Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa


The World According to China.
Elizabeth Economy
Boston, Polity Press, 2021
304 p.

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Somos muchos quienes nos preguntamos qué quiere China.

Es una pregunta ociosa.

China no es más que la palabra con la que nos referimos a una cultura y a una sociedad con más de -siglo más, siglo menos- tres mil años de historia. Sus actuales dirigentes hablan de cinco mil. Tal vez tengan razón, todo depende de lo que incluyamos en ese gigantesco pero inestable ámbito. Pero da igual, porque en realidad China no quiere ni ha querido nunca nada. Es un ente, una esencia, una sustancia, un endriago o como se quiera, pero nunca un sujeto individual con entendimiento y voluntad propia. A lo largo de tantos siglos allí ha sucedido de todo en economía, política, pensamiento, arte, técnica, ciencia y demás, pero nada de ello puede reducirse a unas pocas nociones que siempre serán imprecisas.

Tampoco nos saca del atasco contestar que China quiere lo que quieran los chinos. A principios de 2022 la República Popular contaba con una población total de 1.448 millones; en Taiwán vivían 23,6 millones; hay que contar además con la amplia diáspora china por todo el mundo cuyo número es difícil de evaluar. Un texto relativamente reciente de dos investigadores de la universidad de Texas estimaba que en 2010-2011 incluía 40,3 millones adicionales. Pensar que el total de esos 1.510 millones de chinos piensan y actúan de la misma manera sería una extravagancia.

La cosa se torna más precisa si preguntamos qué quiere esa sociedad que hoy es una nación-Estado con fronteras definidas y el nombre de República Popular China. Ahí la voluntad colectiva se expresa en las declaraciones y las acciones de su gobierno. Es un sistema de poder piramidal con una amplísima base compuesta por un total de unos 1.350 millones de súbditos nacionales; un entramado superpuesto -los 95 millones de miembros del PCC-; y un ápice en el que se incluyen los órganos de dirección del partido: congreso quinquenal, comité central, politburó, comité permanente del politburó y, en la cumbre, el secretario general del partido, hoy también presidente de la república. Cuando ese conglomerado quiere expresarse como un todo lo hace a través del secretario general al que se le suele designar como el corazón del partido (dǎng de héxīn en pinyin). Ese corazón lleva hoy el nombre de Xi Jinping.

Así pues, cuando nos preguntamos qué quiere hoy China lo que nos estamos preguntando es qué quiere Xi. A esos términos es a lo que razonablemente reduce la discusión Elizabeth Economy en su libro más reciente (The World According to China. Polity Press: Boston 2021. ISBN 978-1509537495). Economy es una de las más destacadas observadoras estadounidenses en cuestiones de la China actual. Es analista principal (Senior Fellow) y directora de Estudios Asiáticos en el Council on Foreign Relations, un banco de ideas independiente y con gran influencia en las discusiones sobre política exterior norteamericana. También es investigadora externa en la Hoover Institution de la universidad de Stanford.

Como siempre, la mejor forma de entender lo que un sujeto quiere es remitirse a sus acciones y, también, a las ideas que expone. En la China comunista éstas últimas no son a menudo otra cosa que fórmulas reiteradas y opacas que pueden tener significados muy diversos según las necesidades políticas del momento. Es fácil, pues, caer en la tentación de no prestarles excesiva atención, pero sería un error. Cuando en 1957 Mao Zedong hablaba de que el comunismo (ya se sabe, esa sociedad de la abundancia en la que a cada cual se le proveerán todas sus necesidades) estaría por iniciarse en China en los quince años siguientes, el Gran Timonel estaba convencido de que no era una baladronada. En esa convicción iba a apoyar Mao al año siguiente su Gran Salto Adelante. Que los resultados fueran tan nefastos como criminales no disminuye la convicción con la que el-Sol-que-ilumina-nuestros-corazones (otro de los apelativos con los que distinguían a Mao) y su partido se empeñaron en imponerlos a sangre y fuego. 

Si hay algo de lo que Xi está convencido es de que el reloj ha marcado la hora de la reaparición de China tras su eclipse durante los ingloriosos cien años de humillación a manos de los imperialistas occidentales y japoneses. China es una gran potencia mundial ya; que devenga hegemónica en un futuro no lejano: eso es lo que quiere Xi.

