The Chinese Economy: Transitions and Growth
Barry Naughton
MIT Press
504 págs.

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shanghai

Cuando hablamos de la economía china, se ha convertido en una cláusula de estilo recordar que su ritmo de crecimiento durante los últimos cuarenta años -desde que en 1979 Deng Xiaoping impulsara la etapa de Reforma y Apertura- ha sido el más veloz de los conocidos hasta ahora en la historia de la humanidad. Como los tópicos no necesitan de mayor afán, dejemos éste a un lado y tratemos de entender cómo se han conseguido esos resultados.

¿Qué pasó en China tras el absoluto fracaso de las previsiones maoístas de que el país fuera a entrar en una rápida etapa de transformación socialista y a llegar pronto -unos quince años a partir del Gran Salto Adelante de 1958- al comunismo? Recordemos una vez más que, en la tradición marxista, comunismo se define como esa fase superior de la evolución social donde la abundancia de bienes y servicios permitirá que cada cual obtenga de la comunidad lo que le dicten sus necesidades de cada momento y otras fantasías de varia lección (desaparición de la división del trabajo, de las clases sociales y del estado).

Y recordemos también que a los dirigentes de la facción burocrática que se impuso en el PCC tras los años de caos maoísta esa perspectiva, por muy comunistas que se proclamasen, les resultaba enteramente carente de sentido a corto plazo. Una cosa es la fe en un futuro indefinible y otra la producción real de bienes y servicios en una unidad temporal concreta, eso que los economistas llaman el PIB anual y que no necesariamente progresa según nuestros deseos. Como solía decir Deng, al final de la partida lo que cuenta es el crecimiento. El comunismo, ya lo sabían los socialdemócratas alemanes a finales del XIX, es cosa para distraerse en los días de fiesta; no entre semana.

El libro de Barry Naughton (The Chinese Economy. Transitions and Growth. MIT Press: Cambridge, Mass: 2007), tenido por una de las mejores introducciones a la evolución económica de China, apareció en 2018 con una segunda edición (mismo título, mismo editor) corregida, aumentada y aún recomendable. Como los datos de cualquier economía varían cada año y tardan en llegar a los analistas, esta segunda edición se detiene en torno a 2015-2016, es decir, en la mitad del primer quinquenio de Xi Jinping como secretario general del PCC, pero eso no importa demasiado porque hoy hablaré de los años 1979-2012, anteriores a su ascenso al poder. Es decir, la etapa conocida como Reforma y Apertura.

¿Apertura, a qué? Por si fuera necesario: a la economía de mercado, algo que, desde la fundación de la República Popular en 1949, había sido anatema. Los mercados son consustanciales al capitalismo y tienen la mala costumbre de oponerse frontalmente a la línea general proletaria. Pero dejemos también a un lado esa faramalla. Lo que China persiguió en esa etapa fue aumentar su productividad y su riqueza. Y crecer, China creció con velocidad supersónica.

«China entró en este rápido período de crecimiento con un amplio retraso tecnológico y sin el marco institucional y el imperio de la ley [las cursivas son mías JA] que los países ricos habían impulsado tras siglos de apoyo a sus sofisticadas economías de mercado. Pese a lo cual consiguió desmantelar el sistema socialista de crecimiento “desde arriba”, crear una economía de mercado dinámica y colocarse entre las sociedades con ingresos medio-superiores per cápita». En ese proceso tuvo que recurrir a profundos cambios estructurales que, unidos a otras innovaciones institucionales, generaron aumentos de productividad y de renta; en suma, desarrollo económico.

Cierto. Pero la profundidad y el grado de desarrollo de las innovaciones institucionales es un aspecto que, como se dirá, Barry Naughton deja a un lado. Lo que mayormente le interesa son las transformaciones estructurales de la economía. Resumo su itinerario en lo que sigue.

Aunque no haya una definición precisa del término, China ha conseguido hacerse con lo que se conoce como el desarrollo milagroso, es decir, un crecimiento donde el PIB aumenta anualmente por encima del 8% o la renta per cápita por encima del 6% durante, al menos, 20 años. Un cambio experimentado también por Japón, Corea Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur y, en menor medida, por otros países asiáticos como Malasia, Tailandia e Indonesia. Todos ellos coincidieron en un rápido crecimiento de su dividendo demográfico; migración de la fuerza de trabajo a las ciudades; altas tasas de inversión en infraestructuras y en el sector industrial; y crecimiento de sus actividades exportadoras.

