RESEÑAS

¿Vivimos aún en el mundo de posguerra?

Keith Lowe
El miedo y la libertad. Cómo nos cambió la Segunda Guerra Mundial
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017
Trad. de Gemma Deza Guil

Sobre determinados temas y ámbitos se han escrito tantas toneladas de tinta que la mera pretensión de añadir algo nuevo se presenta tan petulante o ilusa como, en el fondo, meramente inútil. De ahí que, casi inconscientemente, nos pongamos en guardia ante un autor que se atreve a publicar un nuevo ensayo sobre el mundo de estos últimos tres cuartos de siglo, el lapso que nos separa de la última gran hecatombe bélica. Y que lo hace, además, con pretensiones interpretativas bastante osadas: según reza el subtítulo original, que se conserva en la versión española, acerca de «cómo nos cambió la Segunda Guerra Mundial». El autor en cuestión es un historiador británico, Keith Lowe (Londres, 1970). El lector interesado recordará el nombre, porque su anterior obra vertida al castellano, Continente salvaje (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012), produjo cierto impacto y obtuvo un relativo eco –dentro de los recatadas proporciones de nuestro debate intelectual‒ y una buena acogida por parte de la crítica y el público especializado. Prueba de ello es que la faja que abraza al volumen que nos ocupa señala a este como «El nuevo libro del autor de Continente salvaje». Me permitirán, en aras de modular la extensión de este comentario, que me remita a lo que ya señalé en su momento en una breve reseña acerca del contenido de aquella obra. Por encaminarme directamente a la vertiente que me interesa, baste ahora subrayar que Continente salvaje ya mostraba la voluntad de Lowe de aportar un nuevo punto de vista sobre lo que había significado 1945, la supuesta finalización de la guerra, para la vieja y castigada Europa. Digo supuesta, siguiendo a Lowe, porque el teórico fin de la atroz contienda no trajo la paz, sino la venganza, el caos, la destrucción, las deportaciones y la continuación del exterminio de poblaciones enteras, así como la prolongación de las hostilidades armadas, esta vez a escala de innúmeras guerras civiles, en Grecia y buena parte del Este europeo.

No era Lowe, ni mucho menos, el primero o el único que ponía el foco en las masacres posteriores al fin de la conflagración. La tenebrosa realidad de la inmediata posguerra ‒pillajes, violaciones, genocidios‒ era sobradamente conocida, aunque a menudo pasara a segundo plano en unos discursos oficiales que preferían enfatizar la recuperación de Europa y circunscribir la carnicería al delirio hitleriano. Por limitarme a historiadores muy conocidos fuera del ámbito académico, Tony Judt ya empezaba su Postguerra (Madrid, Taurus, 2006) trazando la miseria y desolación del paisaje después de las batallas, aunque no insistía especialmente en ello. Otros libros que gozaron de cierta repercusión más allá de los círculos especializados, como la anónima Una mujer en Berlín (Barcelona, Anagrama, 2005), mostraron las espeluznantes dimensiones del sufrimiento después de la guerra, aunque en este caso limitaba su contemplación a las mujeres alemanas ‒las grandes víctimas de la derrota‒ y a un lapso de tiempo muy escueto, en 1945. Otro conocidísimo escritor germano, Hans Magnus Enzensberger, editaba un volumen con testimonios de testigos directos de los estragos posbélicos, entre las postrimerías de la guerra y 1948: Europa en ruinas (Madrid, Capitán Swing, 2013). Pero, volviendo al volumen de Lowe, el mencionado Continente salvaje, era incuestionable que, sin ser, por todo lo dicho, completamente novedoso, sí aportaba uno de los mejores análisis de conjunto de la ignominia, las matanzas y la devastación de los años inmediatamente posteriores al armisticio.

