RESEÑAS

Un crítico amable

E. M. Forster
Algunos libros. Las charlas de E. M. Forster en la BBC
Barcelona, Alpha Decay, 2018
Trad. de Gonzalo Torné
312 pp. 23,90 € COMPRAR ESTE LIBRO

Contra todo pronóstico, E. M. Forster dio por terminada su carrera de novelista a los cuarenta y cinco años, con Pasaje a la India (1924), en opinión de muchos su obra maestra y, sin duda, la novela más popular de las cinco que publicó en vida. Dejó una sexta, de tema homosexual, en el cajón, y al parecer pasó a otras cosas sin grandes pesares. En los cuatro largos decenios adicionales que duró su vida, llevó a la imprenta cuentos, una biografía, crónicas de viaje, un libreto, teatro, conferencias y muchísima crítica literaria. Su fama, de hecho, no hizo sino crecer después de las novelas. Y, en los años de posguerra, Forster se consolidó como una versión muy británica del intelectual público: el literato amable, mezcla de asceta y activista, sabio y diletante, crítico y comunicador.

A esa veta contribuyeron en no poca medida las intervenciones que se recogen en Algunos libros, una selección de las charlas que impartió en la BBC entre 1928 y 1959, compilada y traducida con buen hacer por el escritor español Gonzalo Torné. Fueron treinta años, a grandes rasgos, de programas unipersonales, con distinta periodicidad, en los que Forster salía al aire con la sola misión de hablar de los libros que le interesaban. Sus intereses eran eclécticos, como demuestran las numerosas charlas que quedaron en los archivos, y abarcaban casi todo el arco de las humanidades de entonces. La edición de Torné abrevia un volumen titulado The BBC Talks of E. M. Forster, publicado hace diez años por la University of Missouri Press, pero su selección es oportuna, pues se han tenido «en cuenta tanto los intereses como el horizonte de referencia de los lectores en lengua española». Las cavilaciones de Forster sobre alguien como George Crabbe, un poeta que difícilmente se lee de este lado del Canal de la Mancha, quedan fuera. No lo hacen, en cambio, las charlas sobre D. H. Lawrence, Jane Austen o James Joyce, y eso es una excelente noticia.

Noticias, por lo demás, traen todas las charlas. Forster hablaba a sus oyentes sobre novedades incluso cuando abordaba los clásicos. Y no es un dato menor que los oyentes se encontraran a miles de kilómetros, pues el programa se emitía por el India Service de la BBC, dirigido a una población (pos)colonial sin acceso directo a los acontecimientos literarios de Londres. Forster se esmeraba en acercarles información: repetía el título de los libros en cuestión, recalcaba su importancia en cierto contexto y hasta mencionaba precios, por si alguien quería encargarlos. Pero, como bien indica Torné, la veta divulgativa no equivalía a perderse en trivialidades. Las recomendaciones iban expresadas en argumentos. Y prueba de su solidez es que la mayoría de ellos siguen siendo pertinentes, aun cuando el enfoque acuse el paso del tiempo: ya nadie hablaría sin matices del «carácter» de un escritor, como hace Forster al considerar a Hardy, ni alabaría a otro por ser «un hombre que creía en el afecto».

Hay un encanto muy especial en todo ello, pero la voz de Forster no será del gusto de todos nuestros contemporáneos. Dudo que seduzca a los cultores de la teoría literaria. Y tampoco creo que los sociólogos de la literatura se dejen convencer (Forster se muestra ingenuo, entre otras cosas, en cuanto a la relación de la literatura del «centro» con la de la «periferia» colonial). Pero sería un error pensar que Forster hablaba por hablar, o no sabía de qué estaba hablando. Como en su libro de crítica más famoso, Aspectos de la novela (1927), se apoyaba en la autoridad de la experiencia, y tenía una sólida inteligencia empírica como pilar adicional. Buscaba entender el funcionamiento de los libros y su relación más amplia con la literatura. Por ejemplo, en su charla sobre Joyce, inspirada por un estudio reciente, confiesa de entrada: «No termino de cogerle el truco. No soy capaz de sintonizar con él». Pero al cabo de unas cuantas consideraciones lo sintoniza como harían pocos críticos en tan pocas palabras:

Joyce fue un artista de una especie parecida a la de Wordsworth: un sujeto que vive con mucha intensidad la juventud y que el resto de su vida adulta depende de los recuerdos que recolectó y de las combinaciones que estableció entre ellos. De alguna manera nunca terminó de escapar de la ciudad que odiaba, y creo que como artista no le hubiera gustado desprenderse por completo de ella. Tampoco se alejó por completo de su religión. Es cierto que rechazó las doctrinas de sus maestros jesuitas, pero no se deshizo de sus métodos [...]; así se explica que muchas de sus páginas suenen como blasfemias que ofenden al creyente practicante y que a un lector como yo le parecen signos evidentes de malos modales.

