ARTÍCULO

Sólo los que pierden ganan

SIruela, Madrid, 416 págs.
 

Casos como el del escritor argentino Juan Filloy (Córdoba, 18942000) colocan en una situación complicada, incomodísima, a la historia literaria. Decir que Filloy es un raro –toda una genealogía se protege hoy bajo tal emblema– y decir que es una de las voces más innovadoras (pero ¿a quién influyó?), genial y secreta, enigmática y olvidada de la literatura en español del siglo XX , es decir, con perdón, bien poco, porque la obra, ingente y oculta, de Filloy apenas trascendió (César Tiempo, Fermín Estrella Gutiérrez, Arturo Cambours Ocampo, Julio Cortázar –que cita a Filloy en La vuelta al día en ochentamundos–, Bernardo Verbitsky) las ediciones personales, impresas para los amigos y los círculos más cercanos. Entonces, ¿cómo abordar el asunto? Reiterar lo de secreto, es reiterar un camino sin salida; recordar que fue contemporáneo de todos –de la vanguardia exquisita de Florida (Borges, Bioy, Mallea) al existencialismo prematuro de Boedo (Artl), del otro Borges a Cortázar, del Bioy sin Borges a Piglia–, dice poco si su obra, más allá del mero contacto personal, apenas tuvo lectores. Y cuando tuvo la oportunidad de llegar más lejos, la ironía de la vida o la desidia de la casa editorial jugaron en su contra.

En una larga y esclarecedora entrevista de Ana da Costa a Filloy, éste se explaya en la subterránea historia editorial de sus libros: «A mí los libros no me han dado un peso. Al contrario. La casa Paidós me editó tres novelas con dieciocho mil ejemplares, cada novela seis mil ejemplares, y ¿sabe cuánto me ha dado de derechos de autor? ¡Noventa pesos!». La historia de los escasos libros que editaron casas comerciales, ya fuera la citada, o Ferrari Hermanos, o Macció, entre los más de cincuenta que escribió a lo largo de su longeva vida. Una vida dedicada, más allá de su labor profesional como juez en la provincia argentina de Córdoba, a la literatura: «Aunque sea una sola línea, pero ni un solo día sin escribir. Escribir –confesaría a Mónica Ambort– es para mí un vice impuni». Y, así, sobrevivió su obra, al margen de la vida literaria, aun cuando conservó una muy prestigiosa columna durante más de medio siglo en el suplemento literario del porteño diario La Nación.

No es casualidad que el sabio mexicano Alfonso Reyes, en sus años en Buenos Aires, destacara la provocativa e innovadora vía que representaba la, por entonces, apenas sospechada literatura de Filloy: «Filloy dice las cosas como son, como deben decirse, hablan, hablan los personajes sin descaracterizarse [...]. Los libros de Filloy –afirmó– han dado la vuelta a la esquina». Es el «progenitor de una nueva literatura americana».

Una forma elegante de decir, a la manera elegante de Henry James, que Filloy daba una vuelta de tuerca a la literatura en boga por aquellos años, y por éstos, afirmaría uno. En el preciso epílogo a este volumen preparado por Mempo Giardinelli, el lector asiste a un descubrimiento, un viaje a la semilla de Caterva (1937), un viaje hacia una genealogía discreta –en el sentido cervantino-que por ello se hace secreta. Filloy reúne un expresionismo brutal (de Rabelais a Schbow), frente a una melancolía teñida de ironía (de Baudelaire a Mallarmé), una mirada desasosegadora sobre una realidad de colores apagados (Zola, Lugones, Payró) y envuelta en los hedores de la violencia, en este caso, rural –algo poco común en la literatura argentina más conocida del siglo XX –, un humor tan salvaje que parece natural y cotidiano como el aire, unos fogonazos de estela ramoniana: «la luna afina la noche» (pág. 107); «la amnesia pasó su esponja por detrás de la frente» (pág. 204); «llevaban la luna de mochila» (pág. 345), un barroco que reinventa la parodia, y unos personajes apasionados que reflexionan sobre lo divino y lo humano con una lucidez espeluznante, mientras vagan, y vaga el lector, hacia la nada en medio de la soledad de ellos mismos y de una memoria arrancada de ninguna parte, como señala Giardinelli: «Filloy es una especie de Balzac argentino» (pág. 401), o esto de Jorge Torres Roggero, recordado en el epílogo: «Filloy es una especie de Rabelais de excursión por los indios ranqueles», y de ahí a los ecos de Céline, de Kafka, Steinbeck... Si el asunto no es contemporáneo, se admiten apuestas.

