ARTÍCULO

Fervores y efervescencias

Anagrama, Barcelona
Trad. de Sergi Pàmies
208 pp. 14,50 €
Anagrama, Barcelona
Trad. de Sergi Pàmies
168 pp. 15 €
 

Todos los días, hacia las cinco de la mañana, Amélie Nothomb se sienta a escribir con una urgencia semejante a la de la vaca que necesita ser ordeñada. La comparación –celebérrima– es de la propia autora, que no rehúsa aderezar con sombreros de copa, paraguas invertidos o posados en cementerios las declaraciones sobre su excentricidad íntima: se confiesa degustadora de vegetales en estado de podredumbre, capaz de contorsiones físicas alarmantes, suicida fallida a los tres años de edad.
Lo que Nothomb extrae de sí cada mañana –hasta completar tres o cuatro libros (¿o litros?) al año, de los que sólo publica un par de ellos– es casi siempre espumosa autobiografía. Cuajada en porciones, se ha convertido en una quincena de títulos que sus lectores en veinte lenguas consumen con avidez y rapidez. Los productos de la firma Nothomb poseen una fórmula que estimula y no sacia, que deja con hambre después de doscientas páginas; pero es que la gestión del hambre es materia en la que la autora está sobradamente entrenada, hasta el punto de que el título Biografía del hambre explicita una esencia antes que un estado: «El hambre soy yo», sentencia en las primeras páginas.
Amélie Nothomb, belga nacida en Japón (1967), cuenta en Metafísica de los tubos (Anagrama, 2001) su entrada en la vida –una entrada a punto de ser una salida por mor de un accidente doméstico en el que casi se ahoga y que inaugura su apasionada y peligrosa relación con el agua–. Durante sus dos primeros años, se ve a sí misma como un ser autosuficiente y todopoderoso al que no cabe otra denominación que la de «el Dios tubo», ya que no se manifiesta sino en movimientos internos: deglución, digestión y excreción. Este estado vegetal o ataráxico del bebé concluye con una socialización a la que se accede de dos maneras: mediante el berrido continuado y mediante la ingesta del chocolate blanco que desde Bélgica trae la abuela. La voluptuosidad descubierta por el paladar acompasará enseguida los comportamientos de las dos series de la oralidad que constituyen el alimento y el lenguaje: la criatura se atiborrará de dulces (única comida deseable y admisible en sus primeros años, según cuenta en Biografía del hambre)y el berrido será refrenado; refrenado hasta el punto de que, conocedora ya del lenguaje en su cabeza, la infanta renunciará a empezar a hablar durante algún tiempo. Así pues, ante la inminente caí­da de su divinidad, el cuerpo y el espíritu de «el Dios tubo» parecían decididos a defenderse hinchándose y taponándose.
A esos tiempos fabulosos de retención lingüística sucederían otros en los que la niña Amélie se emborrachaba a menudo bajo las mesas de los invitados a los cócteles de sus padres, y, al día siguiente, penaba con su resaca en la guardería; la costumbre le duraría hasta cumplir los catorce años. También padecía de «potomanía», afección que la impelía a beber seguidos varios litros de agua, y la convertía al rato en fuente inagotable; quizá, como apunta la escritora, aquello era la «metáfora fisiológica» de su «necesidad de absolutos»; quizá –tiende uno a pensar– fuera el modelo simplificado de los desajustes en los movimientos de incorporación y «ex-corporación» que se le avecinaban. El caso es que, trasladada la familia a Bangladesh (después de pasar por China, Laos, Birmania y Nueva York siguiendo al padre diplomático), Amélie y su hermana empiezan a devorar libros, y poco después deciden dejar de comer: el 5 de enero de 1981, día de santa Amélie. El proceso sustitutivo lo explicita la autora de esta manera: «Ya que no había más alimento, decidí comerme todas las palabras: me leí el diccionario entero». Ocurrió también en ese momento de llegada a la pubertad un episodio que la autora califica de violación; cuatro indios abordaron a la adolescente que se bañaba en el mar y le arrancaron el bañador: «Las manos del mar separaron mis piernas y entraron dentro de mí», relata. A partir de aquí, además de no volver a meterse nun­ca más en el agua, se produjo un vaciamiento de su cerebro «como un lavadero del que han sacado el tapón»; todo su talento para el cálculo mental –que la hacía ser tratada de superdotada– «se fue por ese desagüe».
