El fuego, un futuro que ya está, ha estado, aquí

Los rescoldos de la culebra

Juan Navarro García

Madrid, Libros del K.O., 2024

205 págs.

* Este texto ha sido galardonado con el primer premio del concurso Nuevas Voces de Revista de Libros y Fundación Banco Sabadell.

En In Other Worlds (2012, sin traducción al castellano), Margaret Atwood define el género de ficción especulativa como «aquellas historias que beben de la tradición de los libros de Jules Verne sobre submarinos y viajes en globos y tal», es decir, «cosas que realmente podrían ocurrir pero que no han ocurrido todavía cuando los autores escribieron el libro»1. Acto seguido, Atwood se presta a diferenciar ficción especulativa de ciencia ficción: mientras que la primera desvela una ansiedad del presente frente al futuro, la segunda se encarga de historias que de ningún modo podrían llegar a constituir eso que llamamos realidad (por ejemplo, la invasión de marcianos en la película Mars Attacks!, de Tim Burton). La ficción especulativa, por tanto, transita un tiempo potencial que todavía no es, pero cuyo horizonte se respira cercano; quizás, una suerte de profecía que podría ser también amenaza, o esperanza.

Interstellar de Christopher Nolan es uno de los muchos ejemplos de ficción especulativa que predicen un tiempo que es probable que ya esté aquí. En la toma inicial de la película la cámara recorre lentamente una estantería de libros de autores contemporáneos que, cada uno a su manera, coquetean con el género: Gabriel García Márquez, Isabel Wolff, Jeanette Walls. Una anormal densa capa de polvo impregna la estantería, como si no se hubiera limpiado hace tiempo, o como si quizás ya no se pudiera limpiar. En la siguiente secuencia una mujer anciana comparte sus recuerdos del pasado en forma de testimonio: «Mi padre era granjero, como todo el mundo por aquel entonces… El trigo se murió. Pero todavía teníamos maíz», dice con tono de voz nostálgico. El sonido de su voz ilustra unos campos de maíz infinitos de un verde que por momentos se tiñe de marrón, el mismo marrón del polvo de la estantería; «pero, sobre todo, teníamos polvo», dice ella. Una segunda mujer, también anciana, corrobora las palabras de la primera al hablar del pasado: «Simplemente no lo puedo describir; todo el tiempo esa presencia constante de suciedad». Las siguientes tomas de la película muestran un polvo que lo inunda todo, que anega cosechas, que enloquece y ensucia cada rincón, indestructible, y también imperecedero en la memoria de estas ancianas que muchos años después lo recuerdan vivamente, desde fuera del planeta Tierra, ahora ya inhabitable.

Es el 15 de agosto del 2025 y Zamora, León y Ourense se abrasan bajo un fuego incontrolable, el sol se tiñe de rojo sangre y en el aire, ceniza y polvo, un polvo que recuerda peligrosamente al que yo ya había visto en Interstellar. Tres días más tarde, el 18 de agosto, atravieso en coche la Cordillera Cantábrica desde el interior de Asturias a Castilla y León, un viaje repetido multitud de veces pero que siempre me sorprende por la diferencia de paisajes de una frontera que se antoja natural. En esta ocasión, sin embargo, no es el contraste entre el verde y el amarillo, la humedad y la sequedad lo que me llama la atención al pasar la autopista del Huerna, sino el olor a quemado infinito, las patrullas del Seprona que nos adelantan presurosas, el picor en los ojos que delata la presencia del polvo y, sobre todo, y como tan bien dice Juan Navarro en Los rescoldos de la culebra (2024, Libros del K.O.), «el apocalíptico color del horizonte».

