Curso urgente de política para gente decente
Juan Carlos Monedero
Barcelona, Seix Barral, 2013
248 pp. 15 €

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La calificación que mejor corresponde a esta obra es la de «panfleto»: no es un «curso de política», sino un panfleto de cariz político. Y no lo decimos para su desdoro (en realidad, el propio autor utiliza este término en algún momento), sino precisamente para su mejor aprecio. Un panfleto no es, según el Diccionario de la Real Academia, sino «un opúsculo de carácter agresivo» o, lo que es lo mismo, una obra literaria corta sobre una determinada materia concebida y redactada de manera dialéctica y argumentativa. No necesariamente desabrida o simplona, sino simplemente muy asertiva.

El panfleto tuvo un destacado papel político en otras épocas, sobre todo en las agitaciones prerrevolucionarias inglesas y norteamericanas. No es extraño por ello que el autor, que también se considera situado en una encrucijada civilizatoria, recurra al género cuando quiere establecer de manera breve pero contundente una explicación política y una propuesta de actuación ante una situación social agónica. De ahí que lo valore como «una caja de herramientas que deja la academia y baja a la calle donde la gente corriente camina su vida». Al final, como todo panfleto, lo que busca el autor es huir de dos extremos: por un lado, de la verbosidad mortecina del académico que convierte frecuentemente sus escritos en ininteligibles para el público común. Por otro, de la simplificación extrema del mensaje que lo transforma en un puro manifiesto. Quiere llegar al lector no especializado, pero llegar con una cierta dignidad intelectual.

Lo cual es perfectamente congruente con el hecho de que el panfleto –como claramente manifiesta en su título mismo– va dirigido a «la gente decente». Y la gente decente, explica, es la gente común, la inmensa mayoría que son los no privilegiados en nuestra sociedad. La gente decente es nada menos que el nuevo sujeto y la nueva subjetividad que puede hacerse cargo en nuestra sociedad de la tarea emancipadora –dice Monedero– siempre que sea capaz de romper las inercias culturales y mentales que el neocapitalismo ha implantado en su conciencia, esa especie de «sentido común» que le dice de continuo «no podemos» o «no hay otra salida» ante las penurias que el sistema les hace sufrir. Después de buscar durante décadas al sujeto revolucionario capaz de poner en marcha la revolución (la clase, el partido, los consejos obreros, la multitud) hete aquí que se lo encuentra en la gente, sin más. El nuevo paradigma de comprensión de lo político es sencillo: por un lado, la gente; por otro, los privilegiados. De otra manera: «La democracia actual es la metafísica política del embudo».

La invocación de la «gente corriente» y el rechazo de las «elites políticas» ha sido un fenómeno recurrente en diversos momentos históricos, normalmente de cambio o conmoción. Baste recordar el movimiento del Uomo Qualunque de 1944 en Italia o, entre nosotros, el movimiento de Joaquín Costa en los comienzos del siglo XX. Sin embargo, lo más frecuente ha sido invocar esta escisión para rechazar la política como tal y pretender sustituirla por la administración o la gerencia de los asuntos públicos. El populismo suele aparecer como la «antipolítica», apoyado en reivindicaciones de eficacia experta en la gestión, normalmente de derechas. Por el contrario, Monedero invoca a la gente común para invadir la sociedad con una nueva política, para activar la participación en ella. Porque «la política es el único instrumento para la rebelión contra el Estado y el Mercado». Cuestión más sutil es que, precisamente, la inundación de la esfera pública por un público movido por injusticias muy concretas y puntuales, muy sectoriales, sin un programa político que aglutine su corrección en un proyecto ideológico definido, lleva también a una «contrapolítica» estéril.

En cualquier caso, lo que la experiencia demuestra hasta la saciedad es que, en tiempos de inseguridad y desconfianza, poner la clave de la escisión política en el dualismo «gente/elite-casta-privilegiados» aporta una alta capacidad de atracción para el ciudadano medio, precisamente por su plasticidad y su sencillez. Lo decía Pierre Rosanvallon: «El populismo se comprende en primer lugar en su relación con las tensiones estructurantes de la representación. Pretende resolver la dificultad de representar al pueblo resucitando su unidad y homogeneidad de un modo imaginario, en una toma de distancia radical con aquello a lo que se supone que se le opone: el extranjero, el enemigo, la oligarquía, las elites». Y en eso estamos: «A la confiscación de la política por un puñado de profesionales (a los que se condena también en el plano moral como “corruptos”) se le oponen las virtudes de la apelación al pueblo y de su expresión directa».

El éxito de este panfleto, nueve reimpresiones en menos de un año, confirman el atractivo de la clave en cuestión. Podría creerse que ello se debe al golpe electoral de Podemos en las elecciones europeas de mayo de 2014, que habría despertado el interés público sobre el libro de uno de sus animadores. Pero no es así, su éxito es anterior a tales elecciones y deriva de su propio peso como obra literaria y política que ha interesado a muchos lectores. Es un opúsculo de éxito. Más dudoso, y a aclararlo nos dedicamos a continuación, es si el valor del texto lo justifica.

El autor va directo al grano: en un sistema sociopolítico como el español la emancipación ciudadana no puede hacerse sin la mayoría. No existe ya la clase proletaria de otros tiempos, su identidad desapareció en la sociedad actual: existen las clases medias. Por ello, la única subjetividad que cabe movilizar es la de la mayoría, de la gente no privilegiada, de la gente común o gente decente. El problema es que, siempre según el autor, esta gente es mayoritariamente de derechas –aunque ella no lo sepa– porque es egoísta y está apresada en los marcos mentales de autocomprensión impuestos por la hegemonía social y cultural del neocapitalismo. Y, además, no le gusta emplear sus neuronas para reflexionar a fondo y con detenimiento sobre la política: ¡si dedicara a ello el tiempo e interés que dedica al fútbol, otra cosa sería!, nos dice. «Tener criterio reclama alguna incomodidad». Así que nada mejor que un «curso urgente» o «acelerado» para que esta gente estudie, discuta, salga de su ignorancia culpable y tome conciencia de que el sistema está timándole y de que ella misma está esclavizándose al concebirse como una mercancía en el mercado universal. Porque, sin este curso, a la gente le dolería, pero no sabría por qué le duele, ni menos aún qué hacer.

Ahora bien, ponerle la etiqueta de «curso» resulta excesivo, por mucho que las categorías académicas estén hoy tan degradadas, puesto que el objetivo del libro no es tanto enseñar al lector como arrastrarle a compartir el proyecto del autor. Y, además, porque el texto se entreteje casi de continuo con momentos líricos que pretenden llegar a la sensibilidad del lector por la vía de la emoción compartida. No enseñando, sino deslumbrando. «Fórmulas retóricas, acaso justificadas en el ruido político de los días (el sistema, los de abajo, la casta, la oligarquía) se acaban por consolidar también en el momento de los análisis y el estudio. Las maneras metafóricas y urgentes se presentan como herramientas analíticas», ha escrito Félix Ovejero de proyectos que, por sumar muchos NO, creen que ya han construido un SÍ, algo que se adapta a la perfección al texto examinado. Y hay mucho de esto en el pretendido Curso de Monedero, rozando incluso el surrealismo, como cuando anuncia en la página 124 que el capitalismo neoliberal pronto someterá el agua y el aire a un proceso de burbuja (no explica este concepto) y posterior privatización, de forma que en el futuro sólo los privilegiados podrán respirar a gusto.

Vaya por delante nuestra conclusión: incluso como panfleto, incluso admitiendo que el autor es libre de construir su mensaje entreverando análisis racional, metáforas impresionistas y poesía intimista, aun así, el panfleto naufraga y lo hace sobre todo por sus contradicciones y ambivalencia. Porque, dicho sencillamente, tanto en su análisis teórico como en sus propuestas prácticas, Juan Carlos Monedero «se apunta a todas». Quien recorra su Curso se encontrará con versiones contradictorias de elementos que son estructurales para cualquier análisis político. Por ejemplo, el Estado contemporáneo es considerado a veces como un residuo del pasado condenado hoy a la inoperancia al servicio del capitalismo, y otras un instrumento esencial para la transformación social emancipatoria (o para impedir ésta), según en manos de quién esté. La política consiste, en ocasiones, en que «la gente común recupere la gestión de los asuntos comunes y se la quite al Estado y al Mercado», mientras que en otras la política es conquistar el Estado o, por lo menos, «doblarle el brazo». Los partidos políticos son en ocasiones considerados como la causa directa de la democracia de baja intensidad que padecemos, pero en otras son el instrumento por excelencia y, hoy por hoy, irreemplazable de la democracia representativa. Porque –se nos dice–, a pesar de que la democracia participativa es el genoma de la ciudadanía, tampoco debe abandonarse la democracia representativa. Y así.

Y si acudimos a las propuestas de actuación para los movimientos sociales emancipadores, encontraremos una similar ambigüedad: nuestro autor propone simultáneamente las estrategias de la reforma del sistema, la revolución en busca de otro y la desobediencia anarquizante. Reforma, revolución y rebeldía ácrata, las tres y a la vez. Y sin explicar cómo conjugar estrategias políticas tan diferentes y, en puridad, incompatibles. Utilizando una de las más conocidas caracterizaciones de los partidos políticos contemporáneos, de Otto Kirchheimer, podríamos decir del movimiento de Monedero: usted sí que es «atrapalotodo».

No resulta así sorprendente encontrar en este libro, escrito en 2013, advertencias estratégicas para el futuro del movimiento de los indignados que han resultado ser directamente opuestas a la praxis que está desarrollando Podemos después de su éxito electoral de mayo de 2014. En efecto, Monedero se cuida de avisar que «el mejor resultado electoral en el corto plazo sería en cualquier caso un mal resultado para las pretensiones emancipadoras» del movimiento, por lo que en ningún caso debe plantearse «gobernar mañana» ni convertirse en un partido político. «¿Para qué enfermarse con ellos? No es un partido ni debe serlo ahora mismo. El movimiento es un fin en sí mismo, no un medio para un fin como en el caso de los partidos». Bueno, pues en julio de 2014 y, según la ponencia política de Podemos, sucede que «el mero paso del tiempo nos desgasta y nos asienta como un actor más en un sistema de partidos», por lo que es preciso aprovechar la ventana de oportunidad del año próximo para hacerse con el gobierno, constituyendo para ello una «máquina política discursiva y electoral». Tamaña inconsecuencia se comprende bien cuando se repara que el análisis político está plagado de contradicciones e inconsecuencias, que sólo la literatura impresionista y la poesía imaginativa son capaces de disimular.

En el fondo, y después de considerar atentamente este texto, lo que queda es una sospecha: la de que el panfleto nos cuenta sólo una parte del pensamiento y del proyecto político del autor. La menos interesante para el estudioso. Que hay un «programa oculto» que no se nos revela ni se nos concreta, porque todo el esfuerzo de Monedero se dirige por ahora a movilizar al uomo qualunque en torno a «conflictos de alta densidad», dejando para más adelante concretar cómo y hacia dónde se dirige el movimiento. Más adelante señalaremos algún punto que avala la sospecha.

Pero, ¿cuándo se jodió el mundo?

La prensa de estos días repite que textos como el de Monedero, por mucho que se discrepe de sus conclusiones y propuestas, contienen un buen diagnóstico de los males de nuestros sistemas democráticos y es precisamente por ello por lo que han llegado con facilidad a un público que rechaza, en cambio, los mensajes de los partidos convencionales. No estoy nada convencido de ello. Sí es cierto que la descripción, que no el diagnóstico, de muchos de los defectos del sistema económico y político español de los últimos quince años está recogida en estos textos de una manera impresionista y vívida que la hace muy atractiva para el lector medio. Pero esa potencia atractiva deriva más de la crisis de inseguridad y hartazgo que vive el público (unida a una cultura política del ciudadano español, que es muy parroquial y, por tanto, muy propicia a acoger críticas explosivas e impugnaciones radicales) que de la exactitud del diagnóstico. Porque entre la descripción de algunos de los síntomas y un diagnóstico válido de la enfermedad hay mucho trecho. Y sucede así que, aun tomando como buena la cita de Monedero de los defectos estridentes del sistema político español y europeo, su diagnóstico es de más dudoso valor. Y no digamos su análisis del proceso por el que nuestra sociedad ha llegado a la crisis en que hoy se encuentra.

Ya de entrada: no queda claro en la obra cuándo y cómo se inició ese proceso histórico que nos ha llevado al desastre civilizatorio en que, según Monedero, hoy vivimos. Ni siquiera cuál ha sido exactamente ese proceso, sus causas y sus pasos.

En ocasiones, el autor parece proponer la idea de que debemos acudir a la misma naturaleza humana para entender la historia desviada de la humanidad, puesto que ya en esa naturaleza biológica latían los gérmenes antitéticos del egoísmo con los de la cooperación comunitaria, es decir, un dualismo complicado entre «lo bueno» y «lo malo» (el autor salta de los puros datos de la biología y la psicosociología a los calificativos morales con gran facilidad). De este dualismo habría resultado el hecho cierto de que toda la historia de la humanidad está atravesada por un hilo rojo constante, el de que hay personas que creen que «para todos, todo» y otras que son egoístas y se construyen privilegios. De ahí la lucha sempiterna entre los pocos y los muchos, con sus héroes clásicos, desde Espartaco hasta Chaves (por cierto, no se sabe qué pinta aquí el general Espartero en esta estirpe de héroes de la rebelión contra los privilegiados poderosos). Históricamente, han sido siempre las clases minoritarias y no las masas las que alcanzaron la hegemonía social e impusieron su dominio y su ideología.

En otros puntos del texto, por el contrario, los males son de factura más moderna y proceden de la Ilustración del siglo XVIII europeo, que fue la que levantó las tres grandes «autopistas» que han configurado la realidad social, política, cultural y hasta antropológica de la contemporaneidad: el Estado moderno, el capitalismo y el pensamiento racionalista. Dado que los tres están en crisis por sus propias y particulares insuficiencias y mutaciones, no es rara la situación desastrosa en que vivimos. Con la agravante de que los ciudadanos actuales somos rehenes de las jerarquías intelectuales, marcos mentales, palabras y metáforas construidas deliberadamente por el capitalismo en esos trescientos años, desde la religión a la familia autoritaria, desde la escuela al nacionalismo y el militarismo, o la moral sexual opresiva, todo lo cual dificulta notablemente la toma de conciencia y la rebelión de una ciudadanía a la que le duele, pero no sabe muy bien dónde y por qué le duele.

Particularmente se fija Monedero en uno de los inventos políticos nacidos en la modernidad: el modelo de representación política indirecta adoptado desde las revoluciones burguesas, al que compara desfavorablemente con la representación propia de las cortes medievales. «Antes de la Revolución el político era el mandado y el pueblo el mandatario. Ahora es la revés», y ello, como es obvio, debido al mandato no imperativo y la irrevocabilidad de los representantes. Sería así la representación política la que ha convertido la democracia en «la metafísica política del embudo: en una parte toda la sociedad, en la parte estrecha los elegidos», de forma que lo poquito que les queda a los idiotes es votar cada cuatro años a los propuestos por la casta.

Pero hay más versiones para el lector, según el lugar por donde abran el libro. Porque la tercera y más trabajada de las versiones de cómo se averió irremediablemente el mundo sitúa el origen de los males hace alrededor de cuarenta años. Hasta entonces, hasta que terminó lo que Eric Hobsbawm llamaba «la edad dorada» que fue la posguerra europea, el capitalismo y la democracia fueron capaces de construir unos muy apreciables Estados sociales y democráticos de Derecho, que merecen la aprobación de nuestro autor. Se generaron entonces unos consensos valiosos que hay que conservar, como los derechos humanos, la inclusión política, los derechos de la mujer, etc. Cierto es que ello se consiguió, dice Monedero, valiéndose de una de las figuras discursivas más queridas en su discurso, porque el capitalismo «tenía miedo» de la clase obrera, un miedo que «le torcía la mano», pero lo cierto es que en esta versión el pasado próximo no fue un desastre en absoluto.

El cambio de rumbo hacia el desastre lo provocó la nueva versión del capitalismo inventada por el neoliberalismo, un sistema globalizado y ultracompetitivo que expropió al Estado todo poder de intervención social y convirtió a la sociedad en un mercado, al dinero en mediador universal y a las personas en mercancía. Antes era otra cosa: «Hemos llegado hasta aquí como especie cooperando, pero llevamos cuarenta años –los que coinciden con el modelo neoliberal– negando esta cooperación […] hemos arrojado por la borda siglos de cultura». ¿Y por qué sucedió? Fundamentalmente, y aunque el autor no crea en las teorías conspirativas para la explicación de la historia, porque lo decidió en 1973 la Trilateral de Friedrich Hayek y Henry Kissinger, que se convirtió así en el gobierno en la sombra del «Estado transnacional» y sustituyó a los inoperantes Estados nacionales. Haberlas, haylas, recuerda Monedero de las meigas. Lo que no se comprende muy bien es la adopción de este idealismo (¡el cambio más dramático de la humanidad provocado por la mutación del ideario de un grupo de intelectuales y políticos!) cuando Monedero es normalmente partidario del sano materialismo causal histórico de Karl Marx y Friedrich Engels. Claro, que ayudó mucho al cambio civilizatorio la caída de la Unión Soviética en 1989, que hizo que el dinero perdiera el miedo y ordenara el exilio forzoso de la política.

De ahí que la emancipación social y política de la gente pase por el tan invocado «cambio de dirección del miedo», y que las acciones de fuerza de los indignados (escraches, oposición callejera a los desahucios, ocupaciones de espacio, etc.) se inserten en un proceso histórico que se justifica diciendo que «ahora les toca a ellos pasar miedo».

En cualquier caso, la situación de las sociedades occidentales en la actualidad, transmutadas en mercados competitivos en los que las personas convertidas en «precariado» son mercancías y donde el Estado es sólo un residuo al servicio del capitalismo, que presta una apariencia de democracia para el camuflaje del sistema, es definida como «fascismo social». Sería un nuevo tipo de fascismo, caracterizado precisamente por la expansión de la democracia y del pluralismo, pero fascismo también. Se supone que el capitalismo creó un tipo de fascismo totalitario, monolítico y de partido único porque le convenía en los años treinta. Ahora le conviene más uno pluralista y democrático, y lo crea. Que este uso tan libre de los conceptos tenga algún valor explicativo es cuestión bien distinta. De lo que no cabe duda es de que nuestro autor puede así enlazar con la «lucha antifascista» de sus abuelos europeos. Como él dice, «la ciencia política es objetiva, pero no neutral».

(Nota de pasada: curioso que si algún fenómeno político presenta rasgos similares a los del fascismo histórico en la España contemporánea es precisamente el que inspira Monedero: el gusto de los movimientos indignados por los ejes de comprensión de la política como «nuevo/viejo», «joven/caduco», «democracia formal/acción directa», «gente común/privilegiados», «pueblo/plutocracia», «legalismo/acción de fuerza», etcétera, recuerda poderosamente a la retórica política de los totalitarismos de los años treinta del pasado siglo (hasta el hecho de prescindir de chaqueta y corbata y preferir la estética de la camisa así lo invoca). Pero no sería justo calificar de fascista el movimiento porque, sencillamente, no lo es más allá de esas coincidencias retóricas. Más vale utilizar los conceptos con aseo.)

Sólo una enigmática o, por lo menos, poco clara referencia de Monedero al papel de los que llama «atractores sociales» suscita alguna inquietud sobre la compatibilidad de su proyecto de emancipación con regímenes autoritarios: en la página 228 se nos advierte de que «el movimiento sabrá –seguro que con dolor– que hay contradicciones que sólo se resolverán cuando existan atractores sociales (liderazgos amables) que gocen de mucho reconocimiento, únicos en el corto plazo de ser capaces de lograr que cada cual baje su bandera para que se vea la bandera compartida». ¡Qué ocasión de explicarse pierde aquí Monedero!

Algo parecido nos pasa con la repetida referencia a «la fuerza» como elemento inevitable para el desarrollo del proyecto revolucionario: «un programa de máximos que no duda en ejercer un contrapoder de fuerza frente al marco institucional actual» es uno de los «impulsos emancipatorios» del movimiento ciudadano (página 220), por mucho que éste deba rehuir la violencia. Quizá sea una de las contradicciones del autor, pero la referencia a la fuerza como distinta de la violencia exigiría mayor explicación que su cabalística mención.

¿Y cuál es la inspiración?

Aunque se nos diga que el movimiento es un fin en sí mismo y que irá definiendo diariamente sus metas, lo cierto es que la meta final de la propuesta del Curso es el socialismo. Monedero no desconoce en absoluto el eje ideológico «izquierda/derecha», sino que lo describe de manera muy impresionista en sus respectivas posiciones y toma claramente partido por la izquierda. Lo que sucede es que su socialismo no es de este mundo. Quiero decir que no es de los que han habitado hasta ahora la esfera política, como lo pone de manifiesto su misma definición: «Socialismo es amor».

Veamos. Se nos dice que existió el socialismo de tradición marxista, revolucionario pero lastrado por una pesada carga ideológica y burocrática, y trufado de partido único leninista, que fracasó a pesar de la nobleza de su inspiración. Existió la socialdemocracia, que gestionó con éxito el Estado social democrático de la posguerra, pero que se dejó comer el coco por la mochila de ideas del neoliberalismo y que hoy anda como un zombi soñando con una imposible vuelta atrás. Existió el socialismo libertario de Mijaíl Bakunin o Rosa Luxemburgo (¡!), siempre derrotado por los demás, aunque era el único bien inspirado. Y ahora llega un nuevo socialismo, adecuado a la base social universal que le encuentra Monedero: si esta base es la ciudadanía, la gente común, las clases medias, la mayoría, hay que encontrarle también una nueva fundamentación universal o, por lo menos, con el grado de borrosidad necesario para servir para todos.

Esta fundamentación (¡sorpresa!) es, ni más ni menos, que el imperativo categórico kantiano: actúa de tal forma que tu regla de actuación pueda convertirse en norma universal, o bien, trata a los demás como fines en sí mismos y no como medios. Monedero no recurre al filósofo de Königsberg expresamente, pero ésa es la formulación de la fundamentación –según él, suficiente– para defender y construir el socialismo. Y como considera que la regla en cuestión es fruto del amor, o es el amor expresado de otra forma (a Kant le hubiera dado un soponcio), concluye con facilidad: «Socialismo es amor», y así lo demuestra Jesús en el Sermón de la Montaña.

Despachado el asunto de la fundamentación, la regla de aplicación. Dice así: «Para todos, todo». La fórmula no se desarrolla pormenorizada y analíticamente, de manera que nos quedamos sin saber los criterios con que «el todo» se reparte entre «todos», lo cual es una lástima, porque ahí suele estar el problema y el meollo de las reglas de la justicia. Monedero dedica páginas a criticar la regla de justicia de Rawls que, en su interpretación, queda convertido en un adalid del Fondo Monetario Internacional, pero no nos detalla la suya.

Sí precisa, probablemente porque no hay que asustar a las gentes comunes y decentes, que no hay que ser socialistas ingenuos ni dogmáticos, por lo que el socialismo del siglo XXI no puede construirse desde el Estado, ni mediante el partido único, ni aboliendo la propiedad privada, ni prometiendo la orgía perpetua o la sociedad que Marx entrevió para el final de la historia. No prevé una sociedad de la abundancia, sino una de la austeridad (que no austericidio, claro). Es difícil no estar de acuerdo con tan simpáticas generalidades.

Y al final (que es el principio), el método

La política es el único instrumento para salir de la tiranía de los mercados y recuperar la gestión de los asuntos comunes. Política entendida como gestión de los conflictos, y no como creación de falsos consensos. Monedero reivindica una concepción de la política realista y conflictual, alejada del cultivo de los mitos apaciguadores del consenso. No se hace ilusiones sobre la posibilidad de unos ciudadanos virtuosos que participen en política para realizarse como personas: por eso el republicanismo cívico le resulta muy dudoso y difícil. Para él, la cuestión es más simple: la participación ciudadana nace del dolor por las injusticias sufridas una vez elevado a la conciencia el conocimiento de que ellas se deben al abuso de los privilegiados sobre la gente decente. Es una medida para cambiar el miedo de bando y reconstruir el mundo, una vez que esa gente haya roto los marcos mentales en que el capitalismo lo ha sujetado hasta ahora.

Aunque con ciertas salvaguardias retóricas, Monedero apuesta decididamente (ese es su mensaje a la gente) por la participación directa de la ciudadanía a través de los movimientos sociales, los círculos de discusión y una sucesiva estructuración de su funcionamiento. No aporta, ni siquiera lo intenta, sugerencia ninguna sobre la forma de institucionalizar prácticamente esa participación directa: eso lo deja a la marcha progresiva del movimiento, para lo que recomienda mucho tiempo y paciencia (aunque, como antes señalamos, parece que la realidad electoral ha cambiado su pensamiento en pocos meses).

Que la democracia directa es la solución resulta algo prácticamente evidente y no necesitado de justificación teórica o empírica en el esquema presentado por Monedero. Es una consecuencia del axioma previo: si la democracia liberal indirecta o representativa es la que ha arruinado la política, al ocasionar que una casta de privilegiados se hiciera con las riendas del poder mediante el voto periódico y apartase de ella a la gente común y decente, la única democracia que cabe ya para emancipar a la mayoría dominada es la participativa o directa. Al fin y al cabo, dice, esta es la única forma de democracia «que no ha demostrado todavía su ineficacia» en la historia. No parece que el precedente ateniense le afecte, a pesar de que, como decía George Sabine, marcó a Occidente durante siglos con la convicción de que la asamblea era un sistema de toma de decisiones colectivas reñido con la racionalidad, hasta el punto de que las repúblicas modernas se establecieron bajo el principio terminante de que «no eran democracias» (léase a James Madison en El Federalista).

Lo que sucede es que el «axioma» en cuestión es más que dudoso: es falso. Y así lo ha escrito Daniel Innerarity: “Aunque suene paradójico, no hay otro sistema que la democracia indirecta y representativa a la hora de proteger a la democracia frente a la ciudadanía, contra su inmadurez, incertidumbre e impaciencia. El contrapoder del “soberano negativo” no está en condiciones de sustituir al poder constructivo». Y también Hauke Brunkhorst: «A todos los niveles de ejercicio real del poder, el pueblo no puede prescindir de procedimientos representativos de decisión. Sin ellos, el poder del pueblo quedaría reducido a “opinión pública” y “sociedad civil”».

Pero de nuevo la sospecha. Porque es sintomático de la poca seriedad con que se propone la democracia directa de tipo asambleario el reciente posicionamiento de Podemos sobre las elecciones municipales y locales, a las que ha renunciado a concurrir porque, según afirman sus portavoces, sus círculos no podrían nominar los miles de candidatos necesarios con garantías de eficacia y honradez personal ni controlar su actuación. Con independencia de que esa retirada sea o no prudente, las razones de esta decisión son en sí mismas una impugnación de raíz de los principios de la democracia que Podemos y Monedero defienden, puesto que se acepta paladinamente que unos círculos de ciento treinta mil simpatizantes, en los que participan activamente a nivel local unos treinta mil, no son capaces de seleccionar directamente, sin necesidad de aparatos partidistas de control, a unos candidatos locales para un Ayuntamiento. Se niegan en la práctica las posibilidades de la democracia que sí se defienden en teoría. ¿O es miedo a lo que podría salir de ella cuando el aparato de control no está todavía activado? Nada se ha aclarado al respecto en su reciente asamblea ciudadana celebrada en Madrid.

Pero a Monedero no le preocupa demasiado discutir los problemas del ejercicio del poder en una democracia participativa y directa: para él, las herramientas de la transformación social están ya descontadas en la democracia representativa; luego hay que inventar nuevas herramientas más directas en las que la mayoría sea protagonista directa. Aunque, de nuevo, sugiere muy poco más allá de los fenómenos puntuales que ya conocemos: escraches, lucha antidesahucio, cooperativas, intercambio, etc. Para él, basta con ese poco para empezar porque es el movimiento el que va definiendo su contenido, mediante el expediente de «buscar conflictos de alta densidad que permitan escalar las demandas en busca de un proceso constituyente».

Resuena en esta última referencia al «proceso constituyente» de la página 187 (la única del texto, curiosamente) la fascinación ya antigua del pensamiento radical por la distinción canónica entre el «poder constituyente» y el «poder constituido», y por la correlativa posibilidad de reactivar el primero de ellos en todo momento, como un instrumento de liberación total de las reglas instituidas por el «poder constituido» y de reencuentro con un pueblo que no tiene más ley que su propia voluntad. Ha sido una idea muy teorizada en Bolivia o Venezuela y plasmada en las ideas de «iniciativa constituyente» o «proceso constituyente», aunque Monedero no la explicita.

De una manera más ambigua, Monedero prefiere insistir en que el movimiento ciudadano debe avanzar combinando tres métodos de acción: la reforma del sistema, utilizando los cauces representativos de ese mismo sistema; la revolución, destruyéndolo e instaurando un sistema distinto (socialista); y la desobediencia puntual y anarquizante mediante acciones directas. Cómo se combinan esas políticas inmiscibles no se nos explica, salvo la habitual retórica de la dialéctica progresiva. De todas formas, la resistencia no violenta al sistema parece ser finalmente la vía privilegiada que dará sentido a la reforma y a la revolución: «Sólo recuperando la desobediencia y la ingobernabilidad puede reconstruirse un pacto social que asuma una democracia de alta densidad y sus retos».

¿Qué conclusión saca este crítico? Pues, fundamentalmente, la de que este panfleto no nos enseña sino una parte de la propuesta política del autor. Nos muestra la parte crítica y movilizadora, la que se supone que llevaría a la gente decente a iniciar un «proceso emancipador» a través de los movimientos ciudadanos, acabando con la casta de los privilegiados o «torciéndoles la mano». Y esta parte es bastante simplona y superficial. Pero nos oculta cómo se estructuraría ese movimiento, cómo se evitaría que surgiera en el nuevo régimen una división entre «arriba y abajo», si hay algo pensado sobre la consolidación de esa inevitable parte de «arriba», y cómo hacerlo. Y dada la larga carrera política del autor, es increíble que no tenga elaboración sobre esos puntos. Con lo que la sensación final es la de que se nos dice muy poco de lo que nos gustaría saber sobree las teorías del autor y, en cambio, lo que se nos revela es mucho más literatura de autoayuda política que reflexión seria.

José María Ruiz Soroa es abogado. Sus últimos libros son Seis tesis sobre el derecho a decidir. Panfleto político (Vitoria, Ciudadanía y Libertad, 2007), Tres ensayos liberales. Foralidad, lengua y autodeterminación (San Sebastián, Hiria Liburuak, 2008) y El esencialismo democrático (Madrid, Trotta, 2010).

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