El libro que ahora nos ocupa empieza precisamente donde aquel otro terminaba, aunque sus pretensiones son muy diferentes y ‒debemos decirlo desde este momento‒ bastante más ambiciosas. El contenido básicamente empírico de Continente salvaje, al fin y al cabo un vívido fresco de la Europa de la segunda mitad de la década de los cuarenta, se transforma aquí en una reflexión mucho más teórica y de más largo alcance. No perdemos de vista, naturalmente, ni los acontecimientos históricos ni las circunstancias concretas. Ni siquiera las personas, con nombres y apellidos. De hecho, una de las virtudes de Lowe es su habilidad para fundir la perspectiva de conjunto con la atención por los seres individuales que sufren en sus propias carnes los avatares del mundo. Cada capítulo comienza con la descripción de las peripecias vitales de unos seres que, a lo largo y ancho del planeta, no sólo representan algo que les trasciende (una etnia, una comunidad, un país), sino que constituyen por sí mismos la materia viva, la encarnación del devenir histórico. Aspira Lowe a que, en cada uno de esos capítulos, «palpite la historia de un único hombre o una única mujer» que reflejen en su singularidad, como un microcosmos, el universo que les rodea.

Pero conviene recalcar, en el sentido antedicho, que el libro aspira a «proyectar la vista más allá de esos acontecimientos y esas tendencias y analizar los efectos mitológicos, filosóficos y psicológicos de la guerra». Desea contestar cuestiones como estas: ¿en qué afectó el recuerdo de la tragedia a nuestras relaciones y a nuestro modo de contemplar el mundo? ¿Cómo cambió nuestra perspectiva del hombre? ¿Cómo influyó en el temor a la violencia y al poder, a nuestra libertad y sentido de pertenencia, a nuestros sueños de igualdad, justicia y ecuanimidad? Pretende, por tanto, «erigirse en un pequeño desafío», pues no se trata tanto de una mera indagación en el pasado, sin más, como de una disquisición sobre las fuentes del mundo que habitamos, en los más diversos aspectos. Así, por ejemplo, por qué son nuestras ciudades como son hoy, por qué evolucionan las comunidades del modo en que lo han hecho, por qué las tecnologías han seguido esos derroteros, por qué la utopía nos está vedada, por qué defendemos en teoría los derechos humanos y los socavamos en la práctica, por qué cuesta tanto reformar nuestro sistema económico, por qué fracasamos en nuestros anhelos de paz, por qué la violencia es el recurso universal para resolver los conflictos.

Dice Lowe, llevando el agua a su molino, que «todos esos asuntos [...] tienen sus raíces en la Segunda Guerra Mundial». Yo creo que así, tomada con esa rotundidad, la aseveración es, como mínimo, inexacta, pero lo cierto es que a lo largo de las quinientas densas páginas que siguen (más las ciento y pico de bibliografía y notas), el autor se embarca en un sostenido tour de force para argumentar que este nuestro mundo de comienzos del siglo XXI sigue siendo la consecuencia directa de aquel cataclismo. Podemos adelantar ya que lo hace con solvencia siempre, y hasta con brillantez en algunos momentos. A menudo se percibe en Lowe una autoexigencia de singularidad o innovación que no siempre termina por ser satisfecha. No es una crítica, sino una constatación. Es verdad que algunas páginas rezuman lugares comunes, pero no es menos cierto que mucho peor sería mantener aquel prurito de originalidad a toda costa, contra viento y marea. Porque, como es obvio y puede convenir cualquiera, no hay tarea más melancólica que empeñarse en descubrir mediterráneos a cada paso. Es de justicia conceder que Lowe mantiene casi siempre un criterio ponderado, que sus valoraciones están bien fundamentadas y que las discrepancias que cualquier lector puede hallar en muchos momentos no son más que el inevitable resultado de abordar temas complejos y controvertidos que se resisten a las soluciones simplistas.

