Reexaminando las fronteras en un mundo globalizado 

Anatomía de la frontera. Una perspectiva filosófico-política

Juan Carlos Velasco

Madrid, Tecnos, 2025

178 págs.

En pleno auge de la hipermovilidad global y los repliegues soberanistas —donde las mercancías, datos y capitales circulan con una fluidez vertiginosa, mientras miles de personas son detenidas, rechazadas y deportadas—, las fronteras se han erigido en piedra angular del debate teórico-político. El filósofo político del CSIC Juan Carlos Velasco, quien lleva años tomándose en serio este hecho, presenta ahora en Anatomía de la frontera una documentada reflexión acerca del papel contemporáneo de las fronteras en un mundo globalizado —y no por ello menos injusto—. Lejos de concebirse como hechos naturales y jurídicamente neutros, Velasco las desvela como artefactos históricos contingentes, moldeados por relaciones de poder y codificados ideológicamente. Frente a la narrativa dominante que naturaliza la soberanía estatal como un derecho incondicional al control del territorio y cierre de fronteras, en esta obra se argumenta que dicha potestad debe ser sometida a un escrutinio ético-político-jurídico que tome en consideración no solo los intereses de los Estados, sino también los derechos y aspiraciones legítimas de quienes son excluidos por haber nacido al otro lado de una línea arbitraria.

Si bien esta obra se inscribe en el campo de los critical border studies, destaca por una marcada vocación filosófica y normativa en nada reñida con la investigación social. Más allá de analizar el dispositivo fronterizo como tecnología de control, exclusión y filtrado, Velasco reconstruye su genealogía, cuestiona su legitimidad y propone un nuevo régimen fronterizo basado en la justicia global. El resultado es una anatomía en sentido pleno: una disección del cuerpo fronterizo que abre espacio para imaginar alternativas a su gestión securitaria tan habitual en nuestros días —y, por ello, esencialmente excluyente—. La estructura del libro —articulada en torno a cinco capítulos— responde a un recorrido argumentativo de carácter progresivo: desde la definición del dispositivo fronterizo, pasando por la exploración de sus funciones materiales e ideológicas, hasta la crítica a su legitimidad excluyente y la apuesta final por un horizonte cosmopolita de justicia global.

El volumen se abre con un prefacio titulado «El retorno de las fronteras», que no solo introduce la tesis central del libro —la necesidad de repensar críticamente la función y legitimidad de las fronteras en tiempos de globalización excluyente—, sino que también delimita con precisión el enfoque adoptado: una filosofía política que parte de la contingencia histórica de los límites territoriales y que aspira a superar su gestión actual, anclada en la securitización y en un marco estatal asumido como enfoque metodológico.

Tras esta declaración de intenciones, el primer capítulo, «Fronteras: concepto e historia», ofrece una reconstrucción genealógica y semántica del concepto de frontera. En él, Velasco recorre el léxico que ha configurado este campo semántico, desde su dimensión territorial hasta sus connotaciones simbólicas e ideológicas. A través del análisis histórico, el autor echa por tierra cualquier pretensión de naturalidad de las fronteras y subraya su carácter construido y, por tanto, revisable. Es un capítulo clave para desmontar las bases del sentido común estatalista, al mostrar cómo las fronteras, lejos de ser hechos prepolíticos, son instituciones marcadas por la historia, la violencia y las disputas.

El segundo capítulo, «Tipología y funcionalidad de las fronteras», expone las múltiples formas que las fronteras han adoptado a lo largo del tiempo y en distintos contextos espaciales. En él se reconstruyen dos taxonomías complementarias —las propuestas por Steffen Mau y Giuseppe Campesi—, se introduce el concepto de teicopolítica (o política de los muros) y se analiza el papel de las fronteras como dispositivos jurídicos o geográficos, pero también simbólicos, performativos y estratégicos. La frontera aparece así como un instrumento de ordenamiento global, que sirve tanto para clasificar cuerpos como para gestionar flujos. Se distinguen funciones latentes y se examinan procesos como la externalización, digitalización y expansión interna de los controles fronterizos. Bebiendo directamente de Mau (Sorting Machine, 2023), este capítulo muestra con especial lucidez cómo la frontera opera como una «máquina clasificadora», funcional a la reproducción de la desigualdad.

