RESEÑAS

Cómo se fabrica una novela (y de cómo se puede hacer –y hacer leer– historia y crítica literaria)

Carlos Aguirre
La ciudad y los perros. Biografía de una novela
Sevilla, Renacimento, 2017
384 pp. 21,90 €

Dos años después de su alumbramiento original en Perú, empieza a hacer su vida ahora en España (su otro lugar natural) un libro singularísimo en la tradición crítica hispánica y aun bastante raro en otras: un relato que ordena todos los datos conocidos sobre el proceso que transforma un proyecto de escritura en un libro (aquí, la primera novela de Mario Vargas Llosa) y sobre la fortuna posterior de éste. Podría pensarse que testimonios como Historia de mis libros, de Rubén Darío; Historial de un libro, de Luis Cernuda o, incluso, Historia secreta de una novela, del propio Vargas Llosa, constituyen precedentes del trabajo de Carlos Aguirre. No es así: la memoria del autor es tan solo uno de los mimbres con que se teje este relato, completado con la exhaustiva búsqueda en archivos y el cotejo crítico de la inmensa bibliografía existente. Aguirre sabe de la singularidad de su empeño y, tras ponerse bajo la advocación de Robert Darnton, como historiador del libro y la lectura, en una nota (p. 18) menciona los escasos modelos que cree que le han precedido (trabajos sobre el Ulises de Joyce, el Libro rojo de Mao, o El capital de Marx). Fuera de algunos capítulos de algunas muy especializadas ediciones críticas, me parece que no se encuentra nada semejante en español. El libro de Aguirre pretende y logra sacar ese relato de los márgenes de la erudición para componer una verdadera, compleja y entretenidísima historia protagonizada por un libro, en la que, como en las mejores novelas, las peripecias del objeto sirven de pretexto para suscitar otras muchas cuestiones.

Historiador de formación y autor de investigaciones sobre el bandolerismo, la esclavitud o las prisiones, los intereses actuales de este profesor peruano de la Universidad de Oregón discurren por el territorio de la historia del libro y las mentalidades. Centrado en un caso particular y excepcional, el libro de Aguirre se integra de pleno derecho en un corpus que no hace sino crecer en lo que va de siglo: el de los estudios sobre el boom de la narrativa hispanoamericana que, beneficiándose del acceso directo a fuentes de primera mano, están reconstruyendo el campo cultural en que se produjo el fenómeno. Aguirre conoce muy bien y utiliza críticamente ese corpus, y demuestra que, cuando las interpretaciones parecen agotadas (o agotadoras), la lectura debe volver sobre lo olvidado y arrojar luz sobre lo ignorado: es lo que hace su libro, y consigue así que sus resultados interesen al crítico literario (cuando compara, por ejemplo, los temas y la estructura de La ciudad y los perros con los de Las tribulaciones del estudiante Törless, de Robert Musil, en páginas añadidas en esta edición española), pero también al filólogo o historiador de la literatura (como cuando afirma la necesidad de restaurar el texto original de la novela previo a la censura y señala interesantes variantes –o erratas– mantenidas hasta su más reciente edición).

Poner este relato de la «vida» de un libro (objeto artificial, finalmente, «fabricado», como afirma Aguirre) bajo la etiqueta de «biografía» es recurrir a una metáfora organicista de cuño romántico que, no obstante, cuando se aplica a obras que han alcanzado la consideración de clásicos tiene también una feliz limitación: si esos objetos tienen un principio rastreable, su final, en cambio, no ha sucedido y es imprevisible. Más que de la escritura de una vida, se trata aquí de la «vida» (pero sobre todo de las «aventuras») de una escritura o, con más propiedad, de un escrito, porque a Aguirre la fase de producción del texto inicial de la novela es quizá la que menos le interesa, y despacha lo que podríamos denominar campañas de escritura (1958-1962) en unas pocas páginas (pp. 50-55), en las que, sin embargo, caben ya documentos muy reveladores, procedentes del archivo del autor depositado en la Universidad de Princeton, uno de los tesoros que este libro expone generosamente ante los lectores de Vargas Llosa. Por otra parte, esta metafórica biografía de un libro aún vivo es consciente, además, de su propia inconclusión: si ya esta edición española amplía la peruana con nuevos datos y nuevos análisis, la investigación sigue viva en un interesantísimo blog complementario que Carlos Aguirre actualiza regularmente con documentos muy relevantes.