La primera parte, que consta de cinco capítulos, se titula «Mitos y leyendas». Se abre con la descripción de aquel «fin del mundo» que fue, para quienes lo padecieron en propia carne, la explosión de la bomba atómica en Hiroshima. Era el apocalipsis, el culmen de un proceso inimaginable de devastación para el que no existían palabras. No hay, empero, catástrofes sin héroes, ni héroes sin monstruos a los que combatir. La Segunda Guerra Mundial constituía el caldo de cultivo apropiado para esa mitología dicotómica que no sólo simplificaba la complejidad del mundo, sino que, además, procuraba munición ideológica a los propios, estigmatizaba a los ajenos y justificaba la lucha. Lowe usa la lupa para mostrarnos que en ninguna de las contiendas de la época los combatientes eran héroes en su inmensa mayoría, ni los adversarios los monstruos que agitaba la propaganda. Con facilidad pasmosa, los liberadores se convertían en violadores y asesinos, del mismo modo que la victoria se traducía inmediatamente en venganza, saqueo y ejecuciones sumarias y masivas. Así lo hicieron todos, los de aquí y los de allá, los nuestros y los otros, los que luchaban por la libertad y quienes lo hacían en nombre de la raza o la nación. Allanaba ese camino la «demonización del enemigo», que no era «una reacción a la atrocidad, sino una precursora de esta». Se apoya Lowe en este punto en la escalofriante peripecia vital de Yuasa Ken, un médico japonés culto y refinado que practicó vivisecciones en prisioneros chinos durante la guerra. La inmensa mayoría de los más horrendos crímenes ‒argumenta el autor‒ no los cometieron seres depravados, sino personas normales y corrientes, puestas en circunstancias extremas. Realizaron auténticas barbaridades con absoluta normalidad, a menudo convencidos de cumplir su deber y, en no pocas ocasiones, con sincero entusiasmo. Como puede apreciarse, estamos más allá de Adolf Eichmann y la banalidad del mal. ¿Nos aboca este planteamiento, como han señalado algunos críticos del mismo, a la sima de un desazonante relativismo moral?

Parece que a Lowe le interesa sobremanera esta cuestión, de la que saca consecuencias no sólo aplicables al tiempo de la gran contienda, sino a las décadas posteriores. En general, dice, nos reconforta moralmente ver al ser humano que late en toda víctima, pero nos resulta perturbador descubrir esa misma humanidad en el verdugo. Así lo seguimos haciendo hoy día cuando queremos representarnos aquellos sucesos en el análisis histórico, en la literatura o el cine, siendo el nazi sádico o el fanático oficial japonés los epítomes del mal. Pero era imposible ‒escribe Lowe‒ que la maquinaria del Holocausto, por poner un caso concreto, que necesitaba del concurso de cientos de miles de personas, fuera puesta en marcha por cientos de miles de monstruos. «Reconocer su humanidad no los exonera, como afirman algunas personas, sino más bien al contrario, ya que sólo podemos condenar a otros humanos por no asumir la responsabilidad de sus actos» (p. 75). De modo complementario, víctimas y mártires se transformaron con suma facilidad ‒¡y ya sin el pretexto o descargo de estar en guerra!‒ en verdugos tan crueles, despiadados y sanguinarios como los que antes les habían sometido. Lowe insiste, en particular, en que los papeles de verdugos y víctimas no sólo resultan intercambiables, sino que presentan matices desconcertantes. Las víctimas del Holocausto, por ejemplo, no despertaron en un primer momento la compasión y la solidaridad que hoy retrospectivamente les adjudicamos, sino que generaron entre propios y extraños un confuso sentimiento de rechazo, en el que se mezclaban el desprecio por su mansedumbre y la atribución de una cierta culpabilidad: «lejos de identificarse con las víctimas, gran parte del mundo seguía sintiendo una aguda hostilidad hacia ellas. Hubo que aguardar a que madurara una nueva generación, la de los años sesenta, para que el mundo [...] se mostrara dispuesto a asimilar la magnitud del horror del Holocausto» (p. 86). Lowe sigue en este punto a autores como Peter Novick, del que los lectores españoles interesados en la larga estela del Holocausto recordarán el magistral Judíos, ¿vergüenza o victimismo?, traducido hace algunos años al castellano (Madrid, Marcial Pons, 2007).