El tercer capítulo, «Fronteras, identidad colectiva y seguridad», analiza el vínculo entre frontera, nación y miedo. En él se problematiza cómo el discurso securitario transforma las fronteras en herramientas de consolidación identitaria, emocional y cultural. Velasco explora las lógicas del repliegue soberanista, el nacionalismo excluyente y la manipulación del temor colectivo, mostrando cómo las fronteras son resignificadas como escudos frente a amenazas externas, sean estas reales o imaginadas. Se trata de un capítulo de transición, que conecta la funcionalidad fáctica de las fronteras con las justificaciones ideológicas que buscan legitimar su estricto control por parte de los aparatos estatales.

En el cuarto capítulo, «La legitimidad de las fronteras y la propuesta de abrirlas», se encuentra el núcleo filosófico del libro. Velasco cuestiona el aparente derecho soberano incondicional de los Estados a cerrar fronteras, reconstruye críticamente los principales argumentos en defensa del cierre (Walzer, Miller, Blake), y formula una defensa argumentada —histórica, jurídica, moral y pragmática— de la apertura fronteriza. Apoyándose en autores como Carens, Abizadeh o Cassee, el autor defiende un régimen fronterizo abierto, no como utopía ingenua, sino como hipótesis realista orientada por principios democráticos y libertad de movimiento. Este capítulo recoge también toda una serie de fértiles metáforas (membrana, umbral, esclusa) con las que resignificar la frontera, además de como obstáculo, como interfaz de conexión.

El quinto y último capítulo, «Una visión cosmopolita de las fronteras», desarrolla la propuesta normativa desde la óptica de la justicia global. Aquí se articula un argumento potente: las fronteras estatales no solo reflejan desigualdades globales, sino que contribuyen activamente a producirlas y reproducirlas. Mediante conceptos como «ciudadanía como club privado» (pág. 150) o «globalización fronterizada» (pág. 141), el autor muestra cómo el actual régimen fronterizo mundial opera como un sistema de cierre estructural que garantiza la concentración de oportunidades en los países del Norte global. Frente a ello, Velasco defiende un cosmopolitismo distributivo que rebase el Estado-nación como única unidad de justicia.

A lo largo de estos cinco capítulos, Velasco despliega una obra sólidamente argumentada y políticamente comprometida. Uno de los aspectos más originales de este trabajoes el análisis semántico-lingüístico del propio concepto de «frontera». Velasco desmonta la arquitectura del lenguaje que la sustenta. Así, el autor muestra cómo la palabra «frontera» hunde sus raíces etimológicas en el latín frons —el frente del combate—, lo que revela su origen marcadamente militar, conflictivo, excluyente. Esta resonancia bélica no es casual; da cuenta del uso contemporáneo de las fronteras como espacios de contención, control y confrontación, particularmente en contextos migratorios. Más aún, Velasco explora las distinciones semánticas del léxico fronterizo en inglés —entre border, boundary y frontier—, con implicaciones políticas y culturales sustantivas. Esta dimensión fluida de la frontera es la que el autor recupera críticamente para contrarrestar el imaginario dominante de la frontera como trinchera o espacio físico de difícil franqueo. Velasco hace del lenguaje un campo de disputa política, pues el sentido de la frontera no está dado, sino que se construye en el habla, en las metáforas, en los discursos legales y en los mapas.

Esta dimensión simbólica de la frontera es central para su crítica. Tal como señala, citando a Campesi: «la semiótica de la frontera es consustancial a su ontología» (pág. 29). Las fronteras necesitan signos visibles, narrativas, símbolos —amojonamientos, vallas, carteles, muros, mapas— para aparecer como «reales». Son construcciones político-discursivas que operan mediante ficciones naturalizadas. De ahí que, siguiendo a Agamben, Velasco las denuncie también como «espacios de excepción», zonas donde la legalidad se suspende selectivamente y el Estado despliega un poder desnudo, como sucede en las intimidatorias vallas de Ceuta y Melilla. Al desmantelar estas ficciones jurídicas y su andamiaje retórico, el autor resignifica el léxico fronterizo y abre paso a una comprensión más plural y crítica. Aquí el libro se alinea con esa intuición wittgensteiniana que postula que «los límites del lenguaje son los límites de mi mundo», pero también parece invertirla de forma estratégica: aquello que delimita y fronteriza mi mundo son, también, los límites de mi lenguaje. Si las fronteras se han naturalizado como instrumentos de defensa, control o exclusión, repensarlas como dispositivos de tránsito o acogida es también un acto lingüístico y, por tanto, un acto encaminado al cambio de las políticas. Velasco verbaliza, traduce, deconstruye las fronteras, demostrando así que éstas se instalan tanto en los territorios como en los diccionarios.

