RESEÑAS

El yo del autor Auster

Paul Auster
Informe del interior
Barcelona, Anagrama
Trad. de Benito Gómez Ibáñez
328 pp. 18,90 €

La presencia de la literatura autobiográfica en la obra de Paul Auster se remonta a La invención de la soledad, un libro de hace más de veinte años, que en cierto modo fue un nuevo modelo en su género. En él retrataba el autor de Nueva Jersey a su padre y trazaba, a raíz de su muerte, una memorable semblanza de la relación difícil y oscura que le había unido a él. Luego vendrían obras parecidas y a la vez tan dispares como Mi oído en su corazón, de Hanif Kureishi, o el retrato profundo de una relación paternofilial, Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente. Ese libro de Auster, por tanto, fue un excelente ejemplo de un tipo de escritura familiar, de Familienroman, aunque no fuese ficción, o no en su mayor parte. Recuerdo que entonces, tiempo después de leer La invención de la soledad, escribí un relato que, aunque no tuviese que ver de modo directo con mi padre, era él o una de sus «presencias» quien me lo dictaba. Conviene por ello tener en cuenta la capacidad de Paul Auster para renovar géneros y trazar nuevos caminos narrativos, y su potencia para alumbrar imitadores o, al menos, incitar a un modo vivencial de escritura.

Dicho esto, es cierto que Auster, subiéndose al carro ingobernable de la relativa fama, repitió la experiencia ya como simple y llanamente «relato autobiográfico» en obras como A salto de mata y, hace poco, Diario de invierno. El primero tenía algo que recordaba de lejos al soberbio Hemingway de París era una fiesta, pues gran parte del escenario era París y un estadounidense en París que quería ser escritor, con sus amigos y sus lances. En esta obra el personaje Auster era muy joven y conseguía transmitir ese ímpetu por sacar la cabeza de la máquina de escribir y comerse la torre Eiffel, desde la pobreza, el desencanto y la misma depresión. Sin ser un mal libro, no estaba a la altura de La invención de la soledad, y no sólo en el título (a veces el título de un libro es el espejo de su alma). Había, digámoslo así, demasiada voluntad narradora. La voluntad está reñida a veces con la necesidad que parece alumbrar este tipo de escritura. Era difícil repetir esa suerte de «inevitabilidad» que desprende la literatura auténtica que sí percibíamos en la obra sobre el padre de Auster. Quizá sea el asunto lo que rebaja la intensidad de lo escrito: hablar del padre que ha muerto es muy diferente que hablar de uno mismo desde el presente hacia el pasado, rememorando hechos y sentimientos del que fuimos o creemos que fuimos. Resulta complicado distanciarse, en cambio, del padre del que siempre estuvimos distanciados, incluso en la proximidad de la carne y los genes.

Diario de invierno da otra vuelta de tuerca al género autobiográfico. Auster decide aquí evitar la sucesión cronológica de acontecimientos y el «yo» narrador en primera persona. Opta por la segunda persona, intentando adoptar el tono con el que uno se habla a sí mismo en un monólogo interior. Y además, como siguiendo el diálogo autista de un sonámbulo, salta de un recuerdo al otro, de una etapa de la vida a otra, sin aparente orden ni concierto, con simulada, o quizá no tanto, improvisación. Desde las primeras frases en las que aparece «habla antes de que sea demasiado tarde», hasta el sentimental cierre de «¿cuántas mañanas quedan?», Auster recorre un camino laberíntico en pos del minotauro, que es la imagen de sí mismo proyectada en el hipócrita lector, tan hipócrita en este caso como el escritor. Pues, ¿no se trata a la postre de hipocresía, como intuía Baudelaire, todo este asunto de escribir y de leer? Pero, ¿de qué hipocresía estamos hablando?

Vayamos por partes. Por un lado, Paul Auster actúa como un popular fuera de serie del béisbol que decide contestar de una vez todas las cartas de sus admiradores mediante un libro sobre su vida y sus esfuerzos para convertirse en un buen bateador o un excelente parador en corto, sobre sus inicios difíciles, sus desventuras y hazañas. Es decir, alimenta el apetito adictivo de sus incondicionales lectores, que los tiene y a miles. Y les da más de lo mismo, como esos telefilmes siempre cortados por el mismo patrón: en el caso de Auster, la supuesta autenticidad, la incansable persecución del azar y acaso la felicidad, el cuento que se cuenta al oído para que nadie más pueda escucharlo. Eso es su especialidad. Y la explota hipócritamente, porque la presenta como literatura seria, dotada de ejemplaridad y profundidad, de resonancia. Pero lo que al cerrar el libro resuenan son los aplausos enlatados del telefilme, porque aquí no hay risas. Auster no es un mago del humor. Sus puntos fuertes son el sentimentalismo, el misterio inefable, la literaturalización de lo obvio. El llanto, el abrazo incondicional del amigo. Ahora bien, por otro lado, sigue siendo un escritor, un hombre que sabe escribir libros y, por supuesto, venderlos. Y todavía tiene arranques de verdadero genio literario, no ha perdido el instinto, pese a todo el oficio y la repetición.

