Testimonios del ego

COMO UN LIBRO CERRADO

Paloma Díaz-Mas

Anagrama, Barcelona

218 pp.

15 €

Dentro del interés actual por la historia decae la curiosidad por los relatos biográficos o autobiográficos. Hace un siglo el interés era también grande, pero las memorias provenían de miembros de la élite social, mientras que hoy cualquier figura pública, desde políticos a futbolistas, e incluidos numerosos escritores, nos ofrecen extensos testimonios de su yo. Si el documento proviene de la pluma de una narradora, se le concede sin más el rango de documento testimonial. Numerosas tesinas y tesis doctorales de los últimos años rebosan de citas «feministas» en que se toma por hecho probado una mera opinión cuyo contexto desconocemos.

El estatus de la mujer en el último cuarto de siglo ha cambiado en muchos aspectos, siendo el mayor, en mi opinión, la disociación de opiniones entre quienes piensan desde el femenino y desde el masculino. La ola de feminismo que trajo las mudanzas fundamentales referentes a los derechos de la mujer se vio entonces sustituida por una en que la mujer expresaba sus preferencias. Ciertos hombres se sintieron amenazados cuando sus elecciones eran contrastadas con otras diferentes, tanto en el ámbito privado, la sexualidad, o el social, la contribución de cada miembro de la pareja. El punto máximo de fricción se produjo en el terreno laboral, cuando las mujeres, en vez de heredar una posición previamente desempeñada por un varón, escogieron un camino propio. El resultado ha sido extraordinariamente enriquecedor, y la personalidad humana se expresa hoy en discursos diferenciados que sin el feminismo nunca hubiéramos conocido.

A este respecto resulta interesante leer un libro autobiográfico escrito por una mujer de probado talento literario, y explorar la situación bosquejada, precisamente porque la autora en el mismo comienzo del libro responde a la pregunta: «¿Le ha influido el ser mujer a la hora de escribir?». Su respuesta es: «No sé hasta qué punto; sólo sé que este libro está en su mayor parte escrito en femenino, y que no podría ser de otra forma» (p. 9). Mas, antes de examinar ese aspecto del libro, haré unas breves consideraciones sobre su obra.

Mi libro preferido de Paloma DíazMas (Madrid, 1954) sigue siendo Nuestro milenio (Anagrama, 1987), espléndido tomito de relatos breves. La autora tiene en la corta distancia un poder narrativo enorme. De hecho, parte de la calidad de sus novelas se deriva de la fuerza de la página, del capítulo, más que de la construcción de una compleja línea argumental. En Como un libro cerrado vuelve Díaz-Mas a las memorias, cultivadas ya en Una ciudad llamada Eugenio (1992), recuerdo de una estancia en Eugene, Oregón. Ahora se trata de recuerdos de niñez y de adolescencia, narrados con un ritmo pausado, en cuarenta y nueve capitulillos.

Cuando comencé la lectura del libro busqué automáticamente el hilo rojo femenino. La autora, como dije, habla de él en las primeras páginas, en la propaganda de la contraportada se destaca que es una «historia en la que muchos lectores (y, sobre todo, muchas lectoras) podrán reconocerse». Enseguida me di cuenta de que buscaba en vano, y que tales aseveraciones constituyen meros guiños a la galería comercial. El libro supone, en realidad, la paulatina narración del desarrollo del imaginario ficticio de Díaz-Mas, el ir «aprendiendo a escribir novelas» (p. 65), desde la niñez a la primera madurez, los diecinueve años. Los ensueños del monstruo Godzilla abrieron un espacio para la imaginación en la pequeña Paloma, que con el paso de los años irá ampliándose gracias a las lecturas del TBO, del Capitán Trueno, donde nace su amor por la Edad Media, y que se formalizan con las lecturas literarias del Poema del Cid, el despertar del interés por los cuentos folclóricos, el descubrimiento de la poesía, hasta las clases universitarias de literatura francesa medieval, cuyos personajes nutrirán su primera obra.

Tras la historia del desarrollo de la sensibilidad infantil, percibimos una segunda intención de Díaz-Mas: reconstruir su pasado personal desde los contextos del presente, y al tiempo explicar su propia literatura. La autora desempeña profesionalmente el puesto de investigadora de la literatura en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid, especializada en literatura oral y en los asuntos sefardíes. Información pertinente que explica el magistral uso de la prosa narrativa española, a la que ella desde sus primeros libros, coronados en la novela La tierra fértil (1999), añadió una nueva cuerda verbal. Una en que el silencio de la literatura escrita se llena de ecos, memorias, de pasado, perfectamente enhebrados, porque el verbo escrito resuena en el hablado. La literatura escrita, en términos generales, es un arte silencioso, solitario, va del autor al lector, y, a la vez, un medio visual, ya que la mirada es la que descifra los signos negros en el texto. Mientras que la literatura oral, una buena parte de las letras medievales, aprovecha los registros del habla, de los movimientos de los personajes y de la memoria que ayuda a reconstruir el pasado. Esto es lo que hace la autora en Como un libro cerrado. Al regresar a vivir a Madrid, después de unos años de residencia fuera de la capital, los recuerdos de la niñez y de la adolescencia, que habían permanecido mudos, cerrados, comienzan a hablarle: la casa donde vivió, los tebeos que leyó, los libros atesorados, los recuerdos de los lugares familiares. Todo aquello que había quedado olvidado cobra vida en el recuerdo. No sólo los textos, sino los modos de hablar, los movimientos y las modas de entonces: el libro se abre y se produce el milagro de unir en un continuo la vida con la persona, en vez de estar separados.

En resumidas cuentas, el aspecto femenino del texto me parece irrelevante, mientras que aprecio el literario.Tampoco estoy tan seguro de que el libro sea un documento digno de confianza, esencialmente porque los recuerdos están demasiado hechos a la medida de la autora. La realidad viene perspectivizada según sus deseos, que excluyen el contexto social. Sin duda, el regreso a la ciudad natal, ver la casa donde vivió de niña, evoca recuerdos nostálgicos, que sólo testimonian los vaivenes de un yo. Tomar este texto como un documento feminista me parece una renuncia al derecho de un texto literario a serlo.

Ficha técnica

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