Agosto 2018
Revista de Libros
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RESEÑAS

Paternalismo antidemocrático

Jason Brennan
Against Democracy
Princeton, Princeton University Press, 2016
304 pp. $29.95

La democracia es como la pornografía, en la célebre definición del juez Potter Stewart: difícil de definir, pero fácilmente reconocible cuando la tienes delante. O cuando no la tienes. La definición de las instituciones, procedimientos y condiciones materiales de la democracia no es, en efecto, tarea fácil. Pero si falta el sufragio universal, por ejemplo, poco queda por discutir. En Against Democracy, Jason Brennan defiende liquidar el sufragio universal y reemplazarlo por el gobierno de quienes saben (o «epistocracia»). Según Brennan, el gobierno competente requiere votantes competentes, al igual que recetar fentanilo o manipular Goma-2 requieren ser competente para ello. Y puesto que no todos los ciudadanos lo son suficientemente, no todos deberían poder votar. Por ejemplo, la mayoría de estadounidenses desconocen cuáles son y qué hacen los tres poderes del Estado; muchos declaran motivaciones abiertamente xenófobas al votar; no pocos muestran sesgos grupales o sólo se informan para confirmarse en sus prejuicios. Para muestra, Twitter.

La elección de Trump y los referendos en Reino Unido y Colombia han reavivado el escepticismo sobre la democracia. En realidad, un escepticismo que fue general hasta mediados del siglo anterior, cuando la democracia empezó a tener buena prensa. El manual del ejército estadounidense entre 1928 y 1932 aún la definía así: «Democracia: autoridad derivada de las asambleas masivas o cualquier otra forma de expresión directa. Desemboca en mobocracia [...]. El resultado es la demagogia, la licencia, la agitación, el descontento, la anarquía»U.S. Army Official Training Manual No. 2000-25.. Encontramos algo bastante parecido en las defensas clásicas de la epistocracia, como la República de Platón o los Papeles federalistas. Brennan actualiza esos argumentos en dos sentidos.

Para empezar, ahora se sabe muchísimo acerca de la ignorancia política. Brennan levanta su crítica sobre seis décadas de psicología política, repasadas no sin cierto cherry picking en el segundo capítulo. Igualmente avanzada se encuentra la teoría democrática, que Brennan –filósofo político, no científico social– analiza con mayor competencia y exhaustividad. No es poca cosa. Pues tanto los movimientos democráticos como la codificación legal de la democracia han asumido con frecuencia que su fundamentación filosófica era innecesaria, por obvia, o estaba sobreterminada. Bien está, pues, que Brennan compendie las principales contribuciones al respecto. El afán es crítico, claro. Incluso el lector escéptico encontrará aquí una buena introducción a la teoría democrática reciente.

Against Democracy, cuya traducción al castellano está al caer, es, en suma, un estupendo ejemplar de pensamiento antidemocrático. Está bien documentado, argumentado en detalle y escrito con agilidad. Desgraciadamente, constituye también una contribución al género de la exageración. Empezando por el título, que sugiere una enmienda incondicional a la totalidad. Sin embargo, lo que el libro analiza es una dimensión de la democracia (¿quién decide?), quedando al margen otras dimensiones igualmente centrales (¿cómo, cuándo y sobre qué se decide?). Por añadidura, se extraen conclusiones que, como Brennan advierte y veremos más abajo, están condicionadas a un conjunto de supuestos no demostrados.

Igualmente hiperbólicas son muchas de las afirmaciones que se hacen en el libro. Ejemplo: en los capítulos quinto y octavo, Brennan defiende que, a pesar de que en una epistocracia las mujeres negras, jóvenes y pobres probablemente carecerían de voto, por ser un segmento de población en el que la ignorancia política es particularmente acusada, ello no iría en detrimento de sus intereses, sino en su beneficio. Ya en el prefacio, Brennan reconoce su afán por hacer de abogado del diablo. Quizá la filosofía política necesitaba de un Rush Limbaugh. Pero esto tiene un precio. Los fallos en el funcionamiento y teoría de la democracia, rastreados en el libro con tino, habrían podido explotarse para sugerir alternativas mejores. Aquí pesa más de lo deseable, por desgracia, la tentación de escandalizar al personal. Al hacerlo, Brennan se aleja, por ejemplo, de Christopher Achen y Larry Bartels, quienes, en su reciente Democracy for Realists, parten de una imagen tanto o más cáustica del comportamiento político medio, aunque ello no elimina en su análisis elementos interesantemente constructivos. 

