ARTÍCULO

La guerra de los sexos

Trad. de Joan Lluís Riera Crítica, Barcelona
368 pp. 19,13
 

Hace pocas semanas, unos amigos me preguntaban sobre los paralelos que podrían apreciarse entre el comportamiento sexual humano y el de otros animales. Respondí a esta consulta, más interesada que curiosa, con la evasiva de que, para un evolucionista, las prácticas sexuales de nuestra especie tienen un interés que sólo con indulgencia podría calificarse de moderado, remitiéndolos para mayor y más excitante información al libro de Olivia Judson.

La observación directa de la cópula, excuso decir la de sus preliminares y secuelas, no suele ser fácil. De ahí que, en muchas ocasiones, el naturalista se vea obligado a adelantar meras conjeturas basadas en simples datos anatómicos. Por ejemplo, la semejanza entre las dimensiones corporales de machos y hembras, que en nuestra especie raramente difieren en más de un diez por ciento, suele tomarse como indicación de que ninguno de los dos sexos precisa imponerse al otro a la hora de reproducirse y, por tanto, sugiere una cierta tendencia a la monogamia. No es este el caso de nuestros parientes más próximos, decididamente polígamos, cuyo alto grado de dimorfismo sexual podría, en principio, favorecer el éxito reproductor de los machos dominantes, capaces por su corpulencia tanto de monopolizar a mano airada las atenciones de las hembras de su entorno, como de mantener a raya a los machos más jóvenes que tratan de suplantarlos en esa tarea. Claro está que un solo criterio no será suficiente para formar una opinión precisa y, por seguir en la línea de la anatomía comparada, también cabe apuntar que el tamaño de los testículos de un individuo, en contra de la opinión popular, acostumbra a estar correlacionado positivamente con la frecuencia con que sus parejas le engañan y, quizá por esta razón, los del gorila son punto menos que diminutos frente a los del chimpancé, como corresponde a la mucho mayor eficiencia del primero a la hora de salvaguardar el honor conyugal, irrevocablemente atestiguada por la tecnología del DNA. Se trata, en último término, de dos estrategias distintas en las que prima, respectivamente, la calidad o la cantidad. En esta última escala ocupamos una posición intermedia entre nuestros primos, con unos testículos que, en relación con el tamaño corporal, son cinco veces más grandes que los del gorila pero tres veces más pequeños que los del chimpancé. Para completar el argumento mencionaré que, tras repetidas eyaculaciones, la concentración de espermatozoides, de la que depende en último término el éxito reproductor masculino, disminuye más rápidamente en nuestra especie que en el chimpancé y además se recupera más lentamente. Sin intención de esbozar aquí una cartilla de pornografía evolutiva, pero sí de ilustrar la relatividad de las interpretaciones precedentes, cabe decir que, en lo que respecta a la longitud del miembro viril, el hombre ocupa el puesto de honor entre los primates, aunque las posibles ventajas (o inconvenientes) de esta peculiaridad, si es que las tiene, aún no han sido explicadas satisfactoriamente.

Otra cosa, bien distinta, es la opinión que un individuo tiene de sí mismo sobre estos particulares, extremo que, hoy por hoy, sólo puede investigarse en nuestra especie. Desde la publicación en 1948 del primer Kingsey Report, el género de la encuesta aderezada mediante técnicas estadísticas ha pretendido dar la respuesta final a las incógnitas de nuestra vida sexual mediante la cuantificación del subjetivismo. Sólo la naturaleza hiperbólica inseparable de todo material autobiográfico puede explicar que, tras veinte mil encuestas telefónicas, el número de mujeres que los franceses pretendían haberse llevado a la cama fuera cuatro veces mayor que el declarado por las francesas, en flagrante contradicción con la noción del sexo como cosa de dos, punto en que, de promedio, la concupiscencia femenina debe coincidir forzosamente con la masculina. El que los hombres suelan considerarse más polígamos que las mujeres es un hecho prácticamente universal pero, en buena medida, la tecnología molecular confina esas esperanzas al mundo onírico, confirmando el veredicto provisional de la anatomía, que nos clasificaba como una especie relativamente monógama o, si queremos permitirnos cierto optimismo, como moderadamente polígama. A la luz de los actuales procedimientos de investigación de la paternidad, no parece que la tasa de infidelidad humana supere el diez por ciento, aunque es obligado mencionar que el recurso a los modernos anticonceptivos puede obrar maravillas a este respecto. No obstante, el relativo parecido entre el contenido genético del cromosoma Y de los varones de un mismo apellido, ambos transmitidos conjuntamente de padres a hijos, proporciona una cierta confianza retrospectiva en la honestidad de nuestras abuelas. Hasta aquí los datos biológicos; otro asunto es que nuestra tendencia a la monogamia, evidentemente relativa y temporal, sea más facultativa que obligada y esté reforzada por condicionamientos religiosos, sociales, legales y culturales cuya eficacia, todo hay que decirlo, está deteriorándose por momentos.

