Un libro de regalo

El siglo XX y otras calamidades

Santiago Tamarón

Pre-Textos, Valencia, 1997

159 págs.

Se le conoce por el apócope de Santiago Tamarón. Él mismo gusta presentarse como marqués de Tamarón. Es tan elegante al escribir como al hablar o al vestir. Se halla perdidamente enamorado del lenguaje. Así ha encontrado la horma de su zapato en el Instituto Cervantes. Ha publicado esta colección de ensayos literarios que es un primor. Digamos que es un libro de mesilla de noche. Este libelo (en su prístina aceptación) está lleno de ingenio y de pesimismo creador. Se agradece la frase cortante. Ya casi nadie escribe así. Dice lo que quiere decir y se le entiende. Más no se puede pedir.

Lo del ensayo literario es bien sencillo. Hay personas animosas a quienes les gusta escribir sobre los que escriben. Cultivémoslas; de otra forma serán una especie extinguible. Tamarón pertenece a ella. El género me interesa porque nada dice tanto de una persona como los escritores que le atraen. En el caso de nuestro hombre habría que decir los escritores que le fascinan. Digamos que son los castizos (él diría catetos; es lo mismo) cosmopolitas. Acaso sea esta la tradición de los diplomáticos andaluces. Pensemos en Valera, en Ganivet. Lo que no me cuadra es que Tamarón dé tanta beligerancia a Fukuyama. Seguramente le molesta que el nipónamericano sea un redomado optimista. Opina el de Arcos de la Frontera que «el optimismo es una herejía moderna de poco fundamento» (pág. 90). El juicio podría haber sido de Pío Baroja.

Me siguen gustando mucho los ensayos lingüísticos de Tamarón porque se entienden. Es atractiva su idea de que el lenguaje no se crea (¿ni se destruye?), sino que se transforma (pág. 100). Al principio de tantas voces está la onomatopeya. Sería de gran interés la comparación entre el repertorio del Diccionario de voces naturales, de Vicente García de Diego, y el Diccionario etimológico de la lengua española, de Edward A. Roberts y Bárbara Pastor. Presumo que entre los dos lexicones hay muchas voces comunes. Tarea es para los expertos, que yo no lo soy. Pero puedo imaginar lo que fue el origen del lenguaje. Es decir, a medida que vamos hacia atrás, nos topamos con la imitación que hace la voz humana de los ruidos de la naturaleza. Esta generalización nos da la pista de cómo empezó el lenguaje del hombre verdaderamente sapiens. Antes de hablar, el homínido primitivo ya escuchaba. La mejor prueba de esa teoría es que el sordo de nacimiento es también mudo. El talante de nuestro autor es la de un reaccionario (en sentido descriptivo) liberal (en sentido administrativo). Es decir, se suele oponer, irónico y juicioso, a las modas progresistas. Se la tiene jurada sobre todo a los progresistas que así mismos se administran esa etiqueta. Digamos que es un misoneísta selectivo. Por eso considera que el siglo XX, sin entrar en detalles, es una calamidad. O mejor dicho, que nuestro siglo ha sido una suma de calamidades. Claro que, si bien se mira, lo más interesante y plausible está en los detalles. A uno puede no gustarle la coca-cola (es mi caso), pero la aspirina o la anestesia son utilísimos inventos del último siglo. No vale decir que los antiguos mascaban algunas hojas (coca, sauce, adormideras) que hacían esos mismos efectos. Lo fundamental es que las fórmulas químicas son más eficaces. Uno está siempre tentado a soñar que le gustaría trasladarse a una época anterior para vivir más humanamente. El problema es que, si se realizara ese tránsito, lo más seguro es que el «viajero hacia atrás» (como promedio) tendría que estar muerto. En cuyo caso el sueño sería suicida. Esta es la aporía del misoneísta, del retrógrado, o simplemente, del que añora el tiempo pasado. Ahora se comprende por qué la fecha del tiempo es irreversible. Porque si no lo fuera, ya habría desaparecido la humanidad. Hasta el pesimista más impenitente acordará que no lleva trazas de desaparecer. Al contrario, el problema es que somos muchos.

Los libros no ayudan a triunfar, qué tontería. Pero algunos ayudan a pensar, como éste que leo con deleite. Por eso lo considero de regalo, hasta por su cuidada edición. No me molesta, sino que me estimula, que se componga de piezas ya publicadas. Eso suele ser un atractivo adicional. No todos los artículos o prólogos resisten el empeño de editarlos otra vez recompuestos. Para mi gusto el artículo más interesante es «El español, ¿lengua internacional o lingua franca?». Ha dado lugar a un libro entero posterior que ha compilado nuestro autor. Es una cuestión viva y polémica como todas las que merecen la respuesta de un ensayo

Ficha técnica

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