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Shangai
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En la jerga del Pensamiento XJ Etcétera el sintagma circulación dual tiene un contenido básicamente económico. Se refiere a la nueva etapa de crecimiento donde China combinará la gradual autosuficiencia de su producción nacional con las reglas comerciales derivadas de su BRI –Belt and Road Initiative-. Creciente aumento de su presencia en las fases más complejas de las cadenas de valor, por un lado; progresiva aportación a aquellas áreas del comercio internacional que primen esa real o imaginada mayor sofisticación china (inteligencia artificial, 5G en comunicaciones, transporte ferroviario de alta velocidad), por el otro.

El Pensamiento XJ Etcétera cree contar con una fórmula eficaz para lograr ese fin: Partido, Sociedad Limitada. Una economía piramidal cuya cumbre la ocuparán empresas públicas eficientes y dinámicas y un paisaje muy complejo hacia el valle en el que se entremezclarán toda clase de empresas privadas: grandes, medianas y pequeñas; de capital chino, internacional y mixto.

La estrategia global de ese conjunto ciclópeo la marcará el partido comunista a través de distintos planes de política industrial -de obligado cumplimiento para el sector público-. Pertenezcan o no al partido -esto último parece por completo excepcional-, de sus dirigentes se espera estricta fidelidad y rotunda eficacia en la persecución de los objetivos decididos por la superioridad.

Al resto, la gran bolsa de la economía privada, se le permite aumentar sus beneficios y, al tiempo, se le invita a aumentar su producción para contribuir al bienestar común. Su integración positiva en el quehacer nacional se asegura a través de dos grandes mecanismos. Uno es la expectativa de que los empresarios privados entiendan que el apoyo a las políticas del partido es el mejor de los caminos posibles hacia la prosperidad colectiva y las hagan suyas. Es a lo que se Xi refiere cuando invoca su patriotismo.

Pero, por si acaso su patriotismo se desvía, ahí están de repuesto -mecanismo número 2- las células del partido en las empresas, cada vez más instigadas a inmiscuirse en su gestión y dirección vigilando el cumplimiento de la legislación vigente, evitando la corrupción, controlando su política interna. Tareas que cobran especial importancia en las empresas de capital extranjero cuyo patriotismo es, por definición, elusivo.

Tradicionalmente a este tipo de economía mandataria se la critica por su inconsistencia con la innovación, pero el Pensamiento XJ Etcétera sabe responder. Los incentivos -muy envidiables- de los que gozan sus altos comisionados los animarán a ejecutar fielmente su labor y, en caso de ineficiencia o incuria estratégica, el abismo de la desgracia profesional está a la vuelta de la esquina. Más aún, las verdaderas tareas de innovación están en otras manos: los grupos reducidos ad hoc que discuten y formulan diversas opciones en gran cantidad de campos y los fondos-guía estatales que financian proyectos de alto riesgo, pero eventualmente practicables. No sé si Xi habrá leído a Platón, pero el Pensamiento XJ Etcétera es muy afín al ideal de una sociedad gobernada por sabios, la Kalípolis de que habla Sócrates en su República.

Inciso. ¿Y si los filósofos, los expertos, los tecnócratas, los sabios, en suma, aunque sean comunistas se equivocan? La primera respuesta es candorosa: las equivocaciones individuales no afectan al intelectual colectivo donde el partido ajusta sus contradicciones menores. Pero, forcemos por un segundo la máquina. ¿Y si los individuos que lo integran -esos odiosos centros de rebeldías imprevisibles- acaban a la greña? Por ejemplo, en momentos clave del Gran Salto Adelante como la conferencia de Lushan 1959 o ante la declaración del estado de excepción en Tiananmen 1989. Cuando se producen esos trances apremiantes y los dirigentes no consiguen ponerse de acuerdo, el partido queda irremediablemente dividido y se inicia un tiempo de turbulencias. Pero dejémoslo estar. Aunque la opacidad de su funcionamiento interno pueda acarrear sorpresas, no parece que por ahora Eris haya echado a rodar una de sus manzanas de oro por las calles de Zhongnanhai.

Antes al contrario.