Más en detalle: «para amarrar esa ambición, Xi ha transformado la forma en que la que China se comporta en el escenario mundial mundial. Ha desarrollado una estrategia que refleja su estilo de gobernación doméstica -un sistema altamente centralizado de estado/partido- y cuya prioridad básica es la preservación de su propio poder en el interior y la realización de sus ambiciones soberanistas en el exterior. Ese sistema provee a Xi de grandes oportunidades para movilizar sus recursos políticos, económicos y militares […] y para reforzar su posición estratégica en China, en otros países y en las instituciones de gobernación global. También se propone controlar el contenido y los flujos de información […] para alinearlos con los valores y las prioridades de Pekín […] Finalmente Xi se apalanca en las oportunidades económicas que ofrece el gigantesco mercado chino para inducir y forzar a otros a que adopten sus preferencias políticas» (p. 3).

Xi y sus colegas están convencidos de que asistimos a una marea viva que impulsa un irrefrenable ascenso de China y apoyan ese sentir en las pulsiones inexorables del cambio tecnológico y de la globalización: la Pax Americana ha dejado de existir; el Este remonta mientras el Oeste declina.

En Pekín se ha puesto de moda recordar que los dos últimos siglos -cuando China dejó de ser la gran economía mundial- no fueron más que una aberración. Ahí está la anécdota de Wang Qishan, el actual vicepresidente de la República Popular, cuando en un encuentro personal le soltó a su amigo Hank Paulson, uno de los anteriores secretarios del Tesoro americano, aquello de «fuiste mi maestro, pero mira a tu país, Hank. No estamos seguros de que podamos seguir aprendiendo de vosotros».

Las declaraciones oficiales han arreciado con un crescendo sinfónico. Recién nombrado secretario general, Xi se dirigía a la plana mayor del partido para subrayar que la superioridad del sistema socialista se haría cada vez más visible. Revalidado en el cargo en 2017, Xi se convirtió en el primer dirigente chino que, desde Mao, se haya atrevido a mantener que esa superioridad era ya palpable. Recientemente Xi ha repicado en su mira de «capitanear la reforma del sistema de gobernación global».

Hay muchas razones para dudar que lo consiga, pero los dirigentes chinos se mantienen en sus trece. Hasta han buscado convertir a la pandemia que salió de Wuhan y a la desesperada política china de cero contagios en ejemplos de su capacidad de liderazgo. El amedrentamiento asfixiante de su sociedad; la represión de cualquier tentativa de investigación independiente sobre los orígenes del virus; las incontrolables estadísticas de fallecimientos; la actitud servil de los dirigentes de la OMS; hasta la rápida provisión de material de protección personal como las mascarillas -que sólo demostraba la humildad de mucha de la participación china en la producción global- y las vacunas escasamente eficaces. Todo para imponer la idea de que su modelo productivo y político es el futuro. ¿Lo conseguirá Xi?

Economy cree que la tarea es ardua pero no imposible. La parte peliaguda la probarían las encuestas de opinión que muestran un fuerte rechazo a las expectativas de los dirigentes chinos en los países más importantes de la OECD. Si en 2019, justamente antes de la pandemia, la opinión pública se mostraba negativa (en ninguno de los países de la muestra bajaba del 50%), en 2020 la censura arreció un 70-80%. Otros sondeos en diversos países asiáticos también han mostrado una elocuente desconfianza hacia las iniciativas de liderazgo chino en la región. Incluso en países tan dependientes de China como Camboya la balanza se inclinaba en su contra. 

Pero la posibilidad de un triunfo no es insignificante pues Xi cuenta con una amplia panoplia de recursos económicos y propagandísticos. Economy pasa revista a los éxitos chinos en diversos campos y concluye que algunos son elocuentes. En general su información es exhaustiva, aunque algunas líneas de su investigación resulten conocidas. Por eso, tras un breve repaso me centraré luego en los aspectos más abiertos a la discusión.

