ARTÍCULO

Pynchon, el tecnopop enciclopédico

Tusquets, Barcelona
Trad. de Vicente Campos
1.338 pp. 32 €
 

La dudosa lógica del delirio de Pynchon junto al aparente orden lineal de su narrativa entrópica, cientifista, paródica, enciclopédica, cosmopolita y apocalíptica, arquetipo de la ficción posmoderna, la búsqueda inútil de un hilo conductor, el más histriónico exhibicionismo erudito junto a los guiños más cómplices a la cultura pop, nuevamente el discurso de las armas y las letras, de la tecnología y la cultura (artefactos subterráneos y el teorema de los números primos junto a un lienzo de Tintoretto contemplado mientras suena el Adagio del Concierto para Piano en La mayor, K. 488 de Mozart), el tecnopop enciclopédico, la parodia del género novelesco en el mismo texto que revela su esplendor y decadencia: todo está en Contraluz (Against the Day, publicada en inglés en 2006), el nuevo espectáculo ficcional del escurridizo narrador de Long Island, que escribe como los ángeles, pero maltrata a sus lectores como los demonios, exigiéndoles que en el imprevisible proceso de lectura de su inextricable novela superen con creces los doce trabajos de Hércules, deduciendo que la trama es fragmentaria y simultánea como lo fueron muchas de Dos Passos o Faulkner, sospechando que a Pynchon siempre le interesa más estar escribiendo mil historias que haber escrito una sola, reteniendo datos de una trama compleja y multidisciplinar, como lo fue la Enciclopedia de Diderot, en la que conviven las humanidades y la ciencia y caben todos los nichos imaginarios –del cine serie B a la ciencia-ficción, de la crónica política al western, de la fantaciencia a la soap opera, del ensayo científico a la novela de aventuras juveniles (se inventa la serie Los Chicos del Azar en...), del fanzine y la pulp-fiction a la novela negra–, en fin, recomponiendo historias que se suceden e intercalan como piezas de un puzzle cuya imagen siempre acaba viéndose distorsionada. Conforme a los cánones escasamente canónicos de su autor, Contraluz continúa la narrativa errante que nace del libertinaje formal y la abstracción temática y, del mismo modo que sucedía en V. (1963) o en su mítica novela El arco iris de gravedad (1973), Pynchon sitúa en la trama laberíntica de su novela una constelación de subtramas diseñadas a modo de hipervínculos, muchas veces truncadas o sin conexión ni final, y de personajes secundarios y centrífugos que no contribuyen en absoluto al protagonismo del protagonista, el minero Webb Traverse, con el que el lector rememora una etapa crucial para el nacimiento de la sociedad contemporánea, la que abarca de 1893 a 1920, metaforizada en la novela por el globo aerostático de Los Chicos del Azar, que se eleva al cielo de la utopía contracultural (del new age) desde la tierra del totalitarismo (o del capitalismo consumista) conforme avanzan las páginas de Contraluz atravesando la Primera Guerra Mundial, la invención del cine, la explosión científica, la paranoia de la guerra permanente bajo la vigilancia de organizaciones secretas y apocalípticos presagios, y el asedio ácrata al establishment sociopolítico y a su correlato narrativo, el relato mimético-realista sustentado por el orden lineal y la trama definida. O Pynchon químicamente puro, o Pynchon ya en el abismo de la parodia de todo, incluida la parodia de su propio estilo, elevado aquí a la enésima potencia o, lo que es lo mismo, descendido a la condición de émulo de sí mismo: como Roth, Pynchon se diría agotado y empecinado en escribir como lo haría Pynchon. El estilo se mantiene incólume, si acaso ha cambiado el tono de conjunto: se dijo de El arco iris de gravedad, hacia 1973, que era la explosiva y fecunda pesadilla de todas nuestras psicosis, y posiblemente Contraluz ya haya sido escrita al despertar de la pesadilla, que ahora recordamos, burlones y escépticos, encauzado el siglo XXI.
Enésimo intento vano de sintetizar la trama: al anarquista Traverse lo asesinan los defensores del orden ça va sans dire, el capitalista, que no el social– por orden del plutócrata Scarsdale Vibe, uno de cuyos esbirros se casa con su hija Lake, contribuyendo a un enrarecido clima emocional que trae a la memoria Santuario de Faulkner. Los vástagos de Traverse deciden desagraviar al padre, emprendiendo entonces un melodrama de venganza que emula los westerns de Sam Peckinpah; simultáneamente Los Chicos del Azar, argonautas de la modernidad, entroncan con Las Mujeres Eteristas y desarrollan por su cuenta una subtrama de serie B; Groucho Marx y Bela Lugosi codeándose con personajes ficcionales para confundir los límites de