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Beijing
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Hace un par de semanas la noticia era que a Xi Jinping lo habían exaltado a la máxima posición en el seno de su partido. Se ha insistido mucho en la importancia de esa decisión del 6o Pleno del Decimonono Congreso sobre la historia del partido y el lugar del Pensamiento XJ Etcétera (resulta cansino repetir a cada paso la tira de términos que cualifican y realzan su simpar contribución) con la mirada puesta sobre todo en el futuro. Un futuro que, como todos, comienza a corto plazo. El año próximo el PCC celebrará su Vigésimo Congreso y, tras la resolución citada, se da por sentado que Xi tiene asegurada su reelección como secretario general del partido al menos por cinco años más, hasta 2027.

¿Lo ha exaltado esa exaltación a la púrpura?

A la vista de su plan para la China futura, todo hace pensar que sí.

Xi alardea de circular con las luces largas y no gusta de moderar sus ambiciones. Al mes de su elección en 2012, hablaba de los Dos Centenarios, el de su partido recién celebrado el pasado 1 de julio y el de la República Popular que ocurrirá, de no haber imprevistos, en 2049. Y se comprometía a que en el primero la renta per cápita llegase a $10,000 anuales -previsión cumplida; no era difícil-, convirtiendo a China en una sociedad moderadamente próspera. Para el segundo, el país sería una nación completamente desarrollada, rica y poderosa. Mientras tanto, ha dicho más de una vez, China habrá doblado su PIB y su renta per cápita en 2035.

En 2049, cuando llegue el centenario de la República Popular, Xi tendrá 96 años, pero, si se consuman las alegrías de Yuval Harari, tal vez se encuentre en una forma espléndida y haya sido reelegido secretario general de su partido por séptima vez en 2047.

No es improvisación, pues, que la resolución histórica del 6o Pleno subraye la distancia entre el Pensamiento XJ Etcétera y la Teoría de Deng Xiaoping, que funge como de menor cuantía. Como para todos los jerarcas comunistas, para Deng la China de hoy que él impulsó a la reforma y a la apertura sería inconcebible sin la existencia y la dirección de su partido. Nunca le tembló el pulso a la hora de defender su dictadura con sangre y con fuego si lo era menester. No basta con recordar Tiananmen 1989; Deng fue también el muñidor de la funesta política de hijos únicos.

Pero, en lo que se refiere al partido como institución, a Deng no le satisfacían la falta de unas mínimas reglas estables de comportamiento, ni la cabal arbitrariedad de las decisiones de Mao, ni el poder omnímodo de dirigentes supremos; en definitiva, lo que desde Kruschev se ha conocido como el culto de la personalidad. No en balde fue Deng quien acabó por encabezar la revuelta burocrática contra el maoísmo. Y de ahí su insistencia en que el partido se atuviera a algunas regulaciones aceptadas por todos; por ejemplo, la edad de jubilación para los dirigentes o la limitación del tiempo de sus mandatos. Con Xi han pasado a la historia.

Bajo Deng y bajo Jiang Zemin el poder económico de China se asentaba sobre un gigantesco mercado de trabajo, que había pasado de 429 millones en 1980 a 751 en 2002, con bajos salarios, ningún poder de negociación independiente y orientado en buena medida hacia la exportación y la participación en los niveles elementales de las cadenas de valor. La idea de Deng de que, en esas condiciones, China tenía que ocultar su fortaleza y saber esperar se ajustaba a la realidad.

En 2012, cuando Xi fue elegido secretario general, las circunstancias eran ya muy otras. Recordemos una vez más el dato básico. China y Estados Unidos son las dos grandes economías mundiales, pero su rango varía según se mida su PIB en dólares corrientes (Estados Unidos sigue ocupando el primer puesto) o en poder adquisitivo local (China es ya el número 1). Podríamos evocar otras variables, pero no es necesario. Lo que cuenta para Xi es el reconocimiento por los demás del peso que ha ganado su país en la economía global.

