Una propuesta firme y sentida

Veinticuatro veces

PILAR BELLVER

Lumen, Barcelona

376 págs.

2.100 ptas.

Rara vez una primera novela se escapa a las imprecisiones que suelen marcar a un escritor novel. Pero también una ópera prima suele revelar si tiene una visión del mundo, si anuncia un porvenir que madurará en obras ya del todo cuajadas. Puede uno equivocarse –y de hecho, no es pequeña la lista de falsas promesas anunciadas–, pero no importa demasiado porque resulta preferible anteponer el contento por ver a alguien que hace con buena voluntad su propia incursión en la aventura de crear un mundo con palabras. Es el caso de la recién llegada Pilar Bellver, cuyo Veinticuatro veces tiene numerosos méritos, pero también algunos lastres.

A Pilar Bellver habría que presentarla como una narradora un tanto tradicional que escribe urgida por el deseo de contar una historia de fuerte aliento novelesco y que, como ya no resulta posible hacer una literatura de esquematismo narrativo, se afana por buscar una estructura de cierta complejidad formal. La anécdota tiene una línea de fondo fuerte y nítida. Una joven descubre en la adolescencia una lápida en un cementerio con una misteriosa inscripción. El epitafio se le queda grabado y, como si fuera una señal dirigida a ella misma, se dedica a esclarecer el enigma años más tarde, hasta conseguir hallar su sentido. Y, en efecto, la vida de la chica encuentra la confirmación de un norte en el mensaje cifrado en aquella apartada tumba: «una especie de oráculo sobre mi destino», según indica al comienzo del relato, que le confirma en su determinación de no casarse ni tener hijos.

Esta mínima información argumental sirve –sin que por ello estropee jugosas anécdotas ni atractivos personajes– para anunciar el fondo de historia de intriga en el que se sustenta la novela. Dividida en dos partes, más o menos polarizadas en el pasado y en el presente cercano a la narración, las distintas pistas que llevan al descubrimiento del enigma constituyen un legítimo suspense que mantiene la atención pendiente de lo que sucede. Ese suspense se acentúa con líneas secundarias, con análisis sociales y familiares y con alguna digresión bastante lateral y un tanto forzada. Tiene Pilar Bellver en sus manos una historia intensa, un drama humano bien concebido en su dimensión emocional e histórica (cómo los personajes eluden las trabas que les impiden desarrollar su relación no convencional), pero hay algo que lo estropea por cargarlo de rellenos, por dilatarlo en lugar de concentrarlo.

No debería yo aclarar aquí cuál es la base de ese drama, porque ello desvela la sorpresa que encierra la novela. Y no lo haría si el texto de la cubierta del libro no lo insinuara, con un criterio comercial bastante inoportuno. Se trata de un conflicto sexual transgresor de las conductas dominantes, por decirlo dejando un margen a la curiosidad del lector. En este sentido, la novela contiene una propuesta firme y sentida. Defiende a ultranza la entrega a los propios impulsos y la libertad como causa última del comportamiento humano. La historia que ejemplifica este alegato es original y auténtica; una hermosa historia de amor proscrito, silencioso, total. Pero la novela, a su conclusión, despide un aromilla propagandístico del todo perjudicial. La justicia de la propuesta de la autora –el derecho a la diferencia y la denuncia de las coacciones a la libertad individual– no justifica la instrumentalización del relato, que impulsa aclaraciones innecesarias. Ya lo he dicho: la historia es en sí misma lo bastante rica como para que precise muletillas.

Tengo, en fin, otra reserva. Pilar Bellver se inclina por un intimismo confesional –y este rasgo suyo coincide con buena parte de la actual narrativa femenina– al que da forma mediante una primera persona verbal que se dirige a un destinatario explícito. Que la narradora sea la protagonista propicia la intensidad emocional y lo tengo por un acierto. Que el destinatario se incorpore al texto desbarata esa cualidad. No es gratuito, pues en ese destinatario se cumple la razón misma de la escritura, y la novela viene a ser algo así como la revelación del propio caso de la narradora. Pero resulta un artificio excesivo que, al final, paga el precio de un deseo innecesario de literaturizar la realidad. Algo que también ocurre, no mucho, pero sí alguna vez, en el nivel de la lengua. Ni siquiera una prosa culta admite una expresión de este tono: un médico «ahíto del poder de su casta y tan impunemente inepto».

Estas debilidades no quitan la sensación de hallarnos ante la novela de alguien que tiene algo que decir, y que se lo plantea en serio. Tendrá que afinar los medios, pero el latido último que impulsa a la escritura y la conciencia de que ésta es un arte que exige composición están en este debut de Pilar Bellver, una escritora cuya trayectoria pienso seguir desde ahora porque me merece suficiente crédito.

Ficha técnica

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