RESEÑAS

El cerebro de Babel

Albert Costa
El cerebro bilingüe. La neurociencia del lenguaje
Barcelona, Debate, 2017
256 pp. 17,90 €

Si el lenguaje nos hace humanos, ¿ser bilingüe nos hace doblemente humanos? O bien, en un contexto mucho más controvertido, si el lenguaje nos proporciona una identidad cultural, ¿qué identidad cultural tiene un bilingüe? ¿Puede tenerse la misma fluidez verbal en dos lenguas tan diferentes como el mandarín y el castellano? ¿A qué edad hay que aprender las lenguas para llegar a ser bilingüe? ¿Será multilingüe la sociedad del futuro? Estas y muchas otras preguntas hacen que el fenómeno sea fascinante desde cualquier punto de vista. Su estudio científico, sin embargo, es particularmente difícil por dos razones principales: los sujetos de estudio son personas y las técnicas de imagen cerebral no tienen aún el nivel de resolución espacial y temporal necesario para detectar los cambios sutiles que, presumiblemente, deben ocurrir mientras se aprenden y practican dos o más lenguas. Además, el hecho de trabajar con personas obliga a realizar observaciones, en lugar de experimentos, y buscar correlaciones que luego han de interpretarse.

Dicho todo esto, hay que reconocer el ingenio que los psicólogos han desarrollado desde principios del siglo XX para avanzar en este difícil campo de investigación. Uno de estos profesionales, Albert Costa, nos presenta el estado actual del conocimiento en su último libro. Buena parte de la información corresponde a datos obtenidos por el autor en su labor investigadora. Siendo el autor bilingüe (catalán/castellano) y padre de un hijo criado en una familia trilingüe (inglés/castellano/catalán), resultan evidentes sus motivaciones para abordar este tema. Aunque el texto refleja los hechos filtrados por la opinión del autor, éste es muy honesto al reconocer y describir los puntos en que hay opiniones divergentes o, directamente, conflicto entre resultados. En este campo, una vez más, se cumple la máxima: «En ciencia, la vehemencia en el debate es inversamente proporcional a la calidad de los datos».

Comencemos por lo básico. ¿Qué es ser bilingüe? Primera dificultad. No hay definición posible. Siendo prácticos, debemos asignar ese término a toda persona que hable más de una lengua con habilidad. Debemos asumir, por tanto, que se trata de un fenómeno continuo y cada individuo es un caso puntual inmerso en su historia personal de vivencias emocionales. Esto obliga a una exquisita selección de los voluntarios escogidos para este tipo de estudios.

¿Cómo y cuándo se aprenden las lenguas? Los humanos pronunciamos las primeras palabras después del primer año, pero el aprendizaje comenzó, al menos, desde los primeros meses de vida. Incluso un bebé de tan solo unas horas puede diferenciar los sonidos provenientes de dos progenitores que hablan distintas lenguas. Algo más confusos parecen ser los datos sobre el efecto, si es que lo hay, de la lengua usada por la madre gestante. Tanto si la familia es monolingüe o bilingüe, el bebé se enfrenta al problema de convertir sonidos en palabras, asociarlas a conceptos y emociones, construir frases, etc. Hacia los ocho meses, el bebé ya tiene identificado un vocabulario notable, aunque no hable. ¿Cómo lo ha hecho? Al parecer, el truco está en que todas las lenguas tienen sus reglas probabilísticas en la secuencia de sonidos. Así, en español, el sonido de tres consonantes «str» es muy probable que indique que tras el sonido de la «s» debe acabar una palabra y el sonido «tr» debe marcar el comienzo de la siguiente. Por el contrario, en inglés, esta regla no rige, sería muy «strange». Para descubrir estas reglas, los investigadores han diseñado sonidos que componen «palabras» en una «lengua» inexistente. Quien desee conocer los detalles de este tipo de estudios ya tiene una buena razón para leer el libro de Albert Costa. Descubrir la estructura de las diferentes lenguas ha producido aplicaciones tan curiosas como los traductores automáticos. ¿Ha tratado de contarle así un chiste a su amigo japonés, o leído algún manual de uso en un prospecto multilingüe? Efectivamente, aún queda mucho por mejorar.