La cita puede parecer larga, pero es breve dado todo lo que incluye, y nos da una idea del proceder evaluativo de Forster: ir tejiendo una red de asociaciones, a veces muy libres, que acaban apresando el asunto. Las asociaciones también dan lugar a ideas inesperadas. Nótese que, pese a la comparación totalmente apta con Wordsworth, Forster no dice algo tan simple como que Joyce era un romántico trasnochado (que lo era); dice que seguía siendo un jesuita a su pesar, abrumado por erudiciones de empollón y, al mismo tiempo, dado a la impertinencia. ¡Un artista adolescente! Sea o no justo con el autor, sin duda eso es consecuente con una manera de entender la literatura.

¿Cuál era esa manera? Una respuesta aparece en la charla titulada «¿Son útiles los libros?», en la que Forster señala que transmiten no sólo datos precisos, sino modelos éticos. En ello seguía a su admirado Matthew Arnold, para quien la literatura era una «crítica de la vida», y esperaba que ese discurso se transmitiera de modo racional y sin subterfugios. Como apunta Zadie Smith, el gran tema de Forster era la comunicación (el famoso epígrafe de su novela Regreso a Howards End, «Sólo conecta», lo afirma sin rodeos), y en las charlas oímos la exasperación que le causaban los autores que, como Joyce, se sustraían adrede al entendimiento con sus lectores. Incluso los escritores con una agenda extraliteraria, como D. H. Lawrence o Rebecca West, le parecían a Forster preferibles a los oscurantistas. A sus ojos, la letra impresa debía cifrar una suerte de conversación; en Aspectos de la novela, imagina incluso la historia literaria en clave sincrónica, con los escritores que se responden unos a otros, como si estuvieran «en una misma sala». Sin duda estas emisiones aspiraban a extender esa conversación sin fin.

Forster reconoce además la necesidad de hablar de aquellos escritores que le son francamente antipáticos. Rudyard Kipling es un caso de aversión productiva. «Ni dos libros enteros de justificaciones inspiradas por la voluntad más benigna –dice Forster, comentando uno de ellos– me convencerán jamás de que Kipling era algo más que un matón, con la conciencia podrida por un vulgar racismo». Pero también advierte: «Si usted llega a leerlo, podrá –faltaría más– adorarlo o detestarlo, pero difícilmente logrará mantenerse indiferente». Y pese a sus reparos ideológicos, admite: «Nadie que sea escritor puede dejar de admirar la técnica de Kipling, capaz de ofrecer efectos casi mágicos». Nadie que sea lector, podríamos decir hoy, puede dejar de admirar la ecuanimidad de Forster.

¿Y qué hay de los escritores con que Forster sí sintonizaba, como Samuel Taylor Coleridge, Thomas Hardy, D. H. Lawrence (hasta cierto punto) o Samuel Butler? Ahí las cosas se ponen realmente interesantes. Y si uno comparte el interés, es un absoluto placer oírlo hablar de su novelista favorita, Jane Austen. El nivel de análisis de su locución no tiene nada que envidiar a los ensayos que le dedicó por escrito. Y Forster acierta a menudo. Puesto a comentar una nueva edición de la correspondencia de la autora, no sólo lleva razón al decir que no fue una gran escritora de cartas, sino que da en la tecla al precisar por qué: «no escribió sus cartas para que las leamos nosotros». También encuentra una fórmula óptima para describirlas: «chismorreo doméstico de baja intensidad». (En el mismo año en que salió al aire para hablar de la correspondencia, Forster trató el tema en un artículo publicado en el The Times Literary Supplement, pero su conocimiento venía de toda una vida de admiración: véase, en The New Republic, su estupenda reseña de 1924 sobre la edición crítica de las novelas a cargo de R. W. Chapman.)