En economía el fulcro lo marcan los límites impuestos a las compañías y grupos extranjeros para acceder a su mercado. Un ejemplo: Hollywood. China es su segunda fuente de ingresos tras de Estados Unidos y las proyecciones de ingresos por taquilla para 2023 llegaban a US$15,5 millardos. No es de extrañar que en sus películas ya no haya un solo chino malvado, ni banderas de Taiwán, ni alusiones críticas a la represión en Xinjiang. Otro: los Rockets, uno de los grandes equipos del baloncesto USA perdieron US$20 millones por la cancelación de publicidad de empresas chinas tras el apoyo de su gerente a las manifestaciones pro-democracia en Hong Kong. El gerente tuvo que presentar su dimisión.

No todo son castigos y amenazas. Junto a las bravatas de sus diplomáticos-lobos, Pekín gasta alrededor de diez millardos de dólares anuales en diplomacia pública frente al desmayado y único millardo de Estados Unidos. Ese dineral se nota en muchos frentes, desde la difusión por el mundo de los institutos Confucio hasta la expansión de la red televisiva China Global con sus 72 delegaciones y 387 millones de seguidores en 170 países, pasando por el éxito arrollador de la aplicación TikTok, una creación de la tecnológica ByteDance, para el intercambio de videos caseros. En abril 2020 TikTok ya se había ganado un espacio propio frente a las redes sociales americanas con sus 200.000 millones de descargas. Esas y otras actividades se han potenciado notablemente con la estrategia BRI (Belt and Road Initiative) recientemente evaluada en esta serie.  

Pero el poder blando, de suyo, tiene poco peso y es inestable. No hay poder blando sin la capacidad de dar un puñetazo sobre la mesa y en poco más de veinte años China ha puesto en pie un ejército supuestamente preparado para enfrentarse con los mejores del mundo. China cuenta con un altísimo presupuesto militar: US$252 millardos frente a 788 estadounidenses. Pero no cesa de acortar distancias. Desde su llegada al poder Xi ha llevado a cabo una profunda limpieza entre sus cuadros y 13.000 oficiales, algunos en las máximas alturas, han sido el blanco de sus medidas anticorrupción. Al tiempo Xi ha impulsado una profunda reorganización de las tareas de defensa y ha colocado a fieles suyos en los puestos de mando cruciales.

Históricamente China no ha sido un poder marítimo, pero ya desde el tiempo de Hu Jintao ese vacío se ha ido colmando. No se trata tan solo del crecimiento de su escuadra, sino también del uso de embarcaciones civiles -la amplia flota pesquera- como complemento y eventual ayuda en misiones de defensa y protección. Más recientemente China ha hecho un gran esfuerzo para impulsar su presencia en el ámbito espacial y en el de la guerra cibernética; ha ampliado su red de alianzas militares, especialmente resaltando los intereses que le unen con Rusia a la hora de enfrentarse al poderío americano. Y, finalmente, pese a las repetidas críticas del pasado a la instalación de bases militares en otros países, cada vez más trata de establecer su propio collar de perlas, es decir, una hilera de bases en distintos lugares estratégicos para apoyar a sus fuerzas en un escenario bélico.

Hay, pues, una combinación de esfuerzos entre su diplomacia amable y el eventual uso de su fuerza militar para, como se ha dicho, «conseguir que no sólo el interlocutor se pliegue a sus deseos, sino que lo haga como si lo hiciera por propia voluntad». Hasta el momento, empero, los resultados no han sido halagüeños. En muchos países asiáticos sus demostraciones de poder duro han contrarrestado ampliamente las de buena voluntad. Basta con ver las reacciones a los movimientos de Pekín en el Mar del Sur de la China, un nombre que, por cierto, es rechazado por otros países ribereños como Vietnam o Filipinas.

China, empero, se muestra impermeable a cuanto pueda de algún modo obstaculizar su declarada intención de unificar lo que considera su territorio histórico, que incluye las incorporaciones de Tíbet, Xinjiang y Taiwán en diferentes momentos de la dinastía Qing, así como la extensión de sus medidas de seguridad nacional a zonas que gozaban de un apreciable grado de autonomía como Hong Kong y Macao. En junio de 2020, coincidiendo con las medidas de control de la pandemia, Pekín dictó una durísima Ley de Seguridad Nacional en Hong Kong tras varios años de enfrentamiento con amplios sectores de su población. Pese a las numerosas críticas y pero también la leve reacción internacional, Pekín ha conseguido imponer su voluntad sin concesiones. Su problema más espinoso en estos momentos coincide, empero, con las repetidas declaraciones de Xi sobre el «retorno de Taiwán a la patria» pese a la voluntad del gobierno de la República de China (nombre oficial que reclama la isla) de mantener su estatus especial y, eventualmente, declarar su independencia.