Al contar con detalle todas las peripecias del libro, este va alejándose de la biografía para adentrarse en otro tipo de discurso, que propicia su extraordinaria legibilidad: la novela (de no ficción, si se quiere) de una novela. El lector sigue con inusitado interés las cuitas de su protagonista (ese artefacto mutante, que resultará ser un libro), desde antes de su creación hasta sus últimos avatares en forma de adaptaciones cinematográficas o teatrales. En ese camino encontrará ayudantes y oponentes muy definidos: primeramente, su propio autor, que a veces parece ejercer como mero agente propiciador del artefacto; pero, enseguida, una densa red de personajes (y también de textos) que convertirán a La ciudad y los perros en un mecanismo (si no un icono) que pone en marcha y a la vez permite entender muchas de las tensiones culturales que han definido el ámbito de la literatura en español durante más de medio siglo.

Ese relato tiene en ocasiones la tensión de un thriller: las dudas de los protagonistas, pero también sus tejemanejes para alcanzar como sea los objetivos deseados; las posibilidades de que la historia tome un repentino giro inesperado; secuestros reales; rumores de violencia; abusos (comerciales) varios. Es difícil abandonar la lectura gracias a la extraordinaria prosa de Carlos Aguirre (sólo perturbada por poquísimas erratas o, en las utilísimas notas, por una reiterativa inscripción de la localización exacta de cada documento que cita) y a la sólida estructura de su libro: una introducción en la que se expone el marco metodológico; cinco capítulos, dedicados a las fases de creación de la novela (con singular atención a la relación en esos años de Vargas Llosa con Cuba, y su evolución posterior); los trabajos para encontrar editor (y los entretelones del premio Biblioteca Breve que culminaría ese proceso); las negociaciones con la censura previa (y el pactismo pragmático al que se sometieron autor y editor, gracias también a la actitud del «benévolo» censor Carlos Robles Piquer); las peripecias del libro una vez entra en la imprenta (y cuando sale y cruza el Atlántico y se encuentra con el novelista editor Manuel Scorza y los militares peruanos); y, finalmente, los caminos de su recepción (con especial atención a un supuesto «auto de fe» en Lima); por fin, una conclusión resume la historia y deja clara la valoración del autor respecto de la importancia de su objeto y el interés y los límites de su propio acercamiento. Como apéndices se incluyen un dosier documental (con transcripciones del expediente de la censura) y otro gráfico (con reproducciones facsimilares de cartas, fragmentos del original de la novela tachados por los censores, portadas de ediciones y otros documentos publicados en la prensa de la época).

Sobre eso, añádase que casi no hay página en el libro que no aporte datos novedosos, tomados en su mayor parte de numerosas entrevistas originales y de epistolarios poco accesibles o directamente inéditos. La novela de la novela rehúye cualquier veleidad ficcional, documentando profusamente sus datos o, si eso no es posible, confesando dónde y por qué hubo de detenerse la investigación (la sorprendente inexistencia de un archivo en la editorial Seix Barral; la imposibilidad de hallar un manifiesto de protesta por la supuesta quema de ejemplares de La ciudad y los perros en Lima, que, de existir, sería el único documento en que habrían coincidido las firmas de Jorge Luis Borges y Miguel Ángel Asturias, por ejemplo). Sólo llama la atención la falta de explicación de un suceso: ¿por qué nunca se recuperó el texto escrito por Julio Cortázar para acompañar la primera edición, prohibido por la censura española? Ni siquiera en la edición argentina de 1967 se restituyeron (quizá por los mismos motivos) esas pocas líneas a las que Aguirre da tanta importancia respecto de las claudicaciones ante la censura y de la posible lectura política de la novela. Lo curioso es que Aguirre hizo justicia a ese texto cortazariano al colocarlo en la portada de la edición peruana de su libro, mientras que en esta edición española se ha sustituido por una foto manipulada, en la que aparece Vargas Llosa ante la fachada del colegio Leoncio Prado, y la figura de los dos perros que aparecieron en la famosa portada de la primera edición de Seix Barral. Si la portada peruana refuerza el carácter documental del libro, la española parece subrayar una contigüidad entre realidad y ficción que emerge en algunos lugares muy destacados del libro.