Caterva, elogiable la edición de Siruela, es un roman-fleuve, una historia sin destino, una novela de andar y mirar, un ideograma, un camino de perfección. Siete linyeras (clochards, homeless, ¿vagabundos?) cervantinos se han perdido en el laberinto de la vida y buscan el tiempo perdido en el confuso entramado de sus propias biografías y en un memorable enfrentamiento con las verdades vacías de un desorientado orden social, protagonizan, a los trazos de una picaresca con retranca, los ritos de paso de un viaje sin final, una metáfora de la existencia contemporánea. Los que socialmente ya no son nada poseen lo más valioso: la libertad. Es la Caterva de «aventureros sin fatiga», como saben que no existen en realidad, viven y describen «un viaje de turismo al ideal de los demás». Filloy recrea con una precisión tan desbordante como telegráfica el habla y las maneras («el idioma debe traducir la modalidad natural del pueblo», pág. 216), los usos y los comportamientos de estos linyeras actores de una trama casi policíaca, que da acción y pasión a la novela, pero que advierte de una considerable carga política, la que denuncia la corrupción, «la coima –comisión– está en nuestra democracia como una miasma permanente, para asfixiar y ahuyentar el carácter» (pág. 170); «Coimópolis» (pág. 210); «la justicia es tan arbitraria como las modas» (pág. 150), la desigualdad social, el conchabeo sindical, la farándula legislativa, la garrulería de los principios, el desamparo de las víctimas, la incapacidad para entenderse cuando se habla la misma lengua, la vida como una sucesión de mitos, el desarraigo, la superchería de las estadísticas: «la estadística es la historia congelada» (pág. 177), todo lo que no es sino la crónica brutal de una errática comedia humana en la que cada uno sabe que «la tarifa del placer es la pérdida del bienestar» (pág. 194). ¿Caben más méritos?

En Caterva se observa una esperanzadora voluntad de trascendencia, algo así como la advertencia de que la obra de arte es la vía y el destino que permite al autor vencer a la muerte, acceder a otra dimensión, esta vez tan extraña que amplía la atorrante realidad. El texto literario se contempla como una cuidada, meticulosa arquitectura verbal –prodigiosas las representaciones de los diálogos–; un encandilamiento de los símbolos, y se sirve de la descripción de unos personajes irónicamente entrañables, para enfrentarlos al poder, de perfil, y ganar, como se gana, literariamente, a la muerte o, como se recuerda en la novela: «supo que el éxito de la vida reside en vencer a la voluntad con los recursos de la imaginación» (pág. 71), la modesta sabiduría de ignorarlo todo.

En Filloy todo es instantánea, vida, pulsión, conversación y derrota. Sólo los que pierden ganan. Cuando ciertas obras literarias se escriben en el horizonte, ciertamente de penumbras, que anhela la belleza, la compasión y surge, de inmediato, la entrañable complicidad con unos desarraigados personajes, sus páginas se transforman en todas las páginas; cuando el lenguaje falsamente literario se retuerce hasta convertirse en el habla interior, cotidiana y memorable de unos comportamientos más reales que esa realidad que sospechamos contemplar cada día, la obra que se ofrece al lector de todos los tiempos encuentra un hálito de correspondencia imperecedero, una huella indeleble en el dudoso paso del tiempo. Cuando todo esto ocurre es, entonces, cuando la historia del escritor prepara su venganza frente a la historia literaria, esa historia que leemos en los tristes y efímeros manuales. Aquí la venganza se ha cumplido. Y cómo, porque «la mejor tumba de los muertos es el corazón de los vivos» (pág. 245).

01/11/2004

 
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