Y aquí hay un cambio que no se puede ignorar. Si desde los 1980s China ha sido el taller del mundo, hoy la capacidad de consumo de sus 1,4 millardos de habitantes los convierte en un enorme mercado potencial al que ninguna compañía, grande o pequeña, puede volver la espalda.

Desde Apple hasta McDonald’s las contorsiones para ajustarse a las exigencias del consumidor local son continuas; medios sociales como Alphabet, Facebook, You Tube o Netflix conocen bien los efectos nocivos para su cuenta de resultados de la falta de acceso al público chino; gigantes del consumo discrecional como Amazon y grandes marcas francesas de productos de lujo como LVMH o de belleza como L’Oréal no ignoran los efectos de una eventual censura a sus actividades o de las políticas anticorrupción; compañías aéreas -como American Airlines, Delta o Qantas- u hoteleras -Marriott- han tenido que pedir disculpas por haber incluido a Taiwán como un país independiente en sus materiales informativos y de promoción.

China, al parecer, se ha rejuvenecido.

Pero no lo bastante. Tanto hacia el exterior como hacia sus súbditos y, en especial, hacia sus camaradas del partido, Xi cree imprescindible un plan de acción integral que puntualice la nueva realidad y los anime a aceptarla. Ante los miembros del partido y sus clientes exhibirá las razones y las ventajas de convertirse en la nueva clase dominante o, en términos históricos fácilmente reconocibles, en un mandarinato de nueva lección; el resto de los chinos, de grado o por fuerza, aceptará ese rumbo; y a los agentes internacionales acabará por persuadirlos la futilidad de una eventual resistencia.

Muchas de las iniciativas del plan son conocidas. Menos lo es, a mi entender, su coherencia interna. De ahí mi interés por un reciente análisis de MERICSMERICS es el anagrama inglés de Mercator Institute for China Studies, un banco de ideas (think-tank) especializado en asuntos de China y dependiente de Mercator Stiftung, una conocida fundación privada alemana encaminada a «lograr una sociedad abierta al mundo, a la solidaridad y a la igualdad de oportunidades». donde se realza esa ligazón en torno a una idea-fuerza. «Mirando a estos años pasados, los dirigentes chinos han llegado a la convicción de que el modelo de gobernación del partido-estado ha probado ser el mejor sistema político». Si alguna certeza se ha impuesto hoy entre ellos, ésa es la de que mientras el Oeste está sumido en el caos, China se mantiene en orden.

Xi no se muerde la lengua. De un discurso con motivo de los recientes fastos del centenario del partido: «¡Nadie podrá vencernos ni aplastarnos! Acelerar la creación de un nuevo modelo de desarrollo aumentará nuestra capacidad de supervivencia, de competitividad, de desarrollo y de sostenibilidad entre tormentas previsibles e imprevisibles y mareas turbulentas e imposibilitará que el proceso de un gran rejuvenecimiento de la nación china no se retrase, menos aún se interrumpa».

Tres son hoy los objetivos de ese proceso: (1) aumentar el control de la política sobre la economía; (2) gobernar con medios técnicamente hábiles; y (3) convertir a la seguridad en el fulcro sobre el que basculen todas las energías de la nación. Ninguno de ellos es nuevo; sí la búsqueda de su interacción, ahora flexible y combinada.

Posiblemente a eso se refería Xi cuando a principios de 2021 celebraba que China había entrado en una nueva etapa de su desarrollo. «Partido, gobierno, defensa, vida civil, academia; este, oeste, sur, norte y centro, el partido dirige todo». La frase es de Mao y la escribió en 1973 cuando la Revolución Cultural aún rugía, pero en su congreso de 2017 el partido la recogió y la incorporó a sus estatutos.

Una de las novedades de la era Deng había sido evitar una concentración excesiva del poder en el partido. A la postre, su centralización total sólo hacía más fuerte al secretario general, no al conjunto. Para Xi y los nuevos dirigentes, empero, ésa era una conclusión errónea que había debilitado al partido y a su dirección de la economía y del país. La nueva etapa de desarrollo tenía que adoptar un nuevo perfil.