Tres años y un mes antes, el 17 de julio de 2022, Navarro, corresponsal de El País en Castilla y León, se desplazó a la sierra de la Culebra en la provincia de Zamora para cubrir el que sería el mayor incendio de la historia de la Comunidad de Castilla y León desde que hay registros, y que costaría la vida a cuatro vecinos: Daniel Gullón, Eugenio Ratón, Victoriano Ratón y Ángel Martín. Ante el horror de lo que parecía no podía extinguirse, el incendio copó los titulares de la prensa nacional e internacional; el drama se podía resumir en una foto de las lágrimas de un bombero forestal local tomada por Emilio Fraile, fotógrafo del diario La Opinión de Zamora, que viajó rauda hasta The New York Times, Bild y The Guardian. Al día siguiente, y ante el espanto (pasajero) del televidente, los telediarios y redes sociales difundieron un vídeo de una persona anónima a la que se ve huyendo del infierno de las llamas. Como escribe Navarro en su crónica, «La secuencia impacta a la audiencia por unas horas, antes de ser olvidada entre el carrusel de fatalidades bombardeadas desde el televisor o en las redes». Es precisamente el ejercicio necesario de no olvidar, de crear una memoria de lo que fue y ya no es, y de recordar lo que ocurrió aunque no fuera publicado en su momento, lo que llevó a Navarro a investigar y escribir Los rescoldos de la culebra, una crónica de larga distancia en la que el periodista abandona la inmediatez de la noticia para sumergirse de nuevo en el pasado o, mejor dicho, en la memoria de los supervivientes de las primeras horas de un incendio que convirtió el cielo «en una informe masa gris y naranja, como si las llamas fuesen a precipitarse desde arriba, más allá de las pavesas y chispas empujadas por el viento huracanado». La crónica, ese «texto periodístico que intenta mirar de otra manera eso que todos miran o podrían mirar», como la definió, sin pretensiones definitivas, Martín Caparrós, maestro del género en Lacrónica (2014). También, la crónica como género que permite ahondar en lo que la noticia no puede gracias al tiempo fecundo de la reflexión distendida, un tiempo que permite dar forma y amplitud no solo al contenido sino también, y más importante, a la crítica, política, social, medioambiental.

Con una prosa que no da respiro, en la primera parte de la crónica titulada ‘El fuego’, la mirada de Navarro se posa en las primeras horas fatídicas del incendio a través de los movimientos, o de lo que se cree fueron los movimientos, de los vecinos fallecidos (o que habrían de fallecer días después en el hospital) y de los que estuvieron a punto de perder la vida, como el fotógrafo Fraile que sacó la aplaudida foto apenas minutos después de «que un torrente de adrenalina le manipulara como un títere de barraca» justo cuando un cambio de viento casi le atrapa. La reconstrucción de los hechos recuerda la obsesión milimétrica por saber el qué y el cómo de Rodolfo Walsh en Operación Masacre (1957), precursor del género de periodismo narrativo o crónica mucho antes de que Truman Capote concluyera A sangre fría (1965). Como en las crónicas de Walsh y Capote, en Los rescoldos de la culebra la muerte también hila el texto ―y, en cierta manera, también lo atormenta cual fantasma del que Navarro no puede ni logra deshacerse―. Primero, la de Daniel Gullón, el manguerista que a diferencia de Fraile no pudo escapar; después, la de Eugenio Ratón, abrasado mientras salvaba a su centenario padre sin apenas rasguños; completan la lista Victoriano Antón y Ángel Martín, el primero achicharrado mientras trataba de salvar a sus reses y sobrevivido por uno de sus mastines, el segundo a escasos metros de su casa, ante la mirada atónita de vecinos y cámaras. Con claras ambiciones literarias plasmadas en detalladas descripciones de colores, olores y sensaciones ―«tiñó el cielo con un Pantone gris aliado con el característico olor a destrucción»― pero con rigor y fidelidad periodística, Navarro excava en la memoria de cuatro finales que tristemente podrían no haberlo sido; cuatro vidas cuyas trayectorias solo continúan en el polvo de la memoria de aquellos que les sobrevivieron.