Este rápido repaso señala cómo Xi ha impulsado el poder chino, flexible o duro, con una determinación difícilmente concebible antes de su llegada al poder en 2012.

Hay, sin embargo, otros aspectos menos conocidos en su despliegue. Destacaré dos a los que Economy presta merecida atención: el progreso tecnológico y la conquista de lugares preeminentes en el entramado internacional.

En 2014 Xi pronunció un discurso ante la Academia China de Ciencias e Ingeniería, donde animó a su audiencia a desarrollar programas innovadores en ciencia y tecnología. Ese envite, decía, ayudaría a China a nivelarse en su carrera tecnológica con otros países y aun sobrepasarlos. Con la ventaja adicional de potenciar la seguridad económica nacional. Era, pues, imprescindible que los investigadores chinos no se conformasen con seguir las reglas de juego ya establecidas y, por el contrario, implantasen otras nuevas, más adecuadas a ese último fin. Una vez más, para Xi, al norte, al sur, al este y al oeste todo, investigación y tecnología incluidas, tiene que estar al servicio de los intereses políticos. Los de su partido, por supuesto. Una advertencia que completaba con la admonición de que «por más que el mercadeo pueda ignorar las fronteras, los empresarios no dejan de tener una patria».

Las empresas tecnológicas chinas habían ejecutado la primera parte de esa estrategia mucho antes de que Xi se la recordase. ¿Acaso habían esperado a su envión Jack Ma y Alibaba, Robin Li y Baidu, Ren Zhengfei y Huawei, Pony Ma y Tencent, Zhang Yiming y ByteDance (TikTok) más el enorme número de empresarios privados que habían contribuido al diseño y a las ventas de sus productos y servicios? Economy se detiene con detalle en la descripción de sus trabajos, pero por razones de espacio me limitaré exclusivamente a su análisis de Huawei.

Su fundador, Ren Zhengfei, nació en 1944 en una familia de maestros de la provincia de Ghizhou, una de las más pobres de China. Durante la Revolución Cultural y tras algunos estudios universitarios, Ren se alistó en el cuerpo de ingenieros del ejército y ascendió con rapidez. Una vez desmovilizado en 1983 trabajó para una empresa pública petrolera y en 1988 fundó Huawei cuyo nombre en traducción evoca una consigna patriótica (China cumple).

Los pasos iniciales de la compañía fueron menos pomposos: producción de conmutadores telefónicos para pequeños negocios. Pronto, sin embargo, Huawei se convirtió en una suministradora clave del Ejército Popular. Nunca se ha sabido bien cómo se produjo esa relación, aunque hay numerosas razones para pensar que, pese a su fachada de empresa privada, Huawei se fundó con capital público (US$8,5 millones).

En 2004 Huawei puso a la venta su primer teléfono móvil y en 2009 el primer modelo inteligente. Hoy en día tiene tres grandes líneas de negocio: operación de redes; suministro de hardware y software de comunicaciones; más teléfonos inteligentes. Para sus primeros pasos el apoyo financiero del gobierno de Shenzhen, en donde tiene su sede, fue decisivo y, en correspondencia, Huawei sirvió de lanzadera contra el monopolio en sistemas telefónicos de las compañías extranjeras. Más tarde, entre 2008 y 2018, el gobierno central le concedió subsidios estimados en US$75 millardos. Con esas ayudas Huawei ha podido convertirse en una de las grandes compañías mundiales en tecnologías de la información y extender globalmente su red de productos, entre otras razones, por sus bajos costes. Huawei también se dio prisa en establecer filiales en diversos países, incluido Estados Unidos

Hoy Huawei se ha convertido en uno de los líderes mundiales del sistema 5G, la red celular de la que se esperan grandes oportunidades por su velocidad de transmisión, por su impacto sobre el internet de las cosas y… por su capacidad de intrusión en las actividades de sus clientes privados y públicos, chinos e internacionales.

