ARTÍCULO

Bohemia y poesía

Celeste, Madrid, 295 págs.
 

Hace un año abrió Ediciones Celeste su «Biblioteca de la Bohemia» con el estudio introductorio de José Esteban y Anthony Zahareas titulado Los proletarios del arte, al que han seguido los dos volúmenes complementarios que comparten este comentario. Son sus autores dos conocidos especialistas en literatura española de fines del pasado siglo, que han ocupado sucesivamente la cátedra de Español de la Universidad californiana de Santa Bárbara.

La bohemia es uno de esos temas menores tradicionalmente excluidos de la historia literaria, al que sólo recientemente se ha empezado a prestar atención. En 1977 y 1988 aparecieron Iluminaciones en la sombra y La mujer de todo el mundo de Alejandro Sawa, dos relevantes recuperaciones de textos de quien ha venido a ser, acaso por su relación con Rubén Darío, el más conocido de los escritores del grupo. En 1996 se publicó Negro y azul de Pedro Luis de Gálvez, y el atractivo de la bohemia se divulgó en las páginas de Las máscaras del héroe de Juan Manuel de Prada.

El estudio de Phillips sitúa el episodio de la bohemia española como un filón transversal que corta, entre 1890 y 1920, el Simbolismo, el Naturalismo, el Modernismo y la Generación del 98, revisando una nutrida galería de obras de difícil acceso y estableciendo una nómina: Ernesto Bark, Luis Bonafoux, Armando Buscarini, Emilio Carrere, Joaquín Dicenta, «Dorio de Gádex», Gálvez, Silverio Lanza, Manuel Paso, Sawa, Alfonso Vidal y Planas. A esta lista se tendrían que añadir, como compañeros de viaje, Manuel Machado, Valle-Inclán y el primer Azorín. Además de la obra de los bohemios propiamente dichos, se utilizan otros testimonios de la época, como Aurora roja y Los últimos románticos de Baroja. La horda de Blasco Ibáñez, La huelga de lospoetas de Cansinos, Bohemia sentimental de Gómez Carrillo, Troteras y danzaderas de Pérez de Ayala o Luces de bohemia de Valle. El itinerario ideológico y temático de la bohemia pasa así por la adaptación del Decadentismo, entre Baudelaire y Huysmans, el rechazo de la integración en la sociedad burguesa y la exaltación de la marginación y la mala vida (alcohol, hambre, prostitución, locura), el refugio ortopédico en la sublimidad del arte incomprendido, y un anarquismo declamatorio que desemboca en el Ultraísmo y se confunde con el antipasatismo futurista y dadaísta.

Víctor Fuentes divide su antología en diez secciones que agrupan poemas dedicados a la imagen que de sí mismos dieron los adictos a la bohemia, su predilección por la vida nocturna, su visión de Madrid y de la mujer, su denuncia de la injusticia y la desigualdad, su angustia ahogada en alcohol o la heterodoxia de su religiosidad. Esos poemas nos evocan tertulias de café, prostíbulos, tabernas y sórdidos barrios industriales, con los que contrastan ensoñaciones exóticas de lujo y voluptuosidad; hacen desfilar a chulos, mendigos, modistillas, ladronzuelos y prostitutas como víctimas de una sociedad desalmada que se sustenta en la explotación y en la mezquindad; nos pintan desahucios, accidentes laborales, levas para la guerra de Cuba. En ese escenario, los poetas se sienten solidarios de los oprimidos y los marginados, desde una arrogante conciencia de aristocracia espiritual que desprecia la clase dominante, materialista y conservadora; ostentan su refinamiento y su extravagancia, su angustia y su hastío, creyéndose herederos de Larra, Espronceda, Verlaine y Schopenhauer; reivindican la figura de un Cristo proletario y un credo de amor y tolerancia, traicionado por la Iglesia; se mueven en una noche propicia al amor, a la inspiración, a la emergencia de los instintos que la sociedad teme y reprime; consideran a la mujer tanto un ídolo de perversidad como una compañera redentora, y la representan en el infierno laboral (prostituta, corista, obrera salarialmente discriminada) donde la confinan el machismo y el capitalismo salvaje. Como apéndice, dos ámbitos especiales: la poesía de combate durante la guerra civil y la del destierro posterior a 1939, representados respectivamente por Gálvez y Vidal y Planas.

El lector que descubra en esta antología la poesía de la bohemia española encontrará, entre mucha hojarasca, a un poeta de indiscutible interés, Emilio Carrere, y marcadas analogías, en textos no siempre deleznables, con la obra de autores de más altura, clásicos reconocidos de la época: el Rubén Darío de los cuentos en prosa de Azul... o del prólogo a Prosas profanas, el Manuel Machado de El mal poema. Así ocurre cuando Buscarini lamenta que «a mi paso se apartan las mujeres / por ver con repugnancia mi pobreza», confiesa Ricardo Catarineu que «con mis propios ensueños he labrado mi cruz», o se dirige a una ramera reconociendo que «ya perdí el entusiasmo, como tú la pureza». Es de esperar que esta colección, bien impresa y de diseño sobrio y acertadamente arcaico, tenga el éxito que merece, y nos ofrezca nuevos volúmenes sobre los otros géneros que cultivaron los galeotes de la bohemia.

01/08/2000

 
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