Aunque, con la metáfora del pastel, la participación del consumo privado en el PIB se haya mantenido en un nivel estable pero muy inferior al de otros países de desarrollo similar al chino, la ración que corresponde a cada chino -medida en nivel de vida- ha ido creciendo con el tiempo y es hoy notablemente mayor, especialmente para los residentes en las ciudades costeras, lo que favorece a todas luces la legitimidad del régimen.

Aun con todas las cautelas imprescindibles en el caso chino, un estudio recienteCunningham, Edward, Tony Saich, and Jessie Turiel. Understanding CCP Resilience: Surveying Chinese Public Opinion Through Time. Ash Center for Democratic Governance and Innovation. 2020. Es un estudio longitudinal desarrollado entre 2003 y 2016 y llevado a cabo por una compañía privada asentada en China. Las encuestas, con un total de 32,000 respuestas, se realizaron en ocho oleadas. El objeto de medición era la satisfacción con diferentes niveles gubernamentales, desde el central hasta los locales. del Ash Center de la universidad de Harvard apuntaba que, desde el comienzo de su investigación en 2003, «la satisfacción ciudadana con los diferentes tipos de gobierno [central, provincial y local] ha aumentado de forma generalizada […] Los ciudadanos chinos los consideran más capaces y efectivos que en épocas anteriores». Al tiempo, los investigadores señalaban que esa actitud responde a cambios reales en su bienestar material, aunque podría verse afectada por el doble impacto de un declive económico y/o del deterioro ambiental. Eris siempre atisba los mejores agujeros para deslizar sus manzanas. 

La solución del Pensamiento XJ Etcétera ante eventuales amagos de conflicto consiste en anticiparse, es decir, en sostener la doble respuesta que se recoge en el trabajo, ya mencionado aquí, de MERICS sobre los nuevos desafíos a la legitimidad del partido que acechan tras los fastos del centenario de su fundación. La circulación dual económica resultará imprescindible para reforzar su legitimidad, pero el partido necesita tener puestos los cinco sentidos sobre los otros dos mecanismos que aseguran el mantenimiento de su dominación. La neolengua xiíta los suele definir como (1) gobernación inteligente y (2) seguridad nacional integral. Para decirlo con Foucault: vigilar y castigar.

Gobernación inteligente significa control social a través de mecanismos tecnológicos en continua actualización; ante todo, vigilancia y censura de internet, el gran medio de comunicación masiva de nuestros días. Muchos recordamos aún el entusiasmo con que se celebraron los primeros pasos de internet a finales del siglo pasado. En mi cabeza se alojan aún las promesas de libertad, de autonomía individual y hasta de democracia directa con las que The Economist saludaba a esa red universal de comunicación que no respetaría fronteras ni podría ser controlada.

No estaba esto último tan claro para los comunistas chinos. A su respuesta a la Gran Recesión -el gigantesco programa 2008-2009 de los Cuatro Billones (de yuanes chinos) para la reactivación económica- la acompañaron los primeros cimientos de lo que, al poco, empezaría a conocerse como la Gran Muralla Digital, es decir, la interrupción de comunicaciones no intervenidas entre la red china y el resto de la mundial.

El desarrollo de la red en China ha sido vertiginoso. En 2021 contaba con más de un millardo de usuarios y una penetración total superior al 70%. Pero tal vez lo más llamativo sea la celeridad con la que el gobierno ha apoyado su desarrollo. Lejos de las alegrías del Economist, los comunistas chinos se arrancaron por soleares. A partir de 2010 no sólo veía a mis estudiantes usar sus móviles para comunicarse persona a persona. Los usaban para reservar taxis o mesas en restaurantes, enterarse cuándo y cómo recoger un paquete que había llegado de casa. Pronto los vi usarlos para pagar cuentas, encargar comida o hacerse con una bicicleta que podían dejar tirada en cualquier sitio una vez se hubieran servido de ella. A finales de 2020 Xiaomi alardeaba de tener conectados 325 millones de usuarios a sus aplicaciones caseras (Internet de Cosas). Las tecnológicas chinas se codean hoy con las más grandes compañías del mundo.

Y el partido se esfuerza por ponerse a su cabeza para controlar la digitalización económica y a internet, según dice su propaganda, para agilizar su misión de modernización socialista y de rejuvenecimiento nacional.

