RESEÑAS

La mentira tiene mil caras

Raúl Rodríguez Ferrándiz
Máscaras de la mentira. El nuevo desorden de la posverdad
Valencia, Pre-Textos, 2018
222 pp. 20 €

La mentira tiene mil caras y la verdad sólo una, decía Montaigne. Raúl Rodríguez Ferrándiz se ha propuesto explorar algunas de ellas: «Este es un libro sobre la mentira y sobre algunas de sus manifestaciones o algunos de sus parientes cercanos: el fraude, la falsificación, el fingimiento, el disimulo, el error, la ficción, la ironía, el secreto, la conspiración», escribe en las primeras páginas de Máscaras de la mentira. El nuevo desorden de la posverdad. No es un libro que se centre en la esfera pública y en nuestra conversación política. Trata, más bien, de ficciones que no siempre se presentan como tales, que juegan con la ambigüedad, que buscan distintas variaciones de la suspensión del entendimiento. Una de las preguntas que se plantea el autor es si la erosión del concepto de verdad habría afectado al de mentira.

Aunque no es un libro sobre la posverdad, la primera parte del libro trata sobre ella. Es un concepto discutible y escurridizo, empleado por primera vez por el dramaturgo serbio-estadounidense Steve Tesich en 1992. Tras el caso Watergate, el escándalo Irán-Contra y la guerra del Golfo, decía Tesich, los ciudadanos habían decidido vivir «in a post-truth world». Una muestra de la inestabilidad del término es que la definición que da el Oxford English Dictionary (una situación en la que «los hechos objetivos influyen menos que la apelación a la emoción y a las creencias personales en la conformación de la opinión pública») es muy distinta de la que aporta el Diccionario de la Real Academia (la «distorsión deliberada que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública»). Para el primero, es una situación donde se suspende la posibilidad de establecer la verdad factual, donde se confunden los hechos y las opiniones; para el segundo, es más una técnica, una tergiversación. La verdad, recuerda el autor citando a Hannah Arendt, tiene algo coactivo, despótico y paralizante, mientras que la mentira aspira a la persuasión. «La veracidad –escribía Arendt– jamás ha sido incluida entre las virtudes políticas, porque, de hecho, apenas puede contribuir a ese cambio del mundo y de las circunstancias, cambio que es una de las actividades políticas más legítimas». La mentira transfiere al pasado la fragilidad del presente, le contagia su potencialidad, según el autor.

A juicio de Rodríguez Ferrándiz, las reflexiones de Arendt sobre el asunto, tanto las más generales sobre la verdad factual como las inspiradas por las revelaciones de «Los papeles del Pentágono», son relevantes para entender el presente. Sus previsiones de un «cinismo generalizado» ‒escribe‒ se han cumplido con creces. Un ejemplo elocuente son los «hechos alternativos», una idea de origen jurídico y popularizada por Kellyanne Conway, asesora de Donald Trump. La operación, sostiene el autor, es «dar una naturaleza fáctica a la contrafacción». No es una mentira, como las de Nixon o Bush; la verdad es sólo una versión equiparable a otras. Algunas declaraciones de Trump sólo son posibles en un «parauniverso de hechos alternativos».

Normalmente, la posverdad se critica porque empeora la calidad de la democracia: debilita la idea de verdad factual y dificulta la deliberación. Es el producto de un relativismo epistemológico radical; el resultado y el estímulo a la vez de una visión cínica que conduce a la parálisis. Un aspecto original del volumen, aunque quizá incongruente con el subtítulo, es que el autor se centra más en la mentira, alterada por ese desorden de la posverdad. No le interesa tanto la mentira política como la mentira artística: la ficción, la parodia. Se detiene más en la descripción de obras que se mueven en el filo entre la realidad y la ficción, entre lo auténtico y lo falso, en un momento de gran caudal informativo y preocupación por la transparencia. Si la intencionalidad del emisor es importante, la recepción también es determinante. Cuando habla de posverdades low-cost, cita algunas que se deben a la chapuza o el error. Es el caso del célebre Ecce homo de Borja, donde la voluntariosa restauración de una aficionada desfiguró una obra religiosa; el de Thamsanqa Jantjie, intérprete de la lengua de signos que, tras traducir de manera muy poco ortodoxa los discursos del funeral de Nelson Mandela, fue ingresado en un psiquiátrico del que fue sacado para rodar un spot; el de El motel del voyeur, donde el periodista Gay Talese creyó que el material que le pasaba su fuente era verídico, cuando en realidad ya había sido sometido a una elaboración novelesca. Algunas de las referencias y los debates en este asunto son conocidos: así, Rodríguez Ferrándiz compara el caso de Talese con Truman Capote y A sangre fría.

«Secretos y mentiras de Umberto Eco (In memoriam)» es un recorrido por la obra del pensador italiano a partir de estos asuntos. Es uno de los capítulos más estimulantes del libro, y quizás uno de los temas mejor tratados es la cuestión de la autenticidad. «El kitsch es un sucedáneo, un Ersatz de la obra de arte», escribe Rodríguez Ferrándiz, siguiendo a Eco. Tiene que ver con el «público perezoso que disfruta no de la obra sino de ese efecto fabricado y servido junto a ella». Pero, añade, identificar el kitsch con la cultura de masas en su conjunto es una simplificación. El kitsch sólo debería emplearse para «la mentira artística maliciosa», la que «para justificar su función estimuladora de efectos, se recubre con los despojos de otras experiencias, y se vende como arte sin reservas». Rodríguez Ferrándiz glosa textos de Eco sobre la ironía, el cinismo, la persuasión y lo que el autor italiano denomina suasión («un discurso que pone en juego técnicas de persuasión que no se presentan como tales»); también estudia los juegos que hay en su ficción en torno a estos asuntos.