En la reconstrucción de los hechos, Navarro no está solo: un coro de voces de los pueblos de la Culebra le acompañan en un ejercicio que, pese a estar firmado solo por Navarro, ha de leerse como una acción colectiva de denuncia y recuerdo. La memoria es de todos, incluyendo a aquellos que no están para contarlo. En la primera y la segunda parte abundan las escenas en las que un grupo de lugareños recuerda en comunión los hechos tratando de esbozar un retrato de lo que pudo, o no, haber ocurrido: una forma de justicia alternativa más perdurable que la justicia ordinaria, tan criticada insistentemente a lo largo de la crónica. Este ahondar en la memoria de lo que no tiene cabida en el discurso político oficial y mediático recuerda en gran medida a la denuncia certera y necesaria que la periodista Mariangela Paone (quien fuera profesora de Navarro en el máster de periodismo de El País) firma, junto con Rezwana Sekandari, en Rezwana: un expediente europeo (2023, también publicado por Libros del K.O.). Rezwana es una crónica enormemente conmovedora sobre la búsqueda colectiva de los restos mortales de la familia de Sekandari, fallecidos todos en un naufragio cuando trataban de llegar a Europa el 28 de octubre de 2015. Como Paone y Sekandari en Rezwana, en Los rescoldos de la culebra Navarro se apoya en los recuerdos de familiares, amigos y compañeros de los fallecidos sin apropiarse de sus voces e historias y dejando espacio al silencio ajeno, como por ejemplo el de Jacinto, hermano de Daniel Gullón, esquivo de la palabra memorialística. Y, como las coautoras de Rezwana, Navarro va más allá de las convenciones periodísticas restringidas a la tercera persona (que Capote en cierta manera estipuló en A sangre fría) para posicionarse dentro del relato como un personaje más: «el pálido brigadista sufre un golpe de calor, como varios de sus compañeros durante esos días. Pongo su brazo derecho sobre mis hombros y lo agarro con la mano izquierda por la cintura», escribe Navarro en primera persona.

Otro aspecto en el que Navarro posa su mirada de manera personal ―recordemos la definición de crónica de Caparrós, «mirar de otra manera eso que todos miran o podrían mirar»― es en el tan trillado, y muy probablemente carente de forma y contenido, mantra de «la España vacía» o «la España vaciada». Para que una España esté vacía o vaciada, otra tiene que estar llena, o llenada. Hacia el final de la crónica, Navarro aporta cifras («las cifras. La guerra de cifras», largamente ausentes del texto al haber sido reemplazadas por testimonios y descripciones) que dicen: «[los fuegos de 2022] destruyeron el 6% de la provincia de Zamora, 620 kilómetros cuadrados, una superficie más grande que la ciudad de Madrid». La comparación permite entender al lector medio el alcance del desastre, pero también señala, muy sutilmente, los integrantes de una balanza muy desequilibrada: en uno, la urbe que todo lo absorbe, incluido el presente y futuro de los jóvenes de la Culebra que se ven obligados a emigrar; en el otro, «el epicentro de la despoblación zamorana». Una imagen condensa el vacío: el instituto cerrado al lado de la base de trabajadores forestales, entre ellos Daniel Gullón, el manguerista que perdió la vida al poco de iniciarse el incendio. Madrid y sus tentáculos, y otras grandes urbes que oprimen al campo (Valladolid, Bilbao), se cuelan en la narración desde el inicio, como una crítica a un orden social y económico que aplasta lo rural demoledoramente y sin aparente atisbo de final, si acaso cuando los octogenarios y nonagenarios que todavía pueblan la sierra de la Culebra vean sus días terminar. Pero es ahí donde la crónica de Navarro alumbra imágenes que son llamas de esperanza: el retrato convincente de Joseba, el joven pastor vasco que dejó atrás «el estrés, el ruido, el tráfico, la contaminación, las prisas» para retomar una vida anacrónica, en los márgenes del consumo; el de Emilio Fraile, fotógrafo ya mencionado, y fundador del medio de noticias independiente Enfoque Zamora; o la de Laura Gago o Fernando Cañibano, jóvenes apicultores locales que perdieron casi todos los panales en el fuego pero no las ganas de continuar. Los rescoldos de la culebra ha de leerse entonces, también, como un manifiesto que lucha contra el olvido de la población de las periferias; escribir no solo para poner el foco en el qué, lo que ya no es noticia, sino también en el dónde: más allá de Madrid y las grandes urbes, donde aparentemente nada pasa, pero es también fruto de rescoldos y oportunidades periodísticas, narrativas, laborales, existenciales. La crónica como resistencia.

