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Xi_Jinping

La lectura de comunicados políticos me aburre más allá de cuanto pueda expresar por escrito. Tanta repetición y tan plúmbea como la que generalmente acogen desata mi incuria. Si se trata de comunicados del Partido Comunista Chino esa tendencia se torna punto menos que insuperable, así que trabajar en esta columna me ha llevado mucho más tiempo del habitual entre lecturas, bostezos y cabezadas. Pero, por lo que leo, la aportación del Sexto Pleno del 19 Congreso al esclarecimiento de la historia del partido es de importancia capital, así que me he esforzado cuanto he podido por interesarme en la espléndida participación en esa obra colectiva del Pensamiento de Xi Jinping sobre el Socialismo de Rasgos Chinos para una Nueva Era. Así lo dice la interminable etiqueta de protocolo.

Por supuesto, no he leído el comunicado en mandarín y veo que en varios lugares alertan de que la traducción oficial al inglés tiene sus errores, pero qué le vamos a hacer. No tenía otra fuente más clara donde aliviar mi sed.

El texto final de la «Resolución del Comité Central del PCC sobre los Mayores Logros y la Experiencia Histórica del Partido en el Pasado Siglo» fue aprobado el pasado 11 de noviembre 2021, avanzado en una conferencia de prensa el 12 y, finalmente, publicado el 17 de ese mes. Anteriormente se habían aprobado otras dos resoluciones sobre el asunto: una en 1945, bajo Mao, y otra en 1981 tras el ascenso al poder de Deng Xiaoping.

La de 1945 se centraba en los años trascurridos entre la fundación del partido en 1921 y el comienzo de lo que en China se llamó Guerra de Resistencia contra la Agresión Japonesa a partir de 1937; negaba la comisión de errores izquierdistas; y celebraba la contribución marxista-leninista de Mao Zedong a los problemas específicos de la revolución china.

En 1981 Deng impuso una nueva versión donde, al tiempo que se defendían las conquistas del PCC durante los años transcurridos desde la formación de la República Popular, se incluía un juicio severo -en los términos de un partido no dispuesto a afrontar una condena definida del régimen maoísta- sobre la Revolución Cultural.

«Las tesis básicas del camarada Mao Zedong para iniciarla representan una concepción por completo errada del marxismo-leninismo y de la realidad china. […] Cuando su prestigio llegó al zenit el camarada Mao Zedong comenzó a mostrarse arrogante. […] Gradualmente se divorció de la práctica y de las masas; actuó de forma cada vez más arbitraria y subjetiva; y se colocó de forma creciente por encima del Comité Central del partido debilitándolo progresivamente hasta socavar el principio de liderazgo colectivo y el centralismo democrático en la vida política del partido y del país» . Una toma de posición que difícilmente podía satisfacer a Xi, empeñado como lo está en imponer un firme control personal sobre el aparato y sobre el país.

Hacía tiempo que venía anunciándose esta nueva tarea del partido. A mediados de octubre pasado llegaron los primeros avisos en los medios que frecuento. Todos ellos coincidían en que Xi quería reforzar su incontrolable ansia de poder con una resolución oficial donde se estableciese de forma irrefutable la importancia histórica de su aportación al comunismo chino -con la etiqueta mentada más arriba- y, de paso, su exaltación a la cumbre del parnaso oficial.

Renmin Ribao, el órgano central del partido, abarrotó su primera página durante los diez días previos al Pleno con largos artículos (en total unos abrumadores 140.000 ideogramas) de exaltación del secretario general. «En esta nueva etapa, Xi es sin lugar a duda la figura central en el trazado de la historia. […] Hoy el mundo entero le mira con el mismo interés que hace nueve años», resumía Xinhua, la agencia estatal de noticias pocos días antes del Pleno.

La Resolución de 2021 lo refrendaba para quien quisiera creerla. «Mediante un meticuloso análisis y una profunda reflexión sobre las cuestiones teóricas y prácticas con las que se enfrentan el partido y el país en la nueva era, el camarada Xi Jinping  ha contribuido una serie de nuevas ideas, pensamientos y estrategias de gobernación nacional a los grandes problemas de nuestro tiempo: qué tipo de socialismo con rasgos chinos debemos defender y desarrollar; qué pauta debe seguir el grande y moderno país socialista que tenemos  que construir; qué clase de partido marxista para una gobernación de largo alcance debemos promover; así como qué líneas es necesario seguir para ejecutar esas tareas. Así se ha convertido en el principal fundador del Pensamiento Xi Jinping sobre el Socialismo de Rasgos Chinos para una Nueva Era: el marxismo de la China contemporánea y del siglo XXI».

Un inciso. No deja de sorprender que Xi Jinping sea el fundador del Pensamiento Xi Jinping etcétera, pero, al igual que sucede con su mellizo, el Pensamiento Mao Zedong, ambos sujetos individuales, según la teoría, se han de considerar como los diseñadores originarios de un programa al que se han sumado el partido y el pueblo chinos, haciendo suyas sus metas y avanzando hacia ellas en su experiencia colectiva.