Seguramente por lo último el gobierno chino ha enrolado a Huawei en su empresa de impulsar una nueva gobernación de internet. En 2019 uno y otra sometieron a ITU, la agencia de Naciones Unidas para las tecnologías de comunicación, una propuesta conjunta en la que se incluía la posibilidad de que los estados puedan «controlar y supervisar todos los equipos conectados con la red», así como denegar el acceso a cualquiera de ellos desde un punto central del sistema. Aunque muchos países se niegan a aceptarla es posible que China intente imponer la regla allí donde, con la presencia de Huawei y sus equipos más su propia influencia política, consiga convencer a otros. La integración de las directrices tecnológicas chinas en los procesos de desarrollo dirigidos desde Naciones Unidas sería un importante primer paso en esa dirección. Por su parte, el fuerte impulso a la BRI digital avanzado por Xi facilitaría la eventualidad de una división de la red global de internet en dos regímenes incompatibles. 

En el último año el gobierno chino ha puesto en marcha una amplia campaña para controlar a las grandes tecnológicas chinas en manos privadas de la que ya he dado cuenta aquí. La raíz de esa nueva actitud parece clara: esas empresas han atesorado un caudal de datos que el gobierno querría tener en sus manos. En un artículo reciente en Qiushi, la revista de teoría del partido, Xi reiteraba su visión de que el rápido crecimiento de la economía digital en los últimos años ha impulsado iniciativas «insanas» e «irregulares» que rompían con la disciplina y amenazaban la seguridad económica y financiera del país. Esas actuaciones no sólo afectan al recto desarrollo de la economía digital; también han acarreado transgresiones de la legalidad que han de ser reguladas y rectificadas para no quedar impunes. Hay que acabar con las actuales lagunas legales al tiempo que se impide la aparición de monopolios y una desordenada expansión del capital en China. Y Xi remachaba la necesidad de regular la economía digital; mejorar su gobernación; y participar activamente en la cooperación internacional para desarrollarla.

No por casualidad, Huawei ha sido la única compañía que se ha salvado de la quema. ¿Tendrá algo que ver con la extendida sospecha de que no es más que un mascarón de proa para el establecimiento militar? Su estructura legal nunca ha quedado clara y aún se desconoce a quién rinde cuentas Ren Zhengfei, su fundador y presidente, ni cómo mantiene su poder con tan sólo la propiedad del 1% de su capital. Tal vez tenga un envidiable poder… de convicción.

Finalmente, Economy investiga en detalle otra de las líneas políticas menos resaltadas del gobierno Xi: su creciente intervención en la composición y funcionamiento de las instituciones internacionales.

Desde que en 25 de octubre 1971 el gobierno de la República Popular se convirtió en el representante legítimo de China ante Naciones Unidas -anteriormente, desde 1945, ese puesto lo había ocupado la República de China, es decir, el gobierno nacionalista de Taiwán- su política internacional se resumía en la defensa de una redistribución de la riqueza global a favor de los países pobres; del derecho de cada país a determinar su camino económico y político; y de la primacía de la soberanía nacional y la no interferencia en los asuntos de terceros países. Más allá de esos principios, su actuación internacional transcurría por otros caminos: defensa de su revolución y conversión del comunismo chino en un polo de referencia alternativo al de la Unión Soviética.

Con el tiempo, sin embargo, China ha pasado de ser un receptor pasivo de las reglas del orden internacional a adoptar un papel más activo en su defensa cuando abonan sus propios intereses y proponer reformas cuando no lo hacen. En 2017, ante los participantes en el World Economic Forum de Davos, Xi -el primer gobernante chino en participar en esa asamblea de las élites globalistas- recordaba que «el panorama económico global ha cambiado profundamente en las pasadas décadas. El sistema de gobernación global empero no ha incluido esos nuevos cambios y ha devenido anacrónico en representatividad e inclusión».

Desde entonces Pekín ha tratado de marcar con su sello gran parte de las políticas globales y acomodarlas a sus necesidades. Mientras que Donald Trump se replegaba hacia el interior de Estados Unidos, Xi trataba de aparecer como el adulto de la casa. Con su política anti-pandemia, con su abrazo de la lucha contra el cambio climático y con su defensa del desarrollo internacional, Xi presentaba su candidatura al liderazgo global de forma vigorosa.

