ARTÍCULO

Del más allá

Paidós, Barcelona, 1996
Trad. de Carmen Revilla
128 pág.
Península, Barcelona, 1996, 2ª Ed.
224 págs.
Ed. Nobel, Oviedo, 1996
Trad. de Lluís Xabel
259 págs.
 

El tercero de los libros aquí comentados, una especie de homenaje colectivo a la obra de Gianni Vattimo, nos advierte que la principal preocupación del pensador italiano radica en colocar la filosofía más allá de donde el propio Vattimo la ha colocado. Revisados los tres libros, al lector difícilmente se le escapará que en realidad la coloca en el más allá. El mal llamado pensamiento débil pretendió el fin de los «grandes relatos» explicativos de la historia para terminar entregada en los brazos del Gran Relato de la cristiandad.

Vattimo, pensador católico guiado por el principio de caridad, no la tiene con el lector y le endilga tres volúmenes de golpe. Es verdad que trágicas circunstancias personales hacían previsible un endurecimiento de su «retorno a Dios», pero, revisado el segundo de los volúmenes, en su Introducción a Nietzsche de 1985 –este año reeditado por Península– ya la inclinación metafísica desprendía algunos aromas. A pesar de ello sigue siendo una buena introducción al pensamiento nietzscheano si consigue uno olvidarse de la mencionada obsesión metafísica y de los malabares verbales de inspiración heideggeriana en torno al «ser». Destacan en este libro los capítulos finales sobre la voluntad de poder y el destino del sujeto y la voluntad de poder en el arte. Es aquí donde aparece el Vattimo que rechaza a los «despreciadores» del cuerpo y no tiene vergüenza en alzar la voz y decir «yo». Donde la trascendencia no tiene sitio y sólo aparece la justificación estética de la existencia. El arte nos protege de la «verdad». La verdad es fea: tenemos el arte para no perecer a causa de la verdad. El arte es entonces el modelo mismo de la voluntad de poder. Una vez que se piensa el mundo como voluntad de poder, escribe Vattimo recordando a Nietzsche, ya no se tiene la consoladora diferencia entre un mundo verdadero y otro aparente. Este era el Vattimo que sabía, siguiendo a su biografiado, que «metafísica, moral, religión, ciencia no son más que criaturas de su voluntad de arte». Aún más, que sólo el arte, dice Vattimo, «al menos explícitamente y de manera tematizada, no cae del todo, como en cambio sí sucede con la religión, la metafísica, la moral e incluso la ciencia dentro del mundo de la enfermedad, de la debilidad, del espíritu de venganza, que se manifiesta en la ascesis». Pero justo hasta aquí llega la parte tonificante. Comienza el «retorno» y ante la desolación y la tragedia, incluso quienes escriben elogios de Nietzsche prefieren creer en cualquier cosa antes que creer en nada. A la tragedia y el envejecimiento se suma el desencanto: si los proyectos de revolución, de felicidad, de renovación han fallado, ¿por qué no depositar la esperanza en el más allá? En Dios, por el tortuoso sendero del desengaño y la vejez sumada a Tangentòpolis.

Al parecer, no teniendo nada más en qué pensar, a los herederos de Heidegger les ha dado por repensar (¡sic!) la religión y es así como asombrados descubren que las ideologías revolucionarias tenían raíces religiosas, cosa que, por supuesto, no intuían cuando eran «revolucionarios». Ahora que son religiosos, olvidan la parte ideológica del asunto. Por ello se despachan contra los ilustrados por haber firmado con antelación el acta de defunción de la religión. Da la impresión de que una mala lectura de los ilustrados les hace ignorar que algunos ilustrados cuestionaron la religiosidad en la alternativa progresista, y que el «progreso», como religión de los ilustrados, es tan sólo debatido y cuestionado desde la misma ilustración.

Vattimo sostiene que hoy ya no hay razones filosóficas fuertes y plausibles para ser ateo o, en todo caso, para rechazar la religión. Uno, perplejo, debe pensar que las únicas razones eran las de Vattimo y que una vez que a él se le han desplomado, se han acabado los argumentos contra la religión. Pues bien, Vattimo podrá creer que cree, pero las condiciones para cuestionar los movimientos religiosos son hoy más evidentes que hace cinco años. No deja de ser curioso que se ponga en entredicho el concepto de «realidad», en tanto que la ciencia habla de objetos menos equiparables a los de la experiencia cotidiana, o que la técnica y la producción de mercancías configuren un mundo «artificial» que no se distingue de las necesidades «naturales» y, al mismo tiempo, nuestro autor retorne al gran artificio del Creador. Sin embargo, Vattimo se da cuenta de que su cristianismo no cuadra ni con la versión oficial, ni con la practicada en torno a Jesús como víctima sacrificial, y achaca este rasgo a la pervivencia de la religión «natural» en el corazón del cristianismo y, por ello, nos propone un Jesús que viene al mundo para desvelar y liquidar el nexo entre la violencia y lo sagrado. En fin, esperemos que el Papa le haga caso.

01/04/1997

 
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