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Editores. ¿Un oficio necesario o maldito?

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Yo empecé mi carrera literaria por la escritura, incluso por una poesía aún inédita, pero en 1996 se me atravesó el oficio del título cuando con varios amigos y colaboradores fundamos El Malpensante, revista que he dirigido durante casi veinte de los 27 años que lleva saliendo en Colombia. Para quienes no la conocen, El Malpensante empezó siendo una revista no teórica, dedicada a la literatura de creación primaria, además de las otras artes, según un modelo común en el mundo anglosajón. Esto significa que incluía cuentos, poesía, ensayo literario y reseñas. Por ahí a los tres años optamos por sumarle el periodismo literario, es decir, crónicas, reportajes, perfiles y entrevistas. Desde entonces la fórmula no ha variado.

Salvo raras excepciones, la tradición de los editores profesionales, común en el primer mundo, brilla por su ausencia en el tercero. La verdad, tampoco es que tenga una trayectoria fulgurante en España. Por si acaso, casi nadie se ha hecho de veras famoso como editor, ni siquiera Gordon Lish, pese a la intensa polémica que causaron sus intervenciones de mano dura en los cuentos de Raymond Carver, él sí famoso a más no poder. Ni hablar de que los editores son demonizados con frecuencia, casi tanto como los críticos. Sin embargo, hacen parte esencial del entramado del mundo de las publicaciones. Y no solo eso, sino que el dinero de las obras se lo ganan los autores, hasta los agentes, mientras que a los editores les pagan poco por su necesaria labor.

Los autores se lanzan a escribir por mil razones, que se pueden sintetizar en una sola: porque sí. Nadie los obliga, nadie seriamente les va a prometer el éxito, a menos que se trate de una celebridad, que venderá su libro no por la calidad del mismo, sino por la firma. Puede ser magnífico, bueno, regular o pésimo, igual se venderá. Por lo mismo, este ensayo no es para ellos.

Yendo entonces a los autores de raza, a quienes escriben sin garantías de éxito y porque sí, digamos que se dividen, muy grosso modo, entre quienes tienen talento y quienes no lo tienen. Estos últimos son los más y, al igual que los autos chuecos, son aparatosos y ruidosos y forman atascos en calles y avenidas. Ojo que este no es un detalle menor, pues de un modo u otro los manuscritos mediocres o hasta malos llegan a manos de editores. Una revisión, así sea rauda, de alguno de estos les magulla el ojo, refuerza su escepticismo, incluso los vuelve respondones: «dedíquese a otra cosa, mi amiga, porque usted para esto no está hecha». Y así.

Lo corriente, entonces, es que un autor reciba muchos rechazos, en particular si es desconocido, aunque incluso a los autores conocidos a veces les toca golpear en varias puertas para poder publicar un manuscrito, sobre todo si no pertenece al género que les dio la reputación. En fin, se publican muchos libros, algunos de ellos buenos o hasta excelentes. De ahí que convenga seguir bajo la noción de que de tarde en tarde aparece de la nada un manuscrito que contiene al menos varios pasajes muy buenos. ¿Obras maestras? Helas, aquí está otro gran dilema. Las obras maestras, de tipo de Cien años de soledad, que llegan ya impecables a las editoriales o agencias, son rarísimas. Yo me arriesgaría a apostar que a lo sumo una cada diez años y de seguro exagero.

Lo anterior significa que el editor tendrá ante sí un trabajo claro y delimitado. En términos generales su cometido será tomar ese manuscrito con buenos pasajes y buenas ideas, y ayudar a que se convierta en un libro mucho mejor. De nuevo, ¿en una obra maestra? No, lo más seguro es que no, pero sí en un libro publicable, que halle un grupo sustancial de lectores.

Pues bien, lo primero es que los lectores no podemos ser desagradecidos y los escritores mucho menos. En un mundo ideal, el editor no sería necesario. Llega Gay Talese, o Joan Didion, le entrega a uno el manuscrito de una crónica impecable, se le preguntan tres cosas, se cambian cuatro comas como por no dejar y la cosa pasa a diseño y a la consecución de material gráfico. Sin embargo, la realidad es más sucia. El editor, ahí, debe hacer un papel de gineco-obstetra.

Una de las intervenciones clave de los editores tiene que ver con cuestiones formales, con la estructura de los escritos. Del legendario editor Maxwell Perkins se decía, por ejemplo, que tenía «un sentido infalible de la estructura» de un libro. Nazca de donde nazca la historia, lo primero que un editor suele discutir con el autor es lo que podríamos llamar el ángulo: quién narra qué, por qué y por qué desde ese punto de vista. Por ejemplo, la crónica es una forma profunda a la vez que incompleta de narrar, por lo que resulta crucial que el ángulo sea el adecuado. En cierto sentido, el ángulo es la primera decisión de estilo en el periodismo literario.

La gente suele acertar cuando dice que hay algo que no funciona en un texto, pero es casi seguro que las soluciones que propondrá no serán las correctas. Dicho esto, si alguna le gusta y le suena, adelante. Tampoco está prohibido poner a alguien a trabajar para usted. Lo otro es que en casi todo escrito sobra material, a veces mucho, aunque también puede faltar. Hay que adquirir, pues, el hábito de la poda, con tal o cual injerto. Cerremos este aparte con una opinión del gran autor en yidis, Isaac Bashevis Singer (1904-1991): «La caneca de la basura es la mejor amiga del escritor».

El viejo recurso flaubertiano de leer la prosa en voz alta a partir de una versión impresa ―la poesía con más veras― suele ser muy útil. No se debe olvidar que el idioma empezó siendo hablado. La voz mental que sustituye este viejo ritual puede dejar colar imperfecciones feas e innecesarias.

También son necesarios los editores en el género del cuento. En mis tiempos a cargo de la materia en El Malpensante, yo solía sugerir a los autores algo que dejo consignado aquí. Sí, está bien que un personaje en Colombia piense en suicidarse o en matar, aunque para la narración sea mejor que no lo haga. ¿Por qué? Porque la intención trunca, quizá fallida, interesa mucho. Al menos a mí las complicaciones de un intento me importan más que una píldora de cianuro o de plomo que borra a alguien del mapa.

Y ni hablar de las novelas, en las que es mucho más visible la falta de editores que su sobreabundancia o sobreactuación. Sucede que en ellas son más comunes los errores de estructura que en el cuento, para no hablar del material sobrante que el autor se resiste a echar a la basura. Daría ejemplos recientes, pero no quiero querellas, así que chitón.

Aquí debo ir a lo obvio. El editor, salvo excepción, no escribe y no toma decisiones finales. El método es que sugiera cambios. La mayoría de estos no serán adoptados, pero tendrán el efecto salutífero de forzar al autor a aportar sus propias soluciones, a resolver problemas que a lo mejor no había visto.

Por fortuna, las editoriales que publican libros en español a ambos lados del océano están volviendo a emplear editores ―unas más rápido y con más eficiencia que otras―. Esta es una gran noticia, como malo fue el tiempo en que los hicieron de lado. Reiteremos lo dicho arriba: publicar un libro se parece mucho a parir y, por analogía, se necesitan parteros y parteras.

Andrés Hoyos es escritor, columnista y fundador de la revista El Malpensante. Es autor de Conviene a los felices permanecer en casa, Vera y Los hijos de la fiesta, entre otros libros. A finales de 2022, el sello editorial Seix Barral publicó La tía Lola, su más reciente novela.

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