ARTÍCULO

La vocación de escribir

Península, Barcelona, 370 págs.
Prólogo de Ana Rodríguez Fisher
 

De mar a mar se titula el epistolario entre Rosa Chacel y Ana María Moix, y el salto de una a otra orilla, desde Río de Janeiro a Barcelona, forma un puente de comunicación tan seductor como intenso, tan bello como eficaz. Una aspirante a novelista de dieciocho años, descubre a una escritora exiliada (que cuenta sesenta y siete) y le envía una carta. Ésta la recibe con entusiasmo, porque «su arrojo para escribirme, sin pereza ni inhibición de ningún género, me traen el testimonio de que España existe y continúa», y contesta con idéntico ímpetu. Así empieza lo que ahora, recogido en forma del libro por Ana Rodríguez Fisher, autora, además, del excelente prólogo, son 370 páginas deslumbrantes porque son vida real llena de inquietud, cuyo telón de fondo es el impulso creador visto desde dos puntos, el germinal y la madurez.

Es su vocación literaria lo que mueve la primera carta de Ana María Moix y lo que surge en todas ellas, entretejiéndose con noticias de su vida y su persona, requeridas por Rosa Chacel, interesada en conocer en su totalidad a su joven interlocutora. Cediendo a estas peticiones, Ana María envía fotos, habla de su salud, de su peso, y sobre todo se va explicando como artista adolescente, incluida su precoz actividad intelectual: «De los doce a los diecinueve años los pasé leyendo, estudiando y pensando. A los trece (entre doce y trece) leí El Capital, y me hubiese dejado quemar viva por mi dogmatismo marxista. A partir de aquí pasé por todo lo demás: anarquista, demócrata, atea, panteísta... Me entusiasmaron Demócrito, Gorgias, Heráclito, Nietzsche, los existencialistas, Platón (todo así, desordenadamente, de unos a otros), hasta que el escepticismo hizo su aparición».

Esto no podía sorprender a Rosa Chacel, que estaba precisamente concluyendo Desde el amanecer, donde afirma que su personalidad estaba hecha a los diez años, pero sí al lector de este libro que, por otra parte, no deja de detectar la parcialidad del retrato, evidente, sobre todo, cuando acontece la crisis que preludia su fin. Ahora bien, sea cual fuera la otra cara, lo plasmado, digamos lo escrito, porque de escritura se trata, seduce con la evidencia. Ana Rodríguez Fisher dice que las cartas de Moix «son de una sinceridad y una desnudez tales que, a veces, duelen». Duele esta cara novista, como duele igualmente en el caso de Rosa Chacel, que aquí, como en su diario, calla mucho de sí misma. Precisamente en estas páginas nos da la posible clave: «Mi diario es una forma de aullido o, más bien, algo así como los gritos inarticulados de los mudos», «mi mudez no tiene más causa que la huida de lo que más importa».

Lo que más importa, de todos modos, ni a una ni a otra le importa tanto como su vocación literaria. Ana María confiesa: «Sé que me gusta escribir y me horroriza pensar que un día pueda dejar de hacerlo. No puede suceder». Para Rosa lo terrible es la incertidumbre respecto a la edición de su libro: «El libro no pasa», dice. Y al poco: «Si te escribiera de verdad sólo podría decirte que mi vida es un horror, un naufragio progresivo sin esperanza».

Lo que más importa, y quizás por esto importa, les afecta a ambas en lo tocante a la escritura, de ahí las reflexiones y las recomendaciones continuas de Rosa a Ana María: «Disponte a vivir difícilmente y valientemente una feminidad varonil»; «Aplica el espíritu matemático a la vida: claridad, rigor; que nadie pueda decir que no sabes lo que te pescas». Por ello hay que mantenerse sano y alerta, despierto siempre, porque «los sentidos, que nos dan sus informaciones en un número que no puede alcanzar ningún robot, son los que tienen que juzgar lo que es real y lo que no lo es, porque los sentidos son el instrumento del diálogo, y la vida es diálogo».

En el diálogo apasionado que es este epistolario, se ven al trasluz de las preferencias estéticas, literarias y cinematográficas, dos inteligencias vivas que van trenzando los lazos de la amistad. A la profundidad filosófica que salpica las misivas de Rosa Chacel se contrapone la espontaneidad y lucidez de Ana María Moix, a través de cuyas palabras se hacen patentes momentos de nuestra historia. Con el ímpetu de la adolescencia arremete contra la sociedad burguesa en su propia familia: «Cogí de la biblioteca un libro de Nietzsche y profeticé que el niño que esperaba mi tía iba a ser el anticristo». Por otra parte, en la universidad, el mismo ímpetu luchador se ve acompañado de ciertas consecuencias: «Hace dos días (desde que escribí la carta) que estoy en la cama a causa de una paliza que me dio la policía. Me dejaron molida a golpes de porra». Rosa Chacel, refiriéndose a actos combativos como los suyos, contesta: «Sé que son inevitables, o más bien necesarios, porque en esa pasividad destructora no se puede vivir». Así pues, en ese entendimiento, las cartas de estas dos escritoras forman una unidad perfecta e interesante, que rebasa el marco de sus dos protagonistas. Son las dos caras de una moneda acuñada en una fecha: 1965-1967. Su lectura no sólo nos acerca a ambas intelectuales, sino, indirectamente, a la realidad histórica que colocó entre ellas el inmenso océano.

01/10/1999

 
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