Informe del interior (que comprende tres piezas, la que da título al volumen, seguida de «Dos golpes en la cabeza» y «La cápsula del tiempo»), continúa esta racha, ya sin poner el freno al cochecito de pedales de la infancia. Sigue con la segunda persona en esa exploración del «otro» que fue él y que ya sólo es un muñeco manoseado que, sentado incómodo en una silla, escucha al hombre mayor en que se ha convertido. El cual le dice agudezas como esta: «La única prueba de que tus recuerdos no son enteramente engañosos es el hecho de que a veces incurres en la misma forma de pensar». Con ahínco, está empeñado en arrancar a las palabras esos recuerdos del inicio de todo hasta los doce años. Pero es demasiado «bueno», «correcto» y, muchas veces, vago: «Te preocupabas por los desafortunados, los oprimidos, los pobres y aunque eras muy pequeño para entender algo de política, para comprender lo apabullantes que pueden ser las fuerzas del capitalismo sobre los que tienen poco o nada, no tenías más que alzar la cabeza y mirar a tu alrededor para darte cuenta de que el mundo era injusto». Lo que es injusto es que Paul Auster nos dedique a nosotros, sus sufridos e hipócritas lectores, frases «memorables» como esta. Y así sigue durante esa primera parte del libro, que se titula precisamente «Informe del interior». En este texto, lo mejor es lo que recuerda al libro sobre su padre escrito tanto tiempo atrás, y algunos close-ups familiares. Todo, en fin, como siempre, aboca en la escritura, viene a ser como un entrenamiento de boxeador con el saco de arena del tiempo, golpeándolo con controlada energía para demostrar que uno tiene pegada y sigue siendo un campeón del ring, pese a que los mejores tiempos de los puños y la rabia ya han pasado. Por ejemplo: la «chapuza» que era la pareja de sus padres provocó en él un repliegue, «convirtiéndote en un hombre que se ha pasado la mayor parte de su vida a solas en una habitación». Escribiendo, se entiende.

«Dos golpes en la cabeza» se fija en 1957, cuando el niño Auster de diez años ve la película El increíble hombre menguante. Gran parte de esta segunda parte del libro es una descripción muy detallada y cargante de la película. Y luego nos cuenta otra película, Soy un fugitivo, en versión algo más resumida. Más de sesenta páginas prácticamente gratuitas para poder acabar con esta frase del filme de Mervyn LeRoy: «Nada ya salvo la oscuridad y el ruido de sus pasos mientras corre hacia la noche». Por fortuna, la última pieza, «La cápsula del tiempo», tiene mucha más miga y, en cierto modo, nos resarce de la decepción causada por el abuso fílmico. Aquí Auster se dedica a leer y comentar a su álter ego, el joven con ímpetu que estudiaba en Columbia, las cartas que escribió a su novia Lydia desde París, sobre todo. Quizá porque parte de un material seguro, el autor se muestra más preciso e incisivo. Lo «vemos» ahora mejor, sabe distanciarse y crear densidad en el relato, hacerlo más interesante. Algunas de esas cartas contienen lúcidas observaciones como esta: «Creo que lo más cerca que el hombre puede estar de sentir la eternidad es viviendo en el presente…» Y la última carta, muy larga, escrita desde Nueva Jersey el 23 de agosto de 1969, contiene la reflexión que da sentido al libro, a pesar de todos sus excesos y deficiencias: «el problema del mundo es, en primer lugar, un problema del yo, y la solución sólo podrá alcanzarse partiendo del interior y luego… saliendo hacia fuera».

José Luis de Juan es escritor. Sus últimos libros son Campos de Flandes (Barcelona, Alba, 2004), Sobre ascuas (Barcelona, Destino, 2007) y La llama danzante (Barcelona, Minúscula, 2013).

25/03/2014

 
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