Mantiene nuestro autor que perdura en nuestros días una visión del conflicto en términos esquemáticos y maniqueos. Ello es particularmente palpable en las mitologías nacionales, alimentadas por las elites y cultivadas con esmero en las propagandas oficiales para objetivos que trascienden la retórica nacionalista (aunque sirvan también para esta) y se utilizan como arma de combate en asuntos que ya poco tienen que ver con el pasado. Es una manera de expresar que, sin estar propiamente presente, la Guerra Mundial –o su ominosa sombra‒ sigue proyectándose sobre el escenario actual, y hasta sobre los planes de futuro. La atribución de culpabilidades a determinados países y determinadas ideologías ha sido utilizada de modo espurio para «propagar el mito de un nuevo mundo surgido de las cenizas del viejo». Dicho de otra manera, 1945 como año cero, como ya decía aquel clásico de Roberto Rossellini (Germania anno zero). Pero las cosas fueron en realidad de muy distinta manera. Más bien hubo que hacer de la necesidad virtud. Es falso, dice Lowe, que Japón o Alemania, por poner los ejemplos típicos, hicieran catarsis completa (aunque sí para la galería), pues la depuración difícilmente podía afectar a los cientos de miles de ciudadanos que en sus distintos niveles habían colaborado con los designios criminales. Del mismo modo, los aliados tuvieron que transigir con la voracidad soviética, que representó para muchos países ‒en especial los del Este europeo‒ sustituir apenas una esclavitud por otra. A su vez, los Estados Unidos dejaron de comportarse pronto como los «campeones de la libertad» para apoyar a regímenes dictatoriales y represivos de un confín a otro del globo, pues lo único que llegó pronto a importar, a comienzos de los años cincuenta, era establecer un valladar contra la expansión comunista.

Era tentador, empero, considerar la guerra un martirio que había servido para algo: tras la muerte, «la resurrección propiciada por los héroes aliados», es decir, «la victoria del bien sobre el mal». Sostiene Lowe –creo que con manifiesta exageración‒ que «nos hemos quedado varados en la misma mentalidad en que hallamos consuelo en 1945». Aquí nos asaltan algunas dudas. Puede concederse que perviven algunos esquemas heredados de aquella época o, incluso, que nuestra concepción general del mundo no ha cambiado tanto como a menudo queremos creer. Aun puede admitirse que «el verdadero mensaje al final de la guerra no fue solo un mensaje de libertad sino también un mensaje de miedo». Pero, como muestran las propias páginas que el autor dedica inmediatamente a las décadas posteriores, el miedo fue progresivamente diluyéndose. El mundo aceptó que entraba en una nueva fase: sin desconocer los peligros de la era nuclear, era obvio, por otra parte, que no se podía vivir como si el globo fuera a desintegrarse en cualquier instante. En el fondo, eso es lo que Lowe muestra en la segunda parte de su libro, significativamente titulada «Utopías». La utopía renace, la utopía en sus diversas formas y variantes era posible, porque a trancas y barrancas, a pesar de las heridas abiertas, el mundo –quizá no todo, pero sí la parte más libre y desarrollada del mismo‒ empieza a ver la luz. La luz en forma de reconstrucción económica, planificación urbanística, libertades políticas, avances científicos, desarrollo tecnológico, corrección de desequilibrios: progreso, por decirlo con una sola palabra. Que esas mejoras no estuvieron exentas de tensiones, contradicciones y retrocesos es innegable. Quizá Lowe se deja llevar por la tentación de resaltar las dificultades sobre los avances reales. Y quizá, sobre todo, termina por incurrir él mismo en una de esas simplificaciones que tanto critica, al afirmar taxativamente que «este impulso a favor de la igualdad y la justicia fue otra idea utópica alimentada por la Segunda Guerra Mundial» (p. 151).

