ARTÍCULO

Memorias de un estafador

Ediciones B, Barcelona
Trad de Luis Murillo
256 pp. 18 €
 

Este es un libro muy divertido y lleno de errores, pero en el que su autor ya avisa, desde su primera página, que es un falsario. De modo que el lector puede o no creerse la veracidad de lo que lee. Se cuenta aquí la historia de un belga que trabajaba en una fábrica de queso emmental y a quien le proponen hacer entrevistas a actores y actrices de Hollywood para la revista Panorama de Amberes. La revista era tan modesta que no podía permitirse pagarle el viaje a Hollywood y, por tanto, él se veía obligado a inventar las entrevistas. Se le ocurrió poner a Dalí entre sus personajes y descubrió que «Dalí vendía». Más tarde, un financiero estadounidense, que supuestamente invertía en diamantes y en propiedades inmobiliarias, le propuso dirigir la rama de inversiones en arte de su compañía. Aceptó, tras reconocer que era un total desconocedor del tema («pero usted ha entrevistado a Dalí», le replicó el financiero), y aprendió la segunda lección de su vida: «A cualquiera puede dársele gato por liebre».
Empieza entonces la parte más abradacabrante del libro, en la que se nos cuenta cómo timó, una y otra vez, a nuevos ricos. Compraba «dalís» en subastas sin saber si eran verdaderos o falsos y los vendía con tres o cuatro frases que sin duda debían ser dichas con mucho aplomo y gracia natural: «El mercado de arte tiene ámbito mundial y ha crecido un treinta por ciento durante los últimos cinco años. El dinero nuevo procedente de China, India y Rusia está haciendo que los precios se disparen. Un día yo se lo revenderé con ganancia. Dalí ha subido un 25,94% anual entre 1970 y 1980; cuando Dalí muera, los precios se dispararán». Uno de los primeros errores del libro es éste: en los años setenta, ni China (entonces bajo Mao), ni India ni Rusia habían entrado en el mercado internacional del arte, de modo que el lector que sea un poco conocedor del tema ya presiente que estos recuerdos están escritos por alguien de poca fiabilidad. Sin embargo, sus descripciones son geniales, como sus subidas de adrenalina al ver los fajos de billetes cayendo por los suelos y las reacciones de sus clientes, todos menos uno de dudosa ética en sus respectivos negocios. Es también muy divertida la imitación del acento de Dalí, que arrastraba las erres y enfatizaba cada sílaba: «Porrr lo tanto, Dalí construirá un pene definitivo en tela de nailon y con un diámetro a-pro-xi-mado de dos metrosss».
Como era de prever, al farsante acaban denunciándolo, lo detienen en su casa, lo juzgan y le confiscan todos sus bienes: treinta y un días de prisión, que se redujeron a dos semanas. Vuelve a España, a Cadaqués, pues entretanto se ha enamorado de una catalana de la zona. Allí, según él, conoce al verdadero Salvador Dalí, ya anciano y en silla de ruedas (de repente pasamos a los años ochenta, pues Dali murió el 23 de enero de 1989), con el cual no puede llegar a hablar.
Los episodios que harán vender más el libro son los supuestos recuerdos de escenas sexuales de Dalí contados por gente próxima a él. Sin embargo, uno de ellos, Francesc en el libro y Cisco para los habituales de Cadaqués, de quien fui clienta cuando él regentaba su peluquería llamada Roman’s, está muy enfadado. Sabedora de que varias de las personas aludidas en el texto quieren ponerle un pleito al autor, me fui a hablar con Cisco, tan desconfiado como siempre. En el libro, Francesc le dice al autor que es gay y que él había sido el juguete sexual de Dalí, y también el modelo de muchacho de perfil y de espaldas para El descubrimiento de América por Cristóbal Colón. Según sus supuestas «declaraciones», él dormía en la cama de Dalí, pero éste nunca lo tocó, sino que sólo le acariciaba el pelo. Siempre según el libro de Lauryssens, Gala era déspota con el servicio y en los años setenta no tenían dinero ni para el queroseno de la estufa.
 «Para empezar, yo no soy gay, como asegura en su libro este señor», me cuenta Cisco. «El señor Dalí era todo un señor y Gala se portaba muy bien con el servicio. Sí, yo iba allá cuando era pequeño porque mi madre, Catalina, que ahora tiene más de noventa años, era la asistenta de los Dalí. Sólo una vez dormí con mi madre en la cama de Dalí, porque ellos no estaban; esto, ya se sabe, lo suele hacer el servicio. Dalí era muy amable con nosotros, los niños, y a veces nos preguntaba: “¿Hay luna llena?”, y si había íbamos al bar del Hotel Port Lligat y él “fregaba” la luna con un billete de mil pesetas. Esto nos encantaba. Pero, ¿cómo iba a tocarnos el señor Dalí, si no dejaba acercarse a nadie del pueblo, porque tenía horror al posible contagio de virus? Y la verdad, Cadaqués era muy primitivo en los años cincuenta y sesenta».