Volvamos a lo que importa. Según la nueva Resolución, la cuota cognitiva y política de Xi Jinping sólo puede compararse con la simpar eminencia del Pensamiento Mao Zedong. Otros dirigentes también aportaron al conjunto, pero cada cual en su medida: la Teoría -un puntillo menor que el Pensamiento- de Deng Xiaoping; la Teoría -sólo importante en ese aspecto, no en general- de las Tres Representaciones de Jiang Zemin; y la Visión Científica -el grado más bajo en vigor epistémico- del Desarrollo de Hu Jintao.

Una escala similar sirve para puntuar las aportaciones políticas de cada uno de ellos a la historia del partido. Si Mao protagonizó las dos primeras grandes etapas: la revolución neo-democrática anterior a la formación de la República Popular China en 1949 y la posterior construcción socialista; y si Xi lo está haciendo igualmente en esta cuarta actual de Socialismo de Rasgos Chinos etcétera; a los otros tres sólo cabe agruparlos en una nebulosa de reforma, apertura y modernización socialista claramente secundaria. En definitiva, Mao y Xi son las dos cimas donde culminan los esfuerzos colectivos del partido y -siempre por este orden de precedencia- del pueblo chino.

Tan pronto como apareció el comunicado del Sexto Pleno, Huang Kunming, responsable del Departamento de Publicidad del partido -otrora conocido por su nombre, más certero, de Propaganda- comenzó la salva de fuegos de artificio. La resolución tendrá «un profundo impacto para impulsar a todo el partido a unificar su pensamiento [con minúscula aquí. JA], su voluntad y su acción, así como para alcanzar el gran rejuvenecimiento de la nación china»Cf. el boletín Sinocism (11/11/2021) https://mail.google.com/mail/u/0/#label/Sinocism+2021/FMfcgzGlkrzCWzdLLCQqqHssDQCbrMxM.. Así ha sido… en los órganos de difusión que controla su partido, es decir, en todos los de China. Pero no merece la pena perder el tiempo rememorando las dosis de impostura que pueden alcanzar los sicofantas en los regímenes totalitarios y hay que pasar a otros menesteres.

Hace poco, David Shambaugh, un conocido sinólogo norteamericano, ha publicado un libro interesante sobre la relación Mao-XiDavid Shambaugh, China’s Leaders: From Mao to Now. Polity Press: Medford, Mass. 2021. Shambaugh no se centra exclusivamente en ambos dirigentes; incluye también a los otros tres grandes líderes aludidos en la resolución del Sexto Pleno. A mi entender, empero, es esa relación bilateral la que tiene mayor interés para entender las futuras acciones de Xi en casa y en el tablero geopolítico.

No necesariamente por las lindezas metodológicas con las que se adorna Shambaugh. Parte de su reflexión inicial se pierde en irrelevancias. Por ejemplo, que, «de entre los cinco dirigentes de los que me ocupo, es claro que Mao presentaba un riguroso caso de narcisismo; el de Xi Jinping es muy alto y en Jiang Zemin más débil» (p. 5). A falta de un narcisómetro de confianza, esos pinitos resultan ociosos. Que sólo uno de ellos -Jiang Zemin- creciese en una familia nuclear unida y estable mientras «a todos los demás les perturbó en su juventud la ausencia o la muerte de sus padres» (p. 6), tampoco parece ser causa suficiente para que Jiang diese con sus Tres Representaciones. Si tanto cuentan esos avatares personales, Shambaugh debería explicar por qué, sin embargo, todos ellos coinciden en una cerrada defensa de la centralidad de su partido.

Para una mayoría de medios y analistas Xi es, junto con Mao, el dirigente que ha conseguido ejercer un mayor control sobre su partido. No seré yo quien lo niegue, pero a esa conclusión conviene añadirle un poco de sal. Ante todo, porque la opacidad del poder es consustancial con su ejercicio en el seno de los partidos comunistas. Las eventuales divergencias -y siempre las hay- quedan soterradas… hasta que se manifiestan abruptamente.

Shambaugh recuerda con razón el episodio de Lin Biao. Lin, mariscal del ejército y ministro de defensa, salió del Noveno Congreso del partido (abril 1969) convertido en el sucesor designado de Mao. Diecisiete meses después, estaba muerto tras un fallido de golpe de estado. Lin Liheng, su hija, alertó de la trama y su denuncia llegó a Zhou Enlai, el primer ministro. Al parecer, tras haber sido descubierto, Lin Biao intentó ganar la Unión Soviética pero el avión en el que se fugaba se estrelló sobre el desierto de Mongolia tras haberse quedado sin combustible. Un saldo de nueve muertos entre los que se contaban Lin, Ye Qun, su esposa, y Lin Liguo, su hijo y principal entre los conspiradores.

Si algo así puede suceder en la cumbre del partido, siempre conviene tomar la calma oficial a beneficio de inventario. Hagámoslo, pues, así y digamos que, tras nueve años en el poder, Xi parece haber conseguido dominar la escena política sin que asome la menor disidencia. Como Mao, sí, pero ahí acaban sus coincidencias, pues cada uno de ellos ha definido el papel del partido de forma distinta y singularmente contrapuesta.