El partido ya no puede limitarse a imponer un «capitalismo de estado» en el que compitan de forma abierta e irregular el sector público y el privado. Desde la llegada de Xi esa fórmula que podría resumirse en la de «China Sociedad Anónim» ha sido sustituida por la de «Partido Sociedad Limitada», donde el rasgo fundamental es la subordinación del sector privado a las necesidades del público. Un nuevo capitalismo de partido-estado que combina el mercado de empresas competitivas con los planes macroeconómicos diseñados desde el centro político y asignados a las empresas del sector estratégico para su ejecución. Ese nuevo Partido SL combinaría también el trabajo de actores públicos y privados en la persecución de los objetivos políticos establecidos para todos por el partido que, en definitiva, es el mejor guardián de los intereses nacionales. 

La estrategia dista de estar bien perfilada. No así, sin embargo, la convicción íntima de Xi y sus colegas de que ha permitido superar conmociones como la Gran Recesión y los estragos de Covid-19 mejor de lo que lo han hecho las llamadas economías desarrolladas. «Pekín ve al partido-estado como el mejor sistema de gobernación. Modernización y crecimiento económico, piensa, son las garantías de éxito del capitalismo de partido-estado». En suma, China se ha dotado de un sistema anti-fragilidad que contrasta en su resiliencia con el de las quebradizas economías liberales del oeste y lo supera.

Esta reciente etapa de desarrollo se completa con una nueva pauta de integración global incluida en la llamada «circulación dual» y que combina el ciclo económico interno con una aún alta integración de China en la economía mundial. Lejos, sin embargo, de subordinar al país a la globalización de antaño, su ascenso como gran potencia hará que el centro de gravedad de la economía internacional se desplace hacia una China reforzada por su poder negociador y reglamentario en cadenas de valor, tecnología, finanzas y gobernación económica. En la nueva etapa China no aceptará cargas contrarias a sus intereses nacionales.

¿Cómo se articulará con la economía nacional?

Ante todo, dando paso a una renovación del sector público estatal y de sus contrapartes en otros niveles -provincial y local- de gobierno. Pero hay más. El sistema de empresas públicas se unirá a nuevas formas de intervención política en la economía a través de fondos de capital público para apoyar planes específicos o nuevos sectores favorecidos por la política industrial del gobierno. En la actualidad, esos «fondos-guía estatales» son ya 1.700 y controlan alrededor de US$700 millardos.

En definitiva, el partido está renovando su antigua forma de operar por medio de subsidios directos e indirectos a las empresas estatales con el apoyo de otras -igualmente públicas- que actúan como financieras de capital-riesgo. Su fin inmediato no es la maximización de beneficios sino impulsar desarrollos tecnológicos o innovaciones en campos prioritarios (por ejemplo, en desarrollo de semiconductores) seleccionados por los planes estatales. Frente a las críticas de que muchas de ellas no han cumplido con sus fines o, sin tapujos, han quebrado, el partido apunta que, cuando se trata de innovación, unos cuantos grandes éxitos acaban por equilibrar sobradamente las eventuales pérdidas iniciales.  

Al menos en determinados sectores como las tecnologías de información y comunicación, empresas privadas como Tencent, Alibaba, Huawei -que, al parecer, no lo es tanto- y otras han tenido éxitos inigualados hasta ahora por los actores públicos. Y, en general, el sector privado contribuye decisivamente a la buena marcha de la economía. ¿Cuál será su papel en esta nueva etapa? «Una mezcla de control político, reglamentación intensiva y acusaciones de corrupción, al tiempo que la concesión de un margen siempre que se plieguen a las reglas de juego que marca el partido. Compañías tan grandes como Alibaba hacen que los reguladores teman que sean “demasiado grandes para quebrar” o puedan desatar riesgos sistémicos».