Hay en Los rescoldos de la culebra una intención diáfana por capturar la memoria y el sentir del lugar, el aquí, que transciende una pérdida emocional difícil de reflejar: «Juran los habitantes de la zona que allí crecían pinos de veinte metros de altura, rama contra rama, formando un generoso bosque de incontables ejemplares. Solo los negros tocones dan veracidad a esas palabras». La abundancia de descripciones, con particular énfasis en las tonalidades ahora marchitas y negruzcas, dan cuenta de un trabajo de observación detenida sobre el paisaje que excede el ejercicio periodístico. Al final del texto, una imagen abrasa el cierre: «Al levantar la mirada hacia la sierra de la Culebra se distinguen los enormes montones de árboles apilados en las laderas de los montes desnudos. El brillo del sol al atardecer se refleja en los retrovisores y baña de luz dorada los campos primaverales como si allí nunca hubiera pasado nada, como si todo fuera como siempre. Justo antes de abandonar Ferreras de Abajo y volver a la carretera general atravesada en su día por la lanza de fuego, me cruzo con un último recordatorio: un camión cargado de madera negra». El color de luto nos retrotrae de nuevo a aquellos días de julio de 2022 en los que la tierra ardió sin conmiseración ni mesura y que, según escribo estas líneas, en medio del infierno de los fuegos de agosto del 2025, se repiten cíclicas y más poderosas aún si cabe. El negro indeleble de la madera nos recuerda entonces que la historia no está acabada y que el presente y la memoria del pasado que Navarro trató de capturar en su texto no es un capítulo cerrado sino el comienzo del muy probable temido polvo ubicuo que abre Interstellar, la película profética de Nolan.

En In Other Worlds, Atwood nos da muchas pistas sobre cómo escribir, o no, el futuro. De todas, me quedo con la siguiente: «Me cuido bien de decir un futuro en lugar de el futuro porque el futuro es un desconocido». El presente retratado en la crónica de Navarro camina hacia un futuro devastador y apocalíptico que ya está aquí y ahora, como bien hemos visto en los fuegos de las últimas semanas. Es una posibilidad; en nosotros queda escribirla polvorientamente, o no.

Obras citadas:

Atwood, Margaret, In Other Worlds: SF and the Human Imagination, Londres: Virago Press Ltd, 2012, 272 páginas.

Burton, Tim, Mars Attacks!, Estados Unidos: Warner Bros., 1997, 106 minutos.

Caparrós, Martín, Lacrónica, Madrid: Círculo de Tiza, 2014, 616 páginas.

Capote, Truman, In Cold Blood, Nueva York: Penguin, 1966, 352 páginas.

Paone, Mariangela, Sekandari, Rezwana, Rezwana: un expediente europeo, Madrid: Libros del K.O., 2023, 168 páginas.

Nolan, Christopher, Interstellar, Reino Unido/Estados Unidos: Paramount Pictures, 2014, 169 minutos.

Walsh, Rodolfo, Operación Masacre, Buenos Aires: De la Flor, 1957, 236 páginas.

Irene Praga Guerro (Valladolid, 1994) es investigadora predoctoral de Literatura Inglesa y Humanidades en Birkbeck College, y profesora de storytelling y literatura contemporánea en varios centros de Londres. Estudió literatura en Ginebra, Suiza y España. Se describe como «interesada en derribar fronteras, en las acciones colectivas, y en el potencial político de las migraciones humanas».

  1. Todas las citas en inglés son traducciones libres de la autora. ↩︎
Asilah. Imagen de Mohamed Nohassi
Asilah. Imagen de Mohamed Nohassi

Ficha técnica

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Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

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