En realidad, yo creo que Stan Lauryssens se hace un lío entre Francesc, el peluquero, y Carlitos, un homosexual declarado, al que yo también conocí, que sí que ejerció de juguete (o de intermediario) sexual para los Dalí. Carlitos era colombiano (de Barranquilla), guapo, muy zalamero y se hacía el inocente, pero no era mala persona; había actuado en el musical Hair y había sido un seguidor de Richard Alpert, gurú del Flower Power y la psicodelia de los años sesenta. Cuando yo lo frecuenté, vivía muy modestamente (Gala lo había echado a patadas de la casa). Más tarde abrió dos galerías de arte de gusto bastante desigual que no le fueron muy bien. El pobre murió de sida, dejando unas memorias llamadas Sexo, surrealismo, Dalí y yo (Barcelona, RBA, 2001) en las que, más allá de este primitivo título, el lector encontrará multitud de episodios sexuales y anécdotas curiosas: sus descripciones de Gala son particularmente suculentas.
Dalí y yo aborda el tema del engaño de Dalí como una de las justificaciones posibles a tanta estafa: «Dalí es una falsificación de los pies a cabeza», le hace decir Lauryssens a uno de los entrevistados. Lástima que el autor no haya entendido nada del pensamiento de Dalí ni del surrealismo: al primero le encantaba engatusar al personal porque, como buen surrealista, ponía en cuestión las dicotomías verdadero/falso o realidad/invención; además, muchos de sus compañeros de grupo no creían en la autoría individual. Cuando Lauryssens, por ejemplo, dice que «Dalí le robó la idea del surrealismo a un pintor joven de Cadaqués que se llamaba Ángel Planells y luego se confabuló para arruinarle la vida a ese pobre chico», está diciendo una tontería porque no sabe ver la diferencia entre un creador fuera de lo común y un pintor local con tan solo una decena de cuadros de interés (lo cual no quita que Dalí no ayudara lo más mínimo a su colega Planells, como le prometió). Dalí conectó con el surrealismo por sus propias lecturas y luego conoció a todo el mundo en París gracias, en buena parte, a Joan Miró, quien le hizo de mentor en un primer momento. Olvida Lauryssens lo más elemental: que para ser extraordinario hay que ser muy inteligente y cultivar un mundo propio. E incluso dentro de él, robar alguna idea es de lo más común entre grandes monstruos de la pintura (otro tanto hacía Picasso).
 El autor parece muy obsesionado con Isidro Bea, que fue el ayudante de Dalí durante muchos años y que, según el autor, pintó él solo La Santa Cena o La Batalla de Tetuán porque «Dalí había perdido su toque mágico surrealista». Sin embargo, casi todos los historiadores de arte estamos de acuerdo en que Dalí, a partir de los años cincuenta, y salvo alguna excepción, ya no ofrece las potentes imágenes surreales que fue capaz de inventar en los años treinta, y en que numerosos fondos de obras fueron realizados por Bea y por otros ayudantes, aunque las ideas, claro está, eran de Dalí. Incluso la idea del pastiche (un poco de paisaje de Cadaqués, unas figuras diminutas a lo lejos, un motivo renacentista o clásico en primer término, deformado surrealmente) era de Dalí, quien en su etapa de madurez quería lograr «el ilusionismo de los arribistas más abyectos, las irresistibles imitaciones del arte, el academicismo más analíticamente narrativo y desacreditado», ya que ello podía «convertirse en jerarquías sublimes de pensamiento». La descripción de Bea, que ya ha muerto, es, sin embargo, para partirse de risa, especialmente cuando explica que, cuando llegaban visitantes extranjeros (y posibles compradores) a la casa de Port Lligat, él disimulaba haciendo ver que era el jardinero de Dalí.
Lauryssens llega a explicar cómo falsifica dalís con vulgares reproducciones en un libro a las cuales añade unos goterones de color y unas mariposas enganchadas, cómo se lo enseña a su hijo y cómo lo justifica a su esposa: «Mira, Anna, las bellas artes valen lo que el tonto quiera pagar por ellas. Los ricos no tienen ni idea. Quieren un dalí porque es un dalí y, además, es una buena inversión».
Finalmente, hay largos pasajes sobre el capitán Moore y el episodio de las hojas en blanco firmadas por Dalí. El episodio es cierto y, como recuerda Ian Gibson en su excelente La vida desaforada de Salvador Dalí (Barcelona, Anagrama, 1997), el propio Moore no lo ocultaba. Moore no fue juzgado debido a su avanzada edad y a su enfermedad (padecía demencia senil), pero sí su esposa. El capitán aceptó haber hecho firmar treinta y cinco mil hojas, que el pintor firmaba cada dos segundos, aunque sin duda fueron muchas más. Pero, claro está, la avidez (Avida Dollars) empezaba en el propio Dalí, quien había afirmado «sí, yo iba a convertirme en la más insigne cortesana de mi tiempo, fascinada por el oro» y, sobre todo, en Gala, quien fue calificada por Breton de «Madame Tiroir-Caisse», es decir, la que «hace caja».
En definitiva, un libro muy ameno, lleno de inexactitudes, que habría que leer más como la crónica de un estafador que como una nueva aportación al «caso» Dalí.

01/11/2008

 
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