Palabra que respira

Una comedia ligera

EDUARDO MENDOZA

Seix Barral, Barcelona, 1996

383

Transcurridos poco más de veinte años desde la publicación de La verdad sobre el caso Savolta (Seix Barral, 1975), su memorable primera novela, Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) es ya uno de esos autores que marcan poderosamente la historia de la literatura del país al que pertenecen. Todas las novelísticas occidentales –las grandes novelísticas occidentales-cuentan en su haber con la aparición, cada equis décadas, de un Eduardo Mendoza, cuyo portentoso talento produce una obra global que aglutina las tendencias estéticas, las inquietudes y controversias morales, los diversos talantes socioculturales y, en suma, los latidos anímicos que configuran parte de las creaciones artísticas de sus contemporáneos producidas de manera aislada. Es decir, Eduardo Mendoza es un escritor que lleva dentro la novela del momento histórico que le ha tocado vivir. Y escribir. No se trata, ni mucho menos, de menospreciar, ni de obviar, lo escrito por otros autores de su entorno; sino de señalar ese poder emblemático –y algo más que emblemático– de esa clase de autores a los que Mendoza pertenece y cuyos intereses, sensibilidad, demonios, intuiciones, esperanzas y desesperanzas coinciden con los de sus congéneres. En una palabra, un autor cuya palabra respira al ritmo de la existencia de sus lectores y, por tanto, los expresa: es su pulmón. Como Stendhal y Flaubert fueron el pulmón de la Francia del siglo XIX , sin desdoro alguno para Maupassant, por ejemplo; y como Mario Vargas Llosa lo es del Perú contemporáneo, sin que dicha consideración afecte a la extrema valía literaria de Julio Ramón Ribeyro, Eduardo Mendoza cumple –en opinión personal- con buena parte de las funciones respiratorias de la narrativa española actual.

Séptima novela de Eduardo Mendoza (La verdad sobre el caso Savolta, 1975; El misterio de la cripta embrujada, 1979; El laberinto de las aceitunas, 1982; La ciudad de los prodigios, 1986; Sin noticias de Gurb, 1991, y El año del diluvio, 1992), la trama argumental de Una comedia ligera se desarrolla en una pequeña localidad de la costa catalana y, como es habitual en la mayor parte del resto de su obra, en Barcelona. Una Barcelona, en esta ocasión, percibida por el lector en blanco y negro, y en pantalla anterior al cinemascope, como corresponde a la época elegida por el autor: años cuarenta. Es decir, posguerra –española y europea–, miseria económica de las clases desprotegidas, estraperlo y corrupción entre la burguesía, gazmoñería en las relaciones amorosas por parte de la mujer; altanería, entre chulesca y mesiánica, de los personajes pertenecientes al poder de los vencedores; un glorioso y desesperado desparpajo entre el lumpen que intenta sobrevivir por los aledaños del barrio chino barcelonés, y, empapándolo todo, una tristeza más pegajosa que el calor húmedo de la canícula que cae sobre la ciudad a lo largo de la novela. Hay que señalar, no obstante ese sordo dolor que atraviesa el esqueleto del relato, el talante jocoso, irónico, e incluso tremendamente esperpéntico en ocasiones, de Una comedia ligera. Ese humor tan propio de Mendoza, ese humor de lo imprevisto que arranca la carcajada abierta y, también la difícil sonrisa prolongada, es, de nuevo, un elemento esencial. La intriga creada en torno a un crimen y su desvelamiento actúa, de hecho, como mera excusa argumental para mantener al lector atrapado en la lectura (cosa que Mendoza sabe hacer como pocos narradores), y para poner en pie un mundo caduco, mortecino, avinagrado por la hipocresía, la injusticia y la ruina moral. Un mundo sobre el que el protagonista, un afamado autor teatral de comedias ligeras, pasa sin mirar apenas, o mirando sólo su lado amable, hasta hallarse involuntariamente involucrado en un asesinato y ser víctima de las subsiguientes pesquisas policiales. Es a raíz de dichos acontecimientos cuando el protagonista vislumbra las siniestras motivaciones que tejen la vida de los hombres y la dura piel de la realidad en la que viven, y pierde la convicción respecto a la conveniencia de la «ligereza» como valor estético teatral. Convicción que defendía frente a las teorías de Gaudet –amigo y director escénico de las obras del protagonista–, partidario de un teatro nuevo, comprometido con la realidad social y política del momento, al estilo del que inician en Francia Sartre y Camus.

Merece subrayarse la pericia con que Mendoza maneja las relaciones entre el protagonista y Gaudet. Procedente de una clase social más castigada, Gaudet es el personaje contrapunto del protagonista, el autor de comedias ligeras, y encarna la figura del creador comprometido que estaba por entonces asomando en la mísera vida intelectual del país. Sin caer en explicitaciones retóricas, ni de ningún otro tipo, las distintas concepciones que del teatro tienen ambos personajes van generando espejos en cuya superficie se reflejan las dos caras de una sociedad dividida entre vencedores y humillados. El protagonista (cuya lectura diaria del periódico, con el seguimiento del juicio a Krupp por su connivencia con los nazis, crea un tercer espacio espejeante), en ningún modo representativo de la calaña vencedora, acaba por comprender cuán ligeras son sus comedias ligeras y opta no por cambiar su talante artístico y acatar el dictado del arte comprometido sino –y ahí está, una vez más, el gran tino y la integridad de Mendoza- por abandonar el teatro y proseguir con los negocios de su suegro. Todo ello, insisto, sin incursiones de índole ideológica ni demagogia alguna, sino servido a través de una novela elaborada con trazas de comedia y disparate, rica en personajes secundarios realmente memorables (como el estraperlista Poveda, el gerifalto Lorenzo Verdugones, «La Fresca» y otras muestras del descalabro humano que pueblan esas tascas de los barrios bajos con su desgarro existencial; un mago de feria cuyas alocuciones sobre el arte del espectáculo son una pura maravilla). Al contrario de la mayor parte de las novelas actuales, que sólo encierran ligereza envuelta en lazos de presuntuosidad y falsa hondura, Una comedia ligera es una obra profunda y rica presentada con falsos aires en tono menor.

Ficha técnica

4 '
0

Compartir

También de interés.

Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.