Aun participando en todos esos procesos que, generalmente, impulsaron el desarrollo del sector privado de la economía, el caso chino, según Naughton -que no es el único en mantener esta opinión-, tiene su propia idiosincrasia: las reformas pro-mercado se comprimieron a partir de 2005 y el estímulo financiero frente a la Gran Recesión de 2008-2009 no hizo sino reforzar esa tendencia. Preguntar por qué nos llevaría necesariamente a entrar en los asuntos del presente pero, a mi entender, antes de llegar ahí, es menester un diagnóstico de lo sucedido hasta esa fecha.

Anteriormente, el milagro chino se había basado primordialmente en un paulatino, aunque rápido protagonismo del sector privado. Resumiendo: China le abrió las puertas tras un triple proceso innovador: desaparición de las comunas agrarias; reducción del sector público; y una nueva política exportadora. Entre todas ellas el anteriormente inexistente sector privado de su economía logró una vigorosa expansión.

Fue una transformación, empero, gradual. Nueva evocación de Deng: el paso del río se haría apoyándose en las piedras. La experiencia dictó la velocidad de los cambios y la llegada de la economía de mercado se tomó su tiempo. Fue tan rápida como para borrar del paisaje al embeleco maoísta de una súbita transición comunista, pero no tan expeditiva como las transiciones vertiginosas de los países socialistas europeos. En China no hubo big bangs. Mientras que en Europa el acento se ponía en una rápida liberalización de precios que permitiera a los mercados hacer su trabajo, «el genio de la transición china residió no en su gradualismo […] sino en que las reformas se acompasaron a las necesidades específicas de una situación rápidamente cambiante» (p. 156).

En el campo, los resultados fueron fulminantes. Con la ayuda de precios más altos, cambios en los cultivos y la aparición de nuevas explotaciones familiares o cooperativas, la producción agraria se disparó entre 1979 y 1982. En la etapa siguiente (1984-1989), bajo la dirección de Zhao Ziyang, la reforma se extendió al resto de la economía y este salto adelante dio paso al verdaderamente fetén. Lejos de desmantelar a toda máquina el plan central y sus instituciones, el acento se puso en permitir una rápida entrada al mercado de nuevas empresas creando las condiciones para una competencia limitada entre ellas y las del sector público.

Este sistema de doble carril generó también una consecuencia doble. Por un lado, las empresas públicas se vieron ante la necesidad de adaptarse a las exigencias y a la disciplina del mercado; por el otro, aún más importante, se les permitió hacer negocios juntamente con las privadas. «Lo característico de la estrategia china de doble carril fue su capacidad de imponer una mentalidad de mercado progresiva y sistemática a todos los actores» (p. 166). Y en 1992 la economía acabó por librarse completamente del plan.

No sin sobresaltos. Si, por un lado, la creciente estabilización de una economía de mercado dio seguridad al público para crear patrimonios privados e invertirlos; por otro, las tensiones inflacionistas de los precios, ahora ya libres, acarrearon una explosión de descontento urbano que desembocó en la crisis de Tiananmén 1989 y en intentos de freno a las reformas durante los tres años siguientes. Pero el juicio de Naughton es tan terminante como positivo: los beneficios iniciales de la reforma fueron ampliamente compartidos.

«Hasta 1988-1989 la estrategia del doble carril protegió la posición de los trabajadores de empresas públicas. Los habitantes del campo mejoraron mucho, ganando con la disolución de las comunas, el aumento de los precios agrarios y un rápido crecimiento de la producción no agrícola en su seno. Los residentes urbanos que supieron aprovechar los nuevos nichos de la economía de mercado también ganaron. Sólo burócratas e intelectuales padecieron una relativa erosión, compensada en parte por la aparición de un entorno cultural e intelectual mucho más rico» (p. 171). En los 1980s, pues, China asistió a una «reforma sin perdedores».

Seguramente por eso, sobrevivió y se reforzó tras el viaje al Sur de Deng en 1992, una maniobra política para desalojar a sus oponentes (un importante grupo de economistas más cautelosos en torno a Chen Yun) en el seno del partido y rápidamente sancionada por su Decimocuarto Congreso del mismo año. La dirección de la economía pasó a manos de Zhu Rongji, ahora presidente del Consejo de Estado (nombre oficial del gobierno chino) a las órdenes del secretario general Jiang Zemin. Zhu es un personaje poco conocido, pero sin su influencia la segunda transición de la economía capitalista china no hubiera resultado tan amplia.