Aprender una lengua es un proceso extraordinariamente complejo que el cerebro infantil realiza con rapidez y eficacia. Esto es posible porque, durante los cuatro primeros años, los humanos triplican el peso del cerebro, no tanto por aumento del número de neuronas, sino por aumento de las arborizaciones y contactos. Hay quienes describen el aprendizaje durante esos años utilizando el verbo «esculpir». A otros nos parece más apropiado utilizar el verbo «recibir». El desarrollo del cerebro pasa por fases en las que está preparado para recibir determinadas experiencias y, si durante esa fase los estímulos apropiados no llegan, las conexiones se establecen de forma diferente. Hasta los doce meses aproximadamente, un bebé chino tiene la capacidad de distinguir entre los sonidos de la «l» y la «r», pero esa capacidad desaparece muy pronto si no se expone a esos sonidos. Los estímulos a destiempo hacen que el aprendizaje no sea tan perfecto como podría haber sido. El padre del bebé chino, nacionalizado español desde hace muchos años, lo sabe bien.

¿Cómo aprende un bebé bilingüe? En términos generales, y hasta donde alcanza el conocimiento actual, parece que el procedimiento es muy similar al de los monolingües, con algunos matices. Es importante el lenguaje materno (o el del progenitor que provee alimentos, cuidados, etc.) porque el bebé dará prioridad a ese lenguaje frente a otros que oye al mismo tiempo pero que no le producen el mismo beneficio. El tiempo necesario para conectar palabras y conceptos es algo más largo y requiere modificar la regla de exclusividad de categorización. Por ejemplo, la imagen de un perro se une a esa palabra, y sólo a esa, en un bebé monolingüe español. Un bebé expuesto también al inglés deberá inhibir esa regla para establecer la conexión con dos palabras a la vez, «perro» y «dog». Esto, sin embargo, no reduce el vocabulario de un bilingüe, tan solo requiere más tiempo para igualarse al monolingüe: todo dependerá de cuánto practique cada lengua. En el proceso de construcción de frases, parece que el cerebro presta especial atención a la relación nombre/verbo, tanto en una lengua como la otra. En adultos con patologías que causan deterioro progresivo del lenguaje pueden detectarse errores en el uso del nombre, pero no del verbo, o viceversa. En ambos casos, sin embargo, ambas lenguas son afectadas por igual. Es decir, parece que la estrategia para aprender a componer frases es muy similar en ambas lenguas, aunque nombres y verbos deben tener mecanismos específicos de adquisición y ligamiento entre ambos.

¿Dónde guardamos las lenguas en el cerebro? ¿Hay casillas diferentes para nombres, verbos, adverbios, etc.? Los casos descritos anteriormente sobre el deterioro selectivo de nombres con respecto a verbos sugieren que debe de haber alguna parcelación entre palabras que indican acción (verbos) y las que indican cosas (nombres). Quizá también para otros tipos de palabras o categorías lingüísticas, pero las técnicas disponibles para su visualización no tienen aún la resolución adecuada para detectar esas posibles microrregiones.

La localización de los lenguajes en cerebros bilingües tiene un largo historial de debate, aún vivo. Los métodos para dibujar mapas en el cerebro son fundamentalmente de dos tipos: 1) la estimulación con electrodos en posiciones determinadas mientras se habla con un paciente de cirugía craneal (no se alarme, en el cerebro no hay receptores del dolor), y 2) visualización del consumo energético en el cerebro mediante una tomografía a voluntarios mientras ejecutan una tarea lingüística. Obviamente, el número de casos estudiados no es muy elevado, especialmente con el primer método. Parece claro, no obstante, que el territorio dedicado a la lengua nativa es de menor extensión que el dedicado a la lengua secundaria, pero ambos se solapan ampliamente. Es decir, el uso de la lengua en que se tiene mayor habilidad requiere menor esfuerzo cognitivo. Cuando los sujetos tienen competencias similares en ambas lenguas, las áreas de representación son muy coincidentes.