El fotógrafo Joan Fontcuberta es otro de los creadores estudiados en el ensayo. Rodríguez Ferrándiz analiza varios de sus proyectos, que utilizan la apariencia de veracidad y la estética de lo documental y las combinan con la ficción, además de un gusto por los juegos, las referencias cruzadas y los ecos. Aunque el carácter intrínsecamente documental de la fotografía es importante, Fontcuberta también emplea otros medios y artes, y utiliza la complicidad de personas reales que participan en sus ficciones. Ese carácter es matizable: la fotografía siempre alteró el mundo que retrataba, explica Rodríguez Ferrándiz. Esto es algo que ocurre también con el cine. Si alguna vez se ha dicho que una película convencional es un documental sobre cómo se rueda una película y el mundo en que se hace, hay también un elemento de falsedad inevitable en cada documental.

Rodríguez Ferrándiz aborda distintos géneros –como el mockumentary o documentira– que utilizan la apariencia del documental para contar una historia inventada, aunque también habla de obras que realizan una aproximación temática. Hay una genealogía de documentales engañosos, con mayor o menor grado de fraude: el origen citado más a menudo es la versión radiofónica que realizó Orson Welles de La guerra de los mundos de H. G. Wells (que contenía numerosas claves que indicaban que era una ficción) y entre los ejemplos más célebres se encuentra Forgotten Silver (donde Peter Jackson inventaba a un pionero de cine neozelandés), Ghostwatch o Curse of the Blair Witch. Rodríguez Ferrándiz defiende que obras como Zelig, en la que un director conocido asume una estética deliberadamente y estrena una película con actores profesionales en salas comerciales, no entrarían en esta categoría, porque la ficcionalidad del proyecto resulta más clara. Muchas de estas obras, en todo caso, alimentan la confusión: es el caso de El proyecto de la bruja de Blair o de la película I’m Still Here. Habla también de programas de televisión, como realities y falsos realities, que también juegan con estas ambigüedades: un ejemplo que cita es el programa de Jordi Évole sobre el 23-F. A veces estas ficciones se unen a una cierta hermenéutica de la sospecha y teorías de la conspiración: un falso documental sobre la supuesta grabación en estudio de la llegada del hombre a la Luna es objeto de análisis. De manera inevitable, surgen las paradojas y los malentendidos.

El ensayo de Rodríguez Ferrándiz es interesante, perspicaz, honesto, e incluye muchas referencias valiosas, tanto entre las obras analizadas como en los pensadores que lo guían, desde Hannah Arendt y Linda Hutcheon a Miguel Catalán y Michel Foucault. Presenta algunos vicios académicos –como un cierto barroquismo universitario– que contagian el estilo y los títulos de los epígrafes. No se detiene en los efectos sobre la mentira que tienen la capacidad expresiva de las redes sociales y la facilidad manipulativa de las tecnologías digitales. Algunos de los problemas y estrategias que señala –en algún momento lo apunta– son tan viejos como la literatura. Por ejemplo, se pregunta por las obras de ficción que aparecen dentro de una obra de ficción. Es, sin duda, un campo interesante, pero muchos de los mecanismos aquí descritos son casi estándares en los estudios literarios, y el Quijote es más osado, ingenioso y ambiguo en la manera de conectar los textos y los marcos que muchas obras contemporáneas. Como todo relato nos hace jugar dentro sus propias reglas, hay un momento en el que uno sospecha que la lista de obras podría ser infinita. Sorprende que no dé más importancia a cuestiones de recepción; no habla tampoco de lo que algunos han llamado «moralidad de la narración», o la responsabilidad de hacer creer algo que sabes que no es cierto, jugando con elementos ajenos a la obra: el contexto, la forma y lugar de emisión. Algunas de las obras que juegan con esta ambigüedad son capaces de sostenerse en el tiempo; desactivadas, las que sólo dependen de su impresión de verdad son como cuando descubres a un niño dispuesto a retirar una silla para que quien va a sentarse se caiga: lo que parecía un juego ingenioso se convierte en una broma de abusón que ridiculiza a quien pensaba hacerla.

Daniel Gascón, editor de la revista Letras Libres en España, es autor de Entresuelo (Barcelona, Literatura Random House, 2013) y El golpe posmoderno. 15 lecciones para el futuro de la democracia (Barcelona, Debate, 2018).

22/10/2018

 
COMENTARIOS

vasili hernando 26/10/18 12:37
El posmodernismo y el relativismo han hecho mucho daño. Quizá no tanto por su duda razonable ante la posibilidad de conocer el mundo como es (o siquiera a que exista un mundo describible en tales términos), como a la contradicción entre el mensaje de que toda cultura y toda interpretación de la realidad es legítima, y el intento de establecer una verdad absoluta (social, económica, política) de ciertos sectores contiguos (aunque no siempre iguales) ideológicamente al relativismo posmodernista.
Es posible que la naturaleza humana, en última instancia, necesite certezas (“verdades”, existan o no). Por ello e independientemente de la aproximación a la “verdad” (constructo cultural relativo e inalcanzable, frente a racionalidad y positivismo, pasando por los posibilismos o las limitaciones del entendimiento humano ante una realidad existente de forma independiente pero inaprehensible para nuestra capacidad limitada), lo cierto es que todas las corrientes se han querido apropiar de ella, en última instancia. Se da entonces el resultado paradójico de que los dos sectores que más desprecian la “verdad” (tanto los que desprecian el racionalismo, la Ilustración y la razón como metanarrativas pretenciosas pero establecen reglas sobre lo que está bien y lo que está mal, como sus opuestos “Trump & the like” para quienes la “verdad” es sólo un bien sobre el que ejercer un monopolio) son quienes más atención le prestan.

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