Esta vez, empero, la reforma necesitaría perdedores. «Los principales afectados iban a ser los trabajadores de las empresas estatales, que habían sido el grupo relativamente privilegiado en el pasado. Fueron despedidos por millones, mientras que otros muchos millones veían que sus empresas quebraban. En su momento álgido, el paro entre los trabajadores urbanos llegó al 10%. Carentes de seguridad en sus empleos por primera vez desde la creación de la República Popular, algunos sufrieron pavorosas pérdidas en poder adquisitivo y en posición social» (p. 180).

En 2003 la economía empezó a crecer por encima de 10% anual y allí se mantuvo durante los próximos cinco. Para Naughton, esta nueva ampliación de los mercados resultó ser más sencilla que en las economías post-socialistas del big bang gracias a que desde los 1980s China había creado un sector no estatal mucho más amplio, diverso y resistente.   

Que el nuevo curso reformista se desarrollara sin grandes problemas lo facilitó -sigue Naughton- la íntima conexión entre el gobierno central y los de menor rango -provinciales y locales- que, mediante el sistema de responsabilidad por objetivos, participaron en el establecimiento de metas y cuotas y se responsabilizaron de su ejecución. Ese equilibrio contribuyó grandemente al impulso del espectacular crecimiento posterior. Desde otra perspectiva, empero, podría apuntarse que el éxito se debió a que los responsables gubernamentales, miembros todos ellos del PCC, se repartieron los beneficios a satisfacción mutua. Pero dejémoslo estar por el momento.

En cualquier caso, la expansión del mercado interno no fue más que la mitad -tal vez menos- del proceso de reformas. Sin el sector exterior de ningún modo habría llegado China a convertirse en la segunda economía mundial o en la primera por poder adquisitivo (PPP) de hoy. En su zenit de 2006 el comercio chino (exportaciones más importaciones) se disparó hasta un 65% del PIB, muy por encima del de Estados Unidos (21%), Japón (28%) o India (32%). Ese enorme input permitió pagar importaciones de tecnología sofisticada que de otra forma el país no hubiera podido permitirse. Aún más importante, también hacerse con un mercado prácticamente inexhaustible para muchas de sus mercancías. La capacidad exportadora se aceleró entre 2003 y 2008 con la entrada de la Organización Mundial del Comercio. De hecho, su participación en la exportación global siguió en aumento hasta 2015.

El salto tuvo que ver con una creciente liberalización de las estructuras comerciales pero, ante todo, con lo que Naughton considera otro régimen dualista. Frente al habitual intercambio de productos finales (el comercio ordinario ricardiano u OT –ordinary trade– por sus siglas en inglés), desde finales de 1980 China ha apostado por el procesamiento de exportaciones (EP –export processing– por sus siglas en inglés).  

Originalmente consistió en algo tan sencillo como el envío a China por compañías de Hong Kong de telas para la confección de blue-jeans por trabajadores cantoneses y su posterior reexportación. Habían nacido las cadenas de valor donde un producto final pasa por diferentes procesos de elaboración en países distintos. La entrada de China en la OMC aceleró definitivamente su adicción al sistema EP: las exportaciones a Estados Unidos se triplicaron entre 2001 y 2007 y el comercio bilateral pasó de $89 millardos de dólares en 2001 a 259 en 2007.

Que el sistema EP chino haya cobrado tanta importancia se debe a dos razones. Ante todo, China no impone aranceles a los bienes intermedios importados para su ensamblaje, lo que abarata el precio final del proceso. Y, con el tiempo, el paño para vaqueros se ha sustituido por productos electrónicos complejos (ordenadores personales, teléfonos inteligentes, equipos de telecomunicación).  

Naughton lo grava, empero, con una nota escéptica. Sin duda, las exportaciones chinas son hoy de productos más sofisticados que en sus inicios. «China es ya un eslabón integral en muchas cadenas de valor. Pero una inspección de los productos que exporta y de los procesos que ejecuta muestran que se ha concentrado abismalmente en los estadios de ensamblaje final de productos. Es una actividad intensiva en trabajo; pero sólo requiere destrezas medias, no alta tecnología» (p. 191).

