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Echegaray y la cuadratura del círculo

En 1887, José Echegaray (1832-1916), retirado de la política, escribió unas Disertaciones sobre la cuadratura del círculo. Como metáfora, vale para el mismo Echegaray, dramaturgo, matemático y político que profesaba las ciencias exactas a la vez que escribía dramas románticos. Todo lo que ocurrió en torno a él en los primeros años del siglo XX fue también bastante cuadratura del círculo: en 1904 se convirtió en el primer premio Nobel español, a la vez celebrado por las instituciones y denostado por los modernos por su lírica trasnochada, en la que ellos no se reconocían: se trata del manifiesto de los del 98 en el que tuvo un papel relevante Azorín. Pero hay más ejemplos de esa rara conjunción de aptitudes y de circunstancias (como dijo Pablo de Alzola, el historiador de las obras públicas) que concurrían en Echegaray: un ingeniero de caminos no constructor que, como responsable de las obras públicas, había adjudicado cientos de kilómetros de vía férrea y de carreteras; un prestigioso profesor de matemáticas en la reputada Escuela de Ingenieros de Caminos que, pese a ello, añoraba la posibilidad de abrir una academia privada de preparación para ingresar en las escuelas superiores, porque se ganaba más.

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Yo confieso: Hitchcock y la pasión del padre Logan

El cine de Hitchcock suele asociarse al suspense, pero la habilidad para tejer una intriga es una virtud efímera, que se desdibuja después de pasar unas horas en vilo, atrapado por la tensión de un desenlace imprevisible. Sin embargo, el cine del británico es algo más que una trama milimétricamente urdida, con objetos recurrentes (el famoso MacGuffin) que empujan el argumento, creando cesuras y puntos de inflexión. Por eso, volvemos una y otra vez a sus películas, con el mismo fervor que experimentamos ante una sinfonía con un enorme caudal de sugestiones y un inacabable poder de renovación. Esta actitud se debe a que Hitchcock plantea algo más que un misterio. Cada película posee una atmósfera intensa y singular, que nos emociona y sacude con sus encuadres y diálogos, desbordando la pueril incógnita policíaca. La resolución siempre nos parece infinitamente menor que el problema expuesto. De hecho, muchas veces la conclusión sólo es un paréntesis, que nos sitúa al pie de un nuevo abismo, como sucede en Vértigo (1958), cuyo final nos deja sobrecogidos y perplejos.

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