La conciencia y la melancolía

Vivir sin ser visto

CÉSAR ANTONIO MOLINA

Península, Barcelona, 238 págs.

Una de las características más sustanciales de la literatura del nuevo siglo que comienza es la de su hibridismo: en efecto, cada vez los ensayos son más narrativos, las novelas más líricas, los guiones de cine se transforman en novela o viceversa, etc., y, sobre todo, aunque sin renunciar al aristotélico, pragmático y descriptivo concepto de «género» literario, abundan los escritores, también en España, que indagan con la posibilidad de trascender el horizonte de expectativas en que se convierte cualquier marbete genérico y proponer a los lectores nuevas formas de «leer» sus imaginaciones literarias. Este fenómeno, común y creciente, arrecia en particular cuando estas obras inclasificables pertenecen a ese territorio a caballo entre el diario, la memoria, el artículo, el relato breve o el apunte lírico. ¿Cómo definir textos tan importantes y significativos del siglo XX como Larosa, de Walser, La vuelta al día enochenta mundos, de Julio Cortázar, Apuntes venecianos, de Brodsky, Dafne y ensueños, de Torrente Ballester, El jardín de las delicias, de Francisco Ayala, o Microcosmos, de Claudio Magris?

Pues en esa misma línea de hibridismo memorialista y miscelánea innovadora (al lado de unos modelos emblemáticos que, me parece, no le resultarán en absoluto incómodos a César Antonio Molina) se nos revela ahora este poeta y ensayista gallego en su último trabajo. Vivir sin ser visto es un verdadero zibaldone, un cuaderno de apuntes, un memorial nel mezo del cammin en el que se recogen (en el crisol de la memoria extrañada y melancólica hecha palabra) los lugares, las personas (especialmente emotivos, por un lado, los maestros muertos, Cunqueiro o Torrente, y por otro, los recién llegados al camino, como la pequeña Laura Livia, a quien se dedica el libro), los libros, los sueños, los recuerdos de una trayectoria caminada desde el fervor poético.

Se teje así un retablo (de «retablo barroco», precisamente, calificó el profesor Orozco el libro de Ayala antes citado, El jardín de las delicias) en el que las aparentemente dispersas piezas se van organizando en oleadas sucesivas de «vida y literatura», en donde se entremezclan sin solución de continuidad, como decíamos, y al hilo de un viaje, una lectura o una efemérides, recuerdos biográficos del poeta y aprendiz de periodista en su Galicia natal, las reflexiones en voz alta del crítico y profesor sobre obras de arte, cineastas o poetas admirados (magníficas, a este respecto, las sintéticas lecturas que, en tres apretadas páginas, se nos ofrecen de autores como Paul Celan o Nerval, por ejemplo, verdaderos ensayos en miniatura), las emotivas pinceladas del ser humano sobre amigos y maestros: los ya citados Cunqueiro o Torrente Ballester (a quien Molina califica, no sin razón, como el mejor escritor español de la segunda mitad de siglo, y a quien el tiempo colocará en el alto lugar de la literatura universal que le corresponde. Recuérdese, por cierto, que César Antonio Molina es editor y estudioso de la obra periodística del novelista gallego), pero también Alberti, Octavio Paz o Jünger.

Y junto a los nombres propios de los vivos y los muertos, una serie de paisajes recurrentes (sobre todo de Grecia, Italia, Alemania, Dublín o la Costa de la Muerte galaica referidos desde una tensión atlántico-mediterránea que está entre los hallazgos culturales del libro) a los que se revisita para dar cuenta de sus mitos, autores, leyendas, vivencias, dioses. De esos viajes literarios van surgiendo en el libro, y conformándose como espectros entre la niebla de un bosque, historias tan extrañas e inverosímiles que se dirían verdaderas, y relatos tan creíbles que parecen falsos: tramas borgianas con rimas internas, encuentros casuales, guiños de complicidad de un azar que parece inteligente en sus tretas. Mágicas historias en las que se mezcla el cosmopolitismo culturalista con la responsabilidad de pertenecer y continuar una tradición que ha ennoblecido la vida con el arte. Hay hasta una simpática «fusión mítica» en una isla del Mediterráneo en la que se recrea no sin sorna el mito de Ulises y Calipso, reconvertida ésta en dos universitarias compañeras de viaje.

El poeta enciende la mirada para descubrir lo sagrado en cada aspecto de la realidad que le ha tocado vivir, no sólo allí donde ha tenido la fortuna de ser testigo de hechos o personas relevantes, sino en la aparente intrascendencia de un paisaje invernal, un roscón de reyes, los ángeles sin alas de una modesta iglesia ortodoxa (recuerda, por cierto, Yorgos Seferis, en uno de sus prodigiosos ensayos, que la Inquisición quiso recortar las alas de los ángeles del Greco porque sus medidas no eran ortodoxas), un campo de amapolas, o en el roce de un trozo de meteorito que la ciencia se empeña en convertir en un «mero» mineral y en el que el artista descubre y venera la piel fosilizada de un dios que ha muerto. El mundo, en fin, como un lugar de culto y sus paisajes y gentes como objeto de peregrinatioad loca sancta.

Pero la lectura de este libro nos proporciona, también, noticias sobre los coherentes postulados estéticos de César Antonio Molina (véase en la pág. 178 su perfilada concepción sobre el lenguaje poético), sus gustos cinematográficos, las lecturas de una vida, sus referentes culturales más hondos: Seferis, Li Po, Montaigne, Joyce… Y todo ello sin que, casi nunca, el yo abrume, antes bien, el autor consigue que el narrador se trascienda en un testigo universal y traslúcido que hace presentes (por la alquimia del arte) los recuerdos, seres y paisajes que evoca desde su «consciente nostalgia», generando así en el lector una complicidad, un guiño en el que no falta el humor y que convierte la lectura de este libro en un viaje inolvidable y muy recomendable.

Ficha técnica

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