Ante todo -y con relativo éxito- ha tratado de convertir a la red en un instrumento eficiente para la prestación de servicios públicos. Por ejemplo, se han puesto en marcha 460 millones de tarjetas digitales de la seguridad social que permiten a sus usuarios utilizarlas fuera de sus regiones de origen, con grandes ventajas para una población de 200 millones de emigrantes. Otro ejemplo. El nuevo 14o Plan Quinquenal recién aprobado prevé la creación de nuevas formas de acceso en línea a la administración pública de forma que los usuarios no tengan que aparecer en persona más que una sola vez. A partir de ahí la verificación de su identidad podrá hacerse mediante un DNI digital o técnicas de reconocimiento facial, ahorrando tiempo y desplazamientos a las oficinas. 

Algunas ciudades, entre ellas Fuzhou, la capital de la provincia de Fujian, con 7,4 millones de habitantes, «han desarrollado aplicaciones integrales para servicios locales que permiten compra de tarjetas de trasporte, gestión de la seguridad social, creación de empresas, pagos a médicos, compañías de electricidad y otros servicios». No es necesario extenderse sobre las ventajas de esa burocracia digital para los administrados chinos. Una ágil prestación de servicios redunda en la buena imagen de los diferentes niveles de gobierno ante los que tienen que responder. Un importante factor de legitimación.

No menos importante, la recolección de esos y otros muchos datos pone a disposición del gobierno un monumental volumen de información que facilita un control exhaustivo sobre las actividades de todo tipo que realizan sus súbditos. El partido-estado ve esos datos, incluyendo los más personales, como un recurso fundamental para la gobernación. Desde finales de 2019 trabaja en la creación de un ecosistema de bases públicas de datos conocido como «internet + monitorización» para la recolección y manejo de datos sobre empresas, ONGs, individuos e instituciones públicas, cuyo epítome es el llamado Sistema de Crédito Social que le dotará de información intensiva sobre todos y cada uno de sus forzosos participantes y sus actividades.

Al tiempo que obtiene datos en dosis ilimitadas sobre todos los actores que son chinos o viven en el país, el partido trata de impedir al máximo sus relaciones con el exterior para conseguir lo que Xi ha definido como una internet saludable, es decir, que excluya movimientos de protesta o noticias incontroladas y equilibre eventuales informaciones negativas con la energía positiva que diseminan las autoridades.

La urgencia controladora del partido se acelera con el paso de los días. No se trata sólo de fiscalizar y modelar la conducta en línea, sino también todas aquellas actividades cotidianas que puedan afectar a su prestigio o a su gobernación. Una de las misiones de las ciudades inteligentes que el partido se propone construir en el país y extender a otras sociedades que adopten su modelo es el sistema de vigilancia y control más eficaz mundialmente: explosión CCTV en gran número de espacios comunes (autobuses, taxis, escuelas, universidades, lugares de culto, bares o restaurantes) más allá de la vigilancia habitual en estaciones, aeropuertos o puertos; sistemas de reconocimiento facial; presentación de documentos de identidad para obtener billetes de tren o de autobús. Los controles continuos a través de móviles empleados -dicen que eficazmente- en la lucha contra Covid-19 no han hecho sino legitimar y reforzar aún más esos afanes de vigilancia.

En 2020 el partido inició una resuelta campaña contra las empresas tecnológicas que hasta entonces habían competido entre sí por el control de toda clase de datos. La primera salva la recibió el grupo Ant, un servicio digital de pagos del conglomerado Alibaba, obligado a cancelar súbitamente su suscripción pública inicial (US$37 millardos) el 3 de noviembre 2020. A esa intervención, atribuida directamente a Xi Jinping, han seguido otras muchas en tecnológicas como Tencent, ByteDance, Meituan o Didi para recortar una industria que se había desarrollado de forma independiente y había conseguido almacenar cantidades inimaginables de datos cuya posesión por entidades privadas resultaba sospechosa para el partido.  

Al parecer, el detonante inicial de esa inquietud fue la política arancelaria y financiera de Trump para distanciar a Estados Unidos de una creciente influencia china, algo visto por Pekín como una seria amenaza para sus intereses. En especial, a la parte china le ha alarmado la reciente legislación estadounidense que exige a las compañías extranjeras que cotizan en la bolsa USA atenerse a los requisitos de auditoría impuestos por las autoridades locales, lo que obligaría a centenares de empresas chinas a trasmitir información que su gobierno prefiere mantener secreta.  