Hay más detalles en Biografía del hambre que permiten seguir jugando a los vasos comunicantes: esta violación –en la que hubo pérdida de sangre, según precisa en una entrevista la escritora– parece encontrar su reverso páginas después, cuando se describe a sí misma comiendo con nocturnidad y asiduidad grandes cantidades de piña que le hacía sangrar las encías: «El gusto de mi sangre mezclada con la piña me aterrorizaba de voluptuosidad». Pero es del lado del lenguaje donde se producirán los trasvases definitivos. En los tiempos anoréxicos, era su hermana Juliette la que escribía abundantes y hermosas novelas y tragedias, mientras que Amélie se declaraba completamente ágrafa; la curación de ésta (y la no curación de aquélla) cambia las tornas: hoy es Amélie Nothomb la única que escribe, y lo hace torrencialmente, declarándose sujeta a grafomanía y encinta de sus libros, de los que se libera, pues, mediante parto. Por si queda aún alguna duda sobre la pregnancia en la vida y en la obra de esta curiosa isostasia psicofísica, hay que añadir que la autora sólo abandona la autobiografía para abordar incisivos y crueles relatos en los que el exceso verbal es médula: cómo sostener un monólogo durante horas frente a una visita taciturna e indeseable a la que uno desea echar es el tema de Las catilinarias (Circe, 1997); los peligros que puede entrañar el atender a la conversación insistente y aparentemente casual de un desconocido pelmazo son las bazas de Cosmética del enemigo (Anagrama, 2003). En ambos casos, la logorrea está emparentada con la violencia –a Nothomb se la conoce como habilísima tejedora de diálogos despiadados–, la anticipa y la sustituye hasta cierto punto; un relevo que, como se ha visto, refrenda la biografía de la escritora.
Pero bien pudiera ser que Biografía del hambre pusiera punto a toda esta compostura en alternancia y cerrase el grifo autobiográfico. Algunos signos auspician esta suposición: además de la narración sobre la anorexia, el libro sobrevuela otros episodios en torno a la alimentación que se sitúan en períodos de la infancia ya tratados en anteriores títulos (Metafísica de los tubos, El sabotaje amoroso), con lo que Biografía del hambre viene a convertirse en un texto centrado en un tema –el hambre–, pero desperdigado en ejemplos y reflexiones que no se aglutinan en relato. Y, puesto ya a hacer repaso de la infancia y la adolescencia, el libro incluye también aquellos sucedidos que no tuvieron cabida en sus predecesores, como aquel de las diez niñas enamoradas de la protagonista o el de los amores mudos y truncados de su niñera. También recupera algunos que corresponden a épocas anteriormente abordadas, como el de sus propios y gélidos amores con el joven japonés –hijo de riquísimo joyero– que la encontraba «quintaesencial», capítulo este que viene a coincidir en el tiempo con la humillante aventura de su descenso profesional en la empresa nipona, contada por la «tragicomedia racista» Estupor y temblores (Anagrama, 2001; Quinteto, 2005). La sensación es la de que Biografía del hambre está barriendo los últimos restos que quedan por la casa biográfica para cerrarla. En las últimas páginas, la Amélie evocada tiene ya veintiún años, y ha entrado en la edad adulta, es decir, en una edad que no tiene interés biográfico. Así lo dice en El sabotaje amoroso: «A partir de la pubertad, la existencia no es más que un epílogo». Declara­ciones de un Peter Pan disfrazado de Campanilla.
Otro signo de que la época autobiográfica va tocando a su fin tiene que ver, de nuevo, con el juego psicofísico de vasos comunicantes. El mismo día en que, a sus trece años, Amélie Nothomb decidió dejar de comer, se impuso una segunda exigencia, que terminó por ser obsesión enfermiza: rememorar, cada noche, la totalidad de las emociones de su vida como una película proyectada interiormente. Este ejercicio de hipermnesia conducente a la locura y emparentado con el impulso autobiográfico parece que pudo ser finalmente detenido hace algunos años. Quizás ahora, en otra etapa de la misma senda, la escritora liquide también, por fin de etapa, el espejo en que se mira literariamente a sí misma.