Una vez aprendidas las dos, o más, lenguas, ¿cómo nos manejamos en una conversación con varios hablantes de lenguas diferentes? En la experiencia del autor, ¿cómo se las arregla durante una cena una familia trilingüe en español/catalán/inglés? Pues, al parecer, el cerebro hace una clasificación asignando personas y lenguas. Una vez hecho ese emparejamiento, resulta difícil cambiarlo. El cerebro ha establecido unas reglas de inhibición para no saltar constantemente entre lenguas en una misma conversación. Los estudios de neuroimagen indican que la inhibición es extensa e implica varios centros cuya relación con el procesamiento del lenguaje no era conocida hasta ahora. Podemos hacer el esfuerzo consciente de violar esas reglas, pero pronto la conversación se hace ininteligible. Peor aún deben tenerlo los traductores que acompañan a los políticos monolingües a reuniones internacionales. En el futuro, es posible que los políticos, además de llevar corbata, deban hablar lenguas. Les iría bien.

El lenguaje es, en esencia, un instrumento que permite influir sobre el comportamiento de los demás miembros de la especie. La sociedad humana actual ha construido múltiples organizaciones en las que se toman decisiones que afectan a buena parte del planeta. En esas torres de Babel, los traductores, afortunadamente humanos, permiten que las personas se entiendan, chistes incluidos, y la mayoría de los asistentes suelen ser bilingües. Pero, ¿en qué lengua toma sus decisiones una persona bilingüe? Esta es una de las secciones más interesantes del libro de Albert Costa y en la que el autor ha trabajado directamente. El tema tiene sus raíces en los trabajos clásicos de Daniel Kahneman y Amos Tversky. Ante situaciones complejas, podemos tomar decisiones muy rápidas sin apenas tiempo para un análisis detallado. Esas decisiones intuitivas parecen ser el resultado de experiencias acumuladas sobre situaciones similares. Se habla del sistema 1, intuitivo y rápido, y del sistema 2, deliberativo y lento. En situaciones emocionales, tendemos a usar el sistema 1 preferentemente. ¿Influye la lengua en la toma de decisiones? La respuesta es un rotundo sí. Por ejemplo, si se pregunta en inglés a hablantes nativos de italiano sobre el riesgo asociado a centrales nucleares, su apreciación es siempre menor que si se hace en su lengua nativa. Parece que el uso relativo de los sistemas 1 y 2 difiere según la lengua utilizada. Tengan cuidado, pues, con la interpretación de encuestas hechas en lenguas no nativas. Cabría pensar que el mayor esfuerzo cognitivo que implica el uso de una lengua extranjera altera el uso de esos sistemas. Para intentar controlar esa posibilidad puede hacerse que los sujetos se enfrenten a decisiones sobre problemas que tienen una formulación intuitiva errónea y requieren cálculos aritméticos para una decisión correcta. Por ejemplo: «Si cinco máquinas tardan cinco minutos en fabricar cinco teclados, ¿cuántos minutos tardarían cien máquinas en hacer cien teclados?» La respuesta intuitiva, cien, resulta igual de frecuente y la respuesta correcta, cinco, igual de infrecuente en las dos lenguas. Es decir, si el problema es lógico y no hay carga emocional, no parece importar la lengua utilizada.

Llegando a un terreno más pantanoso, parece haber indicios de que el lenguaje puede modificar incluso los juicios morales de las personas bilingües. Se plantea el dilema de «matar a una persona para salvar a cinco», pero formulado en dos textos con cargas emocionales muy diferentes, aunque el resultado de la decisión es exactamente el mismo: matar a una persona. Cuando se presenta el texto con menor carga emocional, éste es aceptado por el 80% de los encuestados, bilingües en español/inglés, independientemente del idioma utilizado en la presentación. Eso es lo esperable en la mayoría de estudios. La sorpresa es que, cuando se presenta el texto con mayor carga emocional en la segunda lengua, el inglés, lo aceptan más encuestados (40%) que si la presentación es en la lengua materna (17%). El resultado también funciona al revés: nativos en inglés y en otros idiomas. La explicación de este curioso fenómeno, sin embargo, está aún pendiente. Por el momento, parece que la segunda lengua tiene mejor acceso al sistema 2: ¿un sistema amoral?

En definitiva, si hemos de sacar alguna conclusión −temporal, como todas− de la lectura de este ameno e interesante libro es que resulta muy saludable hablar varias lenguas, pero procure practicarlas con frecuencia. Si no doblemente humanos, ser políglotas puede hacernos al menos más cultos y, por tanto, más libres.

Alberto Ferrús es profesor de investigación en el Instituto Cajal de Neurociencias (CSIC) y coautor de Manual de Neurociencia (Madrid, Síntesis, 1998).

26/06/2017

 
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