Mujeres entre los escombros


Un largo silencio
ÁNGELES CASO
Planeta, Barcelona
216 págs. 2.500 ptas.

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En Ángeles Caso (Gijón, 1959) coexisten amigablemente dos perfiles. De un lado, el de una profesional de los medios de comunicación que alcanzó la máxima popularidad con su trabajo en Televisión Española. Del otro, el de una mujer que quiso huir de la cumbre para dedicar su tiempo a la escritura. Ahora puede mostrar sin desdoro una trayectoria en alza, construida a partes iguales de tesón, talento y encanto personal. El orden de la secuencia no es arbitrario; porque Ángeles Caso ilustra el triunfo de la voluntad de escribir, de hallar un cauce de expresión a través de la palabra escrita cuando tenía bazas más sencillas y rentables en la imagen televisada. Cada nuevo libro, sin embargo, confirma el acierto de esta autora asturiana, que ha conseguido con Un largo silencio la más ambiciosa, depurada y conmovedora de sus novelas.

A finales de 1939, varias mujeres de la familia Vega regresan en tren a Castrollano, una población marinera del norte de España que fue su patria chica hasta mediados de la guerra civil. La llegada coincide con el retorno de la Virgen de la Lluvia, patrona local, cuya imagen es devuelta al santuario en medio de una gran muestra de fervor popular. Ángeles Caso potencia el contraste entre esas mujeres vencidas, de quienes un grosero falangista dice: «Piojosas… Acabaréis de putas», y la figura virginal de María, que transportan en andas los vencedores. Con la talla sagrada, restituida, concluye el azaroso vía crucis que la libró de la «horda roja». Para las Vega, en cambio, el calvario bélico proseguirá en ese tiempo que el poeta Goytisolo denominó «el largo túnel de postguerra». Ángeles Caso logra una buena atmósfera describiendo el paisaje después de la batalla, el pueblo mezquino y provinciano cuyas heridas siguen abiertas: casas derruidas, calles reventadas y oscuras, un sombrío legado de cascotes donde debe renacer todo; también son altamente humanas las mujeres; la abuela, Letrita, viuda de un funcionario socialista, que con su coraje encabeza la durísima aclimatación de las tres hijas a una comunidad que las ignora o las detesta. Lejos de sus hombres, caídos en el frente o en prisión, las Vega descubren a la vuelta que les han arrebatado los muebles y la casa, y sólo el temple de una amiga, Carmina, les proporcionará cobijo. Ángeles Caso toma partido por los vencidos, describiendo con crudeza las condiciones de miseria física y moral que siguieron a la derrota; pero, también, sabe transmitir el miedo y el silencio que flotaron durante el decenio del estraperlo sobre todo el país. En este sentido, resultan tan dañinas las humillaciones de los vencedores como el temor o la aquiescencia de los pusilánimes, incapaces del menor gesto solidario.

Es obvio que la novela incorpora un sobrecogedor anecdotario familiar que la autora fue rescatando del olvido, pero el engarce no se realiza siempre de forma impecable. A veces, Ángeles Caso fluctúa peligrosamente entre lo descriptivo realista, lo intimista psicológico y lo coloquial, en un mismo párrafo, o abusa del fast forward, recurso que aunque brinda valiosa información sobre hechos y personajes, acaba por ser algo reiterativo. Tampoco creo que los diálogos pudieran adaptarse tal cual al cine, pese a que la novela pide a gritos, por su carga dramática, el poderío de los protagonistas y la atmósfera oclusiva, una versión cinematográfica. En todo caso, tras la lectura de Un largo silencio, permanece indemne la universalidad de un gran tema: el ansia de las mujeres de enterrar a sus muertos y volver a la vida. Algo que ya preocupaba a Sófocles y que mantiene intacta, por desgracia, toda su vigencia.

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