El impacto social de la guerra fue especialmente perceptible en la situación de la mujer. Más aún, en pocos ámbitos son tan evidentes los flujos y reflujos derivados del esfuerzo bélico: primero, con la incorporación de la mujer en la esfera pública –básicamente en el esfuerzo económico‒ para sustituir a toda la mano de obra masculina destinada al frente; inmediatamente después, de resultas de la reintegración de los soldados a la vida civil, las presiones para reconducir el protagonismo femenino a los tradicionales límites domésticos. Lowe constata que el conservadurismo terminó por imponerse en todas partes: el avance hacia la igualdad se detuvo y las mujeres perdieron las prerrogativas conquistadas. La victoria femenina en reconocimiento, derechos y participación se mostró bien efímera. «¿Qué salió mal?», se plantea en este punto de manera explícita el autor. Llevado por su afán de extender la influencia de la guerra hasta hoy mismo, el autor sostiene que «en muchas zonas del planeta, el sueño de la igualdad de derechos y de oportunidades parece tan lejano como siempre» (p. 163). Es cierto que, a escala mundial, la situación de la mujer deja mucho que desear, pero hay que estar ciego para no reconocer un extraordinario avance en este terreno en las últimas décadas. Es algo tan evidente que no puede silenciarse ni desconocerse en el curso de la narración de los acontecimientos posteriores al fin de la guerra. Por eso el lector puede tener la impresión de que aquella ‒¿qué salió mal?‒ no era exactamente la pregunta adecuada. ¿Realmente «salió mal» cuando apenas una generación más tarde, como se reconoce en estas mismas páginas, el mundo se transforma con la mayor eclosión de reivindicaciones femeninas ‒o feministas‒ de la historia? El problema, para Lowe, también en este caso, es el improbable vínculo entre este despertar de la conciencia feminista y la Segunda Guerra Mundial. ¿No se trataría más bien de lo contrario, que minorías oprimidas, sectores marginados, mujeres y jóvenes pueden alzar su voz precisamente cuando se amortiguan los ecos de la catástrofe, cuando empiezan a cicatrizar las heridas, a disolverse los miedos y a surgir nuevas expectativas?

«En la estela de la guerra, muchos grupos cobraron conciencia, en ocasiones por vez primera, de lo que significaba ser “el otro”». Lowe escribe aquí algunas de las más brillantes páginas del libro acerca de los problemas de identidad y alteridad, pertenencia y exclusión, aplicando su reflexión a los más diversos colectivos, desde minorías étnicas a pueblos colonizados, desde homosexuales a pobres y marginados políticos (pp. 171-195). La Segunda Guerra Mundial «hizo algo que ningún otro acontecimiento de los tiempos modernos ha conseguido hacer nunca: unió a personas, a comunidades y a países [...] por una misma causa». Parafraseando a Émile Durkheim, si Dios es la sociedad, la guerra fue un hecho divino. No es extraño, por ello, la paradoja que trajo su final: una extraña sensación de vacío. La pérdida del sentido de la vida para miles y miles de personas que, pese al sufrimiento, habían encontrado una razón para luchar y para vivir. Como bien señaló Jean-Paul Sartre, la libertad –la libertad conquistada‒ ahora daba vértigo, y hasta constituía una pesada carga, como una oquedad que muchos no sabían cómo llenar. El mundo posbélico contempló cómo millones de seres humanos estaban dispuestos a aferrarse a cualquier ideología que atenuara sus incertidumbres y les proporcionara sensación de pertenencia, ya fuera una religión tradicional, ya un credo político o cualquier otro sucedáneo. Como escribe el propio autor, el resto del libro es tan solo una exposición de cómo, a lo largo del resto del siglo XX, «personas de todo el planeta» intentaron con todas sus fuerzas «llenar el vacío que les presentaba “la libertad” al final de la guerra».

