Plegaria por un Papa envenenado
Evelio Rosero
Barcelona, Tusquets, 2014
168 pp. 15 €

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El 26 de agosto de 1978, Albino Luciani, entonces Patriarca de Venecia, fue elegido Papa. Treinta y tres días después, estaba muerto. Aunque el Vaticano nunca trató explícitamente la muerte como sospechosa, en el mundo exterior ha sido objeto de debate, sospecha y conspiración durante mucho tiempo. Se han escrito unos cuantos libros sobre el tema, los más importantes firmados por Robert Littell y David Yallop. Ahora se convierte también en el argumento de la nueva novela del novelista colombiano Evelio Rosero, que ha obtenido premios en Gran Bretaña, España y Latinoamérica. Luciani se convirtió ciertamente en un Papa extraordinario, y no sólo por la brevedad de su reinado: se negó a llevar la tiara papal e intentó prescindir de la sedia gestatoria para sus viajes; abandonó (con un éxito limitado) el «yo» mayestático tradicional para las alocuciones y edictos papales y optó por una sencilla ceremonia de inauguración en lugar de la pompa habitual de la Misa de Coronación. Esta renuncia a las formas fue sólo un subproducto menor de una agenda más profunda y radical, que incluía posiciones liberales sobre la contracepción, el divorcio, la ayuda internacional y los niños probeta, por no hablar de cuestiones más teológicas. La muerte repentina de Luciani se tradujo en que este momento de enorme cambio potencial quedó reducido a un fallo técnico, un revés memorable pero en última instancia breve dentro de la historia papal. Ese revés constituye el tema del nuevo libro de Rosero.

Para entender los defectos de este libro de Rosero puede que resulte necesario alabar antes las virtudes de uno anterior. Al igual que Plegaria por un Papa envenenado, Los almuerzos (Barcelona, Tusquets, 2009) aborda un tema eclesiástico. Ambientada en una comunidad parroquial de Bogotá, cuenta los sucesos de una noche en la que, con el sacristán y el sacerdote misteriosamente ausentes, un acólito jorobado debe ayudar a un reverendo poco convencional que llega para decir misa. Mientras que la libidinosa ahijada del sacristán persigue al jorobado, monjas viejas y decrépitas organizan una enorme fiesta, se beben botellas enteras de ron, viejas damas se desmayan y se ahogan gatos a la luz de la luna; los dramas emocionales son amenos pero siempre interesantes. Y aquí está ahora Rosero con otro caso de intriga clerical, en esta ocasión basado en un hecho: el posible envenenamiento del Papa Juan Pablo I. Y esta vez no hay magia. ¿Por qué?

Al igual que en Los almuerzos, parece que la ambientación ofrece grandes dosis de drama. Aquí están las «10.000 estancias y salones del Vaticano, sus 997 escaleras, 30 de las cuales eran secretas». Aquí hay una pareja de guardias suizos que chismorrean cuando se acerca el nuevo Papa; aquí hay escaleras que parecen, «físicamente», tragarse a las personas. Abundan los escándalos eclesiásticos, financieros y sexuales. Un círculo cerrado de cardenales corruptos va cercando al cada vez más indefenso y solitario Papa, cuya visión auténtica y compasiva está condenada al fracaso. Y, sin embargo, la sensación que se tiene al comienzo del relato es la de que ya se ha contado todo. La inevitabilidad con que va desplegándose es deflacionaria, no dramática.

Existen una serie de razones para ello. Una es una suerte de tono falsamente ingenuo en la narración, fundamentalmente a cargo de un «coro» de prostitutas venecianas que intentan en vano advertir a Luciani del inminente desastre. En ritmos y asonancias que recuerdan al Romancero viejo, entonan:

– Serás el primer Papa con dos nombres.
– Pero no el primer Papa envenenado, padre Luciani, no el primero.
– ¡Morirás envenenado a los treinta y tres días de tu pontificado!

Los guardias suizos mencionados más arriba reciben un tratamiento similar, pero han de cargar asimismo con un papel semejante al de un coro griego. «¡Sólo somos guardias suizos!», grita uno; «¡Aquí reinan los masones, el Opus Dei, extraordinarias fuerzas que pugnan por el mandato absoluto!». Es así como mantienen a la audiencia actualizada, por si necesitáramos que se nos explicara con todo lujo de detalles. En locuciones inexplicablemente características del Siglo de Oro, el otro cuenta a su compañero de guardia la orgía de la noche anterior: «[…] en su lujuriosa morada, estuve con ellos, hasta el amanecer. ¡Magnífica noche! ¡Los suaves dedos del cardenal Sireno me acariciaron largo tiempo los testículos!». Esto se traduce en una incómoda transferencia de información. Y significa que estos y otros personajes secundarios siguen siendo bidimensionales. En Los almuerzos, «las Lilias», tres viejas e indistinguibles monjas que han estado dejándose la piel en una devoción falsamente piadosa, constituyen un magnífico contraejemplo. En Plegaria por un Papa envenenado, Paul Marcinkus, el administrador de las finanzas del Vaticano, aparece brevemente esbozado como un enemigo grotesco de la campaña anticorrupción de Luciani, pero ni siquiera él acaba de convertirse en lo que llamaríamos un personaje de una novela.

Lo cual suscita una cuestión más amplia. Este libro se ha etiquetado como una novela, pero, ¿refleja eso realmente la realidad? Se trata de una suerte de novelización, pero sólo levemente, de los principales argumentos del libro de David Yallop: él es, de hecho, una especie de narrador de segunda mano y los hechos históricos de la narración aparecen presentados «como cuenta nuestro lúcido cronista». Esto no tendría importancia si la Plegaria alcanzara la condición de sátira, pero también en este aspecto se queda corta. Se sitúa en un incómodo espacio intermedio. En el peor de los casos, parece servir a Rosero como un modo de mostrar indirectamente sus credenciales liberales. Los aspectos no ficcionales del libro quieren decir que existe una identificación autorial (en contraposición a narrativa) con esas credenciales que resulta demasiado obvia para hacer de este libro una novela. Hay un capítulo en el centro del libro que, para entonces, no pasa de ser mucho más que un catálogo de esfuerzos heroicos de un reformador. No hay duda de que Luciani fue un reformador valiente, cuya reforma se vio frustrada –fuera o no por una mano humana– antes de que pudiera empezar. El libro resulta decepcionante no desde un punto de vista ideológico, sino desde uno abiertamente literario: no se deja nada por revelar o desentrañar. Rosero admite, en una nota en la contracubierta del libro, que le «hubiese resultado difícil acudir en persona al Vaticano», reforzando con ello la impresión de que lo que más le habría gustado hacer era llevar a cabo su propia y seria investigación, corroborar la de Yallop y debilitar aún más la postura oficial del Vaticano de que la muerte no fue sospechosa. Y es posible, quizá, que Rosero haya tenido en mente un objetivo demasiado preciso, que esté disparando a un blanco demasiado estrecho. Quizás algún que otro lapsus resulta inevitable en el contexto de una carrera larga y admirable. Cuando Rosero se permite habitar plenamente y sin cortapisas un universo narrativo, como hace en Los almuerzos, gana en fuerza por todas partes.

Ollie Brock es traductor y crítico literario. Ha cotraducido libros de autores como Eduardo Halfon y Javier Montes. Sus críticas han aparecido en The Times Literary Supplement, The New Statesman y Time. En la primavera de 2013 fue traductor residente en el Free Word Centre. Vive en Londres.

        Traducción de Luis Gago

         Este artículo ha sido escrito
        especialmente para Revista de Libros

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