No sólo de escritores vive el crítico; hay temas a los que Forster vuelve una y otra vez. La India es el más notable. Además de la charla de 1942 dedicada a Kipling, que toma en cuenta las conexiones culturales entre la India e Inglaterra, aquí se nos ofrecen otras dos sobre lo mismo, tituladas «Homenaje a la India» (1942) y «Algunos libros sobre la India» (1944). Forster mantenía estrechos vínculos con el país, forjados durante dos estancias en las décadas de 1910 y 1920, y su admiración era manifiesta, aunque no exenta de «la carga del hombre blanco», por usar una frase de Kipling. Más tarde se le acusaría de orientalismo, pero parece haber tenido plena conciencia de los problemas de tratar con otra tradición. Pasaje a la India, de hecho, se centra en las distancias culturales, y su trama gira en torno a la dificultad de comprender al otro. Es una novela sobre la desconexión que habla de la necesidad de conectar.

Pese a esa inteligencia narrativa pasada, o quizá debido a ella, Forster parece varado en el tiempo cuando sale a hablar de la India en décadas posteriores. Dadas las fechas de las charlas señaladas, hasta podría decirse que cae en la miopía política. En la década de 1940, en el subcontinente se preparaba la independencia del imperio británico, y las distintas fuerzas políticas locales se debatían sobre la mejor manera de llevar a cabo lo que más tarde se llamó la partición. El resultado, la creación de los Estados independientes de India y Pakistán sobre líneas identitarias, fue una de las peores catástrofes humanitarias de la historia, con estimaciones que sitúan los muertos entre uno y dos millones, y los desplazados entre catorce y quince millones. Forster no sólo era incapaz de predecir semejante desastre: parece haber estado poco dispuesto a considerar las corrientes que lo gestaron. En su charla de 1944, pasa rápidamente por encima de los libros de actualidad política para centrarse en el Bhagavad-gītā. El crítico amable tiene sus limitaciones.

Si nos fijamos en las fechas, también es notorio que las charlas se transmitieron durante un período que abarca el conflicto europeo más importante del siglo xx. No obstante, en ellas se habla muy poco de la Segunda Guerra Mundial. Hay algunas alusiones, pero escaso análisis. Sólo contadas veces se comentan libros que tratan la situación de la época. Al menos en esta selección, la opinión más clara en materia de actualidad política que Forster se aviene a formular se encuentra en una charla titulada «Tres europeos», acerca de Paul Valéry, Thomas Mann y el periodista francés Pierre Maillaud. Forster parece coincidir con Maillaud en cuanto a que «el futuro de Inglaterra pasa por involucrarse más con los problemas de Europa y no fantasear con su dominio sobre rincones lejanos del mundo»; pero no va más allá de ese europeísmo tibio y abstracto. Parece muy probable que Forster, objetor de conciencia en la Primera Guerra Mundial, se sintiera totalmente desconcertado ante la brutalidad de la Segunda, no hablemos ya de las sorpresas de la historia.

En cualquier caso, estas charlas no se leen por sus análisis históricos o políticos. Forster, fiel a las «recomendaciones», se resistía incluso a considerarlas crítica literaria. Pero en ello cabe disentir. En muchos momentos, los textos de Algunos libros encarnan una veta de crítica mesurada y humanista que, parafraseando la fórmula sobre Jane Austen, podríamos llamar «exposición ilustrada de baja intensidad». Es una combinación más rara de lo que puede creerse. En la prensa y otros medios de comunicación actuales, sin ir más lejos, lo normal es que falte ilustración, o sobre intensidad, o se eche en falta toda capacidad de exposición. Forster, en cambio, sabía presentar sin falsos arrebatos los frutos de una inteligencia notable. El éxito radiofónico de estas charlas demuestra que ese tono fue muy oportuno en su momento, y el placer que procura su lectura que bien puede seguir siéndolo en el nuestro.

Martín Schifino es crítico literario y traductor. Entre sus últimas traducciones figuran las de E. B. White, Ensayos de E. B. White (Madrid, Capitán Swing, 2018); Patricia Highsmith, Once y La casa negra (Barcelona, Anagrama, 2018); y Ursula K. Le Guin, Contar es escuchar (Madrid, Círculo de Tiza, 2018).

20/05/2019

 
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