Un divertimento

Trampas para estrellas

PEDRO SORELA

Alfaguara, Madrid, 248 págs.

Trampas para estrellas es un libro extraño y ensimismado sobre la experiencia del viaje y la aventura en un mundo donde la sorpresa y la autenticidad han sido proscritas por la previsión, y en el que lo épico ha quedado reducido a un espejismo urdido por los medios de comunicación y las campañas de imagen. Esta temática, cuya incidencia crítica en nuestro mundo actual es palmaria, discurre sin embargo por el cauce de un relato que oscila, tal vez con excesiva confusión, entre la fantasía futurista (o quizás ucrónica) y la utopía negativa. Para dar testimonio de ese mundo, el narrador acota un espacio concreto, el Instituto Superior de Alta Exploración, en el que se prepara exhaustivamente a los futuros exploradores de un planeta que, no obstante, carece ya de secretos. La peripecia se inicia cuando tres aventajados estudiantes de esa institución –Bela, Pablo y Santa Ya– sufren un percance que arruina sus prácticas finales de exploración en la selva. La transitoria ruptura de toda comunicación con el mundo civilizado inicia un radical proceso de cambio en los jóvenes protagonistas, que aprenden a mirar la realidad sin el velo de la rutina y el pragmatismo. Esa transformación provocará en cada uno de ellos distintos efectos, pero en todo caso les permitirá, a su regreso al «mundo civilizado», trazar nuevos caminos de un proyecto vital desmarcado de la falaz vorágine de una realidad falseada.

Como se desprende del repaso a la peripecia y temática del libro, Trampas para estrellas se caracteriza por una notable indefinición. Es claro que ello responde a un designio consciente del autor que, fiel a su trayectoria, demuestra su gusto por transitar por terrenos resbaladizos y nebulosos de la ficción, así como su resistencia a someterla a la horma de un determinado subgénero. Muy al contrario, estamos ante una obra que juega constantemente con elementos de muy diversa procedencia, lo que obliga a entender la novela como un continuo ejercicio de oscilación en el tratamiento de su asunto: junto al desarrollo de la pura acción de estirpe aventurera convive el remanso lírico y junto a la radiografía psicológica de los personajes, la morosidad descriptiva de su entorno (las clases del Instituto, los rincones de un Madrid imposible…). Se trata de una continua búsqueda del quiebro y la sorpresa que se completa con otra alternancia más: la que se da entre la voluntad de exponer críticamente ciertas actitudes morales vigentes en nuestro mundo y, sin solución de continuidad, el detenido interés por la anécdota frívola y la nota intrascendente (por ejemplo, las observaciones sobre la vida estudiantil del Instituto de Exploración, o los retratos de la vida social de los jóvenes acomodados).

Sin embargo, este juego con el horizonte de expectativas del lector ofrece más dificultades que aciertos. Estamos, sin duda, ante una novela que constantemente busca alternativas a la linealidad y a lo previsible, pero sin duda Sorela no ha encontrado la fórmula adecuada para satisfacer esa ambición sin que la estructura presente un aspecto deshilvanado y caprichoso, ya que los continuos cambios en el punto de vista y en el tratamiento de la peripecia son excesivamente bruscos y, en muchas ocasiones, difícilmente justificables. Estos saltos, que ya perjudican el ritmo de la primera parte, van volviéndose cada vez más radicales en la segunda, que queda así convertida en un collage caprichoso y desorientado. Da la impresión de que el narrador está más atento a los detalles secundarios del original mundo que va levantando que a la creación de una historia y unos protagonistas cuyos conflictos identificadores, lejos de ser sólidos, son incluso difíciles de adivinar. De hecho, esta progresiva disolución de un mínimo hilo conductor determina que los personajes se desvanezcan por falta de coherencia y continuidad, así como por el exceso de materiales muy poco significativos. Si al principio, durante sus aventuras en la selva, los protagonistas conformaban una tríada de resonancias cuasi míticas (aspecto concedido, precisamente, por su simplicidad y por su carácter complementario), su regreso a la civilización marca el inicio de un imparable deterioro de su solidez y su verosimilitud.

Este proceso de disolución afecta también a otra faceta necesariamente vinculada al tratamiento de los personajes. Me refiero a la del sentido de que éstos son responsables. Así, hay un abandono paulatino de la intención crítica que, al menos en los primeros compases del relato, permitía entender el despliegue imaginativo de la fábula como el soporte de una reflexión sarcástica sobre ciertas actitudes de la sociedad actual. La desvinculación de este proyecto supone un importante empobrecimiento temático, además de la pérdida de un posible factor de vertebración estructural.

Por todo lo dicho, la novela permanece estancada en un marasmo de situaciones y estampas que, a falta de utilidad como eslabones de una progresión dramática (inexistente por el empleo de continuos recursos dilatorios), deberían mostrar un mayor aliento poético. Sin embargo, en esta sucesión de instantáneas en que consiste el libro no es fácil encontrar alguna que supere la simple descripción más o menos ingeniosa (los excesivos retratos de los profesores, por ejemplo), o de la humorada inocente. Sorela ha encontrado un mundo extraño y singular, y tal vez también la mirada (siempre irónica, pero también a veces un tanto kitsch) con la que contemplarlo, pero no ha contado con la historia y los personajes adecuados para mostrarlo sin que el relato se convierta en un discreto divertimento.

Ficha técnica

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