ARTÍCULO

Sin fórmulas de cortesía

Anagrama, Barcelona
320 pp. 19 €
 

Narrar los años setenta ha sido y es aún hoy un imperativo ético y un desafío estético para la literatura argentina. Martín Caparrós ha abordado esa década desde sus inicios a través de la ficción con No velas a tus muertos (1986) y mediante la meticulosa recopilación de testimonios en los tres tomos de La voluntad (1999), una historia de la militancia revolucionaria en Argentina, como indica el subtítulo de la obra escrita junto con Eduardo Anguita. Con distintos marcos formales y un constante impulso polémico, ambos textos se centraron en la figura del militante, síntesis compleja de una época que pretendió realizar el ideario transgresor de los sesenta y alcanzar, con las armas, «la patria socialista» y el fin de la dictadura militar. En 1998, entrevistado por Javier Trímboli en su libro La izquierda en la Argentina, Caparrós señalaba que «el problema básico para contar la historia de los setenta nace de la distancia valorativa que se interpone entre esos años y los nuestros». Esa brecha entre el ethos setentista y los axiomas de la democracia mercantil ha ido ensanchándose desde entonces y el relato de ese período clave de la historia local, siempre objeto de disputa, ha adquirido distintas inflexiones oficiales según la perspectiva sobre los crímenes de Estado asumida por el gobierno de turno y sus correlativas sanciones institucionales: el informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas y el juicio a las Juntas Militares en 1985; el aberrante indulto menemista; la reapertura aún en curso de causas por delitos de lesa humanidad. Por persistencia biográfica e intelectual, Caparrós vuelve hoy a los años setenta para medir la distancia entre la evocación actual del pasado y el futuro deseado por las juventudes de otrora, entre un presente de gregarismo global y el paradigma revolucionario previo al consumo masivo del «fin de las ideologías» (de los otros), eslogan que la derecha neoliberal supo difundir urbi et orbe.
A quien corresponda refiere los devaneos de Carlos, un ex militante que sobrevivió al fracaso colectivo de sus compañeros de generación y a la pérdida de su mujer a través de un minucioso ejercicio de negación. Aún enquistado en alocuciones tan críticas como autoconmiserativas sobre el rol de las agrupaciones guerrilleras, la pregunta de un amigo le recuerda que tiene una deuda pendiente: «¿Y se te ocurrió pensar qué diría Estela si pudiera escucharte?», le dice, provocándolo, Juanjo, hoy ministro del Gobierno y ayer compañero de ruta. Un soborno afectivo que, en vez de clausurar las diferencias políticas con su interlocutor, las revive. Treinta años después, el pasado insiste y Carlos emprende la búsqueda de un saber y la justificación racional de una acción compensatoria: quiere informarse sobre el fin de Estela –el destino de su cuerpo– y vengar esa desaparición con el asesinato del padre Fiorello, cura que avaló y fomentó su secuestro y tortura. Su pesquisa intentará dotar de sentido a tres muertes fantasmáticas: la de Estela desaparecida (y su hijo en ciernes); la del cura, fantaseada en todos sus pormenores; la propia que acecha en el futuro inmediato por una enfermedad terminal. Leemos, por ende, una serie doble de enfrentamientos que examinan la pertinencia de la vieja dicotomía entre la primera y la tercera persona del plural. Por un lado, Carlos se encuentra con represores de todo rango que visten velos democráticos, o apelan a la división social del trabajo para exculparse y racionalizar sus tareas homicidas –meros especialistas que se dedicaban a lo suyo–, o, sin más, las respaldan y atesoran; y se cita con viejos camaradas, ya aburguesados y satisfechos con sus anécdotas juveniles, retóricos, casi indiferentes. Por otro, entabla con las mujeres dos diálogos igualmente asimétricos: uno con Estela, que lo juzga desde su omnipresente ausencia; otro con Valeria, la joven amante ante quien explica su conducta en una relación caracterizada por la incomprensión generacional, un amor equívoco, símbolo vivo de la trascendencia cercenada del protagonista. Preso de la nostalgia por un universo de unidades políticas discretas y subjetividades ideológicas definidas, Carlos revisa los restos de aquella experiencia y exhibe su incapacidad para pensar el presente, una incapacidad concebida (o proyectada) como falta colectiva.
La novela se pregunta cómo saldar cuentas con la memoria, esa facultad siempre en rojo, siempre ávida de más. Conjunción de logos y pathos, aquí la memoria es tan analítica como impulsiva. «La venganza –dice el texto– es una forma extrema del recuerdo, el modo desesperado de avivar una huella que se borra». Esta venganza meditada con obsesión enfrenta una vez más a Carlos con el Estado no sólo por su gestión monopolística de la violencia, sino, sobre todo, por el reconocimiento legítimo de la vigencia de un crimen. Carlos intuye que la lógica pasional que sostiene a la justicia por mano propia y a su régimen de trueque –un cuerpo por otro– habrá de concluir en un acto de desagravio particular sin reparaciones generales, y quizá sea eso lo que busca. Sus soliloquios, en suma, reanudan el debate en torno a la función pedagógica de la memoria y al uso de los desaparecidos –«único aporte patrio al léxico global», según su triste ironía– en la narración de la historia argentina reciente. En efecto, la novela es la manifestación airada de un rechazo. Caparrós impugna toda operación reivindicatoria de los militantes desaparecidos que los victimice y los convierta en «pobres muchachos bien intencionados, mártires conejos». Diez años atrás, en la citada entrevista, afirmaba que «esta forma de presentar a los desaparecidos como gente buena y naïf no hace otra cosa que privarlos de su historia, de sus elecciones y, en última instancia, vuelve a hacer desaparecer a los desaparecidos».
Escribir desde los márgenes de la izquierda contra la épica sacrificial de los desaparecidos es asumir una posición incómoda pero válida. También es lícito renegar de la pasteurización de los militantes. Sin embargo, esos riesgos éticos, necesarios para no caer en reduccionismos simplistas y empobrecedores, tienen aquí soluciones narrativas precarias que dejan en deuda a la novela con su propia propuesta. En detrimento de la mirada de cronista y del experimentalismo que Caparrós ofreció en obras anteriores, los personajes de esta última entrega son moldes discursivos, menos ecos sociales que voces al borde del cliché, insuficientes para intervenir en la conciencia política del lector. A la vez, el esfuerzo crítico de Carlos para hacerles justicia a los desaparecidos redunda en el despliegue de un discurso histérico: quiere reponer la individualidad de una experiencia y el peso de la decisión personal, pero aborrece los detalles y las narraciones que dieron cuerpo a ese deseo, desconoce las conquistas de los organismos de derechos humanos, deja a los desaparecidos, militantes o no, sumidos en la indiferenciación de su propio rótulo. A quien corresponda hilvana preguntas inquietantes con una mano de barniz policial, es una novela de tesis que pretende ser síntesis de las contradicciones de una época y de sus luchas por el poder. Sin fórmulas de cortesía, Caparrós escribe una carta sobre las deudas del fracaso que no sabe a quién se dirige y espera que alguien acepte ese legado y sus demandas. Como en toda carta de despedida, quedan cosas por decir y habrá que volver, una vez más, a los setenta.

01/04/2009

 
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