Otra de las fortalezas destacables de este libroestriba en su insistencia en el carácter poroso y ambivalente de las fronteras, lejos del falso binarismo entre «fronteras abiertas» o «cerradas». Velasco recuerda que incluso los regímenes más restrictivos mantienen fisuras, excepciones, intersticios legales y zonas grises. Esta actitud resulta perceptible en su lectura del artículo 13.2 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que, como advierte el autor, «proclama el derecho a salir del propio país, [pero] omite reconocer el derecho de ingresar en otro» (pág. 126). De este modo, y como única explicación plausible, se presuponen de manera fantasiosa unas inexistentes «tierras de nadie» donde uno pudiera instalarse. Frente a ello, Velasco no solo reivindica el derecho a moverse libremente, sino también —y esto es crucial— el derecho a quedarse en el propio país. En esta apuesta, evita caer en una visión ingenua o meramente celebratoria de la movilidad: su propuesta es ambiciosa en lo normativo, pero también sobria y eficaz en lo político. Reivindica, ante todo, una vida digna, que no pase exclusivamente por el tránsito, sino por la posibilidad real de permanecer y desarrollarse allí donde uno nace.

Asimismo, la taxonomía de las fronteras que el autor propone en el segundo capítulo es otra contribución notable del libro. Velasco organiza una tipología funcional que da cuenta de la diversidad de formas, fines y materializaciones que adoptan las fronteras contemporáneas: checkpoints, algoritmos, oficinas móviles o externalizaciones de soberanía. Esta clasificación, más que ser un mero inventario, es una forma de visibilizar las estructuras vivas de segmentación que organizan hoy el planeta. De este modo, el término anatomía consignado en el título cobra toda su fuerza, en la medida que el libro se presenta, en efecto, como una vivisección del cuerpo fronterizo global. Las fronteras están más vivas que nunca, y este análisis desmenuza sus órganos, membranas, pulsiones y síntomas con la precisión de un anatomista crítico.

Lo más ambicioso, sin embargo, es el modo en que el libro conecta el fenómeno fronterizo con la cuestión de la (in)justicia global. Velasco no se limita a denunciar la violencia —simbólica o material— de las fronteras; muestra cómo estas actúan como dispositivos estructurales en la reproducción de las desigualdades que configuran el orden mundial. En esta línea, plantea que el estatuto jurídico de la nacionalidad funge como una forma moderna de privilegio heredado y que la ciudadanía opera como un marcador global de clase. Así, lo que parecía una cuestión de política migratoria se revela como un asunto de ética, lo que obliga a repensar la justicia ya no como un ideal abstracto, metafísico, sino como una exigencia con apellido: justicia global. Este giro, que reconoce las implicaciones morales de la globalización, el multiculturalismo y los flujos transfronterizos es, entonces, también lingüístico. El adjetivo «global» no añade un matiz decorativo, sino que transforma por completo el campo semántico, ético y operativo del concepto de justicia. Nuevamente, el lenguaje aparece como el umbral de lo pensable. Nombrar la justicia como «global» es ya comenzar a expandir su radio de acción.

Por ello y más, Anatomía de la frontera es una obra que se distingue tanto por su ambición teórica como por su compromiso ético-político. Juan Carlos Velasco no se detiene en el diagnóstico. En su parte final, el autor plantea una propuesta de apertura gradual, regulada y realista de las fronteras como horizonte crítico ante un régimen de movilidad profundamente injusto. Al conectar la cuestión migratoria con la de la justicia distributiva global, Velasco demuestra que no se puede hablar de equidad en el siglo XXI sin poner en cuestión la arquitectura global de exclusión que las fronteras contribuyen a sostener. Con este ensayo, Velasco se inscribe en una tradición filosófica que busca no solo entender el mundo, sino transformarlo. Anatomía de la frontera es, así, una invitación a pensar críticamente, a nombrar con mayor precisión, a actuar con mayor responsabilidad. Su lectura es no solo pertinente, sino necesaria.

Jorge Zafrilla Díaz (2006) es estudiante en la Universidad de Harvard. Sus áreas de estudio abarcan desde la economía y la historia del arte hasta la estética y la filosofía política. Ha trabajado como asistente de investigación tanto en Harvard como en el Instituto de Filosofía del CSIC.

Muro fronterizo entre México y Estados Unidos en 2007. Wikimedia
Muro fronterizo entre México y Estados Unidos en 2007. Wikimedia

Ficha técnica

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