La exhaustiva labor documental de Aguirre elude, como he dicho, la tentación de la ficción, pero hay dos aspectos fundamentales de su estrategia argumental que se dejan interpretar de acuerdo con parámetros que establecen esa contigüidad y que Vargas Llosa ha utilizado para referirse a su obra: la investigación minuciosa de la supuesta quema de ejemplares de La ciudad y los perros en Lima en 1964 se basa en numerosísimos testimonios contradictorios, pero no consigue hallar ninguna prueba fehaciente, por lo que Aguirre se inclina a pensar que no ocurrió. Sin embargo, como Vargas Llosa sigue manteniendo la versión contraria, Aguirre sugiere considerar la historia de la quema una de esas «mentiras verdaderas» que definen su concepción de la novela: verosímiles y tan capaces de condensar sentidos que, una vez difundidas, resulta imposible renunciar a ellas (p. 269). El otro detalle metaficcional de esta «biografía» se presenta como una de las escasas concesiones retóricas del historiador: al describir la extensa red de amigos que propiciaron la edición y difusión de la novela (en Perú, Luis Loayza, Abelardo Oquendo y Sebastián Salazar Bondy, pero también Manuel Scorza; en España, Carlos Barral, José María Valverde, pero también Carlos Robles Piquer; Carlos Fuentes y Julio Cortázar en México y París y Buenos Aires; los compañeros –hasta que dejaron de serlo– cubanos), Aguirre señala: «casi estoy tentado de llamarlos colectivamente “el Círculo”» (p. 311), sin poder reprimir la homología entre la célula conspiratoria que componen los cadetes protagonistas de La ciudad y los perros y la compleja «relación en la que lo literario se mezclaba con lo amical, lo político y lo comercial» que propició la existencia y la fortuna de la novela.

Deshilvanando esa trama, Aguirre reconstruye –ejerciendo como excepcional «microhistoriador»– una época a partir de las irradiaciones de un protagonista y un acontecimiento perfectamente acotados: va desgranándose la situación de la narrativa peruana en los años cincuenta del siglo XX; el estado de las relaciones editoriales en el mundo hispánico; el papel de la censura española durante los años sesenta; las tensiones políticas internacionales relacionadas con el triunfo de la revolución cubana y su influencia en la literatura; la situación política en el Perú de los años sesenta; y, por fin, la vida y las relaciones, las actitudes y las responsabilidades de un autor en ciernes, consciente de sus logros e interesado en la máxima difusión de su obra.

Por todo lo señalado, y por otros valores, entre los que no es menor la discrepancia objetiva y crítica con respecto a las opiniones y datos que proporciona el propio Vargas Llosa, siempre con documentos en la mano, nos hallamos ante un libro, sencillamente, extraordinario y ejemplar, que debe interesar no sólo a especialistas en el autor peruano, sino a cualquier lector –especialmente si es historiador o crítico de la cultura– que aprecie el rigor, la pulcritud y, también, la sabia amenidad. Resulta imposible no recordar que todos los libros tienen su destino: quizá la primera novela de Mario Vargas Llosa no podía haber encontrado otro mejor que este libro de Carlos Aguirre.

Daniel Mesa Gancedo es profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Zaragoza. Es autor La emergencia de la escritura. Para una poética de la poesía cortazariana (Kassel, Reichenberger, 1998), La apertura órfica. Hacia el sentido de la poesía de Julio Cortázar (Berna, Peter Lang, 1999) y Extraños semejantes. El personaje artificial y el artefacto narrativo en la literatura hispanoamericana (Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2002). Ha colaborado en la edición de la poesía completa de Julio Cortázar (Barcelona, RBA, 2005) y ha coordinado el volumen Ricardo Piglia. La escritura y el arte nuevo de la sospecha (Sevilla, Universidad de Sevilla, 2006). Su último libro es Novísima relación. Narrativa amerispánica actual (Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2012).

19/11/2018

 
COMENTARIOS

Augusto Wong 20/11/18 05:54
Muy justa la reseña. Viendo el blog de Aguirre parece que el historiador se empeña en que su criatura siga creciendo en nuevas ediciones. Extraordinario!

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