Entremos en el detalle. En su defensa de la epistocracia, Brennan da tres pasos principales, a partir de los cuales es posible agrupar los capítulos –no siempre óptimamente organizados– del libro. Empieza argumentando que la democracia no se halla en condiciones de producir resultados competentes, dada la ignorancia política de la mayoría de los votantes. Repasa a continuación las justificaciones intrínsecas de la democracia, según las cuales el valor de esta no reside solamente en los resultados que produce, sino también en cómo distribuye el poder político o en cómo trata a los ciudadanos. El razonamiento no se sostiene, según Brennan; de donde –tercer paso– pasa a concluir que sería lícito retirar los derechos políticos a quienes carecen de competencia para ejercerlos e instaurar una epistocracia.

Ninguno de estos pasos carece de dificultades, algunas graves. Empezando por la supuesta ignorancia de los ciudadanos y su incidencia sobre las políticas públicas. ¿Quién no ha animado una clase citando ejemplos pintorescos de esta ignorancia, como que sólo uno de cada tres estadounidenses sabe que el célebre principio marxiano, «De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades», no está incluido en la Constitución? La evidencia compilada por Brennan va más allá de la anécdota, sin embargo. Según la literatura sobre comportamiento político, la mayoría de votantes se divide en dos grupos. Uno: quienes apenas se interesan por la política y adolecen de un conocimiento político bajo, tirando a nulo. En segundo lugar, los que, informándose y participando en política, lo hacen de manera sesgada y tribal: consultando medios exclusivamente afines y descartando las opiniones discrepantes como fruto de intereses ocultos o engaños. Ambos grupos son incompetentes, según Brennan, cada cual a su manera. Y ambos serían responsables, cuando votan en suficiente número, de la incompetencia refleja de los cargos electos y de sus políticas.

Quizá, sin embargo, los ciudadanos no necesiten tener el Estado en la cabeza ni razonar como Nate Silver para ser votantes viables. Así como quienes carecen de conocimientos en medicina o son hipocondríacos pueden recurrir a un médico para tomar decisiones bien orientadas sobre su salud, votantes poco informados o sesgados pueden emplear atajos cognitivos –en su entorno laboral, familiar, mediático– para votar competentemente. Cómo distinguir qué atajos son políticamente adecuados, y cuáles no, y cómo organizar la sociedad para promover el acceso a los primeros, ha alimentado debates de mucha enjundia dentro de la teoría democrática. Pero, como ha advertido Thomas Christiano, Brennan apenas los discute.   

Vayamos al valor intrínseco de la democracia, que Brennan impugna. En 2014, Alberto Garzón tuiteaba que «la democracia no es un fin sino un medio». El revuelo causado por esta observación confirma que, tanto en las democracias jóvenes como en las consolidadas, no tiende a valorarse la democracia sólo por sus beneficiosRussell J. Dalton, Doh C. Shin y Willy Jou, «Understanding Democracy: Data from Unlikely Places», Journal of Democracy, vol. 18, núm. 4 (2007), pp. 142-156.. Brennan dedica los capítulos cuarto y quinto a analizar las razones por las que esta podría alojar un valor no instrumental. Entre dichas razones, destacan las dos siguientes: el modo en que la democracia distribuye el poder, y el concepto sobre los ciudadanos que ello expresa. De resultar dichas razones válidas, no podría aceptarse la epistocracia, ya que esta trataría como ciudadanos de segunda a los presuntamente incompetentes. Pero Brennan discrepa. De un lado, afirma, el voto difícilmente empodera. Cuando son millones los votantes, la influencia electoral de cada uno es infinitesimal. Del otro, el marginado del sufragio no tiene por qué sentirse insultado si los motivos que han originado su marginación se hallan desvinculados de las características arbitrarias –como ser pobre, negro o mujer− que históricamente se han empleado para excluir a ciertos colectivos. Brennan trata estos dos tipos de razones como independientes. Pero es absurdo pensar que lo sean. No poder votar es insultante, en parte, porque el voto confiere poder. Cierto que su impacto electoral es colectivo, no individual. Pero no es menos cierto que muchas actividades de impacto individualmente insignificante –como el de un policía sobre la seguridad de un país o el de un profesor sobre el nivel educativo del mismo– son, sin embargo, colectivamente relevantes. Dichas actividades, además, ayudan a definir el estatus social de quienes las realizanEl argumento está desarrollado en mayor detalle en Iñigo González Ricoy y Jahel Queralt, «Political Liberties and Social Equality», Law and Philosophy, en prensa..