la fantasía literaria y la realidad histórica, al más puro estilo de Doctorow en Ragtime; la secta de los bogomilos, fotógrafos, magos, inspectores, chamanes místicos, drogadictos y terroristas, del sexo hilarante al hombre transformándose en donut de gelatina, un perro hablador llamado Pugnax, una experiencia límite en una fábrica de mayonesa, la corte real de Chthonica y la princesa de Plutonia, el espato de Islandia y su doble refracción de la luz ejerciendo de leitmotiv de una trama lúdica y grotesca. Repárese en que los impagables antropónimos contribuyen a la caricatura de los géneros que están siendo manipulados en la trama tentacular, el reverendo Lube Carnal (la cursiva es nuestra) de la Segunda Iglesia Luterana, Ruperta Chirpingden-Groin, la aristócrata y rimbombante viajera inglesa, o Chevrolette McAdoo, mujer-automóvil cuyo nombre podría haber salido de la mente retórica de Joyce, que por otra parte, y como es sabido, constituye una referencia para el estilo de Pynchon, que pudo haber leído el Ulises espoleado por las clases que Nabokov le impartió en Cornell: la oralidad, la obscenidad, el ludismo lingüístico (hay bromas calcadas del Ulises, como la frase fonética «Guueo mme guihiieo u peuunta oesa eu ssam depec», pronunciada así «a causa de un exceso de Sachertorte mit Schlag» en la boca, si bien se adivina «Bueno, me hicieron una pregunta como ésa en un examen cuando era pequeño», p. 886), la parodia, única religión verdadera, o la heterogeneidad. Contraluz se ha construido de modo que la Historia da vueltas a las historias de Pynchon, a la metahistoria de Pynchon, en realidad, y las dispersas historias de Pynchon dan vueltas en la novela como la aguja de una brújula magnetizada, que hace que el lector navegante pierda irremediablemente el rumbo. Caos, tecnología y nihilismo en una incipiente sociedad contemporánea que en la novela transita entre Nueva York, Venecia, Viena, Siberia y los Balcanes, Asia Central, Hollywood, el México revolucionario y Gotinga, entre conspiraciones, tecnología, grandes metrópolis, exploraciones geográficas, fabricación en cadena, sindicalismo atroz, estrellas de cine e imperios financieros que la luz eléctrica, símbolo de la modernidad universal, ilumina constantemente a contraluz en una novela inabarcable marca de la casa, en la que el lector disfrutará si, en vez de lamentarse por no ser capaz de seguir la trama o de deducir el tema (empresa inútil en Pynchonland), convierte su competencia en un contador Geiger y sale con él a detectar en el texto los distintos géneros y estilos que la estética de Pynchon, acumulativa y ecléctica, desperdiga, combina y reproduce con su máquina transgenérica de hacer pastiches: lirismo Fitzgerald, interludios Faulkner, solipsismo Miller, incontinencia verbal Kerouac, novela negra Chandler, comedia de enredo hermanos Marx, futurismo Star Trek, relato de espías John Le Carré, naturalismo Frank Norris ¡y guía Baedeker!, nuevo periodismo Mailer, ¡y no se vayan todavía, aún hay más! Desengáñense, el escaso desarrollo psicológico de los personajes, o su asepsia emocional, no es un defecto si se advierte que Pynchon, que no es Hemingway o Steinbeck precisamente, no desea que el personaje configure la novela, sino que sea la novela la que configure los personajes, y el caos entrópico de la narrativa pynchoniana, dirán los más lúcidos, no es un monstruo inacabado, no es un fraude, no es un error de construcción narrativa que el lector de novela tradicional podrá denunciar, sino un nuevo y sólido modelo de relato, que el lector deberá asediar cambiando sus estrategias habituales: a escrituras eclécticas, amalgamadas y aleatorias, lecturas aleatorias, amalgamadas y eclécticas. ¿Demasiados datos como para poder asimilar e interpretar? Otro tanto ocurre con nuestra desquiciada sociedad, piensa Pynchon, señal de que no se espera que asimilemos e interpretemos. Como hicieron, o harán, con sus novelas anteriores, es conveniente que lean Contraluz como navegan por la red: sáltense páginas, relean otras, déjense llevar, no apliquen la lógica. Disfruten de la ciencia, de la Historia y de la ficción: disfruten de la ciencia ficción histórica. Mozilla Firefox y Google le serán de más ayuda que el Manual del buen lector de novelas: al fin y al cabo, Pynchon concibe la suya como un parque de atracciones narrativas. No traten de enderezar este texto digresivo, lunático, críptico, patafísico y especulativo: ya saben cómo se las gasta Mr. Thomas Overwhelming Pynchon, merodeen por él y, luego, despotriquen o diviértanse.

01/11/2010

 
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