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Cien cuyes y ni uno más

Cien cuyes

Gustavo Rodríguez

Alfaguara, Madrid, 2023.

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Cien cuyes, la novela que ganó el más reciente Premio Alfaguara, trata ante todo de la muerte. Escrita por el autor peruano Gustavo Rodríguez, su principio rector, que en un par de lugares se enuncia, es que nadie debería morir solo. Los protagonistas son viejas y viejos de alta sociedad limeña a los que, por razones que no se explican con claridad, ningún familiar quiso cuidar. Por ende, terminan en una casa de reposo de la capital, o sea, en un asilo más o menos elegante. Alguno de los personajes tal vez fue en su juventud una persona inquietante, pero hay que decir que ad portas de la muerte lo es mucho menos. Los cuyes del título, nombre que se les da en América Latina a los conejillos de Indias, aparecen apenas por raticos; a lo largo de la novela su número se refiere a cantidades de dinero. El cuy es una comida muy apreciada en el altiplano andino.

La persona encargada de cuidar los viejitos se llama Eufrasia Vela y es la protagonista central del libro. Ella tiene un hijo de edad indeterminada, pero menor de edad, llamado Nicolás y una hermana llamada Merta, enfermera graduada. El padre del niño se esfumó, según un conocido problema de América Latina, donde abundan las madres solteras.

Dado que los temas centrales son la vejez y la muerte, un primer anciano muere en la página 110. Un segundo muere en la página 130 y un tercero muere, en parte por mano propia, en la 143. El cuarto anciano solo dura hasta la 160. Luego, en la página 200, viene una hecatombe, pues salen varios al mismo tiempo mientras escuchan música del grupo ABBA. Este episodio trae potenciales enredos judiciales que al final no conducen a ninguna decisión, solo a un escándalo. Por último, en la página 227, a otra persona se le anuncia que va a morir, sí o sí. Pronto se inicia este viaje fatal.

Por lo dicho, quedará claro que la fuerza motriz del libro es la fatalidad, o sea, o sea los daños al propio bienestar no autoinfligidos por los personajes, según se ha valorado desde siempre en el potente género de las tragedias, en las que el héroe debe participar de algún modo en el desenlace fatal de su vida. Nadie puede dejar de envejecer y aunque tal vez sí pueda cuidarse más o cuidarse menos, sus opciones son pocas.

Aquí y allá la política local asoma la cara, pese a lo cual yo no encontré perspectivas novedosas. Todavía más abundante es la presencia del cine, debido a que a los viejitos los entretienen con multitud de películas recientes y sobre todo del pasado. En algunos casos, se pulsan recuerdos entretenidos, si bien tampoco hallé una visión de veras reveladora del cine proyectado, o de la televisión.

Aparecen varios poetas peruanos: Javier Heraud, Blanca Varela, José Watanabe, lo que se agradece, así el libro se abstenga de citar versos memorables de ellos; apenas nos recuerda sus nombres. Abunda, en cambio, la música popular, que al menos en mis oídos no resonó con fortuna. ¿O usted, estimado lector, ha oído una canción llamada «Mambo de Machaguay»?

En términos generales, Cien cuyes es un libro flojo. No halla uno por dónde metérsele o en qué anclarse para tener una gran experiencia literaria. La ciudad, Lima, y el país, Perú, no se ven desde ópticas sorprendentes. Sí, se oyen con frecuencia modismos de la ciudad y del país, si bien no hay nada de veras seductor en materia de lenguaje. El humor del que habla el acta del jurado yo solo lo vi salpicado unas pocas veces por ahí. Los personajes, viejos y viudos en su mayoría, se acercan al final de vidas no demasiado notables y algunos mueren. ¿Algo notable en eso? Yo no lo vi. Tal vez los personajes de origen popular tengan algo más de fuerza que los ricos del asilo, pero igual trabajan allá y están marcados por el entorno. La vida en los barrios figura en ocasiones, así como el eterno problema de llegar al trabajo e irse de él. ¿Ofrecen grandes novedades los permanentes atascos limeños? Nyet, para decirlo en ruso.

El epígrafe de Petrarca que pone Rodríguez es bello: «Una bella muerte honra toda una vida». Sin embargo, en la novela no hay muertes bellas, pues casi todas las narradas son comunes y silvestres. Alguien se fractura la cadera, a otro le falla el corazón. ¿Y? Jack Harrison, el antiguo médico reumatólogo a cuya memoria se dedica el libro, por lo que uno piensa que él sí existió, es quizás el personaje más potente del libro entre los limeños de clase alta: su mal genio, su gusto por el whisky, su amor por el jazz, los medicamentos que toma, en fin, su condición de abuelo. Otro personaje importante es doña Carmen, Carmencita, viuda de don Alejo. También está una mujer apodada Pollo, quien ha sido viuda durante treinta años.

―Envejecer es… una mierda ―dice doña Pollo en la página 149.

Otro cantar es que el abordaje literario de la vejez sea interesante. «Nadie debería morir solo». Bueno, una parte importante de la trama consiste en saber cómo hacen los personajes para evitar ese triste destino, si bien al final uno concluye que morir en grupo tampoco es lo más emocionante del mundo. La escritura es en general correcta, aunque tiene caídas. A veces, como en la página 68, sobreabundan los gerundios.

Una parte del problema de esta novela recae en el esquema de los premios literarios de manuscrito ofrecidos por varias grandes casas españolas. Si uno revisa cualquier lista de los premios de los últimos veinte o más años, al lado de algún libro meritorio encontrará decenas de bodrios olvidados. Esta ha sido para mí una vieja polémica.

Dado que se premian manuscritos ya finalizados, no hay lugar al clásico proceso de edición, algo que no ocurriría si los premios se dieran a libros publicados, por una editorial de cualquier tamaño, según es común en otros países. Aquí y allá a Cien cuyes se nota la citada falta de edición. Por ejemplo, hacia el final se menciona una carta de despedida de algunos de los protagonistas, la cual se encuentra escondida entre un asiento de la Kombi VW que los llevó al último paseo. ¿Qué dice la carta? No la podemos leer, pues apenas se parafrasea, lo que elimina tres cuartas partes del suspenso. Lo mismo pasa con ciertos diálogos clave, que también se parafrasean. Mala idea. Si lo que dicen es importante, hay que dejar que los personajes lo digan en sus propias palabras.

En fin, esta falencia de los premios de narrativa en manuscrito ya se ha discutido desde hace mucho. Igual, como es un esquema de mercadeo exitoso, las editoriales de libros en español no lo van a interrumpir. Los lectores, nosotros sí, tal vez deberíamos ser renuentes a comprar estos libros. Por lo menos, no conviene hacerlo antes de que alguna persona con credibilidad los recomiende. Queda dicho que yo Cien cuyes no lo recomiendo. Eso sí, bonito el árbol de la vida que ponen en la carátula.

Andrés Hoyos es escritor, columnista y fundador de la revista El Malpensante. Es autor de Conviene a los felices permanecer en casa, Vera y Los hijos de la fiesta, entre otros libros. A finales de 2022, el sello editorial Seix Barral publicó La tía Lola, su más reciente novela.

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Ficha técnica

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