La administración de Hu Jintao y Wen Jiabao (2003-2012) llegó en medio de esa fase y con sus propias ideas, menos optimistas, sobre la continuidad y profundización de las reformas. A grandes rasgos, la nueva política redujo la prioridad del crecimiento a ultranza que había caracterizado los últimos años de Deng y toda la larga etapa de Jiang Zemin (1989-2003) bajo la fórmula del desarrollo científico orientado a una reducción del crecimiento y de la velocidad expansiva del sector privado, así como a la inclusión en sus beneficios de los actores sociales que habían soportado las peores consecuencias. «La red china de protección social -tradicionalmente anclada en las empresas públicas y en las comunas agrarias- había quedado en ruinas. La nueva población emergente, especialmente los migrantes del campo a la ciudad, y los nuevos negocios pequeños carecían totalmente de cobertura. Otros servicios sociales, especialmente educación y sanidad, habían visto sus recursos reducidos durante años y reclamaban atención especialmente cuando aparecían nuevas fuentes de ingresos presupuestarios» (p. 185).

El freno a las políticas expansivas del sector privado se vio adicionalmente reforzado por el impacto de la Gran Recesión que en China, como en otros lugares, resultó en una rápida expansión del papel del estado. El banco central impulsó rápidamente el crédito y éste derivó mayormente hacia las empresas estatales, que supuestamente contaban con mejores condiciones para ejecutar rápidamente las inversiones necesarias.

Para resumir: entre 1979 y 2003 China completó un amplísimo programa de transformación estructural de su economía basado en la aceptación, primero, y la rápida extensión, después, de un sector privado que, en el momento de cierre del período, parecía haber cambiado decisivamente la relación de fuerzas en su seno. Un tiempo que coincidió con el título del famoso libro de Nicholas Lardy: los mercados contra Mao. Los más optimistas anunciaban un triunfo completo de la lógica capitalista sobre lo que de socialismo (sea eso lo que fuere) hubiese podido sobrevivir en China.

Naughton se muestra mucho más cuidadoso y se guarda de incluir críticas de fondo al proceso; menos aún se pierde por los caminos de la profecía. Pero, según él, la nueva normalidad que empezó a manifestarse bajo el mandato de Hu Jintao y se ha extendido con Xi Jinping no tiene que dar necesariamente cobertura a los pesimistas.

Sin duda, la economía no mantendrá el crecimiento desbordado de ayer, especialmente por la necesidad de acoplarlo a los nuevos problemas creados por una ecología claramente deletérea. Pero, «si por menor crecimiento debe entenderse una desaceleración del ritmo de 10% anual de los pasados 30 años, conviene recordar que, en cualquier caso, éste no hubiera podido mantenerse. El pueblo chino ha mejorado su nivel de vida y se ha librado de las peores formas de pobreza. Más aún, como la fuerza de trabajo también ha dejado de crecer, la desaceleración del producto por trabajador será menos notable que la del producto total. Todo lo que crece al 6% se dobla en 12 años. Si el producto por trabajador chino sigue creciendo al 6% anual, las generaciones sucesivas continuarán experimentando cada 24 años cambios espectaculares: sus salarios serán cuatro veces superiores a los de sus padres» (p. 23).

Una conclusión excesivamente optimista que Naughton sazona hacia el futuro con preguntas cuya respuesta prefiere dejar al aire de Delfos.  ¿Podrá China reequilibrar su economía? ¿Podrá evitar la trampa de las rentas medias? ¿Podrá convertirse en una sociedad con una economía innovadora? Como en el Hollywood de los años cincuenta, al beso final de los protagonistas le sigue un fundido en negro. La solución, tal vez, en una nueva edición de su libro en 2028.

Esto intranquiliza a quienes no creemos que la economía empiece y acabe en el crecimiento. Naughton había dejado atisbar que sí hay algo más al referirse a la necesidad de que las transformaciones estructurales chinas se hubieran visto acompañadas por innovaciones institucionales. China no sólo adolecía de un fuerte atraso tecnológico; también (ver mis cursivas en la cita hacia el principio de este blog) de la inexistencia del imperio de la ley, es decir, seguridad en la tenencia de los propios bienes y capacidad de defensa frente a posibles exacciones, lo que en sus límites mínimos exige un poder judicial independiente y sometido a normas que permitan a los ciudadanos defenderse frente al poder. Naughton, empero, no muestra gran empeño en describir ese eventual desarrollo (su explicación de Tiananmén 1989, por ejemplo, deviene ridículamente reduccionista al cargar el peso en los estragos inflacionistas de 1988), tal vez porque no puede dar con muestras de que conformar un estado de derecho haya interesado nunca a los dirigentes comunistas. En la realidad no cejan en considerar a sus conciudadanos como meros súbditos.