La esencia del sexo es la mezcla de genes paternos y maternos, que conduce a una progenie genéticamente más variable que la correspondiente a las especies dotadas de reproducción asexual.Aunque sobre el origen y mantenimiento del sexo se han propuesto numerosas hipótesis, ninguna de ellas exenta de dificultades, una vez que los sexos aparecen, su respectivo éxito evolutivo depende del número de descendientes aportados por cada uno de ellos a la generación siguiente. Esto impone, como contrapartida inevitable, un conflicto permanente que el confiado antropomorfismo tradicional resolvía proponiendo un interesado statu quo –la convivencia estable de machos adúlteros y hembras recatadas– basándose exclusivamente en que los primeros producen espermatozoides en grandes cantidades y a bajo coste energético, mientras que los óvulos son escasos y caros. Pero estas diferencias difícilmente pueden llevar al compromiso antedicho, puesto que, en la mayoría de las especies, las hembras suelen ser tan ligeras de cascos como los machos, y este proceder parece proporcionarles una descendencia no sólo más numerosa sino también de mejor calidad biológica que la que les tocaría en suerte si permanecieran fielmente emparejadas con un solo macho hasta que la muerte los separara. Por esta sencilla razón, los individuos de uno y otro sexo tratan de aumentar sus respectivos números de descendientes, adoptando estrategias distintas que varían enormemente de unos grupos biológicos a otros pero que, en todos ellos, desembocan en una carrera progresiva de armamentos cuya complejidad y diversidad supera lo imaginable.

Para describir esta variadísima panoplia de medidas y contramedidas, Judson habla por boca de la doctora Tatiana, consultora a la que grillos y elefantes, pasando por iguanas, zopilotes o erizos de mar, exponen sus cuitas sexuales. La recopilación de sus dictámenes no equivale en modo alguno a un repertorio de cuentos verdes expuesto a la manera de las antiguas fábulas. Al contrario, el primer acierto de la obra consiste, precisamente, en la representatividad de las variantes sexuales elegidas para ilustrar la multiplicidad de resultados que son consecuencia de la acción de una fuerza única: la presión diferencial de la selección natural en cada sexo. Sólo a la luz de este principio general cobra sentido que la abeja macho explote una vez alcanzado el clímax, sellando el tracto vaginal de la reina con sus desgarrados genitales en un vano intento de lograr la paternidad en exclusiva, ya que las estructuras pilosas del miembro viril de su sucesor en el coito permitirán la extracción del ilusorio candado. Una actitud muy distinta, tan segura como laboriosa, es la del sapillo balear macho, adecuadamente apellidado partero, que acaricia a la hembra durante horas para conseguir que ésta libere una ristra de óvulos unidos por una hebra de gelatina. Tras su fecundación, el macho enrolla la hilera a sus patas para entregarse a continuación al cuidado de la prole. Otras veces basta con esperar la ocasión propicia, como hacen los machos juveniles de varias especies de peces que simulan el comportamiento femenino para burlar subrepticiamente a los adultos y fecundar los huevos depositados por las hembras.

El libro de Judson no se limita a presentar una colección de curiosidades eróticas del mundo animal, aunque su texto permite esta lectura superficial. El propósito último de la obra, y con mucho el más importante, es explicar deleitando la biología evolutiva del sexo, esto es, por qué existen especies cuyos machos poseen varios penes, otras en que las hembras tienen clítoris tan grandes que parecen falos, algunas que producen espermatozoides con una cola veinte veces más larga que su cuerpo, o practican el sexo violento, pudiendo llegar al canibalismo, o bien, escuetamente, han simplificado al máximo la función reproductora optando por la asexualidad. En esta segunda lectura, de mayor calado aunque inevitablemente marcada por un cierto antropomorfismo, la doctora Tatiana utiliza la exorbitante diversidad de las estrategias seguidas en la batalla de los sexos para exponer los distintos mecanismos de que se ha servido, en el fondo, la fuerza única de selección natural para producir la pluralidad de formas sexuales que muestran los distintos grupos biológicos, ponderando cuidadosamente la verosimilitud de las diferentes hipótesis a la luz de unos datos tan copiosos y detallados que parece imposible que se hayan podido recolectar. En la sección final del libro, las explicaciones correspondientes a cada ejemplo se complementan con una excelente selección de la bibliografía científica pertinente rigurosamente comentada.

En este sentido, volviendo al tema de la monogamia humana, Judson reconoce que las hipótesis al uso, desde las puramente culturales a las que proponen la existencia de condicionantes genéticos más o menos rígidos, son meramente especulativas, algo que puede desilusionar a muchos. En otras especies animales la monogamia probada es tan rara que su interpretación es meramente coyuntural. Ahí se calibra el alcance de varias posibilidades, desde la desacreditada idea de que la monogamia puede ser necesaria para sacar adelante a las crías, a la que parte de la suposición de que las hembras son escasas y que los machos que abandonan a su pareja corren un serio riesgo de no volver a topar con otra.También puede ocurrir que la monogamia sea una cualidad de seres agresivos que se enfrentan violentamente a cualquiera de sus congéneres que no sea su media naranja, o que responda a situaciones en que la ruptura del vínculo implica el posterior fracaso reproductor de ambos cónyuges. Ninguna de estas hipótesis es general, aunque cada una de ellas cuenta con algún ejemplo concreto, y tampoco hay inconveniente en admitir que un comportamiento sexual tan poco común pudo haber evolucionado más de una vez a través de mecanismos diferentes.

Olivia Judson hizo el doctorado bajo la dirección de William Donald Hamilton, padre de la Sociobiología y uno de los biólogos evolutivos más influyentes del último tercio del siglo XX,y desarrolla su labor investigadora en el Imperial College de Londres. Uno puede discrepar de algunas recomendaciones de la doctora Tatiana sin dejar por ello de reconocer su mérito al llevar a cabo un atractivo análisis de un intrincado tema evolutivo, escrito en el estilo festivo que tan bien manejan los autores ingleses, conservado, en buena medida, en la traducción castellana.

01/09/2005

 
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