Sin restar importancia a ese factor, la colisión entre el partido y las empresas tecnológicas arranca de otra actitud aún más arraigada: el recelo ante una competencia a la que ve invadir un espacio político donde desea mantener un monopolio indiscutible. Al poco de su designación como secretario general, Xi distinguió a Tencent con su primera visita a una tecnológica y le espetó a Pony Ma, su fundador, lo que esperaba de él y de sus colegas. «Cuando se cuenta con datos suficientes se pueden hacer los mejores análisis. Sus sugerencias serán muy valiosas para el gobierno» .

Años después, el halago se había convertido en una orden de obligado cumplimiento. El pasado 1 de septiembre entró en vigor una ley de Seguridad que clasifica los datos del sector privado de acuerdo con su importancia para los intereses del estado y otorga a las autoridades un amplio margen para controlarlos e intervenirlos. Las empresas a las que se les soliciten sean nacionales o extranjeras, pueden enfrentarse con serias dificultades si no colaboran. A Alibaba le cayó hace poco una multa de US$2,8 millardos.

Hasta dónde llega el interés del partido por controlar esos datos lo ha puesto de relieve un reciente trabajo de Aaron Klein, un analista de Brookings Institution.

A las tecnológicas chinas se les debe la importante innovación de sustituir las tarjetas de crédito o débito con banda magnética por otras basadas en tecnología QR. Hasta hace pocos años, China intentó sumarse a las primeras y su compañía Union Pay llegó a emitir 3,5 millardos de ellas. Y en esto entraron en acción WeChat Pay (una compañía del grupo Tencent) y Alipay que consiguieron reducir costes y gestionar pagos con mayor eficacia mediante los QR, creando un sistema superior que se ha impuesto con enorme rapidez en el país. Un impresionante ejemplo de la capacidad de innovación de esas compañías chinas.

Lejos de celebrarlo y explotarlo mundialmente dándoles rienda suelta, su gobierno ha preferido, empero, enclaustrarlas en un sistema mayormente nacional y ligado a la moneda digital que el partido quiere imponer a través de la banca china que, a grandes rasgos, no es más que una dependencia suya. Y concluye Klein: «cuando China consigue avances tecnológicos en industrias globalmente competitivas como ésta de los pagos, cuál es su último fin: ¿exportarla y crear una red de comercio global o convertirla en un instrumento interno cuyos beneficios y costes se harán sentir exclusivamente entre sus súbditos para que el gobierno chino mantenga su control? Al cabo la pólvora se inventó en China muchos siglos antes de que Europa la pusiese en uso de una forma muy diferente».

Un ejemplo de ese calibre subraya lo que ha sido de mi interés poner de relieve en este blog: que el partido/estado chino identifica sus intereses con el interés nacional de China. Más aún, cuando ambos no coinciden necesariamente, son los de la clase dirigente en que el partido se ha convertido los que tienen que imponerse.

Lo que lleva directamente a un asunto provisionalmente final. La circulación dual que Xi propone para la economía china está al servicio de ese control absoluto sobre su sociedad que, a su vez, se acompañará de una política exterior centrada en convertir a China en una potencia global allá por el centenario de la República Popular en 2049. Como señalan los analistas de MERICS, su estado de seguridad aspira a expandirse internacionalmente en una nueva arquitectura cabal en la que se incluye un número creciente de preocupaciones.  Desde la política interna y la militar hasta la nuclear y la ecológica, toda la actividad internacional de China se articulará en torno a ese concepto de seguridad nacional que, como en el caso de las tecnológicas, no es otra cosa que su propia seguridad. El partido confía en que su aplicación coherente le permitirá un mayor control sobre el entorno exterior y una reestructuración del orden global que disminuya la amenaza que para sus intereses constituye la democracia liberal occidental. Y, más aún, sus dirigentes están convencidos de que la actual coyuntura internacional ofrece una oportunidad inmejorable para conseguirlo. El Este asciende mientras el Oeste declina.


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