A lo largo de estos blogs, he mantenido que, para Mao, el partido no era más que un instrumento al servicio de su visión milenarista del comunismo. A ese estadio del desarrollo social lo definía Marx como el final de la prehistoria de la humanidad. Una vez que el desarrollo de las fuerzas productivas hiciera posible que cada cual obtuviese del común lo necesario para satisfacer sus necesidades, las nefastas consecuencias de la escasez desaparecerían y la vida de cada individuo acabaría por ser cabalmente humana. Las lucubraciones de Marx sobre el cómo y el cuándo de ese itinerario nunca se aclararon. Para él y para buena parte del movimiento obrero la tarea inmediata era más limitada: la lucha por el socialismo, es decir, la abolición de la economía capitalista y de la dominación internacional de la burguesía.  

Mao no compartía esa visión. Contra todos los diagnósticos, pensaba y decía, la revolución se había impuesto en China. Tras la derrota del Guomindang en la guerra civil y la formación de la República Popular, el camino hacia el socialismo se había despejado. La misión actual del partido comunista estaba clara: forzar los ritmos de socialización en todos los ámbitos. De ahí el proyecto loquinario del Gran Salto Adelante que iba a llevar al país a una industrialización fulminante, a superar pronto a alguna de las potencias capitalistas y a abrir paso al comunismo. En este punto, mi opinión coincide con la de Shambaugh: «Mao creía que el comunismo no era un estadio lejano en el desarrollo social que necesitaría de un interminable período de tiempo: estaba al alcance de la mano» (p. 73).

El partido comunista había sido fundamental para llegar hasta ahí, pero muchos de sus miembros, incapaces de entender los meandros de la revolución, preferían esperar, consolidar sus conquistas y disfrutar entre tanto de las ventajas que les ofrecía la nueva situación. En definitiva, se habían convertido en una rémora para avanzar y su inercia hacía posible la restauración del capitalismo. Como la burguesía estaba derrotada, esos «revisionistas» se habían convertido en el mayor peligro a conjurar. La lucha de clases, pues, no había acabado: ahora tenía que trasladarse al seno del partido. Con esa lógica Mao impulsó la Gran Revolución Cultural Proletaria y recurrió a las masas revolucionarias, pertenecieran o no al partido, para luchar sin piedad contra los traidores.

Shambaugh acepta que Mao perdió esa batalla, aunque se resiste a la conclusión lógica de Yang Jisheng: que la facción a la que Mao llamó revisionista acabó con el maoísmo. Suena raro, pero es la mejor definición de lo sucedido. Tras las atrocidades de la Revolución Cultural, los represaliados por Mao, con el apoyo del ejército, inauguraron la nueva etapa de apertura y reformas en la que el partido recompuesto se adaptó a las nuevas condiciones: final de la colectivización agraria; impulso al sector privado de la economía y creciente urbanización de la población. A ellas se iba a sumar un factor inédito y fundamental para China: la economía global.

La reducción de los costes de transporte hizo posible que determinados procesos productivos pudieran realizarse en diversos lugares mediante el juego de las cadenas de valor. Y ahí China contaba con una singular ventaja comparativa: una inagotable fuerza de trabajo con las destrezas mínimas imprescindibles para hacerse cargo de las fases menos sofisticadas de la producción y bien controlada por los capataces del partido que establecían las condiciones de trabajo e impedían la formación de sindicatos independientes. Un aspecto del notable y verdadero gran salto adelante chino que no suele resaltarse.  

En esas condiciones, el partido acabó por convertirse en un protagonista irremplazable de la economía y del juego político. Por un lado, decidía la reglamentación del mercado de trabajo y del tráfico privado en su conjunto; por otro, reservaba a sus miembros la gestión de un amplísimo sector público que, adicionalmente, aseguraba su financiación en condiciones mucho más favorables que las empresas del sector privado. Y en éstas apareció Xi Jinping que entiende la situación mucho mejor que sus antecesores. El partido cuenta con cerca de 95 millones de miembros. Súmense sus familias y sus clientes y podemos estar hablando de un grupo social en torno a 200-250 millones de personas. No voy a entrar en la discusión de si forman una nueva clase. Sin duda, tienen muchos de los aspectos objetivos propios de una, especialmente el control, aunque no la propiedad, de un sector público incomparablemente mayor que el de otras economías mixtas y también la capacidad de regular coactivamente al resto de los actores económicos. Como dirían Lukács o Sartre, son una clase en sí. Vamos, que controlan de hecho la economía y la vida social. Pero hasta que llegó Xi les faltaba su para sí, es decir, la conciencia de serlo. Desde su ascenso al poder todas las actividades de Xi se han encaminado a dotarles de ella y, en justa reciprocidad, el partido está dispuesto a permitirle poner en marcha un programa que lo consiga. Para eso lo ha exaltado a las máximas alturas del Pensamiento etcétera colectivo y espera convertirlo en un Mao que sea justamente lo contrario del fetén.

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