En diversas ocasiones recientes me he referido a que la apuesta reformista de Deng siempre tuvo un límite claro: su negativa a aceptar la discusión, la crítica y, especialmente, la organización de actividades opuestas a las que el partido aprobaba. Su actitud represora desde los tiempos de Yan’an hasta Tiananmén 1989 resulta indiscutible. Para esta última ocasión tenemos un testimonio de primera mano en las memorias de Zhao Ziyang, su mano derecha durante las reformas económicas de los Ochenta y luego caído en desgracia por su actitud tolerante con los ocupantes de la señera plaza.

Zhao consiguió filtrarlas al exterior (Prisoner of the State: The Secret Journal of Premier Zhao Ziyang. Simon & Schuster: Nueva York, 2009Prisionero del estado: el diario clandestino de un primer ministro. Traducción de Emilio Arjonilla. Algon Editores, 2011..) -una de las escasas ocasiones accesibles para entender el opaco proceso de toma de decisiones del partido- y presenta a Deng como el mayor autócrata de entre los líderes de la primera generación comunista y cuya máxima pesadilla la constituía lo que él llamaba liberalización burguesa, es decir, la adopción de un sistema democrático. Para Deng, la reforma de los mercados podía y debía quedar intramuros del partido, limitada a reformas administrativas de su organización interna, sus métodos de trabajo y su estilo de dirección. Esa misma ha sido, con matices, la firme posición de sus continuadores hasta el día de hoy.

No todo el mundo, empero, lo ha interpretado así.

En 2001, en su discurso de celebración del octogésimo aniversario de la fundación del PCC, Jiang Zemin puso en circulación su personal aportación doctrinal de las Tres Representaciones (3R), recogida en la constitución del partido tras su decimosexto congreso (2002), en donde pervive nominalmente hasta hoy. Sumariamente, la fórmula apuntaba a la necesidad de que el partido se convirtiera en el máximo representante de las grandes opciones que habían impulsado a China durante la segunda etapa de reformas bajo Jiang (1989-2002): las fuerzas productivas avanzadas; la cultura avanzada; y los intereses fundamentales de la gran mayoría del pueblo chino. Su adopción se interpretó como una enmienda decisiva a la fórmula tradicional según la cual la misión primordial del partido, en cuanto vanguardia de la clase obrera china, era la defensa de los intereses de esa parte de la sociedad. Como, al tiempo, la nueva doctrina coincidía con la elevación a la secretaría general de Hu Jintao, numerosos analistas cedieron a la tentación optimista.

Así las 3R pasaron a traducirse en lengua vulgar como la puerta abierta para que los empresarios que habían estado a la cabeza del sector privado se incorporasen al partido, donde redefinirían su papel social, amén de modificar su misión e institucionalizar su control. La consecuencia lógica de esa renovación del PCC no podía ser otra que la renuncia a su condición totalitaria, llamada a convertirse paulatinamente en un estado autoritario y, al final del recorrido, seguir los pasos de otros países del área que, como Corea Sur o Taiwán, habían ya transitado por ese mismo camino hacia su democratización.

Esa eventualidad de la doctrina 3R, luego renovada hasta el paroxismo con la designación de Xi Jinping como líder supremo en 2013, no ha envejecido bien. Al permitir que los empresarios privados se le sumasen, el partido consiguió controlar mejor a ese sector dinámico. En la realidad, nunca se puso en duda que la condición para aceptarles en su seno tenía que ser una obediencia incondicional a la línea general de sus jerarcas. Jiang nunca ocultó que su finalidad no era otra que la necesidad de asentar mejor ese liderazgo en el sector no estatal.

Tampoco lo hizo Hu Jintao y aún menos Xi Jinping que, en los hechos, ha dado carpetazo a las 3R aún presentes en los estatutos del partido. 

Pero de eso hablaremos otro día.

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