Hay otros medios de control adicionales, pero no menos efectivos. Hasta ahora el más relevante para el partido-estado ha sido la introducción de estrictas regulaciones para asegurar el control de sus órganos de dirección. Desde hace tiempo existía una norma, generalmente incumplida, para que todas las empresas que contasen con al menos tres miembros del partido entre su personal les diesen representación en sus consejos. Actualmente esa norma se impone con rigor y más de un 70% de todas las compañías privadas la cumplen. Por el momento, esas células del partido carecen de poder decisorio, pero no exige demasiada imaginación entender su papel como correas de transmisión de la línea general que en cada momento decidan sus jefes partidarios. Cada vez más se insiste en su deber de controlar el cumplimiento de las leyes por sus empleadores y sus colegas, así como su derecho a investigar eventuales transgresiones legales.

A todo lo cual se añade otra arma poderosa que Xi ha recordado en varias ocasiones: los sentimientos patrióticos de los empresarios que les permiten actuar con un elevado sentido de su responsabilidad para con su país y ligar el desarrollo de sus negocios con la prosperidad nacional. A buen entendedor…

Por su parte, de las compañías internacionales, como se ha dicho, se espera que respeten las leyes locales, el nacionalismo y el patriotismo de sus trabajadores y también que pidan perdón si de una u otra forma se muestran irrespetuosas con los sentimientos del pueblo chino. Como suele decirse, a los amigos todo, a los enemigos nada y a los indiferentes, la legislación vigente… que, por cierto, es enormemente farragosa, contradictoria y esquinada.

En estas condiciones el acceso de las compañías extranjeras al mercado chino se hará cada vez más difícil. La ley de protección de datos que entró en vigor el pasado 1 de noviembre es, hasta ahora, el último eslabón en una continua y creciente cadena de restricciones.

En principio, la nueva ley (Ley de Protección de Datos Personales o PIPL por sus siglas en inglés) se encamina a reducir posibles abusos de compañías e individuos que manejan datos obtenidos de los consumidores y cuenta con salvaguardas similares a las introducidas en esas materias por la Unión Europea. En ambos casos, los afectados tienen derecho a consultar los datos personales que gestionen esas compañías y a retirarles su permiso para utilizarlos. Las compañías, por su parte, están obligadas a la protegerlos y pueden ser sancionadas en caso de malos usos. En China las multas podrían llegar hasta US$7,8 millones o un 5% de sus ingresos anuales.

Hay, sin embargo, una gran diferencia entre ambos tipos de regulación.  El estado chino puede acceder a esos datos con tal facilidad que las garantías de privacidad para sus súbditos son prácticamente inexistentes. Si anteriormente las compañías de comunicaciones, de transportes y financieras ya estaban obligadas a dar acceso a sus agencias de seguridad, ahora la norma obliga a todas aquellas que obtengan cualquier tipo de datos en forma y tamaño aún por definir. Es decir, bastaría que lo hiciesen con mil o hasta con una sola persona para que pudiesen quedar subsumidas en la nueva ley. Si esos datos se comparten fuera de China, las compañías usuarias que controlen datos «importantes» -es decir, todos los que el gobierno quiera incluir- han de someterse a una exhaustiva inspección de seguridad nacional en la que harán constar los contratos establecidos para la transmisión de datos, qué tipo de datos incluye y qué riesgos puede conllevar hacerlo.  

En definitiva, bajo Xi, China se encamina hacia una limitación creciente de sus intercambios con el exterior cuyo pilar fundamental es la autosuficiencia económica. Pero, como señala el trabajo de MERICS que me ha dado pie para estas reflexiones, la verdadera novedad del plan es su acomodo inconsútil con dos elementos que constituyen la contrapartida política de su progresivo solipsismo económico: una gobernanza íntimamente ligaespectos de la vida colectiva. La circulación dual de la economía requiere, pues, un equivalente político.

Eso se queda para otro día.

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