«Un solo mundo», que es el título de la tercera parte, dibuja el nuevo escenario al que tendría que acostumbrarse la humanidad, eso que hoy en día, profundizado hasta límites entonces impensables, conocemos con la denominación de «globalización». Lowe traza en este caso una irrebatible continuidad entre el mundo de posguerra y el actual, pues los rasgos del mundo que habitamos son los que empiezan a perfilarse precisamente como consecuencia del resultado de la lucha: en primer lugar, naturalmente, el surgimiento de Estados Unidos, «el mayor vencedor de la guerra», como la potencia hegemónica, la gran superpotencia, convertida finalmente en única después de su triunfo en la confrontación con la Unión Soviética; en segundo lugar, la paralela caída de la supremacía europea que el autor focaliza o simboliza en la decadencia de Gran Bretaña, caracterizada como la mayor perdedora del conflicto a largo plazo; y, en tercer lugar, por supuesto, la emergencia de ese otro mundo extraeuropeo, hasta entonces colonizado o sometido, que despunta en forma de nuevas potencias regionales en zonas del globo que adquieren nueva relevancia. Mal que bien, las instituciones que hoy siguen gobernando el planeta, desde la ONU al Fondo Monetario Internacional, son las que se diseñaron al final de la guerra. ¡Si hasta los cinco países que siguen teniendo derecho de veto en el Consejo de Seguridad son los mismos cinco que emergieron como grandes vencedores del conflicto, aunque hoy es más que evidente que los dos europeos ya no son lo que eran! La sensibilidad política del mundo que vivimos es la que se forja al final de la contienda. La conmoción, el espanto, la vergüenza o el hastío constituyen aún hoy el poso inevitable que impregna nuestra concepción del ser humano. Las nociones de genocidio, crímenes contra la humanidad o la misma Declaración Universal de los Derechos Humanos muestran una imparable tendencia hacia una nueva forma de encarar los enfrentamientos entre naciones y comunidades. Con todas sus contradicciones y deficiencias, juicios como los de Núremberg y Tokio parece que señalan la determinación de la humanidad por saldar cuentas con un pasado ominoso. Es obvio que la práctica concreta reduce a veces al capítulo de buenas intenciones estas y otras iniciativas, como la constitución de la Corte Penal Internacional, pero, como señala Lowe, «al margen de sus numerosos fracasos y defectos», las mencionadas instituciones de gobierno mundial –económicas, políticas y jurídicas‒ representan el ideal más puro que nos dejó el cataclismo de la Segunda Guerra Mundial.

A las dos superpotencias está dedicada la cuarta parte que, una vez más, contiene agudas observaciones sobre las características del período y, en particular, sobre el enfrentamiento entre estadounidenses y soviéticos. En la línea de lo que hemos venido subrayando hasta ahora, Lowe privilegia en sus análisis aquellas líneas de comportamiento en una y otra potencia que muestran una continuidad a lo largo de estas décadas posteriores al armisticio. Así, pongo por caso, el compromiso de Estados Unidos desde 1945 de ser el teórico paladín de la libertad en todo el planeta, luchando primero contra el fantasma comunista y, una vez que cae este (1989-1991), contra las limpiezas étnicas y el fanatismo integrista: Irak (1991), Somalia (1992), Haití (1994), Bosnia (1995) o Kosovo (1999), por no citar otras intervenciones más recientes que están en la mente de todos. Por otro lado, se trazan los «asombrosos paralelismos entre la psicología colectiva» de ambas potencias, unas actitudes que terminan por fraguar en una mentalidad dicotómica –«o nosotros, o ellos»‒, con la consiguiente polarización a escala global y la transformación de una contenida guerra fría en una nueva guerra abierta, esta vez de consecuencias totalmente imprevisibles. Lowe quiere señalar aquí, como habrá podido advertirse, que las lecciones de la Segunda Guerra Mundial no siempre se asimilaron. Antes al contrario, en determinados aspectos, como el surgimiento por todas partes de nacionalismos xenófobos y excluyentes, se perseveró en el error, muchas veces como consecuencia directa de no querer –o poder‒ extirpar los males que provocaron en 1939 el desencadenamiento de las hostilidades. A estas alturas, no obstante, tendrá que dispensárseme, por obvias razones de contención de espacio y tiempo, que no continúe reseñando el siempre sugestivo periplo de Lowe, que dedica una quinta y sexta parte de su obra a hacer un repaso de las zonas en que ha quedado dividido el mundo de la posguerra y los principales desafíos que, hoy por hoy, afrontan las naciones. Espero que lo dicho hasta ahora baste al lector para que se haga una idea de por dónde van los tiros y le anime a adentrarse directamente en el libro.