Resume Economy: «para alcanzar sus objetivos estratégicos Pekín trata de colocar a funcionarios chinos como directivos en las instituciones de gobernación global; inundar con ellos sus comités de expertos; coordinar con todos los actores conspicuos, públicos o privados, en la defensa de sus intereses; convertir su participación financiera en recursos que favorezcan sus preferencias domésticas; y asegurar la íntima integración de esas instituciones con sus prioridades nacionales» (p. 175). Citaré algunas de sus muy numerosas actividades en ese terreno. Algunos son especialmente sorprendentes.

Por ejemplo, introducirse como un poder más -un causahabiente cuasi-ártico, como China se autodefinía- en el Consejo del Ártico y allí defender sus intereses económicos y estratégicos pese a que no haya ninguna razón de peso que le de mayores derechos de entrada que, por ejemplo, a India. Por ejemplo, buscando meter de rondón a Huawei en todas las iniciativas de ésa y otras zonas (los corredores económicos de BRI) que incluyan tecnologías 5G. Por ejemplo, mediante la forja de una eficaz coalición de unos 50 países -el Grupo de Países en Desarrollo con Problemas Similares- para apoyar o abstenerse en su caso ante sus políticas represivas en Xinjiang. Por ejemplo, impulsando su propia participación en el Consejo para los Derechos Humanos de Naciones Unidas junto a la de otros países que abiertamente los niegan dentro de sus fronteras. Por ejemplo, tratar de transformar la definición tradicional como derechos innatos de los individuos en otra que los condicione al reconocimiento por los estados a los que pertenecen o los haga depender del grado de desarrollo económico de sus países.

Con Economy podrían añadirse otros muchos ejemplos.

Que finalmente Xi pueda alcanzar el éxito en sus cometidos no depende solamente de su ambición sino de otros factores más complicados. Me vienen a la cabeza dos principales.

El primero y muy favorable es la crisis de Occidente. Bajo esa formulación se agrupan elementos muy complejos. En su más íntimo fondo aparece el cuestionamiento radical de los valores de la Ilustración que tanto han contribuido al bienestar económico y a la paz internacional y que han sido fieles compañeros de mi generación, la de los boomers. Lo que en los 1960s no fue más que una crisis fugaz se ha convertido con los años en esa crítica radical que se manifiesta en lo que en Estados Unidos llaman guerras culturales. Al otro extremo, más efímera pero no menos alarmante, está la creciente polarización política que afecta a las democracias liberales, también y muy especialmente a Estados Unidos.    

El otro factor, éste desfavorable, lo tiene Xi más cerca de casa: la evolución de su economía. Su optimismo hacia el futuro se apoya en la fulgurante conversión de China en la segunda economía mundial y, pronto, en la primera. Ese crecimiento lo ha experimentado en primera persona la generación que nació en torno a la fundación de la República Popular. Con enormes deficiencias y bajo una gran desigualdad en resultados, sus miembros han visto aumentar su nivel de vida hasta límites que la generación de sus padres no pudo imaginar ni en sus mejores sueños. Pero no hay garantías de que, precisamente por la creciente intervención del estado en todos los sectores de la economía, la bonanza vaya a continuar.  

Hace tan sólo unos días George Magnus, uno de los buenos observadores de China, escribía: «su estructura económica está desequilibrada. La renta per cápita es similar a la de México, pero el consumo por habitante no es más alto que en Perú. El gasto de los consumidores sólo llega al 37% del PIB, poco más que en 2010 y es mucho menor que en 2000. El crecimiento de la productividad, estrechamente asociado con las reformas, se ha frenado». Superar a Estados Unidos y convertirse en la primera potencia económica mundial exige más que proclamas y narrativas; justo una política económica que Xi ni entiende ni está dispuesto a adoptar.

Economy acierta: la partida está aún por zanjar.

CORRECCIÓN En mi blog de 17 de enero sobre Wang Huning me refería a dos artículos suyos, uno de 1986 y otro de 1988. El primero, cuya versión inglesa recogí de una página web, incluía una visión muy crítica de la Revolución Cultural. Ese mismo día, con mi trabajo ya publicado, recibí un mensaje de David Ownby, responsable de la página, donde notificaba que el texto inglés podría haber sido manipulado. Recojo aquí su observación por si algún lector/lectora estuviera interesado en usarlo.

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