literaria que se va tejiendo día a día y que tan complicada es a veces de recomponer. Hubo también (Pere Gimferrer, por ejemplo, y no fue el único) quien apoyó su trabajo de poeta y traductor. Y esta última era una tarea que Crespo siempre consideró como otra faceta de su obra original.

En parte, el valor de este diario estriba, frente a lo que suele ser habitual, en que se presenta en estado puro, sin correcciones complacientes con los gustos actuales. Pero, sobre todo, me gusta la libertad con que el autor opina de asuntos diversos, tanto políticos como artísticos. Cuando Crespo se despega de lo cotidiano y hace reflexiones generales, abstractas, gana en interés.

Puede leerse el libro como el proceso de la toma de conciencia de un hombre, de un escritor, por lo que de verdad le interesa: «mi obra: la poética y la crítica». O como un canto a la amistad. Es impresionante la desazón que le produce su nostalgia de Europa, su aislamiento, a quien fue un brillante y ameno conversador, la falta de interlocutores intelectuales. «La correspondencia [...] es el único medio de sentirme en el mundo», anota en 1978.

Lo que sin duda sorprende en estas páginas es la variedad de intereses del autor, su infinita curiosidad y su capacidad de trabajo. A unos lectores les llamará la atención su amor y dedicación por las lenguas amenazadas, por el catalán, el retorromano y el aragonés («Siempre estaré de parte de la lenguas perseguidas y arrinconadas, y no sólo de las españolas, sino de todas ellas»); a otros sus radicales juicios políticos («Me asquea la España actual», apunta en 1978), sus ideas libertarias; su anticlericalismo; su dedicación a la literatura portuguesa y brasileña, o lo que hay en el diario –como dice Pilar Gómez Bedate– de «ejercicio mental y espiritual», de «cantera de temas para su obra futura». Lo que no debería hacerse, éste es el riesgo mayor del libro, es coger el rábano por las hojas y distraerse con lo anecdótico (por ejemplo: los insólitos juicios –imposibles de compartir, a veces– que les dedica a Cadalso, Menéndez Pidal, Antonio Machado, Lorca, Dámaso Alonso, Alberti, Blas de Otero y Ana María Matute), cuando tanto hay de sustancial.

Por muchas razones, este diario va a interesar tanto a los lectores como a los estudiosos: por la consistencia de su pensamiento, tan alejado del débil que predomina; por su peculiar punto de vista: el de una persona que está fuera («expatriado voluntario», se denomina), que trabaja con una perspectiva universal, pero que existe sólo para la cultura, para la literatura española; y porque escribe al margen de modas pasajeras pero empapado de una rica tradición, la del simbolismo poético. A los que tuvieron la fortuna de conocerlo, volverán a encontrar en estas páginas su manera sincera, espontánea y brillante de conversar.

Cuando no deja de reajustarse la historia de la poesía española (como no ha ocurrido igual con ningún otro género), cuando tantos nombres que todavía ayer parecían imprescindibles empiezan a ser ya olvidados, otros van a ocupar el importante lugar que, por derecho propio, les correspondía y les fue negado. Cómo no recordar, al respecto, a Francisco Pino, José Antonio Muñoz Rojas, Carlos Edmundo de Ory o Ángel Crespo.

A mí me gusta creer (¡santa ingenuidad!) que es una pequeña lección que no deberían olvidar los más jóvenes, aquellos ¿escritores? que conciben la literatura como una cosa de colegas, donde lo singular consiste en ganar premios, tener presencia en los medios, hacer manifiestos, presentar libros, intercambiarse reseñas elogiosas. En suma, figurar. Y el resto del tiempo, si es que alguno queda, dedicárselo a la lectura y a la obra. Mal asunto. Prefiero seguir pensando que, más tarde o más temprano, el autor y su obra acaban siempre en el lugar que les corresponde.

Ángel Crespo dedicó toda su vida a la poesía. Él la entendía como «exploración de lo desconocido, sorpresa y libertad». Pero no escribió –lo recuerda una anotación del diario– ni para sus contemporáneos ni para el futuro, sino para aquellos capaces de entender lo que él llamaba «la poesía estalactita», aquella que –como el «teatro bajo la arena» de Lorca– permanece «bella bajo tierra».

01/12/1999

 
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