Dos breves apuntes más, ya para acabar. El primero, una mínima reflexión de índole histórica desde las coordenadas culturales españolas. He insistido –porque así lo hace él de una manera quizás algo atosigante a lo largo del libro‒ en que el propósito de Lowe en este ensayo es mostrar hasta qué punto la Segunda Guerra Mundial sigue gravitando sobre nosotros y nuestro mundo. Y, a propósito de ello, he procurado, del mismo modo, dejar clara mi discrepancia o mi simple distanciamiento respecto de la tesis principal: lo que en principio, sin duda alguna, es una inquietud universal, agobiante y obsesiva va deshaciéndose, como, por otra parte, sucede en casi todos los asuntos humanos, de carácter individual o colectivo, según van transcurriendo las décadas desde 1945. Con la irrupción de nuevas generaciones a finales de los años sesenta y a lo largo de los setenta, los miedos –que tanto recalca Lowe‒ pierden sus perfiles más inquietantes y paralizadores, hasta el punto de que desembocamos en lo que se ha denominado la era de la protesta. Y entre 1989 y los años noventa, con la caída del Muro, la implosión de la Unión Soviética y el fracaso del socialismo real, termina claramente el ciclo que mejor caracteriza el siglo XX. La revolución tecnológica y la globalización acelerada de finales de ese siglo y comienzos del XXI nos conducen a un nuevo mundo, aunque obviamente las huellas de la gran conflagración de 1939-1945 todavía persistan en el horizonte. Pronto no quedará ningún superviviente de aquella catástrofe, que se convertirá en un capítulo del pasado, materia exclusiva de los libros de historia o excusa para recreaciones cada vez más irreales. Si esto es así en líneas generales, ¿qué decir entonces desde la perspectiva española? La perplejidad del lector español ante el planteamiento de Lowe tiene que ser, por fuerza, doble, pues a lo ya dicho se suma la especificidad hispana en este particular. Ni España ni los españoles aparecen –salvo alusiones mínimas‒ entre los centenares de referencias y nombres propios que se desgranan en estas páginas. No es de extrañar: ni España participó en los combates (sí algunos cientos de españoles, pero esto aquí no cuenta), ni la Segunda Guerra Mundial llegó a conmocionar a una ya conmocionada España en la misma proporción que a sus vecinos europeos. Nuestra Segunda Guerra Mundial fue la Guerra Civil, pero a cualquiera se le alcanza que, junto a algunos paralelismos obvios, no son, en conjunto, asimilables una a la otra. Nuestra catarsis fue la Transición, aunque hoy se vuelva a poner en duda si aquella fue la redención completa que exigían la historia, la dignidad y la justicia. En cualquier caso, tanto desde la perspectiva cultural como política, el ciudadano español de nuestros días difícilmente se reconocerá a estas alturas hijo, nieto o, simplemente, heredero de la Segunda Guerra Mundial.

La segunda mención, mucho más breve, es para decir unas palabras sobre la versión española. Dado que hemos tenido que resignarnos en los últimos tiempos a traducciones apresuradas, descuidadas, con múltiples errores e inexactitudes –cuando no incluso faltas de ortografía‒, es de justicia consignar que esta se encuentra bastante por encima de la media. Puede leerse aceptablemente bien, aunque no por ello está exenta de algunas máculas. Hay frases que no se entienden, como por ejemplo esta: «La ocasión en su conjunto era tan conmovedora que resultaba difícilmente» (p. 425). Es irritante la muletilla «Desde buen principio», que aparece en no sé cuántas ocasiones. Aunque ya se ha extendido la costumbre y pronto la Real Academia tendrá que darla por buena, las catástrofes o las crisis no son precisamente humanitarias (pp. 339 y 466). Y, en fin, he detectado algún que otro descuido que no sé a quién es atribuible, como investir a Habib Bourguiba como «primer presidente de Turquía», en vez de Túnez (p. 322). Pese a todo, como ya he señalado, se trata, en conjunto, de peccata minuta.

Rafael Núñez Florencio es Doctor en Historia y profesor de Filosofía. Sus últimos libros son Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Madrid, Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo: del 98 al desencanto (Madrid, Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Madrid, Marcial Pons, 2014).

14/05/2018

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
3 - 2  =  
ENVIAR
 
 

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
número 195
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL