Campos de sangre. La religión y la historia de la violencia
Karen Armstrong
Barcelona, Paidós, 2015
576 pp. 28 €

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La autora de Campos de sangre, Karen Armstrong, es una conocida especialista en cuestiones religiosas y antigua monja. Ha recibido numerosos honores por su contribución a la comprensión del hecho religioso y al diálogo interreligioso, aunque también es conocida por sus polémicas con figuras públicas ateas que le reprochan su actitud poco crítica y demasiado «políticamente correcta» hacia la religión en general y el islam en particularPara un intercambio de opiniones entre Karen Armstrong y el filósofo y científico Sam Harris, véase la carta publicada por este último en reacción a un artículo de Armstrong y la respuesta esta en «The God fraud».. La autora de esta reseña, que se confiesa atea, concuerda con algunas de esas críticas. Sin embargo, es innegable que Armstrong es una investigadora concienzuda y una excelente prosista, y sus obras son interesantes y de fácil lectura.

Campos de sangre es una crónica de la historia de la religión desde su aparición hasta la actualidad. Se estructura en varias partes, concentrándose inicialmente en distintas regiones del mundo (Mesopotamia, India, China); a continuación, en los grandes monoteísmos (judaísmo, cristianismo e islam); y, finalmente, en la dinámica de la modernidad, que comenzó con una progresiva secularización de las sociedades occidentales que fue extendiéndose a otras regiones del mundo, pero en los últimos tiempos ha sido contrarrestada por un fuerte retorno del hecho religioso.

Se especula que los primeros rituales religiosos aparecieron para cultivar un sentido de comunidad no solo con el grupo, sino también con la naturaleza. Cuando se produjo la revolución agraria, que comenzó hacia el año 8500 a. C., la religión adquirió una función política: la de legitimar la violencia estructural de un sistema en el que la inmensa mayoría de la población vivía en condiciones de supervivencia a fin de producir un excedente del que disfrutaban las elites gobernantes y con el que se financiaban los ejércitos que mantenían el orden vigente. De hecho, toda actividad humana tenía una dimensión religiosa; los templos eran a la vez centros económicos donde se almacenaba el grano.

Pero surgieron asimismo tendencias religiosas opuestas a la naturaleza opresiva de la sociedad agraria, como muestra Armstrong. En Persia, hacia el año 1200 a. C. un sacerdote llamado Zoroastro tuvo una visión de Ahura Mazda, uno de los principales dioses del panteón persa, que lo llevó a una concepción dualista de la existencia según la cual el mundo está dividido en bien y mal, y los creyentes deben cultivar la bondad. En la India del siglo VIII a. C., donde el brahmanismo justificaba una brutal división social en castas, aparecieron «renunciantes» que practicaban el ascetismo y el yoga. En el siglo V a. C. uno de esos renunciantes, al que se conocería como Buda («el Despierto»), alcanzó la iluminación y predicó la implicación en la sociedad para ayudar a otros a liberarse de su dolor.

En China, donde los aristócratas consideraban a los campesinos una especie apenas humana, su comportamiento horrorizó a un humilde funcionario que vivió en el siglo VI a. C. y al que sus seguidores llamaban Kingfuzi (Confucio). Este era profundamente tradicionalista, pero predicaba el lema: «No impongas a los demás lo que no deseas para ti mismo». Surgió, además, otra corriente de pensamiento que rechazaba los rituales y las clases sociales: el taoísmo. A mediados del siglo III a. C., un autor conocido por el seudónimo Lao-Tse («Viejo Maestro») escribió su tratado fundamental, un manual de estadista en el que afirmaba que el rey taoísta debía practicar la meditación para liberar la mente y evitar la exaltación y la agresividad.

El monoteísmo, tal y como lo conocemos, surgió en Oriente Próximo entre el pueblo judío y aparecería hacia el siglo XII a. C. entre otras tribus de Canaán, aunque cabe señalar que sus sacerdotes no lograron imponerlo hasta el siglo VII a. C. De la misma época datan las narraciones bíblicas sobre la limpieza étnica de la Tierra Prometida que, como Armstrong señala, se citan «para demostrar la inextirpable agresividad e intolerancia del monoteísmo» (p. 133). No obstante, nuestra autora asevera que los profetas de Israel también fueron guardianes de ideales igualitarios, como Amós, que en el siglo VIII advirtió que Yahveh usaría a los asirios para castigar los excesos de la aristocracia. Y relata que cuando los judíos regresaron de Babilonia en el siglo VI a. C., el reino de Judá estuvo gobernado por una aristocracia sacerdotal que urgía a los israelitas a aprender de sus exilios y mostrar simpatía hacia los extranjeros que vivían en su tierra.

El cristianismo apareció en un momento en el que los judíos estaban divididos y bajo dominación romana. Los impuestos eran opresivos y muchos campesinos perdían sus tierras, y los seguidores de Jesús estaban hambrientos y desesperados. Los Evangelios presentan sus enseñanzas como «una alternativa a la violencia estructural del gobierno imperial» (p. 151). Pero cuando Pablo llevó el cristianismo a las ciudades gentiles, predicó que las comunidades cristianas debían obedecer a las autoridades temporales mientras esperaban el regreso de Jesús. A pesar de ello, su negativa a participar en el culto cívico a los dioses romanos provocaba desconfianza y las convirtió en ocasiones en chivos expiatorios, en particular durante la crisis del Imperio en el siglo III d. C.

La nueva religión continuó expandiéndose, especialmente entre las clases más humildes, debido a su ética igualitaria. Pero algunos cristianos no sólo no rechazaban el Imperio como contrario a sus valores, sino que lo consideraban un factor que había posibilitado la expansión del cristianismo. Es más, veían en éste la culminación de la cultura clásica de la Antigüedad, con las Escrituras como expresión del logos de la filosofía griega. Así, cuando fue impuesto como religión oficial del Imperio en el siglo IV, se convirtió en su principal fuente de legitimidad. Un vez más, Armstrong reitera que a menudo aparece resistencia dentro de la propia religión a la violencia sistémica que justifica; la espiritualidad monástica se habría extendido como reacción al cristianismo contaminado por su asociación con el Imperio.

El tercer gran monoteísmo, el islam, surgió en la Península Arábiga, una región relativamente remota pero cruzada por rutas comerciales, por las que circulaban las ideas de pueblos más avanzados: concretamente en La Meca, una ciudad de comerciantes en la que la acumulación de riquezas había socavado los valores árabes tradicionales de caballerosidad y generosidad. En 612, uno de sus ciudadanos, Muhammad, comenzó a predicar un mensaje que enfatizaba la solidaridad y proponía un nuevo modelo de comunidad basado no en la tribu, sino en la sumisión (islam) a Dios. El profeta logró unificar a las tribus árabes con una combinación de poder de persuasión y pericia militar. Impulsados por su nueva fe y ayudados por la decadencia de los viejos imperios, los musulmanes conquistaron un territorio que se extendía del Océano Atlántico al río Indo.

Los árabes no tenían experiencia en la construcción de Estados y mantuvieron los sistemas de gobierno persa y bizantino. Tampoco intentaron imponer el islam; judíos, cristianos y zoroástricos gestionaban sus propios asuntos y pagaban un impuesto, la jizya, a cambio de protección militar. Sin embargo, la conversión tenía ventajas económicas y sociales, y hacia el siglo X cerca de la mitad de la población del Imperio era musulmana. En esa época, los ulemas desarrollaron el sistema de leyes que se conoce como sharía, que pretendía someter todas las dimensiones de la vida a los ideales de la religión, pero siempre estuvo subordinada a la autoridad del califa. Por otra parte, el ascetismo musulmán (sufismo) evolucionó como reacción al lujo de la aristocracia.

Con todos los actores en el escenario, Armstrong pasa a discutir las guerras religiosas de la Edad Media: las cruzadas y la yihad. Predeciblemente, esos conflictos tuvieron motivos políticos y económicos. En 1095, Urbano II convocó la Primera Cruzada para preservar la influencia de la Iglesia, que se había visto socavada por el aumento del poder de los reyes. La Tercera Cruzada (1189-1192) fue liderada por el emperador Federico Barbarroja y los reyes Felipe II de Francia y Ricardo I de Inglaterra, que reafirmaban así el monopolio de la violencia de los gobernantes terrenales. La Cuarta Cruzada fue instigada por los mercaderes de Venecia y culminó en el saqueo de la cristiana Constantinopla en 1204. Por otro lado, muchos de los que se unieron a las cruzadas lo hicieron tanto por devoción como para adquirir riqueza y prestigio. Y por el camino atacaron a las comunidades judías de Europa por motivos que tampoco eran exclusivamente religiosos; en un contexto de transición del feudalismo a la economía de mercado, las tensiones sociales se habían exacerbado.

Los Estados que los cruzados fundaron en Oriente Medio se adaptaron al modelo imperante en la zona en aquella época: el de pequeños reinos tributarios independientes. De hecho, los príncipes cristianos a menudo se aliaron con los emires musulmanes contra otros gobernantes, musulmanes o cristianos. Armstrong explica que los emires habían perdido los ideales de la yihad, pero que esta fue gradualmente resucitada «no por la naturaleza inherentemente violenta del islam, sino por el sostenido ataque de Occidente» (p. 239). Su máximo exponente fue Saladino, que combinaba devoción religiosa y pericia militar, y que sigue siendo recordado por su derrota de los cruzados en la batalla de los Cuernos de Hattin en 1187.

A partir del siglo XVI surgió en Europa un nuevo tipo de civilización basada en el desarrollo tecnológico y la reinversión constante del capital. Ante la conformidad que había imperado en las sociedades anteriores, que valoraban la estabilidad, cobraron importancia la iniciativa y la creatividad individuales. Al mismo tiempo los cambios socioeconómicos produjeron un descontento popular que se focalizó en los usureros judíos y los sacerdotes católicos corruptos. En 1517, un fraile agustino, Martín Lutero, hizo públicas sus célebres noventa y cinco tesis, que se difundieron rápidamente gracias a la imprenta. Los protestantes estaban a favor de un Estado fuerte y centralizado que regulase y facilitase el comercio, pero sin jurisdicción sobre la conciencia individual. Afirmaban que la Iglesia romana se había corrompido por su interferencia en la política y defendían la separación de Iglesia y Estado. Ese fue el comienzo de un largo y arduo proceso de secularización.

Entretanto, las disputas entre católicos y protestantes desencadenaron conflictos armados. Armstrong explica que el horror de la Guerra de los Treinta Años (1616-1648) está en el origen del denominado «mito de la creación del Occidente moderno» (p. 271), según el cual la religión causaba violencia y esta sólo se vio contenida con la creación del Estado liberal que separó la religión de la política. Rechazando esa teoría, la autora señala que el motivo de esas guerras fue principalmente político (en el caso de la mencionada, resistencia al imperialismo de los Habsburgo), y que en ocasiones tanto católicos como protestantes luchaban en el mismo bando contra sus correligionarios. Reconoce, sin embargo, que los participantes las percibían y justificaban como una disputa religiosa.

Los últimos capítulos de la obra son probablemente los menos interesantes, porque Armstrong utiliza argumentos poco rigurosos para apoyar su tesis de que la religión no es un motivo de violencia, sino que contribuye a contenerla. Pese a todo, reconoce que la religión proporcionó instrumentos ideológicos a la colonización de Estados Unidos. Así, la cédula real de la Compañía de Virginia identificaba la conversión de los pueblos nativos como su primer objetivo, por encima del éxito comercial. Al mismo tiempo, insiste en que cuando los colonos exterminaron a los indígenas, se inspiraron en «la agresiva doctrina de los derechos humanos de los humanistas», porque su oposición al asentamiento inglés era contrario a la ley de la naturaleza tal y como la definían. Pese a ello, reconoce que los colonos «justificaban su violencia mediante una lectura selectiva de la Biblia» (p. 288).

La segunda estrategia de Armstrong es denunciar los crímenes del Estado-nación moderno. Dedica páginas al agresivo ataque de la Revolución Francesa contra la religión, ataque que, según dice, luego reproducirían secularistas en otros países de Europa y del mundo (pp. 299 y ss.). En el caso del colonialismo europeo, apunta que constituyó una forma de violencia sistémica global impulsada no por la religión, sino por «los valores plenamente laicos del mercado» (p. 309). Y alega que alejarse de las tradiciones religiosas que cultivaban el respeto a la santidad de la vida humana derivó hacia la aceptación del asesinato masivo (pp. 315-316), incluso el Holocausto (p. 368). Lo cual conduce a plantearnos la cuestión: si la religión no debe ser culpada por la violencia cometida en su nombre, ¿por qué los crímenes de actores laicos sí pueden atribuirse a su secularismo?

Además, la actitud de Armstrong hacia los movimientos religiosos es sumamente benévola. Es el caso la Hermandad Musulmana, fundada en Egipto en 1928 (pp. 345 y ss.). La autora presenta a su fundador, ?assan al-Bann?, como un reformador antisistema para quien el islam era una fuerza modernizadora, y señala que la Hermandad proporcionaba servicios sociales a los más necesitados y se convirtió por ello en una amenaza para el régimen. No menciona que al-Bann? nunca cuestionó el orden social y, de hecho, recibió el apoyo de fuerzas conservadoras, incluido el palacio. Armstrong admite que la Hermandad tenía una rama terrorista, pero alega –contra toda evidencia– que al-Bann? denunció su existenciaEn este punto, Armstrong cita el ya clásico The Society of the Muslim Brothers, de Richard Paul Mitchell, para apoyar afirmaciones con las que es poco probable que Mitchell hubiera estado de acuerdo.. Y no sólo minimiza la violencia de la organización hacia aquellos que se oponían a su agenda, sino que, curiosamente, no relaciona la politización del islam por parte de al-Bann? con la ideología eminentemente laica que le sirvió de inspiración: el fascismoSobre esta cuestión, véase «?asan al-Bann? or the Politicisation of Islam», Totalitarian Movements & Political Religions, vol. 9, núm. 1 (marzo de 2008), pp. 21-42, de la autora de esta reseña, así como su ensayo Los Hermanos Musulmanes y la «Primavera Árabe», también publicado en Revista de Libros..

En otro ejemplo más reciente que llama fuertemente la atención, Armstrong busca desvincular el gobierno de George W. Bush de la religión. Elige ignorar su muy polémico uso de la palabra «cruzada» inmediatamente después de los ataques y se concentra en la declaración en que el presidente anunció la operación militar contra los talibanes, manteniendo que esta fue «minuciosamente laica», porque enunciaba que el islam no es el enemigo (p. 415). Y sostiene que el neoconservadurismo que profesaba ha sido descrito como «un sistema basado en la fe» debido a que exige absoluta fidelidad a su doctrina pero en realidad se basa en un nacionalismo exacerbado, aunque sí admite que este mensaje supuestamente no religioso «resonaba poderosamente» entre los cristianos evangélicos (p. 416). Tales aserciones contrastan con las numerosas ocasiones en que Bush realizó afirmaciones que indicaban que veía el mundo a través del prisma del Antiguo TestamentoPor ejemplo, Bush intentó convencer al presidente francés Jacques Chirac de que apoyase su invasión de Irak en 2003 con el argumento de que "las profecías bíblicas están a punto de cumplirse". Véase "Chirac, Bush et l'Apocalypse", L'Express, 26-02-2009.. De modo incongruente, la autora reconoce más abajo que el uso de citas bíblicas por parte de Bush revela la «vena mesiánica» de su Administración (p. 418).

No cabe duda de que Armstrong tiene razón al rechazar como simplistas los argumentos que afirman que la religión provoca conflictos. A menudo es el contexto el que determina cómo se interpretan las creencias, que pueden ser manipuladas. Pero, a pesar de sus esfuerzos, su obra muestra que la religión ha sido sumamente útil a ciertos intereses políticos y económicos y ha servido para justificar atrocidades que hubieran sido difícilmente justificables por otros medios. Sin embargo, no es necesario compartir el enfoque ideológico de la autora para disfrutar con Campos de sangre, que proporcionará a los amantes de la historia muchas horas de lectura apasionante.

Ana Soage ha vivido en varios países europeos y árabes, y tiene un doctorado europeo en Estudios Semíticos. Enseña Ciencias Políticas en la Universidad de Suffolk, coedita varias publicaciones académicas y colabora como analista senior en la consultoría estratégica internacional Wikistrat.

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