El paso que parece estar tentada a dar es el que va de lo especular a lo especulativo. Biografía del hambre po­see una veintena de páginas en su comienzo que quieren ser ingeniosa teo­ri­za­ción: se trata de una apología del hambre como trampolín del deseo, lo que convierte a su ausencia en drama; para ello expone el caso del archipiélago de Vanuatu, lugar de abundancia cuya población, satisfecha y ahíta, «ni siquiera es capaz de luchar, no ha construido nada» y, por tanto, es digna de lástima. Alcanzado por la desazón moral que proporciona la evidencia de la miserable y dramática realidad de buena parte del planeta, el lector tiende a prestar a estas afirmaciones un to­no de broma; pero la sonrisa se le vuelve mueca cuando se percata de que, de ser broma, es tosca, y de ser ironía, es histriónica: Nothomb se tiene a sí misma por «una campeona del hambre». Añade, además, que su hambre debe entenderse en un sentido más amplio, que «si sólo se hubiera tratado de hambre de alimentos no habría si­do tan grave», y que «si Nietzsche hablaba de superhombre» ella se autoriza «a hablar de superhambre». La confusión del plano real y del plano metafórico propicia en ella verdaderos raptos místicos: «Niña superhambrienta de dulce, no dejaba de buscar mi pitanza: mi búsqueda de lo dulce era mi búsqueda del Grial»; «La superhambre no era la posibilidad de sentir más pla­cer, era la posesión del principio mismo del disfrute, que es el infinito»; «Dios no es el chocolate, es el reencuentro entre el chocolate y un paladar capaz de apreciarlo».
Estamos en plena degustación de la fórmula maestra nothombiana: una extrapolación de conceptos rellenos de autocomplacencia con tropezones de ironía, acompañados con salsa de cultura clásica, guarnición de intimidades y presentación en porción gnómica: nada indigesto, nada alimenticio, pero muy apetecible. Eso sí, no conviene confundir a los comensales: a esta preparación le conviene la materia prima light de la autobiografía o de la ficción, no las espesuras de la reflexión ensayística. Puede que ni siquiera sus aledaños: en su penúltimo libro Amélie Nothomb le hinca el diente a la cuestión mediática, y concretamente al reality show, que retrata exacerbando sus aspectos grotescos y crueles hasta lo repugnante; Ácido sulfúrico inventa un programa de televisión llamado «Concentración» consistente en un juego que extermina ante las cámaras a los participantes seleccionados por la audiencia. Este cóctel de farsa y Shoah utiliza de manera jocosa y liviana referentes históricos aún muy sensibles, y lo hace en aras de una reflexión de pretendida profundidad crítica que finalmente se resuelve en repaso de lugares comunes o de dolorosas verdades envueltas en ironía trivial: «El adelgazamiento era menos un problema estético que una cuestión de vida o muerte», nos aclara; o nos amonesta: «Cuando más indignado se siente usted, más mira». Lo que quizá no percibe es que esta última amonestación le viene como anillo al dedo no sólo al espectador del concurso televisivo, sino también al lector de su Ácido sulfúrico.
Pertenece al gusto de cierta novela actual el pontificar bajo apariencia de irónico desapego –el caso emblemático es el de Michel Houellebecq–, una simulación de distancia que Amélie Nothomb precisa así para su caso particular: «Mantengo mi candidez admirativa al tiempo que analizo mecanismos sórdidos». Esta supuesta no implicación personal en el análisis exhorta a deducir objetividad de lo que sólo es escueta ligereza o mordacidad perentoria. Se trata de un flirteo vanidoso de la novela con el ensayo mediante el que la primera pretende seducir al segundo, pero sin ir a su terreno y con artes que incluyen el menosprecio y el desplante. Sin embargo, en un contexto de novela, la voz narrativa que se muestra al tiempo distante y cáustica tiende siempre a un molesto engreimiento, razón por la cual es más convincente presentarla de manera no desencarnada. De este extremo no parece haberse percatado Nothomb en Ácido sulfúrico, aunque en todas sus anteriores novelas haya dado muestras de lo contrario: bien son los personajes los portavoces de la agudeza sarcástica, bien, en la zona autobiográfica, lo es la voz narradora del yo que se ensaña consigo mismo.
Esta última es la voz que la escritora ha modulado con más pericia porque, independientemente de su aplaudido ingenio, está matizada por otros impulsos que contrarrestan la labia de­senfrenada. Amélie Nothomb se retrata como niña megalómana, narcisista y excéntrica con una mirada sarcástica pero llena, a la vez, de comprensión y de fascinación: la novelista Nothomb está absolutamente seducida por su personaje, al que contempla con el mismo arrobamiento con que éste contemplaba a la fascinante pero despectiva Elena en El sabotaje amoroso o a la bella y malvada Fubuki de Estupor y temblores. El látigo verbal no deja sobre el lector otra cosa que un escozor efervescente, pero lo que sí hace mella en él es el fervor con que la escritora se cocina a sí misma para saciar su hambre.

01/03/2007

 
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