Este error, como los crímenes, lleva a Brennan a otros errores. Pues la limitación del voto a quienes son competentes no afectaría por igual a todos los grupos demográficos. Los grupos desaventajados, que estadísticamente están peor informados, resultarían especialmente afectados. Tal es el caso de la mayoría de mujeres negras, jóvenes y pobres, como se ha mencionado más arriba. Al no poder votar, no sólo carecerían de la oportunidad de influir individualmente en el resultado electoral, sino que sufrirían esta minusvalía en tanto que parte de un grupo excluido en promedio de la vida política.

La réplica de Brennan es abracadabrante. Los intereses de dichas mujeres no se verían necesariamente perjudicados, nos dice, pues, al estar mal informadas, no podrían usar el voto para apoyar políticas que beneficiaran sus intereses. Ítem más: dado que la evidencia muestra que los votantes son sociotrópicos (no votan de forma autointeresada, sino por lo que perciben como el interés general), los votantes aventajados y mejor informados podrían, con su voto, apoyar políticas más competentes, beneficiando así a esas mujeres desinformadas. No deja de ser irónico que un libertario (acepción estadounidense) como Brennan acabe justificando la limitación del voto en nombre de los intereses de quienes no tendrían acceso a él. El resultado es una posición, la de Brennan, no sólo antidemocrática, sino también paternalista.

El tercer y último paso del argumento de Brennan depende de los otros dos. Demos, por un momento, los argumentos anteriores por buenos. ¿Está la epistocracia en condiciones de hacerlo mejor que la democracia? En el capítulo octavo, Brennan discute diversas variantes de epistocracia, incluyendo el voto restringido, el voto plural (votos adicionales para quienes son competentes, tal como propuso John Stuart Mill) o el sufragio universal con veto de un consejo epistocrático. Ninguna de estas fórmulas ha sido ensayada, insiste Brennan, quien está interesado en distanciarse de los regímenes no muy edificantes que en el pasado fueron reivindicados como «gobiernos de los mejores». El resultado es que la superioridad de la epistocracia sobre la democracia es condicional. Queda supeditada a que, una vez ensayada, realmente produzca resultados mejores en toda una serie de indicadores en los que la competencia de la democracia, como admite Brennan, es innegable y está bien documentada: ausencia de hambrunas, alfabetización, esperanza de vida, crecimiento económico o protección de derechos humanos básicos.

Brennan insiste, asimismo, en la necesidad de adaptar la aplicación de las medidas presentadas a las características culturales de cada país (p. 207). Lo cual sorprende, teniendo en cuenta que una característica cultural muy extendida y arraigada en nuestras sociedades es, precisamente, el compromiso con la democracia, por lo que la adopción de medidas epistocráticas en dichas sociedades causaría, con toda probabilidad, una gravísima crisis de legitimidad. Dados estos y otros costes de transición, que Brennan desatiende, así como el hecho de que la superioridad de la epistocracia sobre la democracia está por ver, parece justificado aplicar la navaja de Hitchens: lo que puede afirmarse sin pruebas puede desestimarse sin pruebas. O una variante local: los experimentos, con gaseosa.

Iñigo González Ricoy es profesor de Filosofía Política en la Universidad de Barcelona. Ha coeditado, junto con Axel Gosseries, Institutions for Future Generations (Oxford, Oxford University Press, 2016).

12/02/2018

 
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